Entender y vivir la Misa

¿Cuáles son los ritos litúrgicos de la celebración de la Eucaristía y qué significado tienen? ¿Cómo podemos aprender a vivir la Santa Misa? Lo explicamos, paso a paso.

Preguntas sobre la fe cristiana
Opus Dei - Entender y vivir la MisaPhoto by Grant Whitty on Unsplash

Hemos seleccionados algunos párrafos de tres publicaciones que detallan los ritos litúrgicos de la Misa, con la intención de que se comprenda mejor el sacramento de la Eucaristía y la participación en ella sea “plena, consciente y activa” (Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, nn. 14 y 48).


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Sumario
1. Preparar, vivir y agradecer la Misa (Cobel Ediciones*).
2. Libro “Vivir la Santa Misa”, de Mons. Javier Echevarría (Ediciones Rialp*).
3. “La Eucaristía, misterio de fe y de amor” (Homilía del fundador del Opus Dei).


Preparar, vivir y agradecer la Misa. Folleto de Cobel Ediciones

Procesión de entrada. Llegamos al templo y nos disponemos para celebrar el misterio más grande de nuestra fe. Llegar puntual es señal cierta de amar la Santa Misa.

Beso en el altar. El sacerdote entra, besa el altar y saluda a todos los presentes con el saludo de bienvenida más grande que puede darse: la señal de la cruz mientras dice en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Acompaña tú al sacerdote en ese beso al altar, mientras le pides al Señor que te ayude a vivir la Santa Misa con la misma pureza, humildad y devoción con que le recibió la Santísima Virgen.

Acto penitencial. Pedimos humildemente perdón al Señor por todas nuestras faltas. Es el momento de reconocer que somos eso, pobres pecadores. Y nos acordamos de nuestras faltas concretas, de tantos descuidos en el trato con Dios y con los demás, de nuestras caídas graves y menos graves que nos alejan de Dios, de nuestras faltas cometidas por la pereza, el egoísmo o la sensualidad... y le pedimos al Señor que ya no más, que no queremos volver a ofenderle y que nos perdone. ¡Qué gozada empezar la Santa Misa con el corazón y el alma limpia! ¡Y aprovechamos para revisar cuándo fue nuestra última confesión y acudimos a este Sacramento para poder recibir dignamente al Señor en la comunión!

Gloria. Alabamos a Dios, reconociendo su santidad, al mismo tiempo que nuestra necesidad de Él. El Gloria es como un grito de entusiasmo hacia Dios, a toda la Trinidad.

Oración Colecta. Es la oración que el sacerdote, en nombre de todo el pueblo de Dios, hace al Padre. El sacerdote deja aquí un momento de silencio para poner alguna(s) intención(es) al ofrecer este sacrificio de la Misa. Aprovecha tú para poner intenciones concretas. No olvides que en la Misa es donde se arreglan todos los problemas, pues Dios nos concede cualquier cosa que acompañe al sacrificio de su Hijo.

Primera lectura. En el Antiguo Testamento, Dios nos habla a través de la historia del pueblo de Israel .

Evangelio. El canto del Aleluya nos dispone a escuchar la proclamación del misterio de Cristo. Al finalizar aclamamos diciendo: "Gloria a ti, Señor Jesús". Es el mismo Jesucristo quien nos habla en la Escritura. Por eso lo escuchamos de pie, y el sacerdote lo besa cuando termina de proclamarlo. Es el mismo Jesucristo quien te habla a ti. Métete en esa escena del Evangelio.

Homilía. El celebrante nos explica la Palabra de Dios. Aprovecha tú estos momentos para dialogar interiormente con el Señor. Haz propios los consejos que te dan y procura sacar propósitos concretos. Una buena homilía es aquella que te cambia por dentro.

Credo. Después de escuchar la Palabra de Dios, confesamos nuestra fe. Hazlo de manera personal. Eres tú quien se lo dice a Dios.

Oración de los fieles. Rezamos unos por otros pidiendo por las necesidades de todos. Sé consciente de que todo lo que le pedimos al Señor en la Misa nos lo concede.

Presentación de las ofrendas del pan y del vino. En ese Pan y ese Vino que ofrece el sacerdote a Dios –fruto del sudor y del trabajo del hombre– están todos tus esfuerzos humanos, tus horas de estudio, todos tus problemas, agobios y preocupaciones, tus buenas acciones y tus luchas por portarte bien. Ofrécele a Dios todo eso. Todas las horas y acciones de tu día –deporte, estudio, clases, horas de trabajo, diversiones, desilusiones, pequeñas mortificaciones, prácticas de piedad, detalles de servicio, etc.- puedes ponerlos en la patena junto a Cristo y así sobrenaturalizarás tu vida. Todo estará hecho para Dios y será grato a Dios. Haz de verdad, de tu vida, una ofrenda al Señor.

Lavabo. Mientras el sacerdote hace el lavatorio de las manos, repite tú por dentro la oración que hace interiormente: ¡Señor, lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado!

Prefacio. Es una oración de acción de gracias y alabanza a Dios, al tres veces santo. –El Señor esté con vosotros: ese "vosotros" hace referencia a todos los hombres del mundo, no sólo a los presentes. –Levantemos el corazón: levantarlo hasta el cielo, para unirnos a todos los que están allí. –Demos gracias a Dios: y a continuación se dan argumentos, motivos por los que damos gracias (primero por darnos a Jesucristo y luego se dan otros distintos según los días: estate atento para descubrirlos). –Por eso con los ángeles...: pedimos también a los ángeles que adoren a Dios con nosotros. ¡Está toda la creación en la Misa, aunque la Iglesia esté vacía! Siéntete muy acompañado en esta Santa Misa.

Epíclesis. El celebrante extiende sus manos sobre el pan y el vino e invoca al Espíritu Santo, para que por su acción los transforme en el cuerpo y la sangre de Jesús.

Consagración. El sacerdote hace "memoria" de la última cena, pronunciando las mismas palabras de Jesús. Presta su voz a Jesucristo. El pan y el vino se transforman así –transustanciado– en el cuerpo y en la sangre de Jesús. Puedes decirle mientras alza la Hostia y el cáliz: ¡Te adoro con devoción, Dios escondido!, ¡Señor mío y Dios mío!, o “Auméntame la fe”.

Aclamación. Aclamamos el misterio central de nuestra fe.

Doxología. El sacerdote ofrece al Padre el cuerpo y la sangre de Jesús, por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo. Todos respondemos con fuerza: "Amén".

Padrenuestro. Preparándonos para comulgar, rezamos al Padre como Jesús nos enseñó.

Comunión. Llenos de alegría nos acercamos a recibir a Jesús, pan de vida. Antes de comulgar hacemos un acto de hu mildad y de fe, recitando oraciones al Señor que nos ayuden a recibirle lo mejor preparado posible. Aprovecha mientras estás en la cola de la Comunión para rezar comuniones espirituales. Cuando recibas el cuerpo de Cristo, di el “¡Amén!” con convicción. Estás diciendo: sé que a quien recibo es Cristo, el mismo que nació en Belén y murió en la Cruz (aunque mis ojos sólo vean un simple trozo de pan). El Amén es un gran acto de fe: dilo fuerte.

Oración. Damos gracias a Jesús por haberlo recibido, y le pedimos que nos ayude a vivir en comunión.

Bendición final. Recibimos la bendición del sacerdote. Que ese “podéis ir en paz” sea el reflejo de una Misa luchada por estar bien vivida.

* Agradecemos a Cobel Ediciones el permiso para reproducir algunos extractos del folleto “La Misa. Para preparar, vivir y agradecer la misa” disponible en su página web.

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Extractos del libro “Vivir la Santa Misa”, de Mons. Javier Echevarría. Ediciones Rialp

Canto de entrada. El canto o la antífona de entrada destaca el carácter festivo de la celebración eucarística. Comienza a desarrollarse la reunión de la familia de Dios en la tierra, en comunión con toda la Iglesia —la que ya goza de la Trinidad en el Cielo, la que se purifica en el Purgatorio, la que peregrina aún aquí abajo—, encabezada por Jesucristo Nuestro Señor, Verbo encarnado y Primogénito entre muchos hermanos (cfr. Rm 8, 28). (...) La reverencia al altar y el beso que el celebrante deposita sobre esa ara aparecen también repletos de significado. El sacerdote está allí, no en su propio nombre, sino in nomine Ecclesiæ, en nombre de la Iglesia. Representa, pues, a todos los fieles, y en nombre de todos da el beso litúrgico a Cristo, simbolizado por el altar.

Acto penitencial. Con el acto penitencial, que rezamos todos juntos, manifestemos con más conciencia esos sentimientos de compunción, de dolor de amor, a los que nos invita la Iglesia. (...)

Gloria. Del reconocimiento de nuestra nada —más aún, de nuestro ser pecadores, necesitados de perdón— pasamos a proclamar la grandeza del Dios tres veces Santo. La lengua no logra encontrar las palabras adecuadas para manifestar el reconocimiento debido a Dios, y alargamos el canto en expresiones de alabanza por los bienes que hemos recibido.

Colecta. En la Colecta, presentamos a Dios Padre las peticiones que la Iglesia eleva al Cielo cada vez que se celebra el Santo Sacrificio. Lo hacemos siempre por medio de Jesucristo, el único Mediador, en la comunión del Espíritu Santo, que recoge nuestras súplicas y las une a las de nuestra Cabeza. De nuevo el misterio de la Trinidad Santa se hace presente en la Misa. (...) El texto de la Colecta compone un abanico de súplicas que se eleva al Cielo con matices diversos, según los tiempos litúrgicos y las fiestas que se celebran, y que nos dispone —ya desde el comienzo del Santo Sacrificio— para acoger lo mejor posible a Cristo en la Comunión.

Liturgia de la Palabra

«La Misa consta de dos partes: la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística, tan estrechamente unidas entre sí que constituyen un solo acto de culto» (Misal Romano, Institución General, 28)

Primera lectura: Dios habla a los hombres. La primera lectura, tomada generalmente del Antiguo Testamento, nos presenta al Padre celestial que se inclina benignamente sobre sus hijos. (...) La consideración de que "Dios mismo habla a su Pueblo", resulta muy oportuna para tomar conciencia gráfica de esta realidad. Nos advierte que, sin temor —como les sucedía, en cambio, a los israelitas—, hemos de meditar concienzudamente en el empeño con que el Señor quiso —¡y quiere!— abrir camino a los suyos: cómo los libera de la tremenda esclavitud; cómo protege y conduce a aquella multitud por el desierto; y, a la vez, hemos de prestar atención a que también nosotros somos tan duros de corazón como para rebelarnos a la Voluntad divina o para no conceder importancia a los desvelos de nuestro Creador.

Salmo Responsorial: respuesta de los fieles a la Palabra de Dios. El Salmo Responsorial es como una prolongación de los temas propuestos en la primera lectura. La enseñanza recibida se torna plegaria, oración que alzamos a Dios con palabras que Él mismo ha puesto en boca de los hombres; constituye, por eso, la mejor respuesta a los requerimientos divinos que hemos escuchado. (...) A las palabras del lector o del celebrante, el pueblo responde con una breve aclamación, tomada generalmente del mismo salmo, que resume el sentido de nuestra súplica. Esforcémonos en recitar acompasadamente esas palabras —que son, repito, oración—, todos a una, pensando en lo que decimos y a Quien se lo decimos.

La proclamación del Evangelio y la homilía. El diácono o el presbítero eleva la voz para anunciar que Jesucristo está entre nosotros: Dominus vobiscum! Toca el libro con el dedo pulgar de la mano derecha trazando una pequeña cruz, y luego se signa en la frente, en la boca y en el pecho, mientras notifica a los presentes que se dispone a proclamar el Evangelio de Jesucristo, fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree (Rm 1, 16), como escribe San Pablo.

Estos gestos tienen un significado muy preciso. Simbolizan nuestros deseos de apropiarnos de la Verdad del Evangelio, de modo que informe plenamente nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones. Se nos comunican las enseñanzas del Señor para que las meditemos en la intimidad personal y las incorporemos a nuestras almas, de modo que luego las comuniquemos —con la conversación y con las obras— a las personas con quienes coincidamos durante la jornada. Descubrimos de nuevo una llamada a la responsabilidad apostólica de los cristianos, que en la Santa Misa cobra nuevas fuerzas.

Empeñémonos en profundizar en las lecturas de la Misa, quizá reteniendo en la memoria alguna frase que pueda servirnos como alimento de la presencia de Dios a lo largo de la jornada. (...)

La homilía es siempre una explicación sencilla y vibrante, bien enraizada en los textos litúrgicos, de algún aspecto del caminar cristiano. Sintamos los sacerdotes la urgencia de elaborar con cariño esa intervención, también cuando en ocasiones se reduzca a unas breves palabras: el Espíritu Santo desea servirse de esas consideraciones para penetrar con más profundidad en las almas de los oyentes.

Credo: la profesión de fe. Con la palabra de Dios en el alma, ilustrada por la homilía y asimilada en la meditación personal, los fieles —sacerdotes y laicos— adquirimos mayor conciencia de la dignidad de nuestra vocación. Agnosce o christiane dignitatem tuam!, reconoce, oh cristiano, tu dignidad, clamaba San León Magno[1]. Esto es lo que nos propone la última parte de la Liturgia de la Palabra, que sirve como enlace entre las lecturas y el ofrecimiento del pan y del vino.

La recitación del Credo —los domingos y las solemnidades— y la oración de los fieles son como el distintivo del cristiano. En concreto, el rezo o canto del Credo ha de constituir siempre un motivo de santo orgullo para los hijos de Dios, al saborear la asombrosa realidad de ser Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. «Somos un solo pueblo que confiesa una sola fe, un Credo; un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (San León Magno, Homilía I en la Natividad del Señor (PL 54, 192).

Oración de los fieles. Con la oración de los fieles termina la primera parte de la Misa. Gracias al sacerdocio común recibido en el Bautismo, los fieles elevan oraciones de intercesión por la Iglesia y por el mundo entero. No quitemos importancia a esta responsabilidad de rezar intensamente por el Cuerpo místico de Cristo y por la humanidad. (...) No olvidemos además que, al elevar estas plegarias, es Cristo mismo quien las presenta a Dios Padre por la virtud del Espíritu Santo.

Liturgia eucarística

Presentación de las ofrendas. En la Misa, Jesús desea que por Él, con Él y en Él los miembros de su Cuerpo místico participemos en su oblación a Dios Padre. (...) Las palabras que acompañan a la presentación de los dones ponen de manifiesto lo que el Señor espera de nosotros. El pan y el vino, frutos de la tierra y del trabajo de los hombres (Cfr. Misal romano, Ordinario de la Misa), representan a la entera creación, que ha de ser restituida a Dios —después de estar alejada de Él por el pecado del hombre— merced también al esfuerzo de los cristianos en unión con el sacrificio de Cristo. (...)

El ofertorio no se queda en un rito meramente exterior, algo que realiza el sacerdote y que los fieles simplemente presencian. Además de constituir la materia de la Eucaristía, el pan y el vino simbolizan la entrega de nuestra propia vida. (...)

Jesucristo asume nuestra ofrenda —hasta las faltas, si las rectificamos y pedimos perdón— cuando la hemos fundido idealmente con el pan y el vino que se convertirán en su Cuerpo y Sangre. De este modo somos incorporados al ofrecimiento de su Vida y de su Muerte que Él ha confiado a la Iglesia, y la entrega de nuestra vida y de nuestro trabajo resulta grata a Dios.

Plegaria eucarística (anáfora).

En esta oración solemnísima, el «centro y la cumbre de toda la celebración» (Misal romano, Institución General, n. 78), la Iglesia se dirige al Padre, fuente de todo bien, en unión con Cristo, por la virtud del Espíritu Santo.

Todos los ritos litúrgicos la presentan como una gran súplica formada por diversas oraciones estrechamente entrelazadas. Comienza por una acción de gracias, el prefacio, coronado por el Sanctus, a la que sigue una epíclesis o súplica al Espíritu Santo, en la que se pide al Paráclito que con su virtud divina transforme el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Luego viene el relato de la institución de la Eucaristía, que no es un mero recuerdo, sino un acto en el que —gracias a las palabras de la Consagración, que el sacerdote pronuncia in persona Christi— se obra la transustanciación del pan y del vino, que hace presente sobre el altar a la misma Víctima del Calvario, ahora gloriosa.

Inmediatamente después, en cumplimiento del mandato de Jesucristo, viene la anámnesis (que significa "memorial", "recuerdo"), modo con el que se recoge todo lo que Nuestro Señor ha realizado por nosotros (especialmente su muerte, su resurrección y su ascensión al Cielo), y la Iglesia presenta al Padre la ofrenda de su Hijo. No faltan las intercesiones —en diversos momentos, según las distintas Plegarias eucarísticas—, en las que se pone de manifiesto la comunión de la Iglesia de la tierra con la del cielo, y se reza por todos los fieles, vivos y difuntos, y especialmente por el Papa y por los obispos del mundo entero. Termina con la doxología u oración de alabanza a la Santísima Trinidad, a la que el pueblo responde Amén a una sola voz (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1352-1354).

Prefacio: acción de gracias. Vere dignum et iustum est, æquum et salutare... Así comienza el Prefacio: «En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno...» (Misal romano, Plegaria eucarística, Parte inicial del prefacio). La Eucaristía es el eminente sacrificio de adoración y de acción de gracias, de propiciación y de impetración, como lo es el sacrificio del Calvario al que hace presente en todo tiempo y lugar. El prefacio manifiesta de modo particular la alabanza y la gratitud de la Iglesia «al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus obras, por la creación, la redención y la santificación» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1352).

(...) De este modo, nuestra gratitud por los dones recibidos resultará muy agradable a la Trinidad Santísima. Entonces, al rezar o cantar el Sanctus, con el que finaliza el prefacio, estaremos íntimamente unidos a la adoración, a la acción de gracias, a la alabanza que la Iglesia celestial canta incesantemente al Dios tres veces Santo.

Las intercesiones. Las diversas Plegarias eucarísticas se complementan entre sí; cada una ilustra o desarrolla aspectos insinuados en las otras, contribuyendo de este modo a resaltar de forma más patente las riquezas insondables del Misterio eucarístico. (...) Al concluir estas primeras oraciones de intercesión, antes de invocar al Espíritu Santo y actualizar las palabras de Cristo en la Última Cena, el Canon Romano pone en boca del celebrante una oración, el Hanc igitur, en la que recapitula todo lo que ha pedido hasta ese momento, con el deseo de no dejar nada fuera de la oblación santísima.

La eplíclesis o invocación al Espíritu Santo. Al rezar una u otra de las Plegarias eucarísticas, podemos gozarnos en descubrir los diversos modos con que se describe la acción del Paráclito. Le invocamos especialmente en esa oración (epíclesis) con la que «la Iglesia pide al Padre que envíe su Espíritu Santo (...) sobre el pan y el vino, para que se conviertan, por su poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1353).

Consagración. Nos detenemos ahora en el momento crucial del Santo Sacrificio, la Consagración, cuando —como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica— «la fuerza de las palabras y de la acción de Cristo y el poder del Espíritu Santo hacen sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y de vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la Cruz de una vez para siempre» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1353).

(...) ¡Qué hondura atesoran las palabras: esto es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre! Llenan de seguridad, refuerzan nuestra fe, aseguran nuestra esperanza y enriquecen nuestra caridad. Sí: Cristo vive, es el mismo de dos mil años atrás, y vivirá siempre, interviniendo en nuestro peregrinar. Nuevamente se nos acerca como caminante con nosotros, lo mismo que en Emaús, para sostenernos y darnos apoyo en todo nuestro quehacer.

La presencia real de Jesús es consecuencia del misterio inefable que se cumple con la transustanciación, ante el que no cabe otra actitud que adorar la omnipotencia y el amor de Dios. Por eso nos arrodillamos al llegar este instante sublime, que constituye el núcleo de la celebración eucarística. En esos momentos, el sacerdote es instrumento del Señor, actúa in persona Christi.

(...) Después de la Consagración del pan y del vino, el sacerdote proclama que el divino sacrificio se ha hecho sacramentalmente presente —mysterium fidei!—, y el pueblo responde con una aclamación que —en cualquier caso— expresa el compromiso de los cristianos de trabajar por la difusión del reino de Cristo en la tierra, hasta su venida gloriosa al final de los tiempos: mortem tuam annuntiamus, Domine, et tuam resurrectionem confitemur, donec venias (Misal romano, Aclamación después de la Consagración).

Rito de la Comunión

El Padrenuestro, la oración de los hijos de Dios. Roguemos humildemente al Paráclito que nos conceda la gracia de no acostumbrarnos a ser, a obrar, a llamarnos con este nombre santísimo de hijos de Dios. Decidámonos a fomentar el espíritu de filiación divina, considerando con mucha frecuencia esta verdad: ¡soy hijo de Dios, en Cristo, por el Espíritu Santo! Pensar y actuar de esta manera, moverse habitualmente con la seguridad de saberse hijo muy amado del Padre celestial, «no entraña arrogancia, sino fe; proclamar lo que has recibido —escribe San Ambrosio— no supone soberbia, sino devoción. Levanta, pues, la mirada al Padre que te engendró por el Bautismo, al Padre que te redimió por el Hijo, y di: Padre nuestro» San Ambrosio, Los Sacramentos V, 19 (PL 16, 450-451).

Rito de la paz. Fortalecer los lazos de la fraternidad con todas las almas ayuda a unirse fructuosamente a Jesús en la Eucaristía; así, además, colaboramos en la realización de esa concordia entre los hombres, por la que la Iglesia intercede en la Santa Misa.

La Comunión: unión con Jesucristo. En la Sagrada Comunión, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, se nos ofrece como alimento espiritual para unirnos más a Sí y perfeccionar la primera configuración con Él, recibida en el Bautismo. Toda la eficacia del misterio de la Encarnación —vida, muerte y glorificación del Señor— se nos entrega en ese momento, y la recibimos con mayor o menor perfección según la calidad de las disposiciones personales. (...) Con el don divino de la Sagrada Comunión, cada uno se sitúa personalmente delante del Señor con sus defectos y limitaciones, pero nos vemos urgidos también a acogerle con verdaderas ansias de purificación.

Después de la Comunión. Entre las recomendaciones de la Iglesia para después de la Comunión, destaca la de permanecer algunos instantes en silencio, en acción de gracias a Dios por habernos entregado a su Hijo como alimento del alma: momento de los afectos de amor y de la contrición; hora de las peticiones por la Iglesia, por el Papa, por la familia, por tantas otras personas e intenciones concretas. ¿Qué mejor ocasión que ésta, cuando perdura aún la presencia real de Cristo en nosotros, para manifestarle llenos de confianza nuestras necesidades, las de la Iglesia y las de las personas que amamos?

Rito de conclusión

Ite, missa est: de la Misa a la misión. Por ser centro y raíz de la vida espiritual del cristiano, la Santa Misa constituye la fuente de energía sobrenatural que permite empeñarse a fondo en el apostolado. Precisamente porque se ha unido al Sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, y porque ha participado del Cuerpo del Señor, el fiel cristiano está en condiciones de llevar el mensaje de Jesús a sus vecinos y parientes, a los colegas, a todas las personas con las que se cruce en su caminar diario.

Acción de gracias después de la Misa. Cuando el tiempo dedicado a la acción de gracias dentro de la Misa resulta demasiado breve, puede ser una buena norma de conducta —si otras obligaciones urgentes no lo impiden— prolongar la acción de gracias unos minutos más, de modo personal, al terminar el Santo Sacrificio.

*Agradecemos a la Fundación Studium el permiso para reproducir algunos párrafos del libro “Vivir la Santa Misa”, disponible en la página web de Ediciones Rialp.

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“La Eucaristía, misterio de fe y de amor”. Homilía del fundador del Opus Dei.

Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fieles: participar amorosamente en la Santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros.

Permitid que os recuerde lo que en tantas ocasiones habéis observado: el desarrollo de las ceremonias litúrgicas. Siguiéndolas paso a paso, es muy posible que el Señor haga descubrir a cada uno de nosotros en qué debe mejorar, qué vicios ha de extirpar, cómo ha de ser nuestro trato fraterno con todos los hombres.

Canto de entrada. El sacerdote se dirige hacia el altar de Dios, del Dios que alegra nuestra juventud. La Santa Misa se inicia con un canto de alegría, porque Dios está aquí. Es la alegría que, junto con el reconocimiento y el amor, se manifiesta en el beso a la mesa del altar, símbolo de Cristo y recuerdo de los santos: un espacio pequeño, santificado porque en esta ara se confecciona el Sacramento de la infinita eficacia.

Petición de perdón. El Confiteor nos pone por delante nuestra indignidad; no el recuerdo abstracto de la culpa, sino la presencia, tan concreta, de nuestros pecados y de nuestras faltas. Por eso repetimos: Kyrie eleison, Christe eleison, Señor, ten piedad de nosotros; Cristo, ten piedad de nosotros. Si el perdón que necesitamos estuviera en relación con nuestros méritos, en este momento brotaría en el alma una tristeza amarga. Pero, por bondad divina, el perdón nos viene de la misericordia de Dios, al que ya ensalzamos —Gloria!—, porque Tú solo eres santo, Tú solo Señor, Tú solo altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre.

Lecturas y Credo. Oímos ahora la Palabra de la Escritura, la Epístola y el Evangelio, luces del Paráclito, que habla con voces humanas para que nuestra inteligencia sepa y contemple, para que la voluntad se robustezca y la acción se cumpla. Porque somos un solo pueblo que confiesa una sola fe, un Credo; un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Ofertorio. A continuación, la ofrenda: el pan y el vino de los hombres. No es mucho, pero la oración acompaña: recíbenos, Señor, al presentarnos a Ti con espíritu de humildad y con el corazón contrito; y el sacrificio que hoy te ofrecemos, oh Señor Dios, llegue de tal manera a tu presencia, que te sea grato. Irrumpe de nuevo el recuerdo de nuestra miseria y el deseo de que todo lo que va al Señor esté limpio y purificado: lavaré mis manos, amo el decoro de tu casa.

Hace un instante, antes del lavabo, hemos invocado al Espíritu Santo, pidiéndole que bendiga el Sacrificio ofrecido a su santo Nombre. Acabada la purificación, nos dirigimos a la Trinidad —Suscipe, Sancta Trinitas—, para que acoja lo que presentamos en memoria de la vida, de la Pasión, de la Resurrección y de la Ascensión de Cristo, en honor de María, siempre Virgen, en honor de todos los santos. (...)

Canon. Así se entra en el canon, con la confianza filial que llama a nuestro Padre Dios clementísimo. Le pedimos por la Iglesia y por todos en la Iglesia: por el Papa, por nuestra familia, por nuestros amigos y compañeros. Y el católico, con corazón universal, ruega por todo el mundo, porque nada puede quedar excluido de su celo entusiasta. Para que la petición sea acogida, hacemos presente nuestro recuerdo y nuestra comunicación con la gloriosa siempre Virgen María y con un puñado de hombres, que siguieron los primeros a Cristo y murieron por Él.

Consagración. Quam oblationem... Se acerca el instante de la consagración. Ahora, en la Misa, es otra vez Cristo quien actúa, a través del sacerdote: Este es mi Cuerpo. Este es el cáliz de mi Sangre. ¡Jesús está con nosotros! Con la Transustanciación, se reitera la infinita locura divina, dictada por el Amor. Cuando hoy se repita ese momento, que sepamos cada uno decir al Señor, sin ruido de palabras, que nada podrá separarnos de Él, que su disponibilidad —inerme— de quedarse en las apariencias ¡tan frágiles! del pan y del vino, nos ha convertido en esclavos voluntarios: præsta meæ menti de te vivere, et te illi semper dulce sapere, haz que yo viva siempre de ti y que siempre saboree la dulzura de tu amor.

Más peticiones: porque los hombres estamos casi siempre inclinados a pedir: por nuestros hermanos difuntos, por nosotros mismos. Aquí caben también todas nuestras infidelidades, nuestras miserias. La carga es mucha, pero Él quiere llevarla por nosotros y con nosotros. Termina el canon con otra invocación a la Trinidad Santísima: per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso..., por Cristo, con Cristo y en Cristo, Amor nuestro, a Ti, Padre Todopoderoso, en unidad del Espíritu Santo, te sea dado todo honor y gloria por los siglos de los siglos.

Padrenuestro. Jesús es el Camino, el Mediador; en El, todo; fuera de El, nada. En Cristo, enseñados por El, nos atrevemos a llamar Padre Nuestro al Todopoderoso: el que hizo el cielo y la tierra es ese Padre entrañable que espera que volvamos a el continuamente, cada uno como un nuevo y constante hijo pródigo.

Cordero de Dios. Ecce Agnus Dei... Domine, non sum dignus... Vamos a recibir al Señor. Para acoger en la tierra a personas constituidas en dignidad hay luces, música, trajes de gala. Para albergar a Cristo en nuestra alma, ¿cómo debemos prepararnos? ¿Hemos pensado alguna vez en cómo nos conduciríamos, si sólo se pudiera comulgar una vez en la vida?

Cuando yo era niño, no estaba aún extendida la práctica de la comunión frecuente. Recuerdo cómo se disponían para comulgar: había esmero en arreglar bien el alma y el cuerpo. El mejor traje, la cabeza bien peinada, limpio también físicamente el cuerpo, y quizá hasta con un poco de perfume... eran delicadezas propias de enamorados, de almas finas y recias, que saben pagar con amor el Amor.

Oración final y rito de conclusión. Con Cristo en el alma, termina la Santa Misa: la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo nos acompaña durante toda la jornada, en nuestra tarea sencilla y normal de santificar todas las nobles actividades humanas.

Asistiendo a la Santa Misa, aprenderéis a tratar a cada una de las Personas divinas: al Padre, que engendra al Hijo; al Hijo, que es engendrado por el Padre; al Espíritu Santo que de los dos procede. Tratando a cualquiera de las tres Personas, tratamos a un solo Dios; y tratando a las tres, a la Trinidad, tratamos igualmente a un solo Dios único y verdadero. Amad la Misa, hijos míos, amad la Misa. Y comulgad con hambre, aunque estéis helados, aunque la emotividad no responda: comulgad con fe, con esperanza, con encendida caridad.

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