6. El carisma fundacional

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Don Josemaría, como ya quedó debidamente expuesto, renunció desde primera hora a tomar el camino literario. Dotes sobradas tenía para este oficio, pero puso su pluma, sin vacilar, al servicio de las almas. Se pasó la vida escribiendo, es cierto. Sin embargo, los apremiantes quehaceres fundacionales le obligaron a dejarse más de un libro en el tintero. La escasez de tiempo se refleja en la forma de concebir sus libros, en los que no se tratan las materias de manera sistemática y académica. Son, más bien, pensamientos dirigidos a las almas contemplativas en medio del trajín de la vida. De ahí que Camino, Surco y Forja se compongan de un conjunto de reflexiones vivas y breves. Conversaciones, de un conjunto de entrevistas; y Es Cristo que pasa y Amigos de Dios, de un conjunto de homilías.

Algunos de estos libros proceden de los Apuntes íntimos y se publicaron después de la muerte de su autor. Son los Apuntes, en buena parte, anotaciones espléndidas sobre su vida interior. Revelan, también, una asombrosa precocidad espiritual, que discurre en paralelo histórico con la gestación del Opus Dei. Los Apuntes contienen, por ejemplo, la matriz del espíritu del Fundador; y son la cantera de donde puede extraerse muchas de las inspiraciones fundacionales. Aspecto, este último, que ahora nos interesa, pues ha llegado el momento de indagar qué parte tuvo don Josemaría en la tarea de plasmar el Opus Dei, y qué papel juegan las inspiraciones divinas.

Adelantemos, en fórmula concisa, que el Opus Dei, en cuanto realización histórica, dimana del carisma fundacional (gracia especial de Dios) encarnado en la persona del Fundador |# 180|. Cuando éste recibió el encargo de comenzar el Opus Dei no tenía —nos dice— más que veintiséis años de edad, gracia de Dios y buen humor. De modo que bien pudiera plantearse la cuestión anterior en los siguientes términos: ¿cómo se realiza la conjunción operativa del carisma con su juventud y buen humor?; esto es, con su personalidad y estilo de vida, con sus virtudes y cualidades humanas.

En estas operaciones es base teológica de partida el principio de que Dios respeta la libertad de la persona, sin imponerse coactivamente. Por otra parte, la actuación de don Josemaría está presidida por su docilidad a las mociones divinas. De modo que su voluntad, fiel a las luces ordinarias de la misión recibida, venía a confluir con el querer de Dios; pero dejando impreso en cuanto hacía el cuño de su personalidad: fe gigante y amor apasionado, sentido positivo y práctico de la vida, generosidad, optimismo y demás virtudes humanas que, en largo y lucido acompañamiento, arrastraba ya consigo antes de la fundación.

Y, si queremos saber cómo obraba, ordinariamente, la gracia carismática, leamos una anotación de junio de 1930: Buscando luz, para resumir las actividades de los miembros, parece que el Señor me ha hecho vislumbrar un chispazo: No es —desde luego: ya me doy cuenta— no es una cosa definitiva, una iluminación, sino un rayito de claridad |# 181|. De donde se desprende que las luces propias del carisma fundacional, no le daban a don Josemaría las soluciones hechas para todos los asuntos particulares, sino que le servían de orientación para encontrar los medios prácticos de realizar el Opus Dei. Todo lo cual le exigía derroche de fuerza física, una actitud de perpetuo retén y un ir por la vida "a contrapelo", entreviendo rayitos de claridad. Las iluminaciones extraordinarias, que muy de tarde en tarde le venían del Señor, tenían por objeto mostrarle lo que era esencia del Opus Dei, inspirándole "ideas-madres", que él, por propia cuenta, había de desarrollar después.

De hecho, don Josemaría conoció largas temporadas en que el Señor le retiró toda luz; y ocasiones en las que tuvo que dejarse llevar de la mano, a ciegas, dócil como un niño. Uno de esos períodos de inacción, al que se hizo referencia en su momento, comienza en octubre de 1928, después de haber recibido la iluminación sobre toda la Obra |# 182|. Fue a partir de esas fechas cuando se vio privado de las inspiraciones con que anteriormente le asistía el Señor. Pasó más de un año sin que Jesús hablara, para probar, con evidencia, que su borrico (se refiere a sí mismo) era sólo el instrumento... y ¡un mal instrumento! |# 183|. La tarea fundacional quedó, por entonces, como en estado de espera, hasta que en noviembre de 1929 le vino de nuevo a don Josemaría ayuda especial y concreta: la renovación de aquella corriente espiritual de divina inspiración, para la Obra de Dios, perfilándose, determinándose lo que Él quería |# 184|.

El Opus Dei es Obra de Dios y no de los hombres. Esto aclara, pues, en qué consiste la cooperación del Fundador en el designio divino. Don Josemaría vio, por iluminación sobrenatural, la esencia de este proyecto y recibió la semilla del Opus Dei en su mente y en su corazón. Y, como elegido por Dios, a él correspondía la realización del plan divino en este mundo. Para ello necesitaba, sin embargo, asistencia de lo alto. Tenía que trabajar bajo el dictado de la gracia fundacional. Por lo demás, frecuentemente tropezaba con obstáculos humanamente insuperables. Esperaba entonces que el Señor le iría abriendo camino con ilustraciones especiales. Dios iluminará a su hora, escribió en uno de esos momentos de ahogo |# 185|.

Pero, qué difícil es dar en un justo equilibrio espiritual, reposando con santo abandono en brazos de la divina Providencia, sin caer en la presunción de que Dios está a nuestro exclusivo servicio como un deus ex machina. Porque eso sería tentar a Dios. Después de hacer un acto de fe en que el Señor iluminaría en el tiempo y modo que juzgase oportunos, don Josemaría continuaba reflexionando consigo mismo sobre la labor específica de la Obra (hombres y mujeres):

Parece que me preocupa el sostenimiento de las Obras y que no tengo suficiente confianza en la divina Providencia. No es así. ¡Tantas veces he tocado esa Providencia amorosísima! Pero, no hay que tentar a Dios [...].

Hay obras de celo pequeñas, de poco gasto de dinero, que no llegan a perfección, porque la fe, que dicen tener en la Providencia, no es tal: es empeñarse en obligar a Dios a hacer milagros sin necesidad |# 186|.

El criterio para evitar ese falso providencialismo es tener mucha fe en el Señor y poner todos los medios que emplearíamos en otro negocio, (junto con la Oración y la Expiación) |# 187|. Éste sería uno de los principios prácticos que siempre vivió el Fundador y que transmitió a los fieles del Opus Dei: no esperar milagros si no se han puesto los medios adecuados y se ha trabajado con empeño.

Conforme se desarrollaba la empresa, el Fundador iba anotando y perfilando la Obra, como señala con modestia |# 188|. (Recordemos, una vez más, que las páginas de los Apuntes íntimos que han llegado a nosotros comienzan a mediados de marzo de 1930. Esto es, un mes después de que el Señor hiciera rectificar a don Josemaría su idea de que no habría mujeres en el Opus Dei. No podemos reconstruir las páginas anteriores a esas fechas, pero sí analizar posteriores anotaciones).

Era la primera hora de la fundación. Don Josemaría no tenía aún confesor fijo en Madrid, ni persona a quien abrir su alma. Lo consignado entonces por escrito en su cuaderno eran pensamientos y sugerencias para meditar a solas con Dios.

Pues bien, lo primero que salta a la vista de un atento lector es la prontitud con que don Josemaría incorpora a las mujeres en todos sus proyectos apostólicos, indicándoles, con audacia, campos específicos para sus labores. Desde un principio quedan equiparadas a los hombres en las actividades propias de unos y otras. Es claro que recibió conmovido, y con profundo agradecimiento, la noticia de que el Señor quería también mujeres en el Opus Dei.

Veía el Fundador a los hombres y mujeres de la Obra —unos y otras—, tratando de inmunizar de corrupción a la sociedad entera. Pero con la alegría de perfeccionarla, sanearla y lavarla de lacras. Y la imaginaba como un paciente que volvería a la salud de Cristo sometiéndole a un moderno y eficaz tratamiento; esto es, mediante inyecciones intravenosas, que serán ellos mismos (hombres y mujeres), incorporándose [...] en el torrente circulatorio de cada clase social |# 189|.

Junto con esta labor de apostolado universal de los fieles del Opus Dei, desde la entraña misma del mundo, sin salirse de su sitio, sin abandonar su profesión, sin cambiar de estado, el Fundador va señalando también apostolados específicos. En una anotación del 13 de marzo de 1930, hablando del apostolado de las mujeres de la Obra de otros países y de distinta lengua, apunta la posible creación de un centro docente, de una Academia de lenguas vivas que, como las otras empresas, pague al Estado sus impuestos, y en la que las alumnas todas paguen también. Nada de balde |# 190|. (No quería don Josemaría privilegios para las futuras labores apostólicas, ni que se incluyeran dentro del capítulo de la Beneficencia a efectos de exención tributaria, si no había razón legal para ello. Los fieles del Opus Dei eran ciudadanos corrientes, con los mismos derechos y obligaciones que los demás conciudadanos. Ni más ni menos).

Al crearse en 1933 la primera obra corporativa del Opus Dei, la Academia DYA, don Josemaría tuvo buen cuidado en hacer de ella un centro civil. Su mentalidad laical (y esto es un rasgo del Opus Dei) le llevó a seguir puntualmente lo dicho sobre la Academia de lenguas vivas. Nada de privilegios. Satisfizo los impuestos exigidos por la Administración pública. Tendrían los mismos derechos que las demás academias. Y recordemos que antes de inaugurarse Strathmore College de Nairobi, en 1961, el Fundador indicó a sus hijos que ese Colegio interracial tendría que estar abierto a estudiantes no católicos y no cristianos. De ningún modo sería confesional |# 191|.

En aquellos primeros tiempos, en que todo estaba por hacer, intentaba don Josemaría resolver mentalmente las dificultades que se le presentarían en un próximo futuro. Cuando pasaran unos años y no tuviera aún sacerdotes que se ocupasen de la dirección espiritual de las mujeres y de la administración de los sacramentos en sus casas, ¿cómo se las arreglarían? En los centros rurales —escribe en sus Apuntes íntimos— hágase un convenio con el Sr. Cura —gratificándole de manera digna y espléndida— para que vaya diariamente, a hora fija, a la Casa de la Obra |# 192|. Y, en las casas urbanas, haya capellanes bien pagados (y explica: sean estas capellanías verdaderamente congruas, y así podrá escogerse personal bien formado, en todos los sentidos) |# 193|.

Es también deseo del Fundador que se concierte con el párroco el celebrar mensualmente una exposición solemne con el Santísimo, a las mujeres de la Obra, detallando a sus futuras hijas el espíritu con que han de hacer ese acto eucarístico. Les recomienda generosidad: Sean espléndidas con el Señor: muchas velas de buena cera, mucha riqueza en la Custodia y ornamentos, mucho fervor, mucha oración |# 194|.

Entremezcladas con este género de consideraciones, que la fe del Fundador hacía realidad anticipada, hay otras anotaciones que se fundamentan en sus pasadas experiencias pastorales. Era triste —por ejemplo— ver a los hombres apartarse de la Iglesia por no poder asistir a los actos de devoción, que solían tener lugar cuando ellos estaban en sus negocios o en el trabajo. Era preciso atraerlos a los cultos parroquiales. Había que facilitarles la recepción de los sacramentos e ir creando un ambiente que borrase de sus cabezas la errónea noción de que la iglesia es para las mujeres. En una sociedad cada vez más distanciada de Dios, don Josemaría buscó hacer de la religión un negocio que interesase a todas las almas. En cuatro palabras resumía su programa de acción: haya virilidad, arte, puntualidad, devoción seria y recia: seguro estoy de que responderán los hombres |# 195|.

Para volver a un clima de virilidad estética habría que empezar desterrando de las iglesias toda decoración cursi y acaramelada, restableciendo el buen gusto en el arte sacro. El sentido del decoro litúrgico llevaba a don Josemaría a denunciar la chabacanería reinante: mucha luz eléctrica, en el retablo y hasta en el tabernáculo de la Exposición. Bambalinas y teloncillos de teatro provinciano. Floripondios de papel y trapo. Imágenes relamidas, de pasta flora. Puntillas y primores mujeriles, en las albas y en los manteles. Cacharros feísimos... |# 196|.

La abundancia de ideas, sugerencias apostólicas, soluciones prácticas o advertencias estéticas de que están repletos los Apuntes nos lleva a preguntarnos por la razón de ese hervidero de proyectos, que parecía manar de la mente del Fundador. Con el correr del tiempo, todos aquellos temas, que en 1930 estaban como en germen, fueron cristalizando; y ahora podemos contemplar, con transparencia, su estrecha vinculación con la vida interior de don Josemaría. Allí está el origen fecundo del despliegue de la Obra hacia lejanos horizontes.

De su piedad eucarística, por ejemplo, derivan muestras de dignidad estética en iglesias y oratorios; de amor, en la riqueza de custodias y vasos sagrados; de limpieza, en la ropa de altar y sacristía; de fidelidad, en el seguimiento de las disposiciones litúrgicas. Consecuente con su fe, derrochaba generosidad en el culto eucarístico e inculcó en todos sus hijos, con su ejemplo y con su palabra, la devoción al Santísimo Sacramento. Hasta en las gratificaciones materiales a los ministros del Señor mostraba don Josemaría su agradecimiento y esplendidez. Pero, cuando piensa en la conveniencia de editar una revista que ofrecer a todos los señores Párrocos, añade una pequeña cortapisa: que había de ser muy barata; no, gratis |# 197|.

Y, en caso de que las mujeres de la Obra tuvieran que encargarse de las ropas y menaje del culto parroquial, les avisa para que no se olviden de proporcionar también casi gratuitamente —pero nunca gratis, ¡nada de balde!— las hostias y el vino para el Santo Sacrificio |# 198|. Pero, ¿no nos ha salido ya al paso esta misma advertencia al hablar de la Academia de lenguas vivas, y establecer que las alumnas todas paguen también. Nada de balde? |# 199|.

Y, cuando haya que dar un círculo de estudios o clases de formación a gente de modesta posición económica, ha de procurarse —escribe también el Fundador— que la casa donde se acomoden esté al nivel de sus posibilidades: que gocen de bienestar y baratura, pero nada de balde |# 200|.

¿Por qué tantas limitaciones? No parece sino que don Josemaría trata de deslucir adrede su natural disposición a mostrarse generoso. Sin embargo, bien se entiende que no lo hace por mezquindad. Entonces —preguntamos— ¿a qué tanto insistir en el nada de balde? ¿Qué se pretende con estas advertencias? Sencillamente nos lo explica don Josemaría: los hombres somos de una condición que lo que no nos costó dinero lo tenemos en poco. Por eso: nada de balde |# 201|. Lo cual, trasladado al refranero popular equivale a «lo que poco cuesta, poco se estima»; y en otras ocasiones a «lo que mucho vale, mucho cuesta».

Todavía con los anteriores avisos frescos en la memoria, a finales de agosto de 1930 anotaba en sus Apuntes: Otras veces se dijo, como principio inconmovible de la Obra de Dios, que nada de balde. Y así creo que debe ser |# 202|. He aquí, aprobada por el Fundador, una norma de comportamiento, que aparece de nuevo en las páginas que recogen las primeras inspiraciones fundacionales. Con el tiempo, aquel principio del nada de balde se fue transformando en otro de categoría superior: el apostolado de no dar |# 203|. Operación que consiste, son palabras de don Josemaría, en hacer apostolado con sentido común |# 204|. Estos principios de economía apostólica se acoplan al espíritu del Opus Dei, porque detrás de ellos hay un fondo de caridad fina. En efecto, a cambio de una pequeña ayuda por parte de los favorecidos en centros benéficos o de enseñanza, éstos pueden decir, en conciencia, que contribuyen al mantenimiento del centro, y ver en las instalaciones y servicios algo suyo. Es muy posible que el interesado no se percate siquiera de que se le dan las cosas casi gratis. Quizá ese pequeño sacrificio económico hará que no se sienta humillado, que aproveche mejor y que estime un poco más lo que algo le cuesta |# 205|.

Es claro que se trata de normas prácticas, nacidas del propósito de obtener la máxima eficacia apostólica; pero también son expresión genuina de la mentalidad laical y del empuje que don Josemaría intentaba dar a su apostolado. Porque, entendámoslo bien, la realización histórica del Opus Dei, su implantación en el mundo, no es una operación abstracta sobre una sociedad teórica. Consiste, más bien, en recristianizar la sociedad desde dentro, como la levadura levanta la masa o una inyección intravenosa actúa en el organismo de un paciente. Tarea propia del Fundador era también el encauzar la nueva realidad teológica y pastoral que muy pronto iba a producirse.

Don Josemaría, dentro de los posibles modos de actuar conforme al espíritu del Opus Dei, fue rompiendo camino, dando ejemplo de vida y predicando su mensaje. Junto al apostolado de no dar, practicó el apostolado de la oración, el apostolado ad fidem, el apostolado del almuerzo, el epistolar, el de la doctrina, el de la discreción, el de amistad y confidencia, el de la inteligencia, el del sufrimiento; en fin: el apostolado de la diversión, el apostolado del ejemplo y hasta el apostolado de los apostolados, en aquellos primeros años en que tuvo que hacer el servicio doméstico en las residencias. Como es natural, las múltiples facetas de su apostolado requerían tiempo y esfuerzos fabulosos, para sacar adelante una empresa que excedía sus fuerzas. Refiriéndose a su poquedad como instrumento en manos de Dios, escribía en diciembre de 1931:

Al releer ayer una determinada anotación del primer cuaderno de catalinas, comprendí cuánto era mi desconocimiento de la vida espiritual. Y esa circunstancia lamentable, Jesús, me hizo llegar a ti con más amor, lo mismo que hay más admiración para el artista que crea una obra admirable con un instrumento tosco y desproporcionado |# 206|.

El Opus Dei se fue haciendo al paso de Dios. Muchas veces don Josemaría no daba con la solución, porque no existía solución. (Es el caso de la configuración jurídica de la Obra). Y otras, por falta de ilustración extraordinaria, obraba casi a ciegas, bajo la moción de la gracia y una idea vaporosa, que iba tomando forma lentamente, como adquieren consistencia los objetos conforme les da la luz. Inesperado prodigio, que le mueve a confesar el pleno señorío divino sobre la fundación:

Me asusto de ver lo que Dios hace: yo no pensé ¡nunca! en estas Obras que el Señor inspira, tal como van concretándose. Al principio, se ve claramente una idea vaga. Después es Él, Quien ha hecho de aquellas sombras desdibujadas algo preciso, determinado y viable |# 207|.

Iba muy avanzada la primera mitad del 1930. Sería, probablemente, en los últimos días de junio cuando don Josemaría, haciendo resumen de todo lo que llevaba anotado sobre el espíritu, organización y apostolados de la Obra, escribe:

quiere el Señor humillarme de una buena temporada a esta parte, para que no me crea un superhombre, para que no crea que las ideas que Él me inspira son de mi cosecha, para que no piense que merezco de Él la predilección de ser su instrumento... Y me ha hecho clarísimamente ver que soy un miserable, capaz de lo peor, de lo más vil |# 208|.

Y, discurriendo con estupor sobre lo anotado hasta entonces en los Apuntes exclama:

jamás pude prever que, de anotar las inspiraciones, hubiera de resultar una Obra así [...]. Nadie puede saber mejor que yo, cómo todo lo que va resultando (jamás pensado por mí) es cosa de Dios |# 209|.

Todo esto que vamos contando sucedía muy a los comienzos, cuando el Padre tenía por delante toda una vida para "perfilar" la Obra. Tarea en la que empleó muchos años de fatigas. Y si los grandes hombres se hacen y definen en el dinamismo de la Historia por el servicio prestado a una alta causa, ¿qué podemos decir del Fundador? La clave de su personalidad está en el trato íntimo con el Señor de la Historia, porque la fundación del Opus Dei es algo que sucedió entre Dios y don Josemaría.

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NOTAS:

1. Instrucción 19-III-1934, n. 20.

2. Apuntes, n. 342, del 20-X-1931.

3. Ibidem, n. 642, del 9-III-1932.

4. Ibidem, n. 1287, del 3-X-1935.

5. AGP, P01 1971, p. 13.

6. María Begoña Álvarez Iráizoz, RHF, T-04861, p. 113.

7. Javier Echevarría, Sum. 3029.

En 1960 el alcalde de Barbastro deseaba colocar una placa conmemorativa en la fachada de la casa donde nació el Fundador. Inmediatamente le escribió don Josemaría rogándole que no pusieran ninguna lápida en la casa. Cfr. Carta a José María Cancer Gómez, en EF-600330-3.

8. César Ortiz-Echagüe Rubio, Sum. 6899.

9. Javier Echevarría, PR, p. 681.

10. AGP, P01 1971, p. 11.

11. Tertulia con los alumnos del Colegio Romano, 10-III-1956. Los monumentos que quiero dejar sois vosotros, hijos míos; les dijo en otra ocasión (AGP, P01 1975, p.1617).

12. Alberto Taboada del Río, RHF, T-03358, n. 1366.

13. Álvaro del Portillo, Sum. 1006.

14. Javier Echevarría, Sum. 2279.

15. Ibidem, PR, p. 1690.

16. Javier de Ayala Delgado, Sum. 7600.

17. Meditación, 2-X-1962, en AGP, P09, p. 58.

18. Apuntes, n. 1699, del 10-X-1932.

19. Ibidem, n. 48, del 16-VI-1930.

20. Ibidem, n. 1725, del 22-VI-1933; cfr. también n. 1152, del 11-III-1934.

21. Cfr. Homilía, 9-I-1968, en AGP, P09, p 90.

22. ¡Cómo os quiero a todos, hijos míos! Cara a cara no me atrevo a decíroslo. Os quiero con toda mi alma, os quiero más que vuestros padres, aunque no os haya visto nunca. Este cariño que os tengo, hijos, no es caridad oficial, seca; es caridad verdadera y cariño humano sensible porque sois mi tesoro. Cuando lleguéis a viejos, contad que el Padre os quería así (AGP, P01 1971, p. 10).

23. Cfr. Jesús Álvarez Gazapo, PR, p. 1443.

24. Álvaro del Portillo, Sum. 677.

25. Ibidem.

26. Ef. 3, 15.

27. Carta 6-V-1945, n. 23.

28. Santiago Escrivá de Balaguer y Albás, Sum. 7333, 7334.

29. Carta a Teodoro Ruiz Jusué, desde Londres, en EF-580904-3.

30. Mercedes Morado García, RHF, T-07902, p. 166.

31. Encarnación Ortega Pardo, Sum. 5365.

32. José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, Anexo I, p. 25.

33. Carta a Joaquín Madoz Montoya, en EF-570502-2.

34. Carta a Michael Richards, en EF-640510-3.

35. AGP, P01 1971, p. 10.

36. Carta a Joaquín Alonso Pacheco, en EF-610814-1.

37. César Ortiz-Echagüe Rubio, Sum. 6898.

38. AGP, P01 1971, p. 12.

39. Ibidem, p. 9; cfr. Amigos de Dios, n. 125.

40. Carta a Florencio Sánchez Bella, en EF-640623-2.

41. AGP, P01 1971, p. 12.

42. Teresa Acerbis, Sum. 4997; Blanca Fontán Suanzes, Sum. 6955; Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4840.

43. Francisco Vives Unzué, Sum. 7458.

44. Mario Lantini, Sum. 3614.

45. Manuel Botas Cuervo recoge en su testimonio (RHF, T-08253, p. 34) un comentario lleno de cariño y de humor que le hizo Pedro Casciaro, tras recibir una pequeña «reprensión» del Fundador, al poco de abrirse la Residencia de estudiantes de Bilbao. En el fondo, al Padre le hacían gracia los dichos de Pedro, y a veces daba pie a sus comentarios, como escribía a sus padres, a los señores de Casciaro: Ese Pedro es un sol; trabaja maravillosamente y, como es tan pillo, sabe explotar muy bien, hasta conmigo, esa gracia y esas virtudes humanas que Dios le ha dado (Carta a Pedro Casciaro Parodi y Emilia Ramírez Pastor, en EF-540730-1).

46. Son abundantes los testimonios que hablan de la capacidad que tenía la mirada del Fundador para corregir y enseñar. Don José López Sierra, Rector del Seminario de San Francisco de Paula, de Zaragoza, atestigua que Josemaría Escrivá poseía esta cualidad ya desde sus años de seminarista y describe cómo se sirvió de la fuerza de su mirada en el desempeño de su cargo de Inspector: «no era partidario de castigos, siempre dulce y compasivo, su mera presencia siempre atrayente y simpática contenía a los más indisciplinados, una sencilla sonrisa, acogedora, asomaba por sus labios, cuando observaba en sus seminaristas algún acto edificante, sin embargo una mirada discreta, penetrante, triste a veces, y muy compasiva, reprimía a los más díscolos» (RHF, T-03306).

47. José Ramón Madurga Lacalle, RHF, T-05848, p. 71.

48. Álvaro del Portillo, Sum. 1336. Como padre y como madre —decía a sus hijos— tengo obligación de corregir, de ayudar, y os aseguro que no me falta la más plena comprensión con la persona equivocada. Pero si no me preocupara de que rectificasen, no les querría bien (Javier Echevarría, Sum. 3102).

49. Mercedes Morado García, RHF, T-07902, p. 122; José Luis Múzquiz de Miguel, RHF, T-04678/1, p. 130.

50. Carta 31-V-1954. En el Opus Dei, hijos míos, obedecemos con la cabeza y con la voluntad; no como cadáveres. Yo con cadáveres no voy a ninguna parte; los entierro piadosamente. Cfr. AGP, P01 IX-1966, p. 48; y AGP, P06 V, p. 180.

51. Carta 7-X-1950, n. 38.

52. Uno de los puntos en que el Fundador no transigía era el mal gusto y la chabacanería. En una de las residencias de mujeres en Roma había un busto de yeso dorado, con peluca, a lo Luis XIV. Además de feo no era apropiado en la decoración de la casa. El Padre lo vio e invitó a sus hijas a que lo dejaran caer, como por descuido. Cosa que hicieron con sumo gusto. Cfr. Carla Bernasconi, RHF, T-08199, p. 255. En cambio, guardaba las cosas humildes, de las que sacaba lección por su simbolismo.

Tampoco se hacían esperar las correcciones en los temas que lindaban con la ordinariez. A este propósito cuenta Jesús Urteaga que al regresar el Padre cierto día a Diego de León, se encontró con un desagradable olor a pescado frito por toda la casa. No me importa —dijo— que coman sardinas. Pero no consiento que la casa huela a sardinas. Cfr. Jesús Urteaga Loidi, RHF, T-00423, p. 69; también Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4840.

53. Cfr. Encarnación Ortega Pardo, RHF, T-05074, p. 128.

54. Rosalía López Martínez, RHF, T-07918, n. 3.2.5.

55. Dorotea Calvo Serrador, RHF, T-04906, p. 22.

56. Kurt Hruska, Sum. 3494. Doña Consuelo de Matheu, que conoció y trató al Fundador en circunstancias difíciles, estando refugiado en el Consulado de Honduras, durante la guerra civil, cuando tan fácilmente se olvidan las convenciones sociales y los respetos humanos, dice: «Si tuviera que definir a don Josemaría lo haría diciendo que era un caballero» (cfr. Consuelo de Matheu Montalvo, RHF, T-05050, p. 5.

57. Carta a María José Escrivá de Balaguer García-Herrero, en EF-650525-3.

58. Encarnación Ortega Pardo, Sum. 5356.

59. María Begoña Álvarez Iráizoz, RHF, T-04861, p. 20.

60. Javier Echevarría, Sum. 3094.

61. Ibidem, Sum. 3096.

62. Ibidem, Sum. 3214.

63. Álvaro del Portillo, Sum. 976.

64. "Ut bono spirituali Praelati et eiusdem valetudini consulant, sint duo Custodes seu admonitores" (Codex iuris particularis Operis Dei, art. 132, 6).

65. Cfr. Florencio Sánchez Bella, Sum. 7565.

66. Javier Echevarría, Sum. 3211. Una de sus hijas, que trabajó en la Administración de la Sede Central, cuenta a este respecto una anécdota. «Si estábamos friendo patatas y tenía que pasar junto a la cocina, a lo mejor preguntaba: — Álvaro, ¿me como una? Si el gesto de don Álvaro era negativo, seguía andando, mirándonos con una sonrisa amable —inolvidable—, sin darle ninguna importancia» (Begoña de Urrutia Domingo, RHF, T-06897, p. 4).

Conociendo el sentido de humor del Padre y de don Álvaro, lo más probable es que se diese entre ellos una callada confabulación para divertir un poco a las personas de la Administración; y, muy probablemente, don Josemaría recordaba sus pillerías de niño cuando entraba en la cocina de Barbastro a pescar algo. Mejor si María la cocinera estaba friendo patatas.

67. Alejandro Cantero Fariña, Sum. 6687; Pedro Casciaro Ramírez, Sum. 6355.

68. César Ortiz-Echagüe Rubio, Sum. 6899.

69. Cfr. Jesús Álvarez Gazapo, Sum. 4421.

70. Javier Echevarría, Sum. 3239. La rectificación se extendía, a veces, a errores involuntariamente cometidos en su infancia. Me siento en deuda con la douce France —escribía en 1963—, y pienso que puedo tenerle un especial cariño... y manifestarlo (Carta a sus hijos de Francia, en EF-631205-1).

En Francia se abstenía, por mortificación, de beber sus famosos vinos. Se fundía con las almas francesas en sus visitas a Notre-Dame de París, a Lourdes, a Tours, a Chartres, a Lisieux. Pensaba que tenía una deuda lejana con este país, y quería saldarla.

La invasión napoleónica de España dejó funesto recuerdo, por las atrocidades que cometieron las tropas. Durante más de un siglo, los libros de la escuela y la memoria del vulgo estuvieron marcados por la antipatía a ciertos episodios de la historia. En ese ambiente se crió Josemaría, de niño, en el colegio. Más tarde, su corazón, grande y católico, rechazó ideas tan mezquinas y rencorosas.

¿Por qué tienen los pueblos que arrastrar culpas pasadas de sus gobernantes, y más cuando median generaciones? Don Josemaría ilustraba, humorísticamente, lo absurdo de los odios multiseculares con una historieta. La del ciego que cantaba coplas y baladas patrióticas. Loores y más loores a España; y vituperios a Francia, con aquello de: «Mala la hubisteis franceses, en ésa de Roncesvalles»... Hasta que un día alguien le preguntó:

— Dígame, señor cieguecito, ¿por qué canta sólo lo bueno de España, y calla lo malo?; y, al revés, ¿por qué silencia lo bueno de otros países y saca a relucir lo malo?

— Pues mire usted: porque soy ciego español. Lo bueno de otros países, que lo canten los ciegos extranjeros (cfr. P. José Llamas Simón, RHF, T-02869, p. 9).

71. Cfr. Apuntes, n. 114, del 21-XI-1930, n. 211, del 26-VII-1931, n. 222, del 10-VIII-1931, n. 348, del 26-X-1931, etc.

72. Carta, en EF-560414-2.

73. Javier Echevarría, Sum. 3088.

74. Kurt Hruska, Sum. 3492 y 3493. La conjunción entre las primeras tendencias naturales y lo que fue más tarde resultado de su lucha ascética, revelan el equilibrio de su carácter, claramente expresado en algunos testimonios. El Fundador —refiere el profesor Alastrué— «tenía por naturaleza un carácter impetuoso, fuerte, vivo, decisivo; pero en su vida obraba todo lo contrario: era tranquilo, pacífico, sosegado, reflexivo, muy exacto en su hablar, sin decir una palabra más de las necesarias, y muy comedido en sus modales; los ímpetus de la naturaleza los ahogaba con su virtud, con su mortificación, con su paciencia y su caridad» (Eduardo Alastrué Castillo, Sum. 5542). Cfr. también Juan Bautista Torelló Barenys, Sum. 5236.

75. No era raro ver al Padre con la cabeza entre las manos, pensativo, repasando cosas pendientes y exclamando: ¡No sé cómo no me estalla la cabeza!

76. De boca del Fundador recoge Mons. Javier Echevarría el siguiente comentario: el Señor se ha servido también de mi "caratteraccio" para sacar adelante el Opus Dei (Javier Echevarría, Sum. 3088).

77. Cfr. Jesús Álvarez Gazapo, Sum. 4408.

78. Carta a Juan Francisco Morán Ramos, desde Madrid, en EF-340426-1. He procurado ir al paso de Dios —escribe a sus hijos—, con mansedumbre y con naturalidad, sin ninguna nota triunfal, avasalladora; teniendo por lema esconderme y desaparecer, para que se viera sólo la acción de Dios en las almas y en su Iglesia Santa (Carta 31-V-1954, n. 1).

79. Desde primera hora, en escritos y meditaciones, habla el Fundador de "enamoramiento", para expresar el amor a Dios por parte del alma: cfr. Camino, nn. 419, 425, 999; Surco, nn. 795, 799, etc.

80. Carta 25-V-1962, n. 98.

81. Carta 9-I-1932, n. 73.

82. En sus Apuntes íntimos (n. 206, del 15-VII-1931) recoge el Fundador unos cuadros sinópticos rebosantes de iniciativas apostólicas en multitud de ambientes. Estos cuadros son anteriores a 1930, probablemente, y fueron después incorporados a sus Apuntes. Pues bien, ya en el cuadro II, de través, se lee, abarcando una larga lista de actividades a desarrollar: Los santos resultan incómodos.

83. Javier Echevarría, Sum. 3097 y 3265. Solía también repetir el dicho popular: «o herrar o quitar el banco».

84. Carta 9-I-1932, n. 74.

85. Carta a Florencio Sánchez Bella, en EF-641110-2. En Surco, n. 558 se vuelve a recoger la idea: Los santos resultan siempre incómodos para los demás.

86. José López Ortiz, Sum. 5312.

87. Cfr. Carta a Florencio Sánchez Bella, en EF-641110-2.

88. Carta 6-V-1945, n. 4.

89. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-461216-2.

90. Carta a Roberto Salvat Romero, en EF-640220-1.

91. Javier Echevarría, Sum. 2864.

92. Cfr. Javier Echevarría, Sum. 2845; y Juan Udaondo Barinagarrementería, Sum. 5079.

93. Mercedes Morado García, RHF, T-07902, p. 120.

94. María Begoña Álvarez Iráizoz, RHF, T-04861, p. 91.

95. Camino, n. 432. Cuenta Mons. Julián Herranz, recogiendo las palabras del Fundador, que el 8 de enero de 1955, en conversación con profesores y alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz, les decía que le hubiese dado un gozo muy grande celebrar misa con un cáliz que tuviese un grueso diamante escondido dentro, en el vástago, bajo la copa, donde nadie pudiese verlo. Ese diamante escondido, humilde y sacrificado, sentiría bullir encima la Sangre de Cristo, con todo su calor y todo su fuego de amor. Ese diamante le recordaría de continuo lo que hubiera querido que fuese su vida: la vida de un enamorado de Cristo, que, imitando los años de trabajo ordinario y escondido de Jesús en Nazaret, supiese desaparecer en el cumplimiento fiel de la Voluntad de Dios. Cfr. Julián Herranz Casado, Sum. 3917.

96. Cfr. Javier Echevarría, Sum. 2865.

97. Homilía 26-XI-1967 (Amigos de Dios, nn. 299 y 301).

98. Javier Echevarría, Sum. 2498.

99. AGP, P01 1971, p. 9.

100. El trabajo —escribe el Fundador— al ser Opus Dei, es también oración: por eso no podemos decir que un hombre que viva el espíritu del Opus Dei es activo o contemplativo; porque la acción es contemplación y la contemplación es acción, en unidad de vida (Carta 31-V-1954, n. 20). El objetivo de la formación ascética que daba el Fundador a sus hijos no era otro que el hacer de ellos contemplativos en medio del mundo (Julián Herranz Casado, Sum. 3909).

101. Cfr. Javier Echevarría, Sum. 1775; y Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4844. En otro lugar aconseja a los directores de la Obra que practiquen una cortesía que es muestra de educación humana y también de finura espiritual, porque es caridad de Cristo (Instrucción 31-V-1936, n. 24).

102. Camino, 409.

103. Amigos de Dios, n. 75. No sabría determinar —escribe en otro lugar— cuál es la principal virtud humana: depende del punto de vista desde el que se mire. Además, la cuestión resulta ociosa, porque no consiste en practicar una o unas cuantas virtudes: es preciso luchar por adquirirlas y practicarlas todas. Cada una se entrelaza con las demás, y así, el esfuerzo por ser sinceros, nos hace justos, alegres, prudentes, serenos (ibidem, n. 76). Cfr. también Instrucción V-1935/10-IX-1950, n. 70.

104. Carta 14-IX-1951, n. 3.

105. Surco, n. 238.

106. Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4771.

107. El Fundador estaba persuadido de tener un Arcángel ministerial, por lo que comentaba: No está dicho en ningún sitio que los sacerdotes tengan un Arcángel ministerial, pero yo se lo pido al Señor con tanta fe, y he acudido con tanta devoción a mi Arcángel ministerial que, si no lo tenía, estoy seguro de que el Señor me lo habrá concedido (Javier Echevarría, Sum. 2646).

108. Apuntes, n. 647, del 11-III-1932.

109. Álvaro del Portillo, Sum. 325.

110. Amigos de Dios, n. 80.

111. Javier Echevarría, Sum. 3238 y 3237; Mercedes Morado García, Sum. 6937; etc.

112. Javier Echevarría, Sum. 2559.

113. Alberto Taboada del Río, RHF, T-03358, n. 1345; cfr. también María Begoña de Urrutia Domingo, RHF, T-06897, p. 55.

114. Mercedes Morado García, Sum. 6929.

115. Javier Echevarría, Sum. 2865.

116. Es Cristo que pasa, n. 21. El pensamiento de la generosidad en la entrega aparece repetidamente en sus primeros escritos y pasa a Camino, n. 420: ¡Qué poco es una vida para ofrecerla a Dios!...

Por otra parte, la insistencia del Fundador en la idea de "gastarse" en el servicio de Dios resalta, por ejemplo, en la traducción del texto paulino (2 Cor. 12, 15): yo de muy buena gana me gastaré y me desgastaré hasta agotarme por vuestra alma (AGP, P01 III-1961, p 16).

Quizá llegara a oídos del Fundador aquel conocido dicho histórico que narra el canciller López de Ayala o, más probablemente, lo sacó de la lectura de las Crónicas de Castilla. Sucedió que durante las luchas intestinas del reinado del rey don Pedro (el Justiciero, en opinión de unos; y el Cruel, a juicio de otros) el señor de la villa de Aguilar fue preso y hubo de comparecer ante sus jueces. El valido del rey le preguntó:

— ¿Qué porfía tomaste tan sin pro, siendo tan bien andante en este reino?

A lo que, con resignada entereza le replicó el prisionero:

— Ésta es Castilla, que hace los hombres y los gasta (Pedro López de Ayala, Crónica del rey don Pedro, Madrid 1953, vol. 66 de la B.A.E., pág. 428).

117. Javier Echevarría, Sum. 3249.

118. Carta a Santiago Escrivá de Balaguer y Albás y Gloria García-Herrero Ruiz, desde Elorrio, en EF-640718-1. El trabajo en el Opus Dei lo definió como una enfermedad crónica, contagiosa, incurable y progresiva (AGP, P04 1974, II, p. 186).

119. Instrucción 31-V-1936, nota 95. No cambió de idea con los años: Muchas veces pienso que sería una comodidad morirse pronto. No deseo la muerte: debemos desear vivir muchos años, y trabajar (Carta 15-X-1948, n. 11).

120. AGP, P01 1975, p. 767.

121. Morir es una cosa buena —dice el Fundador en Forja, n. 1037—. Pero mientras el Señor te quiera mantener en la tierra, morir, para ti, es una cobardía. Vivir, vivir y padecer y trabajar por Amor: esto es lo tuyo.

No andaba el Fundador del todo conforme con el dolorido sentir de aquellos versos del Romancero, tan traídos y llevados por la literatura sacra y profana del Siglo de Oro español (La lección primitiva aparece en el Cancionero de Valencia, de 1511):

«Ven muerte, tan escondida,

Que no te sienta venir;

Porque el placer de morir

No me torne a dar la vida».

Tampoco compartía sentimientos con el suspirante estribillo del «muero porque no muero». Resultaba demasiado cómodo el que le enterrasen todavía joven. La letra de su estribillo era muy diferente. Era una glosa de san Pablo a la que puso otra música: «Que vivo porque no vivo, que es Cristo quien vive en mí» (Gal. 2, 20).

122. Carta 8-VIII-1956, n. 5.

123. Es Cristo que pasa, n 107.

124. Ibidem, n. 107.

125. Ibidem, n. 95.

126. Tratado de la oración y meditación, cap. IV.

127. Vida de Jesucristo, cap. XXIV.

128. Historia de la Sagrada Pasión, cap. XXIII.

129. Santo Rosario, tercer misterio doloroso.

130. Via Crucis, I estación, 5º punto de meditación.

131. Ibidem, II estación.

132. Ibidem, VIII estación.

133. Ibidem, IX estación, tercer punto de meditación. Antes de entrar en la meditación de la Sagrada Pasión, San Pedro de Alcántara hace en su Tratado un «pequeño preámbulo» en el que insiste en la conveniencia de «tener a Cristo ante los ojos presente y hacer cuenta que le tenemos delante cuando padece». Y más adelante continúa: «Pon primero ante tus ojos la imagen antigua de este Señor y la gran excelencia de sus virtudes [...]. Y después que así le hubieres mirado, y deleitado, de ver una tan acabada figura, vuelve los ojos a mirarlo tal cual aquí lo ves [...]. Míralo todo de dentro y de fuera [...]. Y no pienses esto como una cosa ya pasada, sino como presente; no como dolor ajeno sino como tuyo propio» (cap. IV).

Este estilo de consideraciones, esta manera de hacer oración no era exclusiva de los tratados, como lo prueba este apunte de un sermón de Navidad de san Juan de Ávila, tomado a vuela pluma:

«Cuarenta días estuvieron la Virgen y su Niño bendito en el portal. No haya ninguno que con su pensamiento no los visite al menos a la mañana y a la noche cada día; y postraros delante del Niño y de la Virgen bendita, y besarle los pies y ofrecerle alguna cosa; rezadle algún rosario o pensar alguna cosa devota. Vámonos todos ahora, así como estamos aquí, al portal de Bethlem, donde la Virgen mora» (El Niño ha nacido para nuestra salud, Rialp Facsímiles, Madrid 1992).

134. AGP, P01 1973, p. 129; cfr. también Amigos de Dios, n. 216.

135. Via Crucis, XIV estación, primer punto de meditación.

136. Conversaciones, nn. 114 y 115.

137. AGP, P06 IV, p. 84. Nuestro Señor utilizaba ese procedimiento. Le gustaba enseñar con parábolas, sacadas del ambiente que le rodeaba: del pastor y de las ovejas, de la vid y de los sarmientos, de barcas y de redes, de la semilla que el sembrador arroja a voleo... (Amigos de Dios, n. 254).

138. Cfr. José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, anexo I, p. 26.

139. Es Cristo que pasa, n. 55.

140. Florencio Sánchez Bella, PM, f. 1421.

141. Amigos de Dios, n. 1.

142. Ibidem. Sobre el recurso de Nuestro Señor a esta parábola campesina comenta el Padre: Pero ¿no le habéis oído tratar también de ovejas y de rebaños? ¡Y con qué ternura!, ¡cómo goza al describir la figura del Buen Pastor! [...]. El Opus Dei es también un rebaño de Cristo, con su Buen Pastor y sus ovejas. En la Obra habrá siempre un Padre que podrá decir: cognosco oves meas et cognoscunt me meae, conozco a mis hijos y mis hijos me conocen a mí. Porque el Buen Pastor, en el Opus Dei, será perpetuamente el que presida: el Padre, sea quien sea (tertulia 13-III-1955; AGP, P06 II, p. 51).

143. Cfr. José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, p. 74.

144. Es Cristo que pasa, n. 3.

145. Amigos de Dios, n. 215.

146. Surco, n. 804.

147. AGP, P01 1970, p. 994. Esta expresión, y otras semejantes (Josemaría, te he engañado otra vez o Josemaría, ¡sé fiel!) era un recurso utilizado por el Fundador para encararse consigo mismo, contemplándose desde fuera, con objetividad de examen de conciencia.

148. Cfr. Amigos de Dios, n. 117.

149. Surco, n. 263.

150. Amigos de Dios, 20.

151. Ef. 1, 4; cfr. Forja, n. 10.

152. AGP, P01 1974, p. 950.

153. AGP, P01 1971, p. 352.

154. Is. 43, 1.

155. Forja, n. 12.

156. AGP, P01 1968, p. 450.

157. Camino, n. 155.

158. AGP, P01 1972, p. 464.

159. AGP, P01 1974, p. 255.

160. Apuntes, n. 218, del 7-VIII-1931.

161. Amigos de Dios, n. 299.

162. AGP, P01 1974, p. 255.

163. Es Cristo que pasa, n. 107. Cuando hablamos de corazón humano —dice el Fundador en una homilía pronunciada en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús: 17-VI-1966— no nos referimos sólo a los sentimientos, aludimos a toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás. Y, en el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones (ibidem, n. 164).

164. Cfr. ibidem, n. 166.

165. AGP, P01 1971, p. 10; ya citado anteriormente en este capítulo. Cfr. también Surco, n. 804, pues es autobiográfico: no he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer.

166. AGP, P01 1974, II, p. 45.

167. Camino, n. 316.

168. Surco, n. 813.

169. Amigos de Dios, n. 75.

170. Conversaciones, n. 113.

171. Statuta, n. 80, § 2 (en Amadeo de Fuenmayor et al., ob. cit., Apéndice Documental 73, p. 639.

172. AGP, P04 1974, II, p. 109.

173. Conversaciones, n. 118. De la homilía pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967, qué él tituló: Amar al mundo apasionadamente.

Y en una consideración espiritual da razón del porqué: El mundo nos espera. ¡Sí!, amamos apasionadamente este mundo porque Dios así nos lo ha enseñado: sic Deus dilexit mundum... —así Dios amó al mundo; y porque es el lugar de nuestro campo de batalla —una hermosísima guerra de caridad—, para que todos alcancemos la paz que Cristo ha venido a instaurar (Surco, n. 290)

174. Jn. 3, 16.

175. Cfr. Apuntes, n. 218, 7-VIII-1931.

176. Forja, n. 52.

177. Forja, n. 31.

178. Forja, n. 3.

179. Forja, n. 57.

180. Ya se ha examinado, de manera prolija, en lo que va expuesto de la vida de don Josemaría, el ocultarse y desaparecer; y cómo esta característica vendrá a ser lema de su vida interior y rasgo del espíritu de la Obra, en cuanto humildad colectiva.

181. Apuntes, n. 44, de VI-1930.

182. Ibidem, n. 306, del 2-X-1931.

183. Ibidem, n. 475, del 12-XII-1931.

184. Ibidem, n. 179, del 20-III-1931.

185. Ibidem, n. 60, del 16-VI-1930.

186. Ibidem, nn. 60 y 61, del 16-VI-1930.

187. Ibidem, n. 61, del 16-VI-1930.

188. Ibidem, n. 475. Esta anotación es del 12-XII-1931; y sobre ella comenta don Álvaro: «El día 2 de octubre de 1928 quedó delimitada toda la Obra, menos la Sección femenina: además, poco a poco, con las ilustraciones del Señor y con la experiencia, vino la realización externa, que nuestro Padre iba llevando a cabo; en primer lugar, la espiritualidad propia y el apostolado personal».

189. Apuntes, n. 14, del 13-III-1930; cfr. también n. 77, del 28-VII-1930. Esta imagen, en la que el Fundador describe el modo específico de hacer apostolado desde la entraña de la masa social, se recoge, ligeramente retocada, en una de las Instrucciones: Somos una inyección intravenosa, puesta en el torrente circulatorio de la sociedad (Instrucción, 19-III-1934, n. 42).

190. Apuntes, n. 12, del 13-III-1930.

191. Lo cual no significa que no exista un auténtico "espíritu misional" en el Opus Dei, en cuanto a la difusión de la doctrina y de la fe cristiana. Como explicaba el Fundador al Nuncio en Kenia: el Opus Dei es —debe ser siempre—, en la selva africana y en el asfalto de las grandes ciudades, eminentemente misionero (Carta a Mons. Gastone Mojaisky Perrelli, en EF-571116-1; cfr. también Carta 19-III-1954, n. 35). Y sobre este punto insiste el Fundador: Quiso el Señor desde el primer momento que su Obra tuviese entraña católica, universal. Y en cumplimiento de nuestra misión divina —sin que podamos ni queramos llamarnos misioneros—, hemos de llegar a todos los países y a los hombres de toda raza, lengua y condición (Carta 16-VI-1960, n. 1).

192. Apuntes, n. 9, de III-1930.

193. Ibidem, n. 8, de III-1930.

194. Ibidem, n. 11, de III-1930.

195. Ibidem, n. 5, de III-1930.

196. Instrucción 9-I-1935, n. 252; cfr. también Camino, n. 542 y Carta 9-II-1932, n. 22.

197. Apuntes, n. 51, del 16-VI-1930.

198. Ibidem, n. 9, de III-1930.

199. Ibidem, n. 12, del 13-III-1930.

200. Ibidem, n. 46, del 15-VI-1930.

201. Ibidem, n. 56, del 16-VI-1930.

202. Ibidem, n. 87, del 25-VIII-1930.

203. En el verano de 1968 el Padre se llevó a Santo’Ambrogio Olona, cerca de Varese, donde pasó unas semanas trabajando, los cuadernos de Apuntes íntimos, que hacía muchos años que no había visto, con objeto de releerlos. Allí se encontró con los famosos cuadros sinópticos, que había trasladado a los cuadernos de Apuntes. En esos cuadros se encerraba, de manera muy condensada y con sucintas indicaciones, todo lo referente a los apostolados del Opus Dei, medios, personas, formación, espíritu, etc. Y entre ellos aparece el apostolado de dar y el apostolado de no dar. Cfr. Apuntes, nn. 205-206, del 15-VII-1931.

Principio que años más tarde pasó a Camino, donde se lee: Es condición humana tener en poco lo que poco cuesta. Ésa es la razón de que te aconseje el "apostolado de no dar" (Camino, n. 979).

204. Cfr. Apuntes, nota 10, de don Álvaro.

205. En muchas obras de apostolado corporativas se solían ofrecer medias becas, por ejemplo, a los estudiantes cuyas familias no tenían suficientes medios económicos. A los obreros que acudían a las clases vespertinas, después de un día de trabajo, les enseñaban los mismos profesores, y utilizaban el mismo material didáctico, pagando considerablemente menos que los alumnos de la mañana. En el Congo, en la actualidad, en los ambulatorios y hospitales de día llevados por gente de la Obra se cobran en parte los servicios, o se dan gratis, de acuerdo con la posición económica de la familia del paciente.

206. Apuntes, n. 474, del 11-XII-1931.

207. Ibidem, n. 65, del 16-VI-1930.

208. Ibidem, n. 66, del 16-VI-1930.

209. Ibidem, nn. 67 y 71, del 16-VI-1930. En carta de 1931, dirigida a los primeros fieles, abunda en este concepto: Dios, cuando desea realizar alguna obra, emplea medios desproporcionados, para que se note bien que la obra es suya. Por eso vosotros y yo, que conocemos bien el peso abrumador de nuestra mezquindad, debemos decir al Señor: aunque me vea miserable, no dejo de comprender que soy un instrumento divino en tus manos. No he dudado jamás de que los trabajos que haya hecho a lo largo de mi vida en servicio de la Iglesia Santa, no los he hecho yo: sino el Señor, aunque se haya servido de mí (Carta 24-III-1931, n. 31).