El Opus Dei en los últimos años de vida de su fundador (1970-1975)

La historia del Opus Dei en los últimos cinco años de vida de su Fundador estuvo marcada por la espera ante la deseada solución jurídica, los desafíos planteados a la Iglesia en la etapa postconciliar, y una intensa catequesis que llevó a cabo el Fundador por Europa y América, que le llevó a encontrarse y conocer directamente a miles de miembros del Opus Dei. Viaje a México (1970) Del 15 de mayo al 22 de junio de 1970 el Fundador hizo un viaje a México: la primera ocasión en que visitaba tierras americanas. Hizo una romería penitencial al Santuario de la Virgen de Guadalupe (nueve días de intensa oración ante la imagen milagrosa de Nuestra Señora), como continuación de las numerosas romerías realizadas en santuarios europeos (Lourdes, Fátima, el Pilar, Einsiedeln, Loreto…), pidiendo por las necesidades de la Iglesia y por el Santo Padre, además de las intenciones del Opus Dei, en particular su solución jurídica definitiva. Acabada la novena, se reunió con diversos grupos de miembros del Opus Dei, cooperadores, amigos y gentes de toda condición, en una vibrante catequesis sobre la vida cristiana. Recuerdos de Pedro Casciaro Pedro Casciaro, que había iniciado la labor del Opus Dei en aquel país, estaba entonces al frente de la Región de Mexico.

El Padre pisó tierras mexicanas el 15 de mayo de 1970, alrededor de las tres de la madrugada. Fui a recibirlo al aeropuerto. El motivo principal de su viaje era rezar a la Virgen; estaba tan deseoso de postrarse ante sus plantas y exponerle sus súplicas que, esa misma noche, poco después de recogerle en el aeropuerto, cuando íbamos de camino hacia la sede la Comisión Regional del Opus Dei, nos preguntó si era posible pasar por delante de la Villa, que es como se conoce en México la Basílica de la Guadalupana. (…)

Presididos por esa súplica ferviente a la Virgen, fueron pasando los días de aquella novena, que solía ser más o menos así: al comienzo, el Padre hacía la oración en voz alta. De vez en cuando se quedaba en silencio y rezábamos un misterio del Rosario. Luego seguía rezando, y a continuación recitábamos uno a uno los misterios, hasta completar las tres partes (…)

“Da mucha alegría contemplar con los ojos -físicamente- y con el entendimiento y con el corazón -dijo en su oración, el quinto día de la Novena, mirando a la imagen de la Guadalupana- a esta Madre de Dios y Madre nuestra, que siempre está pendiente de sus hijos: ha vivido, ¡y vive!, para dar paz, felicidad y fortaleza a los demás. Nosotros venimos aquí a pedir con mucha confianza; a pedir y a sentirnos muy hijos de Dios, porque Ella es la Madre de Dios (…)

La estancia del Padre en México se prolongó más de un mes, desde el 15 de mayo al 22 de junio de 1970. Acudieron a escucharle todo tipo de personas, venidos desde los más diversos confines del país (…)

El Señor había dado al Padre, desde el principio de su apostolado, un gran don de lenguas. Se hacía entender fácilmente y con gran sencillez por todos, cualquiera que fuera la mentalidad, la idiosincrasia, la nacionalidad o raza. Poseía una gracia humana y una simpatía que arrastraba: sabía convertir aquellos encuentros multitudinarios en tertulias entrañables, con sabor de primitiva cristiandad, donde cada cual preguntaba y hablaba con gran espontaneidad y libertad. Las llamábamos así: tertulias , porque realmente lo eran: a pesar de que, a veces, estuviese formadas por cientos, en ocasiones miles, de personas de diversas nacionalidades.

Mi asombro crecía de día en día. Porque ¡eran tan diferentes, tan distintos, los grupos humanos a los que hablaba de Dios! (…) Aclaraba un punto de la vida cristiana, daba doctrina sobre otro, indicaba soluciones y remedios, alentaba a luchar… Siempre, con un tono optimista y alegre, salpicado de bromas y anécdotas. Me di cuenta entonces de que, al igual que el buen vino, sus virtudes se habían ido enriqueciendo con el paso de los años, como en un in crescendo : el Padre se había ido llenando , con los años, cada vez más, de Dios, y su predicación rezumaba santidad: sabor evangélico y hondura sobrenatural. (…)

A veces, sus respuestas eran largas y se extendía explicando un punto de la doctrina cristiana; sin embargo, lo habitual fue que diera sobre cada tema una pincelada sobrenatural, breve, sencilla, pero muy clara y expresiva, con la que dejaba fijado un punto fundamental de la doctrina de forma asequible a todos. Era una auténtica catequesis, en la que fue desplegando toda la riqueza de la vida cristiana (…)

Consagración del Opus Dei al Espíritu Santo (1971) El 30 de mayo de 1971, Mons. Escrivá de Balaguer quiso culminar las Consagraciones del Opus Dei realizadas en los años cincuenta, con una nueva realizada al Espíritu Santo, pensando en la particular necesidad que tenía la Iglesia de la santidad de todos sus miembros en aquellos momentos difíciles. Él mismo compuso la fórmula de la oración, que después se ha venido renovando cada año en todos los centros del Opus Dei en la solemnidad de Pentecostés. Consagración del Opus Dei al Espíritu Santo

(...) te consagramos el Opus Dei y nuestra vida entera. Te ofrecemos todo cuanto somos y podemos: nuestra inteligencia y nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestros sentidos, nuestra alma y nuestro cuerpo. (…) Concede la paz a tu Iglesia para que todos los católicos, llenos del Espíritu Santo, den siempre a los hombres testimonio firme y verdadero de la fe, muestra efectiva de su amor y razón de su esperanza (…)

Ilumina nuestra inteligencia, purifica nuestro corazón, confirma nuestra voluntad. Haz que recibamos todas las cosas como venidas de tu mano, sabiendo que todo concurre al bien de los que aman a Dios. (...) de modo que, viviendo siempre en tu amor, lleguemos con María nuestra Madre a gozar de tu gloria sempiterna, unidos ya para siempre al Padre que con el Hijo vive y reina contigo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Catequesis por España y Portugal (1972) Durante los meses de octubre y noviembre de 1972, el Fundador del Opus Dei recorrió distintas ciudades de España y Portugal en otro viaje de catequesis. Acudieron a escucharle cientos de personas, como había sucedido en México dos años antes con motivo de su peregrinación al Santuario de Guadalupe. Les habló sencillamente, de forma coloquial, de las grandes verdades en que se fundamenta la fe cristiana. Promovió el amor a la Iglesia y la fidelidad al Papa, y animó a buscar la santificación en las cosas ordinarias por medio de la oración y la frecuencia de los sacramentos. Les recordó especialmente la necesidad de buscar el encuentro con Jesucristo en los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Palabras del Fundador del Opus Dei en el Colegio Gaztelueta de Bilbao

Me parece muy bien la fe del carbonero, pero prefiero la fe ilustrada. Aquí os dan buenas clases de religión; procurad aprender (…). La religión no es una cosa secundaria; no es una asignatura de segunda categoría. ¡Es importantísima! Si vamos a las mejores bibliotecas del mundo, la mayor cantidad de libros son de religión, de teología, que es la ciencia que tiene mayor interés para la humanidad. Por lo tanto, tú aprende y además pide al Señor que te dé también la fe del carbonero; pero, en lo posible, sabiendo, comprendiendo lo que la mente humana puede comprender, que no es todo (…).

Yo doy muchas vueltas con el entendimiento, al misterio de la Santísima Trinidad. Me enamora leer cosas de la Trinidad y de la Unidad de Dios, y cuando algunas veces me parece que veo una lumbre, una luz, me pongo contento. Y cuando me encuentro sin luces, me pongo más contento y digo: ¡Señor, qué grande eres! ¡Qué pequeño serías, si yo pudiera comprenderte! Es lógico que no lo pueda entender. Y entonces le pido que me deje prácticamente la fe del carbonero, pero… soy doctor en teología, ¿sabes? Del todo carbonero, no.

Palabras del Fundador del Opus Dei en Lisboa, Portugal

Sí, es cierto que es un tiempo de falta de fe, y también es tiempo de mucha fe. Actualmente hay personas -yo conozco alguna-, que jamás habían hecho tantos actos de abandono en la misericordia de Dios, como ahora. Si rezamos todos juntos, si ponemos un poquito de nuestra buena voluntad, el Señor nos dará su gracia y pasará esta noche oscura, esta noche tremenda. Vendrá el alba, la mañana llena de sol. ¡Como estos días de Lisboa, que son una maravilla.

Palabras del Fundador del Opus Dei en la Escuela Deportiva Brafa de Barcelona

Consideraba esta mañana qué os diría, y me han venido a la mente las palabras de la Sagrada Escritura: que el Señor creó al hombre ut operaretur , para que trabajara… Pero habéis de pensar que el trabajo necesita ser santificado, que os habéis de hacer santos con el trabajo y que habéis de santificar a los demás con vuestro trabajo (…)

Si quieres santificar el trabajo, santificarte con el trabajo y santificar a los demás con el trabajo, no puedes hacer chapucería. Deberás desempeñar tu trabajo muy bien, de un modo noble, limpio, con empeño y ofreciéndoselo al Señor. ¿Cómo vas a ofrecer a Dios una cosa que se voluntariamente imperfecta y hasta mala.

Acción de gracias a Dios del Fundador del Opus Dei en el último día de su catequesis por la península Ibérica, 30-XI-1972

Daremos gracias a Dios Nuestro Señor porque en toda la Península Ibérica -en Portugal y en España- hemos encontrado miles, miles y miles de personas estupendas. Algunas estaban un poco alejadas de los sacramentos -por esos líos que pasan, por estas cosas que suceden, que sentimos y lamentamos-, pero ahora se han acercado al Sacramento de la Penitencia, y han recibido a nuestro Señor. Esa riqueza me ha llenado el corazón de alegría.

“Es Cristo que pasa” (1973) "Es Cristo que Pasa" es el título de un libro publicado en 1973, donde se recogieron 18 homilías pronunciadas por el Fundador en distintos momentos, siguiendo el curso de las principales fiestas del año litúrgico. Constituyen, por una parte, un magnífico y gráfico ejemplo de su forma de predicar, que tanto removía a las almas, llegando tanto a la cabeza como al corazón, combinando magistralmente los elementos más formativos con los oportunos acentos afectivos y apostólicos; y por otra, un completo repaso a algunos aspectos esenciales de la vida cristiana en general y del espíritu del Opus Dei en particular. En el taller de José (Homilía pronunciada el 19-III-1963)

(…) Describiendo el espíritu de la asociación a la que he dedicado mi vida, el Opus Dei, he dicho que se apoya, como en su quicio, en el trabajo ordinario, en el trabajo profesional ejercido en medio del mundo. La vocación divina nos da una misión, nos invita a participar en la tarea única de la Iglesia, para ser así testimonio de Cristo ante nuestros iguales los hombres y llevar todas las cosas hacia Dios. (…)

Vosotros, que celebráis hoy conmigo esta fiesta de San José, sois todos hombres dedicados al trabajo en diversas profesiones humanas, formáis diversos hogares, pertenecéis a tan distintas naciones, razas y lenguas. Os habéis educado en aulas de centros docentes o en talleres y oficinas, habéis ejercido durante años vuestra profesión, habéis entablado relaciones profesionales y personales con vuestros compañeros, habéis participado en la solución de los problemas colectivos de vuestras empresas y de vuestra sociedad.

Pues bien: os recuerdo, una vez más, que todo eso no es ajeno a los planes divinos. Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a la que amáis.

El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa.

Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su domino sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad.

Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara.

Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por el, herederos de sus promesas. Es justo que se nos diga: ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios (1 Cor 10, 31).

El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles hacia Dios Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las almas. Entre las indicaciones, que San Pablo hace a los de Efeso, sobre cómo debe manifestarse el cambio que ha supuesto en ellos su conversión, su llamada al cristianismo, encontramos ésta: el que hurtaba, no hurte ya, antes bien trabaje, ocupándose con sus manos en alguna tarea honesta, para tener con qué ayudar a quien tiene necesidad (Eph 4, 28). Los hombres tienen necesidad del pan de la tierra que sostenga sus vidas, y también del pan del cielo que ilumine y dé calor a sus corazones. Con vuestro trabajo mismo, con las iniciativas que se promuevan a partir de esa tarea, en vuestras conversaciones, en vuestro trato, podéis y debéis concretar ese precepto apostólico.

La conversión de los hijos de Dios (Homilía pronunciada el 2-III-1952, I Domingo de Cuaresma)

(…) ¿Cómo se explica esa oración confiada, ese saber que no pereceremos en la batalla? Es un convencimiento que arranca de una realidad que nunca me cansaré de admirar: nuestra filiación divina. El Señor que, en esta Cuaresma, pide que nos convirtamos no es un Dominador tiránico, ni un Juez rígido e implacable: es nuestro Padre. Nos habla de nuestros pecados, de nuestros errores, de nuestra falta de generosidad: pero es para librarnos de ellos, para prometernos su Amistad y su Amor. La conciencia de nuestra filiación divina da alegría a nuestra conversión: nos dice que estamos volviendo hacia la casa del Padre.

La filiación divina es el fundamento del espíritu del Opus Dei. Todos los hombres son hijos de Dios. Pero un hijo puede reaccionar, frente a su padre, de muchas maneras. Hay que esforzarse por ser hijos que procuran darse cuenta de que el Señor, al querernos como hijos, ha hecho que vivamos en su casa, en medio de este mundo, que seamos de su familia, que lo suyo sea nuestro y lo nuestro suyo, que tengamos esa familiaridad y confianza con El que nos hace pedir, como el niño pequeño, ¡la luna!

Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza. Dios no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades. Nuestro Padre del Cielo perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a El, cuando se arrepiente y pide perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene nuestros deseos de ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos con su gracia.

Mirad que no estoy inventando nada. Recordad aquella parábola que el Hijo de Dios nos contó para que entendiéramos el amor del Padre que está en los cielos: la parábola del hijo pródigo (Cfr. Lc 15, 11 y ss).

Cuando aún estaba lejos

, dice la Escritura, lo vio su padre, y enterneciéronsele las entrañas y corriendo a su encuentro, le echó los brazos al cuello y le dio mil besos (Lc 15, 20). Estas son las palabras del libro sagrado: le dio mil besos , se lo comía a besos. ¿Se puede hablar más humanamente? ¿Se puede describir de manera más gráfica el amor paternal de Dios por los hombres?

Ante un Dios que corre hacia nosotros, no podemos callarnos, y le diremos con San Pablo, Abba, Pater! (Rom 8, 15), Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío. Quiere que le llamemos Padre, que saboreemos esa palabra, llenándonos el alma de gozo.

La ascensión del Señor a los Cielos (Homilía pronunciada el 19-V-1966, fiesta de la Ascensión del Señor)

Apóstol es el cristiano que se siente injertado en Cristo, identificado con Cristo, por el Bautismo; habilitado para luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que -siendo esencialmente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial- capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo, con la oración y con la expiación.

Cada uno de nosotros ha de ser ipse Christus . El es el único mediador entre Dios y los hombres (Cfr. 1 Tim 2, 5); y nosotros nos unimos a El para ofrecer, con El, todas las cosas al Padre. Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura (Cfr. Mt 13, 33) que ha de informar la masa entera (Cfr. 1 Cor 5, 6).

Cristo ha subido a los cielos, pero ha trasmitido a todo lo humano honesto la posibilidad concreta de ser redimido. San Gregorio Magno recoge este gran tema cristiano con palabras incisivas: Partía así Jesús hacia el lugar de donde era, y volvía del lugar en el que continuaba morando. En efecto, en el momento en el que subía al Cielo, unía con su divinidad el Cielo y la tierra. En la fiesta de hoy conviene destacar solemnemente el hecho de que haya sido suprimido el decreto que nos condenaba, el juicio que nos hacía sujetos de corrupción. La naturaleza a la que se dirigían las palabras tú eres polvo y volverás al polvo (Gen III, 19), esa misma naturaleza ha subido hoy al Cielo con Cristo (S. Gregorio Magno, In Evangelia homiliæ , 29, 10 (PL 76, 1218).

No me cansaré de repetir, por tanto, que el mundo es santificable; que a los cristianos nos toca especialmente esa tarea, purificándolo de las ocasiones de pecado con que los hombres lo afeamos, y ofreciéndolo al Señor como hostia espiritual, presentada y dignificada con la gracia de Dios y con nuestro esfuerzo. En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el Bautismo, es la corredención. Nos urge la caridad de Cristo (Cfr. 2 Cor 5, 14), para tomar sobre nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas. (…)

Queda tanto por hacer. ¿Es que, en veinte siglos, no se ha hecho nada? En veinte siglos se ha trabajado mucho; no me parece ni objetivo, ni honrado, el afán de algunos por menospreciar la tarea de los que nos precedieron. En veinte siglos se ha realizado una gran labor y, con frecuencia, se ha realizado muy bien. Otras veces ha habido desaciertos, regresiones, como también ahora hay retrocesos, miedo, timidez, al mismo tiempo que no falta valentía, generosidad. Pero la familia humana se renueva constantemente; en cada generación es preciso continuar con el empeño de ayudar a descubrir al hombre la grandeza de su vocación de hijo de Dios, es necesario inculcar el mandato del amor al Creador y a nuestro prójimo.

Torreciudad El Santuario mariano de Nuestra Señora de los Angeles de Torreciudad, en el somontano aragonés, cerca de Barbastro, es uno de los últimos grandes proyectos espirituales y apostólicos impulsados personalmente por el Fundador del Opus Dei. Esta advocación mariana se veneraba desde antiguo en la pequeña ermita construida en los barrancos sobre el río Cinca. A su intercesión debió el pequeño Josemaría Escrivá, con dos años, la curación de una grave enfermedad. Con el tiempo proyectó y puso en marcha la rehabilitación de la ermita y la construcción de un santuario mariano, con un conjunto de edificios destinados a la atención del culto y a facilitar particularmente la recepción del sacramento de la Penitencia, a la realización de cursos de retiro, encuentros para profundizar en la vida cristiana, etc. El propio Fundador pudo, en mayo de 1975, ver los edificios casi acabados y consagrar el altar mayor del santuario, poco antes de su fallecimiento. La inauguración oficial del Santuario tuvo lugar el 7 de julio de 1975, con una solemne misa de funeral por el alma del Fundador, fallecido poco antes. Entrevista a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, 3-V-1969

- Monseñor, aunque hace ya muchos años que usted vive fuera de España, sabemos que guarda un gran cariño a su ciudad natal. ¿Puede decirnos cuáles son sus mejores recuerdos de Barbastro?

Todos mis recuerdos de Barbastro son buenos recuerdos. Concretar es difícil: hay que contar con que tenía yo solamente trece años cuando salí de allí. Me enorgullezco de ser barbastrino; tengo un gran afecto a todas las gentes de mi ciudad, especialmente a quienes a lo largo de estos años, han venido a verme o me escriben.

- Sabemos también que, a pesar de la lejanía física, usted ha seguido interesándose siempre por nuestra ciudad. ¿Qué desea usted para Barbastro?

Efectivamente, me interesa, y mucho, todo lo que se refiere a Barbastro. Me dice usted que lo sabe. Perdone, sin embargo, que le diga que son pocas las personas de mi tierra que conocen hasta qué punto pongo mi cariño y mis esfuerzos, cuando puedo hacer algo por nuestra ciudad.

Yo deseo para Barbastro lo que desean todos sus hijos: las bendiciones de Dios, y una prosperidad que facilite a todos una vida serena.

- En la habitación donde me ha recibido y donde estamos -en esta sede central del Opus Dei, en Roma- hay, encima de una chimenea, una reproducción de la imagen de la Virgen de Torreciudad, a su tamaño. Monseñor, ¿qué recuerdo tiene para usted esta imagen de la Virgen?

A Nuestra Señora de Torreciudad tenían mis padres una tierna devoción, y yo también la tengo.

- ¿Puede usted decirnos qué se hará en Torreciudad?

En más de una ocasión ya ha informado, y muy bien, este periódico sobre el proyecto de Torreciudad. Se hará un Santuario a la Santísima Virgen. Se construirán también las instalaciones adecuadas para los peregrinos: casa de retiros, hostería, etc. El proyecto comprende además un Centro de Formación Rural, para la promoción de una vasta gama de labores sociales y educativas, que se irán realizando en toda la comarca. Y prepararemos una buena biblioteca y un archivo para Estudios Históricos, especializados en temas relativos a los Reinos de la antigua Corona de Aragón.

- ¿Qué frutos espera usted de esta obra de Torreciudad?

Espero frutos espirituales: gracias, que el Señor querrá dar a quienes acudan a venerar a su Madre Bendita en su Santuario. Esos son los milagros que yo deseo: la conversión y la paz para muchas almas.

En Torreciudad no habrá nada que ni de lejos, pueda parecer una tienda de objetos de piedad. Allí se irá a rezar, a honrar a la Virgen y a buscar los caminos de Dios: no a comprar baratijas. No me gusta que la casa de Dios se convierta en un bazar.

- ¿Tiene usted mucha ilusión por ver realizada esta iniciativa?

Una ilusión muy grande. En primer lugar, porque supondrá un aumento de la devoción a la Virgen Santísima. Después, por mi ciudad y por su comarca, que serán más conocidas y estimadas. Tenga usted presente que a Torreciudad llegarán peregrinos de los más diversos paises, a honrar a la Madre de Dios. Los frutos espirituales serán de carácter universal, pero se notarán muy especialmente en Barbastro y en todo el Somontano.

- ¿Vendrá usted a bendecir la primera piedra?

No tengo ninguna simpatía a las primeras piedras. Me gustan las últimas, que suponen la terminación de un largo y paciente esfuerzo. De bendecir algo, habría que pensar en la última piedra. Las últimas piedras de Torreciudad, bien podrían ser las que sirvan para coronar canónicamente a la Santísima Virgen y a su Divino Hijo, con diadema real: ya tengo en mis manos el documento de la Santa Sede, que me autoriza a hacer personalmente esa coronación solemne o a designar un cardenal o un obispo que la haga.

- Entonces, ¿no vendrá usted por Barbastro antes de que se terminen las obras de Torreciudad?

Tengo mucho deseo de ir a mi pueblo. Pero no puedo andar de un lado para otro, aunque me lo pida el corazón: he de estar necesariamente en mi trabajo. Espero que un día no lejano podré acercarme, como peregrino, a rezar a mi Madre Santísima de Torreciudad. Pero todo dependerá del quehacer que se me presente.

Monseñor, para terminar, a la vez que le agradezco en nombre de sus paisanos haber atendido a nuestras preguntas, querría hacerle una última: ¿qué espera el Opus Dei de Barbastro?

Sencillamente que la futura labor en Torreciudad tenga la misma, estupenda acogida, con que han recibido siempre los hijos de Barbastro las iniciativas del Opus Dei. Espero que ayuden con sus oraciones, con su simpatía, y también con pequeños sacrificios económicos. Porque a la vuelta de pocos años -una vez acabados los edificios- la labor espiritual y educativa que se hará en Torreciudad supondrá, para la ciudad episcopal de Barbastro y para la comarca entera, un buen impulso, también económico.

Últimas cartas y meditaciones del Fundador del Opus Dei (1973-1974)

Las últimas cartas de carácter general escritas por el Beato Josemaría Escrivá a los fieles del Opus Dei poseen un tono particularmente vibrante y emotivo. Fueron escritas pensando en los retos doctrinales, espirituales y apostólicos que la vida de la Iglesia y del mundo presentaban en aquellos momentos y que, en gran medida, siguen en vigor en el cambio de milenio que acabamos de vivir. La muerte del Fundador, a los pocos meses de escribirlas, les ha dado un carácter de valioso legado espiritual y apostólico para sus hijos e hijas en el Opus Dei.

Carta 14-II-1974 Hemos sido escogidos para que demos la vida entera, sin reservarnos nada, como hijos queridísimos (Ef 5, 1) que sirven de todo corazón (cf. 1 Sam 12, 20).

Con el ejemplo de Jesucristo que viene a entregarse por nosotros (cf. 1 Jn 3, 16) hemos de animarnos a responder con la misma generosidad con que Tomás moviliza a los demás Apóstoles, para seguir a Jesús, arriesgando la vida: vayamos también nosotros y muramos con Él (Jn 11, 16).

Hijos míos, Dios nos enseña a abandonarnos por completo. Mirad cuál es el ambiente, donde Cristo nace. Todo allí nos insiste en esta entrega sin condiciones: José –una historia de duros sucesos, combinados con la alegría de ser el custodio de Jesús- pone en juego su honra, la serena continuidad de su trabajo, la tranquilidad del futuro; toda su existencia es una pronta disponibilidad para lo que Dios le pide. María se nos manifiesta como la esclava del Señor (Lc 1, 38) que, con su fiat , transforma su entera existencia en una sumisión al designio divino de la salvación. ¿Y Jesús? Bastaría decir que nuestro Dios se nos muestra como un niño; el Creador de todas las cosas se nos presenta en los pañales de una pequeña criatura, para que no dudemos de que es verdadero Dios y verdadero Hombre.

Sería suficiente recordar aquellas escenas, para que los hombres nos llenáramos de vergüenza y de santos y eficaces propósitos. Hay que embeberse de esta lógica nueva, que ha inaugurado Dios bajando a la tierra. En Belén nadie se reserva nada. Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención. Rendida nuestra soberbia, declaremos al Señor con todo el amor de un hijo: ego servus tuus, ego servus tuus, et filius ancillae tuae (Sal 115, 16): yo soy tu siervo, yo soy tu siervo, el hijo de tu esclava, María: enséñame a servirte.

Carta 28-I-1975

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Os escribo con el fin de rogaros que el próximo 28 de marzo, 50º aniversario de mi ordenación sacerdotal, recéis de modo especial por mí –invocando como intercesores a nuestra Madre Santa María y a San José, nuestro Padre y Señor-, para que yo sea un sacerdote bueno y fiel.

No quiero que se prepare ninguna solemnidad, porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca.

Pero también os pido que estemos muy unidos en ese día, con una gratitud más honda al Señor –es Viernes Santo este 28 de marzo- que nos ha empujado a participar de su Santa Cruz, es decir, del Amor que no pone condiciones.

Ayudadme a agradecer a Dios, junto con el inmenso tesoro de la llamada al sacerdocio y de la otra vocación divina a la Obra, todas sus misericordias y todos sus beneficios, universa beneficia sua, etiam ignota : también aquellos que yo no haya sabido percibir. Demos gracias, hijas e hijos, porque siendo nosotros tan poca cosa –nada-, Nuestro Padre del Cielo, en su bondad infinita, ha dilatado nuestros corazones y, con aquel fuego que vino a traer a la tierra, ha encendido en nuestras almas un grande Amor. Mostrémosle además un filial reconocimiento por haber aprendido en su Obra a amar, a la Iglesia Santa y al Romano Pontífice, con hechos y de verdad.

Acompañadme a adorar a Nuestro Redentor, realmente presente en la Sagrada Eucaristía, en todos los Monumentos de todas las iglesias del mundo, en este Viernes Santo. Vivamos un día de intensa y enamorada adoración.

Pidamos perdón por todos nuestros pecados y por los pecados de todos los hombres, con ansias de purificación y de reparación ante tanta ceguera: tu videamus!, tu videant! , para que veamos, para que vean.

Vamos, pues a vivir ese día muy unidos a la Santísima Virgen –contempladla junto a la Cruz de su Hijo-, en recogimiento de adoración, de acción de gracias, de reparación y de ruegos.

Gozo y dolor se dan cita allí – iuxta Crucem Iesu - y todas las palabras y los gestos festivos de las criaturas resultan pobres para alabar al Amor que se entrega. Conmemoremos, por tanto hijas de hijos queridísimos, este aniversario sacerdotal, renovando el propósito de aprovechar cada jornada agradecidamente al pie de la Cruz –del Altar- la Vida que Jesucristo nos da: que sea siempre la Santa Misa el centro y la raíz de nuestra existencia: ésta es la mejor celebración del sacerdocio.

Desde ahora me siento profundamente conmovido, por el cariño que pondréis para recordar de esta manera mis 50 años de sacerdote. Procurad vivir la fiesta bien unidos a mis intenciones, especialmente a las de mi Misa. Os pasmaréis al descubrir cuántas luces y cuántas mercedes del Señor recibiremos, si nos esforzamos por estar muy al alcance de su mirada, rezandol y trabajando en su presencia consummati in unum! , formando un solo corazón con siempre mayores afanes de servir a la Santa Iglesia y a las almas.

Cariñosamente os bendice vuestro Padre.

Mariano.

Meditación 27-III-1975

A la vuelta de cincuenta años estoy como un niño que balbucea. Estoy comenzando y recomenzando, en cada jornada. Y así hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivo de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de estar pendientes de Él, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones.

Catequesis en América (1974-75) En los años 1974 y 1975, el Fundador del Opus Dei realizó dos viajes de catequesis por América del Sur y Central, reuniéndose con distintos grupos de miembros del Opus Dei, cooperadores y amigos, y gentes de toda condición, deseosos de conocerle y oír sus enseñanzas; en ocasiones, las reuniones fueron de varios miles de personas. En el verano de 1974 estuvo, sucesivamente, en Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Venezuela. En febrero de 1975 volvió a Venezuela y culminó su periplo americano en Guatemala. Para el trabajo apostólico del Opus Dei en todos esos países, la catequesis por América supuso un acontecimiento histórico y un nuevo impulso, que se tradujo pronto en numerosas decisiones de profundización en la vida cristiana e iniciativas de todo tipo. Los encuentros se convertían en un dialogo entre el Fundador y los asistentes. En Sâo Paulo, Brasil

Esta mañana celebraba la Santa Misa, rodeado de un grupo grande de personas, en las que se veían caras de todos los continentes, y me emocioné. Les decía -porque es verdad- que muchos hijos míos de Japón, de China, de varios sitios de África -concretamente, más que en ningún otro, en Nigeria y en Kenya-, y de Filipinas, están rezando ahora mismo por la buena labor que hagamos aquí, en esta gran nación brasileña (…)

En Brasil hay mucho que hacer, porque hay gente necesitada de lo más elemental. No sólo de instrucción religiosa -hay tantos sin bautizar-, sino también de elementos de cultura corrientes. Los hemos de promover de tal manera que no haya nadie sin trabajo, que no haya un anciano que se preocupe porque está mal asistido, que no haya un enfermo que se encuentre abandonado, que no haya nadie con hambre y sed de justicia, y que no sepa el valor del sufrimiento (…)

Tenéis que correr por este gran continente (….), y quiero empujaros a que no dejéis ningún rincón de este país maravilloso sin el calor de un hogar nuestro. Para que desde aquí, después… ¡al mundo entero!

En Buenos Aires, Argentina P . Cuando usted se vaya, Padre, ¿qué quiere dejarnos en el corazón a todos sus hijos sudamericanos?

R . - Que sembréis la paz y la alegría por todos lados; que no digáis ninguna palabra molesta para nadie; que sepáis ir del brazo de los que no piensan como vosotros. Que no os maltratéis jamás; que seáis hermanos de todas las criaturas, sembradores de paz y alegría, y que les deis esta inquietud de acción de gracias que tú me has dado con tus palabras.

“Monseñor Escrivá en Chile” Artículo de José Miguel Ibáñez Langlois

El Centro Universitario Alameda y el Colegio Tabancura se hacen estrechos para contener el gentío que, mañana y tarde, a lo largo de casi dos semanas, acude por millares para ver y oír al Fundador del Opus Dei (…) Parejas jóvenes y mucho, muchos estudiantes forman esta abigarrada multitud, que a pesar del número es familia (…)

Cuando ingresa al recinto Monseñor Escrivá de Balaguer, este clima íntimo se arremolina en oleadas de cariño alrededor de su persona: cuando comienza a hablar, parece que no hubiera más que él y un interlocutor único -que es uno, que somos todos fundidos en uno solo- frente al hombre de Dios. Un muchacho le acomoda el micrófono al pecho. “Mi cencerro”, bromea. “¿Veis cómo me llevan atado?” (…) Mientras pasea por el estrado con movimientos vivos y calmos a la vez, explica que no le importa hacer el juglar de Dios, si eso aprovecha a las almas (…)

Sus palabras sobre la Eucaristía y la Presencia Real de Cristo en el Sagrario desbordan los sentimientos más íntimos de su corazón sacerdotal. Describe las situaciones cotidianas del hogar y la familia con un realismo picaresco al que es imposible negar el asentimiento. A los esposos les pide que se quieran como novios hasta la ancianidad y la muerte. A los jóvenes les describe la opción entre bestialidad y pureza con acento rotundísimo. De la vocación divina habla con toda la fuerza de la experiencia personal (…)

Como Teresa de Ávila, posee el genio del idioma en forma inocente; es decir, el gran orador y el gran escritor que hay en él están disueltos en su misión pastoral (…)

El juglar de Dios ha hecho su trabajo, y el Espíritu Santo que lo lleva y lo trae por el mundo, ha hecho el suyo.

En Lima, Perú

Yo había soñado muchas veces, cuando era joven: ¿y cuando tenga sesenta años?, ¿y cuando tenga setenta años, setenta y dos años, me cabrán todos en el corazón? Pensaba en los miles de personas -no en tantos como luego han llegado, empujados por Dios- que habían de venir, y me preocupaba. ¡Claro que cabéis, y hay sitio para más!

En Caracas, Venezuela

Yo los pasearía un poco…, por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas. Les pondría la mano delante de los ojos, y después la quitaría para que vieran las chabolas, unas encima de otras (…) Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.

Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido sin un cobijo… No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?

(Texto incluido en "Fuentes para la Historia del Opus Dei" de Federico M. Requena y Javier Sesé publicado en Editorial Ariel)