La confesión sacramental, un camino de libertad y de amor a Dios

Quienes se acercan a la Obra y a la figura de san Josemaría encuentran ese impulso suave y decidido para enamorarse del Señor. Qué sencillo y atractivo resulta acudir con frecuencia a esas oportunidades, en especial el sacramento de la confesión, en que nos dejamos alcanzar por Cristo.

Sacerdote sentado en el confesionario

Como cada sacramento, la confesión es un tesoro infinito para los cristianos de todos los tiempos. Allí nos encontramos con la misericordia sin límites del Señor. Allí volvemos a ser nosotros mismos, y nos ponemos de nuevo en manos de Dios, confiadamente, con una alegría inquebrantable. La confesión sacramental es camino de libertad y de amor al Señor.

En los centros de la Obra, los sacerdotes se dedican a administrar este sacramento, a facilitar acompañamientoespiritual, a la predicación, etc. En todas estas tareas, facilitanque cada persona persona pueda acercarse al Señor[1].

El sacramento de la confesión y la vida cristiana

Necesitamos la gracia que nos concede el Señor a través de los sacramentos. La novedad en nuestra existencia viene por esa participación en la vida divina.

San Josemaría amaba con locura los sacramentos porque veía en ellos las “huellas de Cristo”[2]. Por esto,animaba a cada persona que trataba a que los frecuentase con devoción, para crecer en su vida cristiana. En el caso de la confesión, invitaba, inspirándose en la parábola del hijo pródigo, a “volver hacia la casa del Padre, por medio de ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la familia de Dios”[3].

El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que “sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Jesús es el Hijo de Dios, y dice de sí mismo: ‘El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra’ (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: ‘Tus pecados están perdonados’ (Mc 2,5; Lc 7,48)”[4]. Y también expone algo más: al atardecer del día de la Resurrección, los discípulos se habían reunido en casa con las “puertas cerradas por miedo a los judíos” (Jn 20,19). El Señor se presentó en medio de ellos “y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos” (Jn 20, 21).

“En virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre”[5], de modo que los sacerdotes puedan perdonar los pecados, acercarse a Cristo y devolver la paz a la conciencia.

La Iglesia protege la confianza sagrada entre la persona que confiesa su pecado y Dios, y nada ni nadie puede romperlo. El silencio a que está obligado el sacerdote de las cuestiones relativas a la confesión se llama “sigilo sacramental”[6].

Los sacerdotes y la confesión en la labor de San Rafael

En los centros de la Obra dedicados a la labor de San Rafael, los sacerdotes procuran estar el tiempo necesario para atender espiritualmente a las personas que así lo desean. En el periodo de la juventud, cuando se forja la personalidad, supone una ayuda valiosísima poder conversar sobre las cosas del alma y dejar en manos de Dios los pecados, faltas y errores.

San Josemaría rezó largamente, con mucha fe, por los fieles de la Obra que recibirían la ordenación sacerdotal. Puso gran empeño en su formación, de modo que tratasen con delicadeza al Señor en los sacramentos y a las almas que se acercasen a su ministerio. La impronta de su alma sacerdotal se transmite, de alguna manera, a los hijos suyos sacerdotes. Una historia de los comienzos puede ilustrarlo con sencillez. Se trata de los inicios del Opus Dei en Argentina, y lo cuenta una de las primeras personas que se acercó a la Obra en ese país, en su juventud: Ana María Brun.

“Pasaban los años: veinticinco, veintiséis, veintisiete… hasta que un día, una de mis hermanas me dijo que, en la iglesia del Socorro, en la esquina de Suipacha y Juncal, había un sacerdote que confesaba muy bien. Fui. Sobre el confesionario había un cartelito con el nombre: ‘Padre R. F. Vallespín’. Me confesé y quedé tan contenta que parecía que me había confesado toda la vida con él. Luego supe que don Ricardo era uno de los primeros miembros del Opus Dei y que en 1949, después de ejercer su profesión -arquitecto-, se había ordenado sacerdote”[7].

D. Ricardo Fernández Vallespín había vivido con el Fundador, y había aprendido con su ejemplo a acompañar con paciencia, delicadeza y exigencia a otras personas siendo laico y, después, como sacerdote, a perdonar y hacer valorar la acción de la gracia misericordiosa del Padre en el sacramento de la Confesión.

Aunque cada sacerdote tiene su personalidad, procura hacerse todo para todos[8], de manera que su condición de instrumento del Señor permita que las personas que atiende puedan recibir gracia y ayuda para descubrir a Cristo en sus circunstancias personales en medio del mundo, en el matrimonio, el noviazgo o el celibato, en la enfermedad o en la salud, en el éxito profesional, en el fracaso, en la rutina o el entusiasmo, etc.

Por eso, acudir al sacerdote requiere una visión de fe: a través de él -en los sacramentos- es Jesucristo quien toca nuestro presente, nuestra vida. Y con esa fe, el Señor nos llena el alma de grandes bienes, para nosotros y para los demás.

Comenzar y recomenzar con la confesión

La confesión devuelve la salud al alma y nos limpia de nuestras miserias cometidas. Lo propio del cristiano es comenzar y recomenzar[9] a través de ese medio divino para crecer en el amor. “Todo corazón arrepentido —explicaba el Papa Francisco— espera la misericordia. En la confesión individual, Dios quiere acariciar personalmente, con su misericordia, cada pecador: el Pastor, solo Él, conoce y ama a las ovejas una por una, especialmente las más débiles y heridas. (...) Dios no dice: “Solamente esto…”; dice: “¡Todo!”. ¿Dios es ingenuo? No sé si es ingenuo, pero es abundante: ¡perdona siempre más, siempre!”[10].

Leon XIV, en su primera Cuaresma como romano pontífice recuerda que “En la celebración de la Confesión sacramental, al reconciliarse los penitentes con Dios y la Iglesia, la Iglesia misma se edifica, enriquecida por la santidad renovada de sus hijos arrepentidos y perdonados”[11]. E incluso pone en relación la creciente sed de Dios de la juventud actual con la plenitud que se alcanza con el perdón de los pecados: “La unidad con Dios y con la Iglesia es, en definitiva, el requisito indispensable para la unidad interior de las personas, tan necesaria hoy en día en este tiempo de fragmentación que vivimos. Esta unidad interior se manifiesta como un anhelo genuino, especialmente en las nuevas generaciones. Las promesas incumplidas del consumismo desenfrenado y la frustrante experiencia de una libertad separada de la verdad pueden, por la misericordia divina, transformarse en oportunidades para la evangelización: al revelar la sensación de imperfección, despiertan aquellas preguntas existenciales a las que solo Cristo responde plenamente”[12].

“La conversión es cosa de un instante; la santificación es obra de toda la vida”[13] es una consideración que nos ayuda a valorar la confesión frecuente, también cuando nos parece que todas nuestras confesiones son muy parecidas, o cuando nos acecha la tentación de ver en nuestros fallos lo que tienen de fracaso personal y no lo que suponen de ofensa a Dios, o al menos de ocasión perdida de agradarle.

Cuenta Pedro Casciaro que, a los tres años de su llegada a Madrid (el curso 1931-32), un amigo suyo le habló de don Josemaría Escrivá. Él no era especialmente piadoso (no quería mezclarse con los curas) y, aunque alguna vez se había acercado al confesionario, no había tenido confesor fijo, procurando siempre mantener las distancias. Su amigo Agustín insistía y Pedro declinaba la invitación con elegancia y un poco de ironía. A finales de enero de 1935 accedió, y le presentaron al fundador de la Obra. “No sabría precisar cuánto tiempo estuvimos charlando; lo más probable es que no pasara de los tres cuartos de hora. Sólo recuerdo que, al despedirme le dije: -Padre: me gustaría que usted fuese mi director espiritual”[14]. Luego fueron quedando para verse regularmente y esos encuentros cambiaron su alma. “A medida que charlaba con el Padre, y le abría mi alma de par en par, iba descubriendo, progresivamente, la finura de su espiritualidad, su inteligencia privilegiada y su honda cultura. Y, muy especialmente, su enorme capacidad de querer y su gran comprensión”[15].

San Carlo Acutis consideraba la confesión frecuente (semanal) como una herramienta esencial de su "kit de santidad", y comparaba el alma con un motor que requiere limpieza. Toda la vida del primer millenial que ha sido canonizado muestra la sencillez con la que buscó la santidad: para él, la confesión frecuente no era motivo de vergüenza, sino un mantenimiento necesario para tener el alma bella, limpia y unida a Dios. En cada confesión se recibe el perdón junto a la gracia para seguir luchando… todas las veces que sea necesaria.

Crecer por dentro: confesión y acompañamiento espiritual frecuente

En una catequesis de niños de primera Comunión, Benedicto XVI explicaba: “Es verdad que nuestros pecados son casi siempre los mismos, pero limpiamos nuestras casas, nuestras habitaciones, al menos una vez por semana, aunque la suciedad sea siempre la misma, para vivir en un lugar limpio, para recomenzar; de lo contrario, tal vez la suciedad no se vea, pero se acumula. Algo semejante vale también para el alma, para mí mismo; si no me confieso nunca, el alma se descuida y, al final, estoy siempre satisfecho de mí mismo y ya no comprendo que debo esforzarme también por ser mejor, que debo avanzar. Y esta limpieza del alma, que Jesús nos da en el sacramento de la Confesión, nos ayuda a tener una conciencia más despierta, más abierta, y así también a madurar espiritualmente y como persona humana (…). Es muy útil para mantener (…) la belleza del alma, y madurar poco a poco en la vida”[16].

La confesión frecuente y la oportunidad de tener un confesor que nos conozca para ayudarnos con delicadeza y profundidad —porque nos damos a conocer y por tanto sabe cómo es nuestra vida— también forma parte de la riqueza de la Iglesia a lo largo de los siglos. “La confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso (cfr. Lc 6,36)”[17].

Un ejemplo lleno de docilidad a la acción de Dios es el de Guadalupe Ortiz de Landázuri. En una de sus biografías se lee que una tarde de finales de enero de 1944, en Madrid, “por medio de un compañero con quien me unía amistad y confianza, Jesús Serrano de Pablo, a quien hablé de mi deseo de tener un director espiritual, me puse en contacto por teléfono y acudí a la dirección que me dieron, para conocer a D. José M.ª Escrivá de Balaguer, de quien yo no sabía, hasta ese momento, absolutamente nada, ni tampoco, naturalmente, de la existencia del Opus Dei. La entrevista fue decisiva en mi vida, en un hotelito de la Colonia del Viso (Jorge Manrique 19), entonces casi a las afueras de Madrid.

“En una salita alegre, tapizada de rosa viejo, se destacó la figura del Padre, nos sentamos y me preguntó: ‘¿Qué quieres de mí?'. Yo contesté, sin saber por qué: ‘Creo que tengo vocación’. El Padre me miraba... ‘Eso yo no te lo puedo decir. Si quieres, puedo ser tu director espiritual, confesarte, conocerte, etc.’. Eso era exactamente lo que yo buscaba. Tuve la sensación clara de que Dios me hablaba a través de aquel sacerdote, no sólo con sus palabras, sino con su oración de petición por mí, que se reflejaba en lo que pensaba mi cabeza y hablaba mi boca.

Sentí una Fe grande, fuerte reflejo de la suya y me puse interiormente en sus manos para toda mi vida”[18].

A menudo, para recibir el reflejo de la Fe y del contacto con Jesucristo, necesitamos el acompañamiento espiritual que se puede impartir dentro o fuera de la confesión. Por eso, muchas veces, cuando nos impulsan a ponernos delante de Dios con todo lo que somos, descubrimos el sentido profundo de nuestra existencia, la vocación a la que estamos llamados, aquella historia de amor en la que el Señor nos quiere.

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Quienes, en su juventud (y a cualquier edad), se acercan hoy a la Obra y a los centros de San Rafael, pueden notar ese afán alegre por conocer y amar a Cristo. Cuentan con la ayuda estupenda de la confesión y del acompañamiento espiritual de los sacerdotes para dejarse alcanzar por Cristo[19].


[1] Existen también las charlas de acompañamiento espiritual con laicos; aquí se tratará de las que se encargan a los sacerdotes.

[2] S. Josemaría, Conversaciones, n. 115.

[3] S. Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 64.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1441.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1441.

[6] Cfr. Código de Derecho Canónico, can. 983 y siguientes.

[7] José Miguel Cejas, Los cerezos en flor, Rialp, Madrid 2013, p. 69. Relato de Ana María Brun, argentina, que, tras pedir la admisión como numeraria en el Opus Dei, se fue a comenzar la labor de la Obra en Japón.

[8] Cfr. S. Pablo: 1 Co 9, 22.

[9] Cfr. S. Josemaría, Camino, n. 292.

[10] Papa Francisco, Discurso23-III-2023.

[11] León XIV, Discurso 13-III-2026.

[12] Ibid.

[13] S. Josemaría, Camino, n. 285

[14] Pedro Casciaro, Soñad y os quedaréis cortos, Rialp, Madrid 1994 (4.ª), p. 23. El relato está tomado de las pp. 21-24.

[15] Ibid., pp. 23-24.

[16] Benedicto XVI, Encuentro con niños de primera Comunión en la Plaza de S. Pedro, 15-X-2005.

[17] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1458.

[18] M. Montero, En vanguardia: Guadalupe Ortiz de Landázuri (1916-1975), versión epub. La cita está tomada del Archivo General de la Prematura -AGP- en la sección de la Beata Guadalupe -GOL-, con ref. E00204 de 13-VII-1975. La cursiva es subrayado en el original.

[19] Cfr. Benedicto XVI, Homilía, 24-IV-2005.