Durante largos años, San Josemaría Escrivá imploró al Señor que le revelara con nitidez el modo concreto en que debía consagrar su existencia al servicio divino. Aún joven —cuando apenas contaba con dieciséis años— percibió en lo profundo de su alma la llamada al sacerdocio. Sin embargo, incluso después de su ordenación continuó elevando una súplica humilde y constante: “Domine, ut videam!”, “Señor, que vea”, rogando comprender la misión específica que Dios le tenía reservada.
Fue el 2 de octubre de 1928, durante un retiro espiritual, cuando recibió una gracia luminosa que transformó definitivamente su itinerario vital: la intuición sobrenatural de que debía difundir la vocación universal a la santidad en medio de la vida ordinaria: en el hogar, en el trabajo y en las tareas más sencillas.
Desde ese día, San Josemaría se entregó con ardor apostólico a comunicar este mensaje a personas de toda condición —obreros, profesionales, estudiantes y ciudadanos comunes— convencido de que Dios llama a todos, sin excepción, a la santidad en su realidad cotidiana.
En esta etapa se vuelve especialmente relevante la figura del padre Valentín María Sánchez Ruiz, S.J., nacido en Orellana la Vieja en 1879 e incorporado a la Compañía de Jesús en 1894. Este sacerdote, de carácter prudente y profunda vida interior, comenzó a ser confesor y director espiritual de San Josemaría a partir de julio de 1930, acompañándolo durante una década decisiva, hasta 1940.
En cierta ocasión Dios se sirvió de una de estas conversaciones con el Padre Sánchez, para hacer entender a san Josemaría cuál debía ser el nombre de la nueva fundación: “La Obra de Dios: hoy me preguntaba yo, ¿por qué la llamamos así? (...). Y el p. Sánchez, en su conversación, refiriéndose a la familia nonnata de la Obra, la llamó «la Obra de Dios». Entonces –y sólo entonces– me di cuenta de que, en las cuartillas nombradas, se la denominaba así. Y ese nombre (¡¡La Obra de Dios!!), que parece un atrevimiento, una audacia, casi una inconveniencia, quiso el Señor que se escribiera la primera vez, sin que yo supiera lo que escribía; y quiso el Señor ponerlo en labios del buen padre Sánchez, para que no cupiera duda de que Él manda que su Obra se nombre así: La Obra de Dios” (Apuntes íntimos, n. 126: AVP, I, p. 334).
Diversas fuentes señalan que fue precisamente en una conversación con él cuando San Josemaría comprendió que la nueva realidad espiritual debía llevar el nombre de “la Obra de Dios”, expresión que el propio padre Sánchez pronunció espontáneamente y que confirmó interiormente la intuición divina que el fundador había percibido desde 1928.
Así quedaron establecidas dos denominaciones: Opus Dei, en latín, y la Obra de Dios, en español. Con el tiempo, el afecto y la costumbre consolidaron la forma sencilla y entrañable con que muchos la designan hoy: la Obra.
El Opus Dei, con sede central en Roma, está integrado por más de 95.000 personas en todo el mundo —mayoritariamente laicos y un reducido número de sacerdotes—. Desde 1982 constituye una Prelatura Personal, y desde 2022 depende del Dicasterio para el Clero.
La labor esencial del Opus Dei consiste en ofrecer una formación espiritual y humana sólida, además de acompañar iniciativas educativas, sociales y apostólicas impulsadas por personas de la Obra. Entre sus medios de formación se encuentran cursos, retiros, convivencias y charlas que permiten profundizar en la doctrina de la Iglesia, en las enseñanzas del Papa y en las virtudes necesarias para vivir una fe coherente en la familia, el trabajo y la sociedad.

