Vida de María (VIII): Presentación de Jesús en el Templo

El 2 de febrero celebramos la fiesta de la Presentación del Niño en el Templo. María lo ofrece a Dios y el Señor le muestra que Ella misma será asociada a la misión redentora de Jesús.

Textos y audios para la fiesta de la Presentación del Señor (2 de febrero)


Meditación sobre la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo
La voz del Magisterio
La voz de los Padres de la Iglesia
La voz de los santos
La voz de los poetas


Meditación sobre la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo

La aglomeración de peregrinos había cesado en Belén. Después del nacimiento de Jesús, José encontró un lugar más decente para alojar a la Sagrada Familia. Allí, a los ocho días, realizó el rito de la circuncisión, por el que los varones comenzaban a formar parte del pueblo de Israel, y el niño recibió oficialmente el nombre de Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno (Lc 2, 21).

Cuarenta días después, María y José tomaron al Niño y lo condujeron a Jerusalén, cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés (...), para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor (...) y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor (Lc 2, 22-25).

Ni Jesús ni María estaban obligados a seguir estas prescripciones. Ninguna impureza legal había contraído María, pues había concebido y dado a luz virginalmente; tampoco la ley de rescate del primogénito concernía a Jesús, auténtico Cordero de Dios que venía a quitar los pecados del mundo. Y, sin embargo, por tres veces, en pocos versículos, se hace hincapié en que todo se llevó a cabo en estricta obediencia a la Ley de Dios.

Giotto di Bondone: Presentación de Jesús en el Templo (Detalle).

La Iglesia descubre en este episodio una razón más profunda. En primer lugar, el cumplimiento de la profecía de Malaquías: vendrá a su Templo el Dominador, a quien buscáis vosotros, y el Ángel del Testamento, al que vosotros deseáis (Mt 3, 1). Además, María comprendió que Jesús debía ser conducido al Templo, no ya para rescatarlo como a los demás primogénitos, sino para ser ofrecido a Dios en verdadero sacrificio. Así lo expresa la Carta a los Hebreos: Al entrar en el mundo, dice: "Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me preparaste un cuerpo; los holocaustos y sacrificios por el pecado no te han agradado. Entonces dije: aquí vengo, como está escrito de mí al comienzo del libro, para hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb 10, 5-7).

La Presentación de Jesús en el Templo se podría comparar, en cierto modo, al Ofertorio del Sacrificio del Calvario, que la Misa haría presente en todos los puntos del tiempo y del espacio. En la preparación de ese sacrificio, como después en su realización en la cima del Gólgota, un lugar especial estaba reservado a la Madre de Jesús. Desde los primeros momentos de su vida terrena, Jesús asocia a María en el sacrificio redentor que había venido a cumplir.

La Presentación de Jesús en el Templo se podría comparar, en cierto modo, al Ofertorio del Sacrificio del Calvario, que la Misa haría presente en todos los puntos del tiempo y del espacio

Esta participación en el misterio de la Redención le fue revelada a la Virgen poco a poco. El ángel de la Anunciación nada le había dicho a este propósito, pero ahora le será comunicado por las palabras de Simeón, un anciano justo y temeroso de Dios que había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor (Lc 2, 26).

El encuentro entre la Virgen y el anciano debió de suceder ante la puerta de Nicanor, por la que se accedía al atrio de los israelitas. En aquel lugar se situaba uno de los sacerdotes encargados de atender a las mujeres que ofrecían el sacrificio por sí mismas y por sus hijos.

María, acompañada de José, se colocó en la fila. Mientras aguardaba su turno, se produjo un acontecimiento que llenó de asombro a los circunstantes. Un anciano venerable se acercó a la fila. Su faz resplandecía de gozo. Y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre Él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: "Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque han visto mis ojos tu Salvación, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos: luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel" (Lc 2, 29-32).

El Mesías cumpliría su misión por medio del sufrimiento; y la Madre se hallaba misteriosamente asociada al dolor del Hijo

Al oír estas palabras, un sentimiento de admiración se apoderó de María y de José: el anciano Simeón les confirmaba lo que el ángel les había comunicado de parte de Dios.

Pero, enseguida, aquel anuncio ensombreció la alegría: el Mesías cumpliría su misión por medio del sufrimiento; y la Madre se hallaba misteriosamente asociada al dolor del Hijo. Simeón los bendijo y dijo a María, su Madre: "Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción —y a tu misma alma la traspasará una espada—, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones" (Lc 2, 34-35). También Ana, una anciana de más de ochenta años, se asoció al anuncio de Simeón, pues llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba de Él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén (Lc 2, 38).

Del evangelio de San Lucas se deduce que la Virgen presentó a Jesús sólo después de escuchar la profecía. Ofreció por su rescate un par de tórtolas o dos pichones, la ofrenda de los pobres, en lugar del cordero prescrito en la Ley de Moisés.

Sin embargo, a la luz de las palabras de Simeón, comprendió —más allá de las apariencias— que Jesús era el verdadero Cordero que redimiría a los hombres de sus pecados. Y que Ella, como Madre, de un modo que no alcanzaba a comprender, estaría unida estrechamente a la suerte de su Hijo.


La voz del Magisterio

«María es la "Virgen oferente". En el episodio de la Presentación de Jesús en el Templo (cfr. Lc 2, 22-35), la Iglesia, guiada por el Espíritu, ha vislumbrado, más allá del cumplimiento de las leyes relativas a la oblación del primogénito (cfr. Ex 13, 11-16) y de la purificación de la madre (cfr. Lv 12, 6-8), un misterio de salvación relativo a la historia salvífica: esto es, ha notado la continuidad de la oferta fundamental que el Verbo encarnado hizo al Padre al entrar en el mundo (cfr. Hb 10, 5-7); ha visto proclamad a la universalidad de la salvación, porque Simeón, saludando en el Niño la luz que ilumina las gentes y la gloria de Israel (cfr. Lc 2, 32), reconocía en Él al Mesías, al Salvador de todos; ha comprendido la referencia profética a la pasión de Cristo: que las palabras de Simeón, las cuales unían en un solo vaticinio al Hijo, "signo de contradicción" (Lc 2, 34), y a la Madre, a quien la espada habría de traspasar el alma (cfr. Lc 2, 35), se cumplieron sobre el Calvario.

»Misterio de salvación, pues, que el episodio de la Presentación en el Templo orienta en sus varios aspectos hacia el acontecimiento salvífico de la Cruz. Pero la misma Iglesia, sobre todo a partir de los siglos de la Edad Media, ha percibido en el corazón de la Virgen que lleva al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor (cfr. Lc 2, 22), una voluntad de oblación que trascendía el significado ordinario del rito. De dicha intuición encontramos un testimonio en el afectuoso apóstrofe de San Bernardo: "Ofrece tu Hijo, Virgen sagrada, y presenta al Señor el fruto bendito de tu vientre. Ofrece por la reconciliación de todos nosotros la víctima santa, agradable a Dios" (San Bernardo, Sermón en la fiesta de la Purificación, III, 2: PL 183, 370)».

Pablo VI, Exhort. apost. Marialis cultu, 2-II-1974, n. 20

«La primera persona que se asocia a Cristo en el camino de la obediencia, de la fe probada y del dolor compartido, es su madre, María. El texto evangélico nos la muestra en el acto de ofrecer a su Hijo: una ofrenda incondicional que la implica personalmente: María es Madre de Aquel que es "gloria de su pueblo Israel" y "luz para alumbrar a las naciones", pero también "signo de contradicción" (cfr. Lc 2, 32. 34). Y a Ella misma la espada del dolor le traspasará su alma inmaculada, mostrando así que su papel en la historia de la salvación no termina en el misterio de la Encarnación, sino que se completa con la amorosa y dolorosa participación en la muerte y resurrección de su Hijo. Al llevar a su Hijo a Jerusalén, la Virgen Madre lo ofrece a Dios como verdadero Cordero que quita el pecado del mundo; lo pone en manos de Simeón y Ana como anuncio de redención; lo presenta a todos como luz para avanzar por el camino seguro de la verdad y del amor.

»Las palabras que en este encuentro afloran a los labios del anciano Simeón — mis ojos han visto a tu Salvador (Lc 2, 30)—, encuentran eco en el corazón de la profetisa Ana. Estas personas justas y piadosas, envueltas en la luz de Cristo, pueden contemplar en el niño Jesús "el consuelo de Israel" (Lc 2, 25). Así, su espera se transforma en luz que ilumina la historia.

»Simeón es portador de una antigua esperanza, y el Espíritu del Señor habla a su corazón: por eso puede contemplar a Aquel a quien muchos profetas y reyes habían deseado ver, a Cristo, luz que alumbra a las naciones. En aquel Niño reconoce al Salvador, pero intuye en el Espíritu que en torno a él girará el destino de la humanidad, y que deberá sufrir mucho a causa de los que lo rechazarán; proclama su identidad y su misión de Mesías con las palabras que forman uno de los himnos de la Iglesia naciente, del cual brota todo el gozo comunitario y escatológico de la espera salvífica realizada. El entusiasmo es tan grande, que vivir y morir son lo mismo, y la "luz" y la "gloria" se transforman en una revelación universal».

Benedicto XVI, Homilía en la fiesta de la Presentación del Señor, 2-II-2006.

«Las palabras del anciano Simeón anunciando a María su participación en la misión salvífica del Mesías, ponen de manifiesto el papel de la mujer en el misterio de la redención. En efecto, María no es sólo una persona individual; también es la "hija de Sión", la mujer nueva que, al lado del Redentor, comparte su pasión y engendra en el Espíritu a los hijos de Dios. Esa realidad se expresa mediante la imagen popular de las "siete espadas" que atraviesan el corazón de María. Esa representación pone de relieve el profundo vínculo que existe entre la madre que se identifica con la hija de Sión y con la Iglesia, y el destino de dolor del Verbo encarnado.

»Al entregar a su Hijo, recibido poco antes de Dios, para consagrarlo a su misión de salvación, María se entrega también a sí misma a esa misión. Se trata de un gesto de participación interior, que no es sólo fruto del natural afecto materno, sino que sobre todo expresa el consentimiento de la mujer nueva a la obra redentora de Cristo.

»En su intervención, Simeón señala la finalidad del sacrificio de Jesús y del sufrimiento de María: se harán "a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones" (Lc 2, 35). Jesús, "signo de contradicción" (Lc 2, 34) que implica a su madre en su sufrimiento, llevará a los hombres a tomar posición con respecto a él, invitándolos a una decisión fundamental. En efecto, "está puesto para caída y elevación de muchos en Israel" (Lc 2, 34).

»Así pues, María está unida a su Hijo divino en la con vistas a la obra de la salvación. Ciertamente, existe el peligro de caída para quien no acoge a Cristo, pero un efecto maravilloso de la redención es la elevación de muchos. Este mero anuncio enciende gran esperanza en los corazones a los que ya testimonia el fruto del sacrificio.

»Al poner bajo la mirada de la Virgen estas perspectivas de la salvación antes de la ofrenda ritual Simeón parece sugerir a María que realice ese gesto para contribuir al rescate de la humanidad. De hecho, no habla con José ni de José: sus palabras se dirigen a María, a quien asocia al destino de su Hijo (...). La conclusión del episodio de la presentación de Jesús en el templo parece confirmar el significado y el valor de la presencia femenina en la economía de la salvación. El encuentro con una mujer, Ana, concluye esos momentos singulares, en los que el Antiguo Testamento casi se entrega al Nuevo».

Juan Pablo II, Discurso en la audiencia general , 8-I-1997


La voz de los Padres de la Iglesia

«Del mismo modo que la Madre de Dios y Virgen intacta sostuvo en sus brazos a la Luz verdadera y la entregó a aquellos que yacían en las tinieblas, igualmente nosotros, iluminados con su luz, y sosteniendo en nuestras manos la luz que alumbra a todos, apresurémonos a salir al encuentro de Aquél que es la Luz verdadera.

»Pues verdaderamente la luz ha venido al mundo ( Jn 3, 19) y ha iluminado a este mundo rodeado de tinieblas; y nos ha visitado el Sol que surge de lo alto y ha iluminado a los que se encontraban en las tinieblas (cfr. Lc 1, 78-79). Éste es nuestro misterio. Por esto caminamos sosteniendo los cirios, para significar la Luz que nos ha iluminado y el esplendor futuro que esperamos recibir de Él. Corramos todos juntos al encuentro de Dios.

»Ha venido la luz verdadera que alumbra a todo hombre ( Jn 1, 9); por tanto, hermanos, dejémonos iluminar. Que todos seamos partícipes de su resplandor; que nadie, cubriendo su resplandor, permanezca en la noche, sino que todos, resplandecientes e iluminados, vayamos a su encuentro para recibir, junto con el anciano Simeón, aquella Luz clara y sempiterna. Y todos, participando del gozo del anciano, entonemos un cántico de acción de gracias al Padre de la luz, quien nos ha enviado a la Luz verdadera, ha eliminado las tinieblas y nos ha hecho a todos resplandecientes.

»Nosotros también hemos visto por Él a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos ( Lc 2, 30-31), a quien has manifestado para gloria del nuevo Israel, y sin dilación fuimos liberados del antiguo pecado, del mismo modo que Simeón, una vez que vio a Cristo, fue liberado de las ataduras de la vida presente.

»Nosotros también hemos abrazado con la fe a Cristo que viene a nosotros desde Belén; hemos sido constituidos Pueblo de Dios, los que antes éramos gentiles; hemos visto con nuestros ojos al Dios hecho carne y, aceptada en los brazos de nuestro espíritu la presencia visible de Dios, somos el nuevo Israel».

San Sofronio de Jerusalén (siglo VII), Discurso III en la Presentación del Señor.

«Simeón no había ido al templo por casualidad, sino que fue movido por el Espíritu Santo: todos aquellos que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios ( Rm 8, 14). El Espíritu Santo lo llevó al templo. También tú, si quieres abrazar a Jesús y tenerlo entre tus manos, si deseas hacerte digno de ser librado de la prisión, pon todo tu esfuerzo en ser dirigido por el Espíritu y en venir al templo de Dios. Ahora te encuentras en el templo del Señor Jesús, es decir, en su Iglesia; éste es el templo construido con piedras vivas (1 Pe 2, 5). Pero tu estás en el templo del Señor cuando tu vida y tus costumbres son dignos del nombre que designa a la Iglesia. Si vienes al templo movido por el Espíritu, encontrarás a Jesús Niño, lo acogerás en tus brazos y dirás: ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo, según tu palabra ( Lc 2, 29)».

Orígenes (siglo III), Tratado sobre el Evangelio de San Lucas 15, 1-5.


La voz de los santos

«Dos preceptos imponía la Ley antigua, relativos al nacimiento de los hijos primogénitos: el uno obligaba a la madre, pues quedaba inmunda, a permanecer retirada en casa por espacio de cuarenta días, transcurridos los cuales iba a purificarse en el templo; el otro imponía a los padres la obligación de llevar el primogénito al templo para ofrecerlo al Señor. La Virgen Santísima quiso en este día cumplir el uno y el otro precepto.

»Es verdad que María no estaba obligada a la ley de la purificación, por haber permanecido siempre virgen purísima; pero amaba con tan entrañable amor la humildad y la obediencia que, como las otras madres, quiso presentarse en el templo para purificarse. Cumplió también el segundo mandamiento de la ley presentando a su Hijo y ofreciéndolo al eterno Padre, como lo dice San Lucas: cumplido el tiempo de la purificación de la Madre, según la ley de Moisés, llevaron al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor ( Lc 2, 22). Pero la Virgen María lo ofreció de modo muy diverso de lo que solían hacer las demás madres al ofrecer a sus hijos.

»Las otras madres ofrecían a sus hijos, pero sabían muy bien que esta oblación no pasaba de una mera ceremonia legal; pues, una vez rescatados, recobraban sobre ellos el derecho que tenían, sin temor de tener que ofrecerlos después a la muerte. María, por el contrario, ofreció realmente a su Hijo a la muerte, y sabía muy bien que el sacrificio que entonces hacía de la vida de Jesucristo se había de consumar un día en el ara de la Cruz; de manera que, ofreciendo la vida de su Hijo por el inmenso amor que le tenía, María hizo a Dios perfecto holocausto de sí misma».

San Alfonso María de Ligorio (siglo XVIII), Las glorias de María. * * *


La voz de los poetas

¡Oh, tú, Reina, que beata
entre todas las mujeres
mereciste ser y eres!
¡Oh Virgen semper intacta,
por quien dijo Salomón:
¡Pura doncella,
toda eres bella
en perfección!
Sin mancilla te llamó
porque nunca la tuviste,
y sin pecado naciste,
y sin él te recibió
el colegio celestial
en su gremio,
dándote muy rico premio
eternal.
Al cual premio preveniste
con angustias y dolores,
no tamaños, mas mayores
que ninguna mujer triste:
que cuanto de más valía
que tu fruto
de dolor más absoluto
te hería.
Entre tus penas extrañas
y dolores tanto crudos,
siete cuchillos agudos
traspasaron tus entrañas;
los cuales si me das gracia
te querría presentar,
Virgen María,
sin falacia.
El cuchillo fue primero
que hirió tu corazón
cuando al justo Simeón
ofreciste tu cordero,
y habló por profecía
que el infante
un cuchillo muy tajante
te sería.
Fue tu ánima bendita
de cuchillo muy cruel
llagada, cuando por el
gran temor de escalonita
viajaste con recelo
en Egipto
con el tu Hijo chiquito
rey del cielo.
El cuchillo doloroso
tercero que te hirió
fue cuando se te perdió
el infante glorioso,
e lo tuviste tres días
por perdido.
¡Oh, llanto cuán dolorido
que harías!
Cuando te fue denunciada
la triste denunciación
de su cruda detención,
del cuarto fuiste llagada,
y tu corazón carpido
de dolor,
por ser preso tu señor
e vendido.
Tu inmenso dolor quinto
fue cuando desde la cruz
aquel príncipe de luz,
de su sangre todo tinto,
te dijo con gran afán:
¡Oh, mujer,
en hijo debes haber
a San Juan!
Con el sexto te llagaron
cuchillo sin piedad
cuando su humanidad
de la cruz desenclavaron,
y en tu santo regazo
fue tendida
y su cabeza herida
en tu brazo.
El septeno fue cuchillo
de gran dolor que pasaste
cuando tu Hijo dejaste
en aquel sacro lucillo;
e cual finca la ciudad
despoblada
quedaste, Virgen sagrada,
en soledad.
Pero maguer aflijida
más que nunca lo fue madre
en ti por gracia del Padre
quedó nuestra fe cumplida,
y la tu pura flaqueza
femenil
fue convertida en viril
fortaleza.
Por estos tan doloridos
cuchillos con que hirieron
tus entrañas y rompieron
los tus pechos no tañidos,
te suplico que me libres
de tormentos
y de malos pensamientos
me delibres.
Líbrame del mal pensar,
¡oh, María, gracia plena,
toda pura, toda buena!
líbrame de mal obrar,
porque tú intercedente
no perezca,
mas en la gloria merezca
ser presente.
Entera consolación
en nuestros grandes conflictos,
de los míseros aflictos
una segura mansión,
ruega, Señora, por mí
ante aquel
Hijo de Dios, Enmanuel,
e de ti.

Gómez Manrique (siglo XV), Cuchillos de dolor de Nuestra Señora.


J. A. Loarte