Dentro de poco, el 2 de octubre de 2028, el Opus Dei cumplirá cien años de existencia. Cuando llegue ese aniversario, Colombia podrá recordar que estuvo presente en esta historia desde muy temprano. Apenas habían transcurrido veintitrés años desde la fundación realizada por san Josemaría Escrivá cuando un sacerdote español aterrizó en Bogotá para comenzar una aventura de la que nadie podía imaginar su alcance.
La mañana del 13 de octubre de 1951, en el aeropuerto de Techo, descendió de un avión Teodoro Ruiz Jusué. Tenía treinta y tres años, era abogado y sacerdote, y llegaba con una misión tan sencilla de describir como difícil de realizar: empezar desde cero. No lo esperaban grandes recibimientos ni instituciones listas para funcionar. Traía una maleta, una imagen de la Virgen entregada por san Josemaría, un crucifijo y cincuenta dólares. También llevaba una libreta con algunas direcciones y una enorme confianza en que Dios abriría camino.

Colombia era entonces un país marcado por las heridas de la violencia política y por profundas transformaciones sociales. Bogotá apenas comenzaba a recuperarse de los acontecimientos del Bogotazo. En ese contexto, Teodoro Ruiz empezó de la manera más elemental: caminando la ciudad, visitando familias, reuniéndose con sacerdotes, profesores, estudiantes y profesionales. Se presentó ante autoridades eclesiásticas y civiles, pero comprendió pronto que el futuro de aquella historia no dependería de las reuniones oficiales sino de las conversaciones cotidianas que surgían alrededor de una mesa, en una universidad o en una visita familiar.
En esos encuentros aparecía una pregunta inevitable.

La respuesta era sencilla. Teodoro explicaba que cualquier persona podía buscar a Dios y vivir plenamente su fe sin abandonar su profesión, su familia o sus responsabilidades ordinarias. Era una propuesta que muchos escuchaban por primera vez formulada con aquella claridad y que despertaba interés entre jóvenes universitarios y profesionales de una Colombia que buscaba abrirse paso hacia la modernidad.
Una casa modesta y muchos sueños
Los comienzos fueron austeros. La primera sede funcionó en una modesta casa del centro de Bogotá. Los muebles llegaban prestados, las necesidades eran constantes y los recursos escasos. Sin embargo, quienes pasaron por aquella residencia recuerdan un ambiente de entusiasmo difícil de olvidar. Había conciencia de estar participando en los primeros capítulos de una historia cuyo futuro era imposible prever.

Con el paso de los meses fueron llegando nuevos colaboradores. El 17 de febrero de 1952 se incorporó el sacerdote Aurelio Mota. Meses más tarde llegó el médico Ángel Jolín. En 1953 se sumaron el arquitecto Luis Borobio y Pepe Albendea, estudiante de Derecho. Todos dejaron atrás su tierra para colaborar en una tarea que apenas comenzaba a tomar forma.

Aquellos pioneros recorrían universidades, organizaban reuniones de formación, escuchaban inquietudes y construían amistades. Su trabajo no consistía en levantar estructuras ni en desarrollar grandes programas. Consistía, sobre todo, en acercarse a las personas. Y fue precisamente ahí donde empezó a surgir la primera generación colombiana que daría un rostro propio a la Obra en el país.
Los colombianos que tomaron la posta
Toda historia necesita pioneros. Si Teodoro Ruiz y sus compañeros abrieron la puerta, fueron los primeros colombianos quienes comenzaron a convertir aquella iniciativa en una realidad profundamente arraigada en el país.

Entre ellos destacó Ignacio Gómez Lecompte, reconocido como el primer colombiano del Opus Dei. Nacido en Cartagena y formado posteriormente como sacerdote, llegaría a desempeñar importantes responsabilidades de gobierno en Colombia. Sin embargo, quienes lo conocieron recuerdan sobre todo a un hombre de extraordinaria cultura, lector apasionado, conversador brillante y dueño de un sentido del humor que convertía cualquier encuentro en una experiencia memorable. Era de esas personas capaces de hablar de literatura, historia o música con la misma naturalidad con que preguntaban por la situación de una familia o por las dificultades de un amigo.
Junto a él aparecieron otros nombres inseparables de aquellos comienzos. Entre los primeros colombianos figuraban Diego Ernesto Torres Gómez y Octavio Arizmendi, cuyos nombres aparecen vinculados a las primeras vocaciones surgidas en el país durante los años fundacionales. Gracias a ellos, la historia dejó de ser únicamente una iniciativa llegada desde España para convertirse también en una historia colombiana.
En las décadas siguientes se sumarían otras figuras destacadas como David Mejía, Javier Abad y Hugo Puccini, quienes contribuirían de manera significativa al desarrollo y consolidación de la labor apostólica en distintas regiones del país y dejarían también una huella importante en la memoria de varias generaciones.
Muchos de aquellos encuentros ocurrían en ambientes sencillos. Eran conversaciones entre estudiantes, reuniones familiares o tertulias entre amigos. Sin embargo, allí se estaba formando una generación que tendría un papel decisivo en las décadas siguientes. Lo que unía a todos era el deseo de vivir con coherencia su fe y poner sus talentos profesionales al servicio de los demás.
Cuatro mujeres llegan por mar
Mientras los primeros grupos se consolidaban en Bogotá y Medellín, otro acontecimiento estaba a punto de ampliar definitivamente el horizonte de aquella historia.

El 15 de abril de 1954, Jueves Santo, un barco atracó en Cartagena. Entre los pasajeros viajaban cuatro mujeres españolas: Josefina de Miguel, María Adela Tamés, María Teresa Ivars, conocida como Tere, y Concha Campá. Habían cruzado el Atlántico para iniciar la labor apostólica femenina del Opus Dei en Colombia.

La imagen conserva una fuerza especial. Después de semanas de viaje, contemplaron por primera vez las murallas de Cartagena, el movimiento del puerto y la intensidad de los colores caribeños. Aquella misma jornada participaron en las celebraciones de Semana Santa y quedaron impresionadas por la profunda religiosidad que encontraron en la ciudad.

Al día siguiente emprendieron viaje hacia Bogotá. También para ellas los comienzos fueron modestos. Hubo que buscar vivienda, organizar actividades, conocer familias y abrirse camino en una sociedad desconocida. Pero el entusiasmo compensaba cualquier dificultad. Poco a poco empezaron a surgir grupos de universitarias, profesionales y mujeres interesadas en fortalecer su formación humana y cristiana. Lo que comenzó con aquellas cuatro pioneras terminaría extendiéndose por distintas ciudades y generando numerosas iniciativas educativas y sociales.
Los caminos que salieron de Bogotá
A finales de los años cincuenta ya era evidente que la historia no iba a quedarse en Bogotá y Medellín. La expansión comenzó de manera natural. No respondía a grandes planes diseñados desde un escritorio. Una amistad conducía a otra. Una familia invitaba a otra familia. Un profesional cambiaba de ciudad y mantenía el contacto con quienes había conocido. Así se fueron abriendo nuevos caminos.

Manizales fue el primero de esos grandes pasos, con actividades estables desde mayo de 1958. Después llegaría Cali en 1961. A comienzos de los años setenta se consolidó la presencia en Cartagena, seguida por Barranquilla en 1978 y Bucaramanga en 1981. Cada ciudad aportó su propio carácter a una historia que ya empezaba a extenderse por buena parte del territorio nacional.
Pero la expansión no puede entenderse únicamente mirando un mapa. También se escribió en historias personales. En universitarios que regresaban a sus regiones después de graduarse. En agricultores que encontraban un nuevo sentido a su trabajo. En maestros que descubrían una dimensión más profunda de su tarea educativa. En familias que impulsaban proyectos para servir mejor a sus comunidades. La historia avanzó allí donde aparecían personas dispuestas a compartir aquello que habían recibido.
Con el tiempo surgieron actividades en numerosas regiones del país. Sacerdotes y fieles de la prelatura comenzaron a viajar con frecuencia a ciudades intermedias y poblaciones alejadas. La presencia se volvió cada vez más amplia, pero conservó una característica que ya estaba presente desde los primeros años: la cercanía personal y la amistad como punto de partida para cualquier labor apostólica.
Setenta y cinco años después
Mirar hoy aquellos comienzos produce una impresión singular. Lo que empezó con un sacerdote recién llegado, unas pocas direcciones anotadas en una libreta y un pequeño grupo de pioneros terminó extendiéndose por buena parte de Colombia.

Sin embargo, la verdadera historia no se mide por el número de ciudades ni por el paso de los años. Está escrita en los rostros de miles de personas que encontraron orientación espiritual, amistad y formación en distintos momentos de sus vidas. Está en quienes participaron en iniciativas educativas, en quienes descubrieron una vocación, en quienes formaron una familia o aprendieron a vivir con mayor profundidad sus responsabilidades profesionales y sociales.
Cuando llegue el centenario de 2028, Colombia tendrá motivos propios para celebrar. Podrá recordar a Teodoro Ruiz Jusué bajando de un avión en Bogotá sin saber exactamente qué le esperaba. Podrá evocar a Aurelio Mota, Ángel Jolín, Luis Borobio y Pepe Albendea compartiendo las dificultades de los comienzos. Recordará a Ignacio Gómez Lecompte, primer colombiano del Opus Dei; a Diego Ernesto Torres Gómez, uno de los pioneros de la primera hora; y a las generaciones que continuaron después ese trabajo, entre ellas las representadas por David Mejía, Javier Abad y Hugo Puccini. Recordará también a Josefina de Miguel, María Adela Tamés, Tere Ivars y Concha Campá desembarcando en Cartagena durante una luminosa Semana Santa.
Porque las grandes historias rara vez comienzan con actos espectaculares. Casi siempre nacen de decisiones sencillas, de personas concretas y de pequeños pasos dados con perseverancia. Así ocurrió en Colombia hace setenta y cinco años. Y así comenzó una historia que hoy forma parte de la vida de miles de personas en todo el país.

Bogotá
La labor apostólica estable del Opus Dei en Colombia comenzó en Bogotá el 13 de octubre de 1951, con la llegada desde España del sacerdote y abogado Teodoro Ruiz Jusué. Poco después se incorporaron varios miembros de la Obra, entre ellos estudiantes universitarios y jóvenes profesionales.
El primer centro en el que residieron estaba situado en la carrera 4.ª, en el centro histórico de la ciudad, cerca de la Biblioteca Luis Ángel Arango. La amistad de aquellos primeros miembros con colegas y conocidos facilitó que personas de diversa procedencia comenzaran a asistir a los medios de formación espiritual y doctrinal. Al cabo de aproximadamente un año, algunos colombianos solicitaron por primera vez la admisión en el Opus Dei.
Las mujeres de la Obra llegaron a Colombia en abril de 1954.
Medellín
La labor apostólica estable del Opus Dei en Medellín comenzó a principios de febrero de 1954, cuando se instalaron en la ciudad tres fieles de la Obra: el joven médico Ángel Jolín, el estudiante de Ingeniería Antonio Miquel y el sacerdote Aurelio Mota.

Durante las primeras semanas se alojaron en una finca de la vereda El Pajarito, cedida por Lucía Ángel Restrepo. Poco después se trasladaron al barrio Prado, donde establecieron la residencia universitaria Belalcázar, que funcionó allí durante tres años. Su ubicación, más accesible para quienes asistían a los medios de formación espiritual, favoreció el desarrollo de la labor. A los pocos meses solicitaron la admisión en el Opus Dei algunos estudiantes universitarios y de bachillerato, maestros y profesionales.
Las mujeres de la Obra comenzaron a residir de manera estable en Medellín en 1957.

Manizales
Desde los comienzos de la labor del Opus Dei en Colombia se consideró la posibilidad de desarrollarla también en Manizales. Sin embargo, los viajes periódicos a la ciudad solo pudieron iniciarse en 1958. Al principio se realizaron desde Medellín y, más adelante, desde Bogotá.

Durante aquella etapa viajaron, entre otros, los sacerdotes Aurelio Mota y José María Irurita, junto con Octavio Arizmendi, Pepe Domínguez, Antonio Miquel y Luis Borobio. Estas visitas permitieron impulsar las primeras actividades apostólicas antes de que hubiera una presencia permanente.
La labor estable comenzó en febrero de 1961, cuando Teodoro Ruiz y José María Irurita se instalaron en la primera sede del centro del Opus Dei en Manizales, situada en la carrera 23, número 24-28.
Cali
Teodoro Ruiz comenzó a viajar con cierta frecuencia a Cali en 1954, generalmente durante sus desplazamientos a Quito para atender a Juan Larrea, numerario ecuatoriano que se había instalado allí con el fin de iniciar la labor apostólica en Ecuador. Ese mismo año escribió a san Josemaría sobre las posibilidades que se abrían para comenzar también en Cali y sobre la necesidad de estudiar cómo hacerlo.

Según los recuerdos de David Mejía, los viajes regulares a la ciudad comenzaron en 1961 para atender a Herman Bhömer y a quienes después solicitaron la admisión en el Opus Dei. En 1965 se alquiló un apartamento en la avenida de Las Américas, desde el cual se organizaron círculos de estudio y retiros espirituales; también se utilizaron las oficinas de Herman y la iglesia de Santa Mónica. En 1978 se dispuso de un apartamento mejor situado y, poco después, de la casa que pasó a ser la sede de Cañaverales. Atendieron estas actividades Pepe Albendea, Amadeo Aparicio, Francisco López, Diego Torres, David Mejía y algunos estudiantes del Centro de Estudios.
Barranquilla
Los viajes periódicos a Barranquilla comenzaron en 1978, después del nombramiento de monseñor Ugo Puccini, hasta entonces vicario regional del Opus Dei en Colombia, como obispo auxiliar de la ciudad. El sacerdote Eugenio Fenoy inició esas visitas. Por su parte, el beato Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei, animó a la Comisión Regional de Colombia a establecer un centro en Barranquilla, con el fin de que don Ugo contara con la atención necesaria.

El primer centro del Opus Dei en la ciudad se abrió en 1979. Jorge Hernán Ferro y Carlos Senior, ambos numerarios, se instalaron con el padre Fenoy en un pequeño apartamento arrendado en el edificio Esmeralda, cerca de la catedral. El mobiliario inicial era muy reducido: dos colchones que durante el día se guardaban en un armario, una mesa cuadrada de aluminio y cuatro sillas del mismo material, obsequio de Alberto Donado y de su esposa, María Teresa, hermana de Ugo Puccini.
Cartagena
Los primeros viajes a Cartagena se remontan a 1966, cuando María Adela Tamés, Jaime Lozano, Jorge Yarce y otras personas del Opus Dei ofrecieron en Cartagena varias conferencias de psicopedagogía. Entre algunos asistentes surgió la iniciativa de crear un colegio inspirado en los principios educativos de ASPAEN. Alberto Samudio, Julio Benedetti y, de manera destacada, Lucía y Neil Gilchrist impulsaron el proyecto. Así nació el Gimnasio Cartagena de Indias, inicialmente mixto y dividido más adelante en un colegio femenino, que conservó ese nombre, y otro masculino, llamado Gimnasio Cartagena.
El contacto con numerosas familias permitió organizar retiros mensuales y otras actividades de formación cristiana. Después comenzaron a viajar cada mes el sacerdote Javier Abad y un numerario. En 1981 Eugenio Fenoy sustituyó a Javier Abad y las visitas pasaron a ser quincenales. Los Gilchrist ofrecieron alojamiento a quienes atendían la labor. Más adelante, el esfuerzo de varias personas permitió abrir para los varones el Centro Cultural Universitario Baluarte, por el que han pasado centenares de participantes.
Bucaramanga
La labor apostólica del Opus Dei en Bucaramanga comenzó en 1981 mediante viajes quincenales desde Bogotá, iniciados por David Mejía y el sacerdote Horacio Téllez. Las primeras reuniones se celebraron en casas de algunas familias y, más adelante, en el Club del Comercio. En ellas se difundían las enseñanzas de san Josemaría, mientras los participantes manifestaban al vicario regional su deseo de que la labor se estableciera de manera permanente en la ciudad.
El primer centro no se abrió hasta 2003. Fue el Centro Cultural Las Palmas, en el que se instalaron el ingeniero Alfredo Velásquez, el abogado Rafael Hoyos y el sacerdote Luis Carlos Correa. Comenzó entonces una etapa de asentamiento y consolidación.
Desde ese centro se organizaron charlas, círculos de formación, retiros espirituales, convivencias y actividades de apostolado personal. La labor se extendió también a Girón, Floridablanca, Piedecuesta, la Mesa de Los Santos, San Gil, Barichara, Barrancabermeja, Pamplona y Cúcuta. Su desarrollo evocaba la invitación de san Josemaría: “Soñad y os quedaréis cortos”.

