3. "Viajante de mi Señor Jesucristo"

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Los proyectos a medio plazo que se había fijado el Fundador se extendían hasta la terminación de la guerra, hasta que llegara el momento de entrar en Madrid. Don Josemaría era de los muchos optimistas, aunque a veces no lo viera claro, para quienes el final de la contienda resultaba ahora casi inmediato |# 71|. Motivo que le urgía a emprender una fecunda campaña apostólica a fin de contar con más almas y medios materiales para recomenzar otra vez en Madrid. Señor, ¡danos cincuenta hombres que te amen sobre todas las cosas!, pedía ante el sagrario. Necesito un milloncejo —escribía al Obispo de Vitoria—, además de cincuenta hombres que amen a Jesucristo sobre todas las cosas |# 72|. Pero como no le iban a venir mansamente a las manos ni las vocaciones ni las pesetas, se preparó para lanzarse en su busca.

Al proyecto inmediato de hablar con cada uno de sus hijos, se agregó éste de la campaña apostólica. Preveía que sus viajes serían largos y complicados, como escribe a Ricardo el 31 de diciembre de 1937: me han prometido un salvoconducto muy amplio, para que pueda ver con facilidad a toda mi familia: voy a viajar más que un camionista |# 73|. Mentalmente don Josemaría se fue haciendo un itinerario al que incorporó también otras finalidades, como la de visitar a todos los Obispos para irles dando a conocer la Obra.

En estos días —anunciaba a los Obispos de Pamplona y Administrador Apostólico de Vitoria— saldré para Palencia, Salamanca y Ávila. Después iré a Bilbao... ¡Estoy hecho un... viajante de mi Señor Jesucristo! |# 74|.

Acababa de recibir el 15 de enero una efusiva carta de Morán, el Vicario General de Madrid. La tan esperada respuesta era el empujón que le faltaba para embarcarse en aquellos sufridos trenes y autobuses de tiempos de guerra, y emprender su recorrido de viajante de Cristo: «No puede V. figurarse —le escribía el Vicario— la gratísima sorpresa que me ha dado... ¡Gracias a Dios, se encuentra V. entre nosotros!... a trabajar en su Obra predilecta, que si siempre fue necesaria, mucho más lo ha de ser en la post-guerra» |# 75|.

Unos días antes, como para abrir camino, le llegó una limosna de 1.000 pts. Estaba ilusionado con el viaje. Tenía puestas en él muchas esperanzas, convencido de que la labor apostólica iba a dar con ello un considerable estirón. En vísperas del viaje recitaba con entusiasmo las etapas del itinerario a Manolo Sainz de los Terreros:

Pasado mañana —¡viajante de mi Señor Jesucristo!— emprendo este viaje: Burgos-Palencia; Palencia-Salamanca: Salamanca-Ávila: Ávila-Salamanca: Salamanca-Palencia: Palencia-León: León-Astorga: Astorga-León: León-Bilbao: y... qué sé yo: a lo mejor, tengo que largarme a Sevilla.

No hay como ser pobre de Solemnidad, para recorrer el mundo |# 76|.

Era tanto el alborozo que, escribiendo a Isidoro, le anticipa el éxito del viaje:

El abuelo anda correteando que es un gusto: mañana sale, para seis u ocho capitales. A pesar de todo, el pobrecito se está poniendo gordo.

[...] ¡Ah! Ese correteo lo hace solo, el abuelito; y dice que va a volver con mucho dinero que le dará D. Manuel, para arreglar su casa de París. ¡Ojalá sea así! |# 77|.

Tal era el tono jovial y emprendedor del viajante de mi Señor Jesucristo. Pero, veamos, en sus Apuntes, cómo andaba por dentro:

[...] determino emprender un viaje algo pesado, pero necesario.

Por mi gusto, me encerraría en un convento —¡solo! ¡solo!— hasta que acabara la guerra. Mucha hambre de soledad. Pero, no mi voluntad, sino la del Señor: y debo trabajar y fastidiarme, bien lejos del aislamiento. —Tengo también deseos grandes de marcharme de Burgos |# 78|.

Este agudo sentimiento de soledad era hambre de saciarse a solas de Dios. Se veía, en cambio, obligado a trajinar de un lado a otro, molido y sin descanso.

El 19 de enero, luego de celebrar a las seis y cuarto en las Teresianas, como solía, tomó el autobús para Palencia. Preguntando llegó al palacio episcopal. El Prelado se quedó atónito al verle. «¡Es otro hombre!», le decía a su secretario. No se habían encontrado desde antes de la guerra. Charlaron cordialmente de sus cosas. Después de la visita tomó don Josemaría el tren para Valladolid. Al día siguiente celebró en las Teresianas una misa por don Pedro Poveda, y trató de localizar en esa ciudad a la familia de Jacinto Valentín Gamazo, un fiel de la Obra muerto en el frente del Alto de los Leones |# 79|.

El 21 de enero, ya en Salamanca, dijo misa en la casa de formación de las Teresianas. Tuvo allí una larga conferencia con Pepa Segovia y, de acuerdo con ella, hizo un programa de asistencia espiritual a las Teresianas.

El 22 de enero dejó Salamanca. Llegó a Ávila con tiempo para decir misa: Celebro por D. Pedro (¡cómo se reirá desde el cielo! Este bobo, ¡haciéndome sufragios!, dirá), en las Teresianas. ¡Gran acogida! |# 80|.

Cordialísima y larga charla con el Obispo de Ávila, don Santos Moro, a quien explica la Obra (Lo entiende todo, anota en sus Apuntes). Por la tarde, vuelta a Salamanca. Su gran sorpresa fue que, al siguiente día, cuando preparaba el plan de retiro que iba a dar a las Teresianas, se presentó allí Ricardo, que venía del frente; por lo que retrasó inmediatamente el programa, en vista de que el permiso que traía era tan sólo de dos días. (Todo el día con Ricardo, pensando en todos, resume en una catalina) |# 81|.

Paulatina e imperceptiblemente, conforme señala don Josemaría los jalones de ese agotador itinerario, va dejando un rastro inquietante de síntomas, que empiezan con desganas y leves cansancios, para acabar en notas alarmantes. Siguen unos extractos de sus Apuntes:

Día 25 de enero. Doy un retiro a las Teresianas, con poca gana pero con muy buena voluntad |# 82|.

Burgos, 28 de enero: Vida ordinaria. Acatarrado |# 83|.

Vitoria, domingo, 30: Muchas ganas de soledad. Y verme a mí mismo como una pelota, que va, impulsada por mi Padre-Dios, de pared a pared, tan pronto golpeado con el pie como recibiendo una caricia de sus manos... |# 84|.

Bilbao, 1 de febrero: Hoy hemos danzado mucho [...]. Estoy completamente afónico. No puedo hablar. Me vuelvo mañana a Burgos, a curarme. Me encuentro flojo. He engordado algo, y estoy peor que cuando vine. Me mareo, en cuanto comienza a moverse el auto en que voy. Estoy hecho una ruina: pero no lo contaré a nadie |# 85|.

Burgos, 2 de febrero: Llego a Santa Clara 51, y no me muevo de casa. Gargarismos, compresas, pañuelo al cuello, etc. ¡Contento de mi estancia en Bilbao! Espero que dará fruto |# 86|.

Día 3 de febrero: Me levanto tarde [...]. No puedo decir Misa |# 87|.

4 de febrero: Mala noche. Tos y pastillas. Y tampoco puedo decir la Santa Misa |# 88|.

Era de esperar que el mal fuese ligero, que se le pasase con unos días de reposo. No fue así. Empeoraba. Guardando cama recibió carta del Vicario de Madrid, Sr. Morán, que le citaba para el 10 de febrero en Salamanca. Derrengado, y completamente afónico, apunta el día 8: Sigo afónico. Mañana he de ir a Salamanca [...]. No sé si acostarme |# 89|. Pudo más su diligencia, pero tuvo que cortar el viaje y pasar la noche en Medina del Campo, sin dormir apenas y con mucha fiebre. Se rehizo y consiguió llegar a su destino. Almorzó en Salamanca con don Francisco Morán y charlaron de la Obra largo y tendido. Hizo don Josemaría al Vicario un recorrido mental de su vida en Madrid, de la evasión, del apostolado en los frentes y en la retaguardia, de sus visitas a los Prelados... Le leyó la Carta Circular. Le habló de sus ejercicios espirituales y de su vida interior. Quedaba así don Francisco enteramente al corriente de la Obra y no sólo de su historia externa. Recordaron los tiempos de la República, cuando don Josemaría no estaba aún incardinado en Madrid y trataba de hacerse entender, para conseguir licencias ministeriales. Comentaron luego los diez años de labor que llevaba la Obra, y el Vicario se reía con toda su alma cuando le preguntó don Josemaría: ¿qué me habría dicho, si en 1928 le hubiera yo ido a decir —"necesito quedarme en Madrid, porque Jesús quiere que haga una Obra muy grande"? |# 90|. El 11 estaba de regreso en Burgos, donde le aguardaba una carta cariñosísima del Obispo de Madrid, en la que le decía don Leopoldo:

«Muy querido D. José Mª:

Me alegró mucho su carta del 10 de enero, y se la agradezco de corazón. Ya Morán me había dado la alegría inmensa de hacerme saber que se había usted librado de la zona roja, y que Dios N.S. nos lo había conservado para continuar haciendo tanto bien. Perdóneme que no le haya contestado antes; he estado enfermo, y me voy reponiendo lentamente, pero con grande retraso, como es natural, en la correspondencia», etc. |# 91|.

Con tan buena noticia se rehizo del todo don Josemaría. Del 15 al 17 de febrero viajó por León. De camino se entrevistó con varias personas y con el Obispo de Astorga. Había ido, sobre todo, a ver a don Eliodoro Gil, a quien conocía desde 1931; este sacerdote frecuentaba la Academia DYA de la calle de Luchana y posteriormente la residencia de Ferraz. Ahora estaba de párroco en León. Contento del viaje: logré lo que me proponía con Espinosa y Eliodoro —no puntualizo—, escribe en sus Apuntes. A Espinosa de los Monteros le habló de su posible vocación a la Obra; y don Eliodoro se comprometió a tirar a multicopista las cartas circulares, que le enviaría desde Burgos, para repartirlas luego entre los suyos, por los frentes de guerra. Además, este buen sacerdote le pagó el hotel, le regaló unos dulces y de añadidura le hizo una buena limosna |# 92|.

Me acuesto pronto, porque estoy reventado |# 93| —continúan los Apuntes—. Sábado 19 de febrero. Gris. Catarro. Poco que decir |# 94|. El domingo 20 salió para Zaragoza. Pasa por Calatayud.

Lunes 21 de febrero. Al Pilar. Es la primera visita que hacemos en Zaragoza. Luego, a las Teresianas. Después, al médico: porque sigo con fiebre, dolor de garganta y echando sangre |# 95|.

Nuevas visitas y desplazamientos. Se entera de que Enrique Alonso-Martínez está hospitalizado en Alhama de Aragón. Allá va. Vuelta a Zaragoza. Ida a Pamplona. De allí a Jaca, a ver a José Ramón Herrero Fontana. (El "benjamín" de la familia le llamaba el Padre poco antes de estallar la guerra). Regreso a Pamplona. Después, San Sebastián. Más visitas. Más asuntos que tratar. El 2 de marzo, Miércoles de Ceniza, regresaba a Burgos, cansado; muy cansado y con fiebre. El jueves seguía con fiebre. El viernes guardó cama.

Desde este punto, su propósito —tan bien cumplido— de escribir catalinas casi a diario, se interrumpe. Día 10, de marzo, jueves:

No he escrito catalinas desde hace varios días. Mucho podía escribir [...].

Me veo como un pobrecito, a quien su amo ha quitado la librea. ¡Sólo pecados! Entiendo la desnudez sentida por los primeros padres. Y mucho he llorado: mucho he sufrido. Sin embargo soy muy feliz. No me cambiaría por nadie. Mi gaudium cum pace, desde hace años, no lo pierdo. ¡Gracias, Dios mío! [...]

No puedo hacer oración vocal. Me hace daño, casi físico, oír rezar en voz alta. Mi oración mental y toda mi vida interior es puro desorden. De esto hablé con el Obispo de Vitoria, y me tranquilizó.

Hoy le escribiré. —O.c.P.a.I.p.M. |# 96|.

Lunes 21 de marzo. Muchos días sin escribir Catalinas [...].

Me han visto, en estos días, tres médicos. Se empeñaron los chicos [...].

Hoy ha venido D. Antonio Rodilla. ¡Qué buen amigo es! Le he dado cuenta de mi alma: desnudez de virtudes, un montón de miserias: no hago oración vocal, apenas: creo que no la hago mental: desorden. No sufro la oración vocal: hasta me duele la cabeza de oír rezar en voz alta. Desorden. Pero sé que amo a Dios. Sí: y que me ama. Soy desgraciado, porque soy pecador y desordenado y no tengo vida interior. Querría llorar, y no puedo. ¡Yo, que he llorado tanto! Y, a la vez, soy muy feliz: no me cambiaría por nadie. —Le conté esto y otras cosas a D. Antonio. ¡Ese cuarto de hora eterno de acción de gracias, mirando continuamente al reloj, para que se acabe! ¡Qué pena! Y, sin embargo, quiero a Jesús sobre todas las cosas. —Después dije a D. Antonio que me parecía que le engañaba y que me movía a hablar la soberbia. Me consoló y dijo que voy bien |# 97|.

Las anotaciones siguientes son como lágrimas sueltas en un mar de amarguras:

Abril, viernes Santo, día 15: Se ha ido el tiempo sin que me fuera posible escribir estas Catalinas. [...] No digo nada de mi estado de ánimo actual.

Día 4 de junio de 1938, vísperas de Pentecostés. Casi dos meses sin escribir. Procuraré desde ahora, en lo posible, hacer diario. ¡Catalinas! |# 98|.

* * *

¿Hasta qué punto se daba cuenta el Fundador de que estaba siendo sometido a durísima prueba? Cabe afirmar, al menos, que aquella enfermedad que le llenaba la boca de sangre era un mal doloroso y extraño. (Nunca se supo con certeza si de garganta o pulmón, pues la enfermedad era de una etiología rara y evasiva). Don Josemaría la había recibido pacientemente, con el angustiado temor de no poder continuar al lado de sus hijos, caso de tratarse de tuberculosis contagiosa. Por consejo médico comenzaron a ponerle inyecciones para el pulmón, pero el sacerdote pensaba que, si estaba realmente tísico, el Señor le curaría para seguir trabajando |# 99|. Haz el favor de no hablar de mi enfermedad, que ya no existe, escribía muy de veras a Ricardo |# 100|. Nada de particular había hallado el especialista en los pulmones; pero ya por entonces se había percatado don Josemaría de que aquella singular enfermedad había jugado el papel de preludio para dar entrada al recrudecimiento de sus purificaciones pasivas.

En efecto, con los síntomas de la enfermedad coinciden, en cuanto a las fechas, las dos catalinas —de marzo de 1938— en que el sacerdote, a corazón abierto, manifiesta su estado interior. Y, ¿por qué misteriosa causa aparecen, de repente, estas aisladas y formidables catalinas en la vasta soledad de las fechas de sus Apuntes? ¿Era consciente don Josemaría de que se hallaba en medio de un proceso de mística purificación?

Acerca de dicha cuestión existe un dato, mínimo ciertamente, pero que constituye un indicio revelador, que nos pone sobre una pista recta. Y el dato es éste: ¿no es extraño que después de un prolongado mes sin anotaciones nos demos, de buenas a primeras, con una inquietante confesión?: Me veo como un pobrecito, a quien su amo ha quitado la librea, leemos |# 101|. Poética imagen, a la vez espontánea y meditada, con la que rompe el silencio. Imagen inspirada quizá en San Juan de la Cruz, como se verá por lo que sigue. Muy a propósito para despachar de un plumazo, como es estilo del Fundador, el estado de su alma. Pues bien, el místico castellano nos desentraña su sentido al declarar la Canción del Alma, que de noche va en busca del Amado: «A oscuras y segura / por la secreta escala, disfrazada». Disfrazarse el alma —aclara el místico poeta— es tomar traje o figura que «más al vivo represente las aficiones de su espíritu», para ganar la voluntad del Amado. «Y así, la librea que lleva es de tres colores principales, que son: blanco, verde y colorado: por los cuales son denotadas las tres virtudes teologales, que son: fe, esperanza y caridad» |# 102|. Con este disfraz sale el alma, de sí misma y de todas las cosas, estando ya su casa sosegada, a vivir vida de amor de Dios.

La confesión hecha en sus Apuntes, y reforzada con la imagen del despojo de la librea, describe una experiencia mística. El autor se introduce, sin más preámbulos, en sus propias vivencias, dando noticia de la secreta operación de desasosiego que causa en su alma el Amado. No a título de mera ilustración —que no es tal el propósito de las anotaciones íntimas del Fundador, como va dicho y repetido—, sino que acaso le moviera Dios a dejarnos constancia de ello para nuestro provecho espiritual. Porque en estos asuntos íntimos, como bien comprobado está, el Fundador era parco de palabra y largo en el silencio.

Y en este punto resulta conveniente, antes de ir adelante, echar un vistazo atrás, a las pruebas sin cuento que hubo de pasar don Josemaría, desde 1931 hasta 1936. Después que el águila divina —nos dice— le había arrebatado entre sus garras, como a pajarillo de corto vuelo, remontándole a las alturas, para iniciarle luego, de golpe, en el vuelo soberano del espíritu |# 103|.

Recorrió don Josemaría un proceso de años, surcados de tribulaciones, convencido de ser un instrumento inepto y sordo |# 104|, indigno en cuanto Fundador, y pecador miserable. Sobre esta conciencia, que para él era causa de agudo dolor, hubo de sobrellevar, por largas temporadas, insoportables sufrimientos, que provocaban en él movimientos de rebeldía, teniendo que superar fuertes tentaciones de cosas bajas y viles |# 105|, mientras buscaba con ansia la conformidad con la Voluntad de Dios. Vino después la prueba cruel |# 106| (en la que tuvo que desprenderse, a petición del Señor, de lo que era la esencia misma de su vida: el Opus Dei); y la pobreza familiar, y las humillaciones y arideces espirituales, y el dolor por la Iglesia perseguida y por los sacrilegios que se cometían incesantemente por todas partes. Sin embargo, en medio de tanto sufrir no le había faltado el perfecto abandono en manos de Dios; ni el sentido de la filiación divina, que llevaba impreso de manera imborrable en su alma; ni el amor a la Cruz, profundamente arraigado en su corazón; ni la vida de infancia espiritual, hecha costumbre y método de su vida interior; ni un ardiente celo apostólico. Entremezclados con penas y alegrías iban, igualmente, torrentes de gracia, que inundaban su alma en contemplación infusa, y oración continuada día y noche, aun durmiendo |# 107|.

Pues bien, sucede que cuando Dios quiere llevar adelante un alma en estas condiciones, ya madura y curtida en aflicciones y sequedades, no la mete enseguida en la "noche del espíritu", como para darle los últimos toques de purificación, sino que deja correr el tiempo |# 108|. Esa parece ser la regla general. En la vida mística del Fundador la contemplación infusa se dio, sin embargo, en época relativamente temprana. Y quien siga con atención el curso de su vida verá que las durísimas purificaciones pasivas que sufrió, reavivadas en todo momento por el Amor divino, no cesaron hasta el día de su muerte. Mas, en este aspecto de su vida interior, lo que marca de modo especial los años de la guerra civil española, como ya se ha sugerido páginas atrás, es que fueron años de desagravio por parte del Fundador. Así lo pidió al Señor un mes antes de estallar la guerra; y en una Cruz sin espectáculo pasó don Josemaría los años de la guerra civil |# 109|.

Existen claros testimonios de que atravesó diferentes períodos de pruebas. En primer lugar la secuencia de las noches, anteriores y posteriores al 9 de mayo de 1937, cuando, refugiado en el Consulado de Honduras, subió al piso de arriba a desahogarse con el P. Recaredo Ventosa. Otra temporada es la correspondiente a la famosa rosa de Rialp, precedida por dudas punzantes, tanto en Madrid como en Barcelona. Y un tercer período, es el que va de febrero a abril de 1938, cuando habitaba en la pensión de la calle Santa Clara en Burgos. Lo que se nos da a conocer en estas catalinas de marzo de 1938 se prolongará después, por una larga temporada. La continuidad de estos fenómenos de mística purificación no es patente. Las alusiones al tema son muy veladas. Por ejemplo, cuando el Padre escribe a Juan Jiménez Vargas: ¡Si te dijera, Juanito!... Pero no te lo digo |# 110|. Tal fue la actitud que adoptó frente a sus hijos, para no agobiarles con preocupaciones; pero buscaba también consejo espiritual, como el de don Antonio Rodilla, a quien franqueó su alma |# 111|.

Durante esos períodos culminantes Dios estaba llevando a efecto una gran merced, que consistía en purificar de imperfecciones el alma del Fundador, acrisolando sus afectos para acercarle más a la intimidad divina. Pero la primera impresión que se saca de la lectura de las mencionadas catalinas del Consulado y de Santa Clara es pavorosa y conmovedora. (He sufrido esta noche horriblemente. — Creo que pocas veces he sufrido tanto como ahora, confiesa el Fundador) |# 112|.

Cuán terrible no será para el alma santa sentirse rechazada, despojada de la librea de las virtudes, esto es, de la amistad con Dios, y arrojada a las tinieblas, como aquél de quien cuenta la parábola del Evangelio que no llevaba traje de bodas: "Atadlo de pies y manos y echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes" |# 113|.

Sucede entonces que el alma se ve envuelta dolorosamente por la luz divina, que la purga con tormentos insufribles. El entendimiento queda ciego. La voluntad, seca. La memoria, sin recuerdos. Los afectos, en congoja. Y en la clara iluminación divina el alma se encuentra desnuda de virtudes, metida hasta la raíz en un montón de miserias, e indigna de acercarse a Dios. En esa condición se ve tal y como es; como antes no podía verse. — (¡Sólo pecados! Entiendo la desnudez sentida por los primeros padres |# 114| —exclamará con dolorido desconsuelo el Fundador—; desnudez de virtudes, un montón de miserias) |# 115|.

Viéndose tan miserable, se siente perdida y a un paso de la condena. (Temo por mi salvación |# 116|, se lee en las catalinas del Consulado; siento dudas y congojas horribles, cuando pienso en mi salvación. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Madre!: ¿vais a consentir que me condene?) |# 117|. Y todo es turbación, dudas, recelos y combates que mantiene el alma dentro de sí. (Noches del Consulado: agitadas por el temor de no cumplir la Voluntad de Dios. Noche de Rialp pasada en blanco con la espina de la duda: de si estaba o no en amistad con Dios).

Y ese dolor, "dolor de Amor", le estrujaba el alma y le forzaba al llanto y a largas horas nocturnas de gemidos. (Gemidos incontenibles, sollozos de angustia y lágrimas, muchas lágrimas, en las noches del Consulado y de Rialp. En la pensión de Santa Clara: días de mucho llorar y días de querer llorar y no poder).

Durante este místico proceso, en cuanto el dedo de Dios oprime al alma, aun siendo una caricia, ésta queda paralizada en sus facultades. Hablan los maestros de la mística de una hebetudo mentis |# 118|, como si el entendimiento se tornase romo y embotado, sin alcanzar a penetrar el sentido de lo que le sucede. (El Fundador describe esta experiencia con palabra castiza: No se me ocurre nada: estoy entontecido) |# 119|.

También la voluntad queda impedida y sin fuerza; y, perdido el afecto y la diligencia, se le hacen poco menos que inalcanzables los actos de devoción |# 120|. De manera que todo esfuerzo por componer el discurso o mover la voluntad resulta difícil y doloroso: No puedo hacer oración vocal. Me hace daño, casi físico, oír rezar en voz alta, escribe el Fundador en la pensión de Santa Clara |# 121|.

Por otro lado, parece como si la memoria anduviera extraviada y en olvidos, sin poder suscitar los recuerdos del pasado. Absorbida, pues, el alma en la presencia viva de sus imperfecciones y miserias, no hay discurrir, ni consuelo de acordarse de lo experimentado en anteriores ocasiones |# 122|. Sin embargo, tan pronto se mitiga la purificación, la memoria se rehace. Tal es el caso de las anotaciones hechas por el Fundador en el Consulado, cuando de mañana recogía las experiencias pasadas por la noche. (Las rememora con una claridad y viveza que el recuerdo del pasado se hace dramático presente: Mi oración, dicha con todas las energías de mi alma: "Jesús, si no voy a ser el instrumento que deseas, cuanto antes llévame en tu gracia" |# 123|).

Merced a ese vivo recuerdo sabemos que, en medio del proceso de purgación, su amor adquiría tonalidades de enamoramiento apasionadamente aflictivo, como experimentaba en las noches del Consulado. A veces se resolvía en explosiones de jaculatorias: O, Domine!: tu scis, quia amo te. — Sancta Maria, Spes, Mater! |# 124|; y otras veces eran dolorosas protestas de amor confiado, por encima de la vida y de la muerte: "No temo a la muerte, a pesar de mi vida pecadora, porque me acuerdo de tu Amor: un tifus, una tuberculosis o una pulmonía... o cuatro tiros, ¡qué más da!" |# 125|. Y es que, a pesar de la angustia en que está inmersa el alma por creer que ha perdido a Dios, barrunta su cercanía. De manera que en el espíritu se dan al mismo tiempo, incomprensiblemente, la presencia y la ausencia de Dios. Con gran seguridad afirmaba el Fundador no haber perdido nunca, ni durante estas turbulentas experiencias místicas la paz interior: Mi gaudium cum pace, desde hace años, no lo pierdo |# 126|, escribe.

Como fruto de esa purificación, el conocimiento de Dios y el de la propia nada se torna más límpido; rebrotan los afectos de amor; y se recobran la serenidad y el gozo. (Alegría del Fundador cuando aparece con una rosa en la mano, por la mañana, en Pallerols. Certeza de saber que se ha estrechado la amistad con Dios: sé que amo a Dios. Sí: y que me ama |# 127|. Y después de tremendas aflicciones, la conciencia de tan inefable beneficio: soy muy feliz. No me cambiaría por nadie |# 128|, se lee en una de las catalinas de la pensión de Santa Clara).

Después de esas terribles noches de purificación, el Padre se preparaba con sencillez para el nuevo día, tratando de que nadie advirtiese en su rostro las huellas del combate interior. La acción divina deja, indudablemente, rasgos singulares en cada uno de sus santos. La historia de cada alma es diferente. De ahí se desprende un rasgo espiritual del Fundador, por lo que se refiere a su existencia aquí en la tierra: entiendo que Jesús quiere que viva, sufriendo, y trabaje. Igual da. Fiat, anota |# 129|. Es decir, la fusión de su vida contemplativa de amor a la Cruz y de su vida de trabajo, todo en uno. Tal empresa, en aquellos amaneceres, no resultaba suave. De los ásperos zarandeos nocturnos don Josemaría salía espiritualmente gozoso, pero también molido de alma y cuerpo. Podemos imaginarnos cómo se sentiría por la nota —en todo autobiográfica— del viernes 21 de mayo de 1937:

En carne viva. Así te encuentras. Todo te hace sufrir, en las potencias y en los sentidos. Y todo te es tentación... —¡Pobre hijo! Sé humilde. Verás qué pronto te sacan de ese estado: y el dolor se trocará en gozo: y la tentación, en segura firmeza. Pero, mientras, aviva tu fe; llénate de esperanza; y haz continuos actos de Amor, aunque pienses que son sólo de boca |# 130|.

¿Quién podría imaginarse que, ese mismo viernes, 21 de mayo, escribiría a Lola Fisac invitándola a ser nieta suya, como quien, tonificado por un buen sueño, dispone de plenas facultades matutinas; y después, esa misma mañana, a continuación, la emprendiera con sus hijos de Madrid sobre el asunto de la reclamación oficial por daños a la Residencia de Ferraz 16?

Si no hablaba a sus hijos con mayor claridad sobre estas materias no era por exigencia de una fuerte censura de guerra sino por seguir fielmente su lema de ocultarse y desaparecer, de modo particular en lo referente a su intimidad con Dios |# 131|. Sin embargo, les dejaba entender lo preciso para que le acompañasen en sus luchas de amor y desagravio, como puede verse por una carta a los de Valencia:

Hoy, el abuelo está triste, alicaído, a pesar de la amabilidad y del cariño de mi gente; y a pesar de la paciencia heroica de mi sobrino Juanito... que no está mandón. Y es que se acuerda de su juventud, y contempla la vida actual: y le entran unas ganas enormes de portarse bien, por los que se portan mal; de hacer el Quijote, desagraviando, sufriendo, enmendando. Y resulta que se le echan a correr el entendimiento y la voluntad (el Amor), y el Amor llega primero. Pero ¡llega tan desvalido, tan sin obras!... El abuelo está triste, porque él no acierta —viejo, sin fuerzas—, si no le ayudan, con su juventud, los nietos de su alma. Filósofo me puse, y tan enmarañado además, que imagino no andar muy expedito de explicaderas |# 132|.

Reconoce el autor haberse puesto filosófico y enmarañado, y no andar muy expedito de explicaderas. Pero no es para menos. Estas líneas no van escritas a la ligera. Perfectamente explica el sacerdote sus sentimientos. ¿Acaso puede ser más clara la referencia a la purificación mística, o de mayor hondura teológica? En un par de líneas se ha planteado, nada menos, por qué la voluntad (el Amor) se adelanta al entendimiento antes de que haya acabado la operación purificadora del alma.

No son problemas filosóficos suscitados a tontas y a locas, porque en el párrafo que sigue interroga el Fundador a sus hijos sobre cuestiones tan hondas y graves como la Comunión de los Santos, la distancia entre el gozo interior y la alegría "fisiológica", y los dolores y lágrimas de los últimos días. (Aludiendo, evidentemente, a la temporada actual, en que venía sufriendo las purificaciones pasivas) |# 133|.

* * *

Volvamos página. Examinemos ahora los sucesos desde fuera, desde la otra cara. Hacia mediados de febrero de 1938 regresaba una noche Paco Botella del cuartel cuando, al entrar en la habitación, se encontró con el Padre ya en la cama. Le preguntó qué le pasaba. Y, después de un largo silencio, obtuvo esta respuesta: Paco, hace unos días que me sangra la garganta y pienso si será tuberculosis. No te acerques |# 134|.

Continuaron las fiebres. Le ardía la garganta. La boca se le llenaba de sangre. Un médico, al que consultó al pasar por Zaragoza el 21 de febrero, le había diagnosticado una faringitis crónica. La enfermedad presentaba los síntomas propios de una tuberculosis en estado avanzado, incurable. ¿Tenía derecho a vivir al lado de sus hijos, con peligro de contagiarlos? Con este amargo pensamiento en la cabeza escribió a Juan Jiménez Vargas el 24 de febrero, diciéndole que, si se dejaba formar, sería su inmediato sucesor en el negocio familiar. Le da, además, en la carta un montón de noticias y algunos detalles de su enfermedad:

¿Sabes que estoy hecho un viejo pellejo? Pesqué un catarro, hace más de un mes, y me ha quedado una faringitis crónica. Un poco molesta es la cosa, pero estoy contento: aunque, si he de hablar, será preciso que Jesús me la cure, porque muchas veces me quedo afónico del todo. Fiat. Viejo: 80 años, por dentro, y 36, por fuera: total, 116 años... y una faringe agrietada que me hace toser día y noche, cada dos minutos. Fiat |# 135|.

La enfermedad seguía su proceso. Empeoraba. Algunos días amanecía con la boca llena de cuajarones de sangre.

El 9 de marzo llegó Pedro Casciaro destinado a Burgos, a las órdenes del general Orgaz. Vivía con el Padre y Paco en la pensión de Santa Clara. Pedro encontró al enfermo en estado lastimoso, con «una tos seca y persistente, fuerte afonía y esputos de sangre». Por San José, 19 de marzo, tuvieron la alegría de estar reunidos los tres de Burgos con Ricardo, Manolo y José María Albareda. Fue entonces cuando Paco y Ricardo, decidieron llevar al Padre esa misma semana al médico, aunque no tenían dinero para pagar los honorarios de la consulta.

Durante su estancia —escribe el Padre a Juan—, a fuerza de pesadez de todos, hube de ir al oculista, que me recetó de nuevo (media dioptría más), y dijo que precisaba comprarme gafas para leer —las llevo— y poner buenos cristales en las dos. Aquel mismo día quedó hecho todo. ¡Un montón de duros!

Después, a un especialista de garganta: examinó despacio, y dedujo que podía haber algo de pulmón. ¡Aquella boca llena de sangre! Recomendó otro especialista de pecho, y nos dio unas líneas para él. Fuimos: mucha antesala: por fin, el reconocimiento. Auscultar; volver a auscultar; y, por tercera vez, con otros chismes. Luego, rayos equis: doctor, ¿soy cavernícola? Él: no, sano completamente: ni la menor sospecha: sólo, en la base del pulmón derecho, quedan restos de un catarro. No digo mi gozo en un pozo, porque mentiría. La verdad es que me tenía sin cuidado; porque pensé que, si estaba tísico, el Señor me curaría para que siguiera trabajando.

Todavía voy al otorrinolaringologoetcétera, y, como el de Zaragoza, me limpia y desinfecta por nariz y garganta. Total: que os di gusto, y se gastaron otros puñados de pesetas |# 136|.

Desde ese momento todos hicieron frente común para atender al Padre, porfiando con cuidados, mimos y presiones, para ver la forma de engordarle y hacer del abuelo —como él decía, quejándose— un gordinflón de los que se dan buena vida. Se resistía como mejor sabía y Dios le daba a entender, porque su espíritu de penitencia suscitaba de lo hondo del alma voces contrarias a ese ancho camino de la buena vida. ¡Pobre don Josemaría!:

Todo el mundo se cree con derecho a decir que debe cuidarse, que nada de ayunos, que a comer bien, que a dormir mejor, que... ¡ancha es Castilla! Y él siente, muy hondo, todo lo contrario: el lío es formidable: no quieras tú ser campo de batalla de otra lucha igual. Sufre la gente, si no le vuelve a ver con los mofletes, las pompas y vanidades de antaño. Y se están saliendo con la suya: ¡pobre alma, envuelta en rollitos de tocino rancio! |# 137|. (Esto escribía a Juan Jiménez Vargas el 23 de marzo).

Sus hijos se habían puesto de acuerdo para hacerle comer, para que engordara algunos kilos. Y, con su extremado celo y su buena voluntad, no le dejaban en paz ni a sol ni a sombra. Con esto —escribe días más tarde a Ricardo—, haz el favor de no hablar de mi enfermedad, que ya no existe, aunque continúe yendo al especialista de garganta... por no tener lío cada lunes y cada martes con estos pringosos hijos de mi alma |# 138|.

Sospechando, no sin fundamento, que aquello de la enfermedad del Padre era "cosa de Dios", imaginaba Pedro que el único procedimiento para aliviarle consistía en pedir al Señor que "pasase" a él la enfermedad. Ese traspaso funcionó al menos una vez. «Sucedió que cuando el Padre mejoraba —refiere Paco Botella— coincidía con que Pedro se ponía enfermo con sus dolores de cabeza, algo de digestivo, y tenía fiebre. Y al mejorar Pedro, volvía a ponerse peor el Padre» |# 139|.

Según Pedro Casciaro, fue la preocupación por las altas fiebres del Padre lo que «hizo que se me ocurriera pedir a Dios que le quitara la fiebre a él y me la diera a mí. Quizá hice esta petición sin creer que el Señor me pudiera escuchar... por eso me asusté muchísimo cuando, aquella misma tarde, me entró un calenturón tremendo y al Padre se le fue la fiebre. Llamaron al médico; me diagnosticó tifoidea o paratifoidea y mandó que me hicieran unos análisis. El resultado de los análisis fue negativo, pero yo seguía con fiebre alta» |# 140|.

Cuando esto ocurría era el 23 de marzo y el Padre estaba escribiendo a Juan —como se acaba de referir—, contándole sus visitas a los médicos y cómo se habían gastado, sin motivo, a su modo de ver, unos buenos puñados de pesetas que necesitaban para otros menesteres. El especialista de pulmón ni le había encontrado lesiones, ni rastro siquiera de calcificaciones tuberculosas. Le envió, pues, a un especialista de garganta, que tampoco halló nada especial, y calificó el caso de "tierra de nadie" |# 141|. Esto es, batido por extraños síntomas patológicos, sin que en el paciente se hubiera instalado de firme una enfermedad determinada.

Continuaba el Padre exponiendo por carta el caso a Juan: Ricardo comenzó a ponerme unas inyecciones de balsámicos, para el pulmón: ganas de gastar. Te lo digo con toda mi alma. Y, a renglón seguido, añade: El pobre Perico se nos ha puesto hoy malo —por tercera vez, desde que está en Burgos—, con fiebre que sube estrepitosamente. Me gustaría que estudiaras tú el caso |# 142|.

Efectivamente, al lado tenía a Pedro, con cuarenta grados de fiebre inexplicables, con miedo, con escrúpulos, arrepentido de no haber dicho nada hasta entonces al Padre. «Con mucho apuro y vergüenza —refiere Pedro— acabé por contarle al Padre mi petición al Señor. — No se te vuelva a ocurrir hacer algo semejante —me dijo— quédate tranquilo» |# 143|. La fiebre desapareció por ensalmo, como había venido y, por algún tiempo, también se libró de ella el Padre.

En vista de la intensa vida de trabajo y de ayunos que llevaba, sus hijos —en especial Pedro y Paco— seguían distribuyéndose la misión de velar por su persona...

El domingo, 27 de marzo de 1938, estaba don Josemaría escribiendo a Juan Jiménez Vargas, mientras Pedro y Paco intentaban convencerle de que se pusiese una camiseta. No era cosa de que el Padre cogiera un resfriado o una pulmonía. Persistía el crudo invierno burgalés y la sotana de verano que llevaba era insuficiente para combatir el frío. Porfiaban y no le dejaban en paz:

Estos chicos me dan la lata en grande, con la salud y la enfermedad. Aparte de que estoy gordote —cosa, por cierto, muy molesta—, no me preocupa el tema: son las almas, lo que me preocupa: la mía también |# 144|.

(La tal camiseta era una prenda única y singular, de procedencia desconocida. La usaban por turno Pedro, Paco y José María Albareda; todos menos el Padre).

Don Josemaría no podía concentrar su atención en la carta para explicar a Juan lo que sucedía a su alrededor. Una escena ridícula por parte de sus hijos, empeñados en endosarle, casi a la fuerza, la famosa camiseta:

¡Qué tonterías te cuento! Es verdad: pero todo aquello, en que intervenimos los pobrecitos hombres —hasta la santidad— es un tejido de pequeñas menudencias, que derechamente rectificadas, pueden formar un tapiz espléndido de heroísmo o de bajeza, de virtudes o de pecados. Las gestas —nuestro Mío Cid— relatan siempre aventuras gigantescas, pero mezcladas con detalles caseros del héroe. Ojalá hagas siempre mucho caso —¡línea recta!— de las cosas pequeñas. Y yo también; y yo también |# 145|.

Aun dando por laudables las intenciones de sus hijos, lo cierto es que tanto le importunaban, que no le dejaban ni respirar. De manera que don Josemaría no gozaba siquiera de un mínimo de independencia para organizar su vida. Vigilaban sus mortificaciones y vigilias, y si dormía o no en el suelo. Seguían muy estrechamente el rastro de sus ayunos, indagando qué había comido y cuándo. Pedro y Paco eran auténticos sabuesos. Le vigilaban también la sed. (Esto se lo notaban en si tenía el habla resquebrajada, por la sequedad de la boca y de la garganta, o por la pronunciación pastosa de su lengua reseca). Y cuando el Padre se negaba en redondo a seguirles la corriente, volvían a la carga y tenían sus escenas, porque se extralimitaban |# 146|:

Están inaguantables (sic), y me hacen comer a todas horas, después de armar unos jaleos epopéyicos... Diles tú que me dejen en paz |# 147|, escribía a José María Albareda.

El 30 de abril la situación, sin duda alguna, llegó a su colmo y el Padre tuvo que parar en seco a los entrometidos. No les dio voces. No les hizo razonamientos. Simplemente, les dejó sobre la mesa una cuartilla que decía:

1/ Estoy decidido a no consentir que me mangoneéis, en cosas que tanta relación tienen con mi conciencia.

2/ No os daré nunca ninguna clase de explicación.

3/ Comeré donde me parezca y cuando me parezca: el dónde y el cuándo me lo dictará el deber.

4/ Si continuáis entrometiéndoos en esta cuestión, me veré en la penosa necesidad de ausentarme de Burgos.

5/ Lo dicho vale para las horas y modo de dormir.

Y BASTA.

NO ADMITO CONVERSACIÓN SOBRE ESTOS ASUNTOS |# 148|.

Después despachó una carta a Juan que nada tenía que envidiar a la cuartilla; y en la que, entre otras cosas, le decía:

Conste que yo —aunque no tengo en Burgos Director— nada he de hacer que suponga abiertamente peligro para la salud: no puedo, sin embargo, perder de vista que no estamos jugando a hacer una cosa buena..., sino que, al cumplir la Voluntad de Dios, es menester que yo sea santo, ¡cueste lo que cueste!,... aunque costara la salud, que no costará.

Y esta decisión está tan hondamente enraizada —veo tan claro— que ninguna consideración humana debe ser obstáculo, para llevarla a efecto.

Te hablo con toda sencillez. Motivos hay: porque has convivido conmigo más que nadie, y de seguro comprendes que necesito golpes de hacha |# 149|.

4. El Hotel Sabadell

Pasadas las primeras semanas de angustia de don Josemaría, al pensar en que podía haber contraído una tuberculosis, y en el peligro de contagio que corrían sus hijos, adoptó ante aquella rebelde enfermedad un punto de vista bastante diferente. Muy pronto vio que se trataba de purificarle por medio del dolor y de la sequedad espiritual; y así los recibió de manos del Señor, como una caricia |# 150|.

En cuanto rindió viaje en Burgos de su correría apostólica "de tanteo", ya se había hecho cargo de cuáles eran las necesidades más apremiantes, y las resumía en dos palabras: Señor: necesitamos gente y dinero |# 151|.

Y de gente, ¿cómo andaba? Esa temporada venía repitiendo el Padre que precisaba cincuenta hombres que amen a Jesucristo sobre todas las cosas |# 152|. A primera vista no parecía difícil hacerse, entre tanto héroe de guerra, tanto joven decidido, con un puñado de vocaciones. Sin embargo, geográficamente, con sus hijos desparramados por frentes distintos, en los extremos norte o sur de la península, los desplazamientos para llevar la dirección espiritual resultaban lentos y entorpecían las visitas regulares. Otro posible remedio consistía en obtener permisos militares y pasar unos días en nuestra Casa de San Miguel de Burgos, como anunciaba en la Carta circular del 9 de enero. Pero si el Padre esperaba que el ardor religioso y patriótico sirviera de trampolín para lanzar a la juventud militarizada a un ideal más alto, se llevó grandes chascos: ¡Tanta gente joven, dispuesta a morir, por un ideal!... y ¿...? ¡¡¡imposible!!! |# 153|.

En el mundillo militar existía una institución con la que se vio obligado a encararse seriamente don Josemaría, a pesar de venir floreada de patriotismo. Era ésta la de las "madrinas de guerra". No todo era trigo limpio. En más de una ocasión tuvo que aconsejar el romper relaciones con determinadas personas. Al pedir don Josemaría, como fruto del apostolado en la milicia, cincuenta hombres que amasen a Jesucristo "sobre todas las cosas", en este montón de cosas que superar iban comprendidas las madrinas de guerra y similares.

El Amor bien vale un amor, aseguraba a los suyos |# 154|. Y, ¿cómo había correspondido él, el Fundador, a ese Amor?, ¿cómo había reglado su vida en esos nueve años y medio de existencia del Opus Dei? Esta consideración le movió a escribir, desde Zaragoza, al prelado de Ávila:

Jesús guarde a mi Señor Obispo.

Padre: aquí está este pecador, a saludarle, a decirle que no le ha olvidado ningún día —menos, ahora, ante el Pilar—, y a pedirle que mi Padrecico, el Sr. Obispo, nos ayude con sus oraciones y nos bendiga. Vamos a terminar la primera mitad de nuestro décimo año de labor silenciosa y escondida... ¡Qué cuentas me pedirá el Señor!

Ayúdeme V. E. a rendirlas cum gaudio et pace |# 155|.

«Me hizo gracia —le contestaba unos días más tarde Mons. Santos Moro— que hable Vd. de la "cuenta" que le pedirá N. Señor. No, para Vds. no será Juez —en el sentido austero de la palabra—, sino simplemente Jesús. Ojalá pudiera yo prometerme otro tanto, trabajando como Vds., ya que no como Capitán, siquiera "sicut bonus miles Xi. Iesu"...» |# 156|.

Al tiempo de cruzarse estas cartas, por correo, se hallaba don Josemaría en el momento más cruel y oscuro de su enfermedad, y dominado por el presentimiento de que padecía una tuberculosis.

Seguían buscando piso. Es lástima —escribía el Padre— que no se haya logrado encontrar casa: habríamos estado mejor y más baratos. Claro que, en medio de todo, donde estamos, estamos bien |# 157|. Sin embargo, pocos días de estancia les quedaban en la pensión de Santa Clara. Esa misma semana, a fines de marzo, se produjo un pequeño revuelo. La patrona estaba decidida a echar a Pedro y a Paco, para instalar allí a otras dos personas. Si querían estar juntos tendrían que marcharse todos a otra parte. Y para agravarlo, a la hora de presentarles las cuentas de la pensión alguien debió de cargar la mano deliberadamente, pues don Josemaría habla de unas cuentas dignas del patio de Monipodio |# 158|. Así lo contaba a Ricardo: ¡Si vieras las cuentas del Gran Capitán, que se han permitido presentarnos! |# 159|.

Don Francisco Morán le había pedido «una nota, con los fines, origen, desarrollo y estado actual» de su empresa |# 160|. Con no mucho entusiasmo, don Josemaría envió al Sr. Vicario una hoja sobre el origen, fines, apostolado y desarrollo de la Obra. El texto es breve, apretado y sucinto. Pero don Josemaría quedó un tanto insatisfecho. Hubiera preferido explicarse de palabra, porque algunas de las cosas que dejaba por escrito corrían peligro de no ser entendidas justamente. De todos modos, concluye la nota con un inevitable comentario que claramente expresa sus sentimientos: ¡Qué poquitas cosas se pueden decir, en una hoja así escrita! Y, sin embargo, aún me parece que he sido indiscreto. Y, desde luego, incompletísimo |# 161|.

A raíz de esta nota el Padre comenzó a pensar seriamente en la vuelta a Madrid, replanteándose los problemas con la vista puesta en la terminación de la guerra:

Estar en Burgos —se decía a sí mismo— no es estar en nuestro centro. Ni mucho menos. Mientras la guerra no tenga fin, tal como está constituida la familia —gente excesivamente joven— se puede decir que no tendré la tranquilidad —sí, la paz— que es necesaria para hacer labor honda. No quiero, con esto decir que no trabaje, porque, entre unas cosas y otras no se para, pero es indudable que, con gente más hecha en años, ahora se haría una obra estupenda. En fin, Dios sabe más |# 162|.

Volver a poner en marcha las cosas, después de una guerra tan destructora y funesta, no iba a ser coser y cantar. Bien lo meditaba el Padre, sin hacerse ilusiones felices sobre la paz:

¡Tengo unas ganas de que se acabe esta guerra! Entonces comenzaremos, recomenzaremos, otra quizá más dura, pero más nuestra. Y pienso que quizá haya que volver a vivir aquellos años terribles de penuria. No importa: el Señor, con nuestro esfuerzo al máximo también, nos sacará de todo antes, más y mejor de lo que podemos soñar |# 163|.

Mientras tanto, quisiéralo o no, tendría que residir en Burgos.

* * *

Cuando el domingo, 3 de abril, el Padre entró en Burgos, de regreso de Vitoria, ya habían desalojado los cuartos de Santa Clara. Ahora, su nuevo domicilio era el Hotel Sabadell, calle de la Merced, 32. En el folleto impreso del hotel se lee: «Magníficamente situado frente al río Arlanzón. El más próximo a la Catedral y cerca de la Estación. — Precios especiales para familias y estables. — Calefacción central. Agua corriente caliente y fría en todas las habitaciones. Cuartos de baño». (El texto del folleto había sido redactado en tiempos de paz).

Don Josemaría, a la hora de ocupar esta nueva vivienda, no se deshace en elogios. Simplemente nos dice: No estoy contento con nuestro nuevo domicilio, porque sale caro |# 164|. (El precio que pagaban era de cuatro pesetas por cama, es decir, de dieciséis pesetas diarias por la habitación que ocupaban, ya que en ese precio no estaba incluida ninguna comida).

La categoría del hotel no pasaba de tercera clase. Constaba de planta baja y tres pisos. Su aspecto era agradable. Por la fachada principal podía imaginarse la disposición interna del hotel. La entrada estaba protegida por una marquesina de hierro y cristal; y sus tres pisos tenían, cada uno, tres habitaciones a la calle: la central con un balcón y las dos laterales con miradores de cristalera. El cuarto que ocupaban correspondía a uno de esos miradores de la primera planta. En el fondo tenía una alcoba, especie de recámara oscura y sin ventilación, con un lavabo, y separada por una cortinilla de tela del resto de la habitación. En esa alcoba dormía el Padre; y el cuarto principal lo llenaban tres camas, una al lado de la otra; dejando, enfrente, espacio para una mesa, un par de sillas y un pequeño armario ropero, más que suficiente para almacenar lo poco que traían. Por toda decoración había dos horribles litografías que terminaron por quitar. Colgaron luego en su lugar un pequeño crucifijo de madera y una imagen de la Virgen, con aire de icono bizantino; y, para dar un poco de colorido a las desnudas paredes, confeccionaron unos patrones con los que hicieron banderines de fieltro de color, que llevaban las siglas RIALP y DYA. Y con objeto de seguir la marcha de la guerra y conocer el paradero de sus hijos, desplegaron en la pared un mapa de Aragón y Cataluña, en el que se indicaba, con banderitas y otras señales, la situación de los frentes de batalla |# 165|.

Habla el folleto del hotel de cuartos de baño. Se refiere, por supuesto, a un cuarto por cada planta. El Padre, que era el primero que lo utilizaba, para ganar tiempo en la operación dejaba por la noche la bañera llena de agua, que, por cierto, amanecía helada en las mañanas de invierno, porque la ventana tenía un cristal roto. Luego abría el grifo para llenar de nuevo la bañera. «Porque ya se comprende —precisa Paco Botella— que no había ducha ni agua caliente» |# 166|.

El traslado de ropa y equipaje de la pensión al hotel no ofreció mayores inconvenientes. Componían los enseres unos cuantos recuerdos del paso de los Pirineos —el vaso eucarístico, la rosa de Rialp, la bota de vino—, los papeles, cartas, diario y fichero; y muy pocas cosas más. El objeto más engorroso era una máquina de escribir portátil, de segunda mano, comprada por cuatro perras en una tienda de los soportales de la plaza Mayor. Era de marca "Corona" y tenía un teclado muy peculiar; por razones de técnica mecánica no podía escribir deprisa. Era lenta, pero segura. La habían comprado para preparar el original de "Noticias" del mes de marzo de 1938, continuando la idea de los veranos de 1934 y 1935. Esta "hoja familiar" |# 167|, en la que daban noticias de amigos y residentes de Ferraz y consejos espirituales, se enviaba en sobre cerrado a cada uno de los interesados. El propósito de don Josemaría era que esta hoja apareciese mensualmente, en la segunda quincena del mes. El proceso de su elaboración consistía en enviar el original, escrito a máquina, a don Eliodoro Gil, a León; el cual mandaba luego a Burgos, para distribuir, las copias hechas a multicopista. Cuantos recibían las "Noticias" sentían renacer en el alma nuevos impulsos con su lectura:

Ahora mismo en el cuartel, en la trinchera, en el parapeto, en el forzoso descanso del hospital, con vuestra oración y vuestra vida limpia, con vuestras contradicciones y con vuestros éxitos, ¡cuánto podéis influir en el impulso de nuestra Obra! Vivamos una particular comunión de los santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora de la pelea con las armas, la alegría y la fuerza de no estar solo (Marzo, 1938) |# 168|.

Y el impacto espiritual se notaba por las muchas cartas que se recibían en el Hotel Sabadell, especialmente a partir del mes de abril:

¡Qué bien reflejáis, en vuestras cartas —se lee en la hoja de Noticias de julio de 1938—, la alegría que os producen estas líneas! Son como recibir, a un mismo tiempo, cartas de muchos amigos; recuerdos de muchas horas de trabajar y de reír juntos; deseos y confianzas de un nuevo y aun más laborioso porvenir... |# 169|.

El dejar la pensión de Santa Clara para instalarse en el hotel supuso «un gran adelanto», en opinión de Pedro y de Paco, pues era el adiós a aquella vida familiarizada que congregaba a todos los huéspedes alrededor de una mesa, para tomar juntos la sopa a hora fija. Bien mirado, la vida que llevaban ahora en el hotel tampoco era de total independencia. La cortinilla que separaba el cuarto principal de la alcoba donde dormía el Padre valía tan sólo en cuanto símbolo. Durante el día procuraba encontrar el sacerdote algún rato, en que los demás se hallaban fuera, para tomar las disciplinas, ya que no podía utilizar el cuarto de baño, en atención a la quietud de la casa y al sosiego de sus huéspedes. Pero, encontrase o no ocasión a propósito para ello, corría la cortina y despachaba con aquella energía que ya conocían doña Dolores, y Ricardo Fernández Vallespín, y Álvaro del Portillo. También Pedro se ponía nervioso. Cuando quiso intervenir para que atenuase los golpes, el Padre le contestó que si habían sido testigos de sus debilidades y miserias, ¿qué importaba que lo fuesen ahora de su penitencia? |# 170|.

Lo que sí contaba como una indiscutible ventaja del cuarto era el disponer de un mirador con cristaleras. Medía éste dos metros escasos de largo por menos de un metro de profundidad. Cabían en él, justamente, dos silloncitos y una mesita de mimbre. A este estrecho recinto se le dio un honroso destino. En cuanto se bajaban las persianas de listoncillos verdes y se cerraban desde dentro de la habitación las vidrieras, con sus correspondientes contraventanas, se hacía un reservado donde charlar con intimidad. Cuando esto sucedía, desde el interior del cuarto Paco y Pedro se daban las ¡buenas noches!, y encendían la luz eléctrica.

El mirador, aislado de las tres camas en batería, adquiría un aire de elegancia y discreción que hacía olvidar al visitante la pobreza del resto del cuarto. Lo mismo servía de confesonario que de saloncito de recibir. Por allí pasó mucha persona importante: monseñores, profesores de Universidad, médicos, diplomáticos, sacerdotes amigos, industriales, altos funcionarios... En fin, todo ese sector que, en los propósitos del retiro espiritual hecho en Pamplona, definía don Josemaría como proselitismo, sobre todo con catedráticos. A esta prometedora labor apostólica con profesionales se refería cuando observaba que es indudable que, con gente más hecha en años, ahora se haría una labor estupenda |# 171|.

Para ayudarle a realizar esta labor con intelectuales, solamente tenía a su lado a José María Albareda, a quien encargó, además, de algo muy concreto: la formación de un depósito de libros, que serían el comienzo de la biblioteca del futuro centro que montasen en Madrid al acabar la guerra. Fue el mismo Padre quien lanzó la idea de una biblioteca circulante. ¿Por qué no comienzas a escribir, pidiendo libros?, le decía a José María Albareda. Tres meses más tarde enviaban una circular en varios idiomas avalada con las firmas de quince catedráticos, solicitando libros por todo el mundo. La dirección que daban era la del hermano de José María en San Juan de Luz. Llegaron muy pocos libros; y las pocas revistas y separatas que alcanzaron su destino venían con destrozos y maltratadas por el correo |# 172|.

* * *

No abundaban los permisos para pasar unos días en retaguardia. Quien los conseguía, y tenía la suerte de pasar unas horas o un día con el Padre, era muy bien acogido. Con estos visitantes salía don Josemaría de paseo por la ribera del Arlanzón, hacia el monasterio de Las Huelgas o hasta la Cartuja. Otras veces subía con ellos a la torre de la catedral, a contemplar desde lo alto el espinazo de las bóvedas, los pináculos y la crestería de piedra labrada recortándose en el azul. Luego, de vuelta al Hotel Sabadell, acababan encerrándose en el mirador para charlar confidencialmente. Y si pasaban la noche en Burgos, les invitaba a asistir a su misa, que solía celebrar de mañana en la iglesia de San Cosme |# 173|.

Pero, como decía el Padre: estar en Burgos no es estar en nuestro centro. Cuando los jóvenes militarizados no podían ir a verle, se desplazaba a su encuentro. Si alguien necesitaba de su ayuda y consejo, no vacilaba en buscarle, por lejos que se encontrara. Hasta Andalucía fue para intentar ver a un joven que se hallaba en apuros |# 174|.

El día 17 de abril estaba en camino. La ruta, a causa de la guerra, no era muy expedita. Don Josemaría, para diversión de sus hijos, prometió escribirles. Con muy buen humor recogía las impresiones del ambiente y lo pintoresco de los personajes con que se topaba. Acababa de llegar a Córdoba; y escribía:

Voy al hotel. ¡Qué saludadores son en Córdoba! Todo el mundo, el saludo militar, al sacerdote desconocido, o el sombrerazo. ¡Otro sombrero cordobé!

En el hotel me dan la habitación número 9. El número que me entusiasma (¡esa teología de las matemáticas!). En León aún conocían mejor el negocio: me dieron el 309: y pensé: el 3, mi Padre-Dios; el 0, yo, pecador (mea culpa!); y el 9, mis chicos. ¡Qué rebueno es Jesús, que, con tan poca cosa, nos lleva a Él!

Me he puesto a escribir cartas, a estos hijos de mi alma. Llega Miguel: un abrazo. Pax! In aeternum. Anochece y, en confidencia filial, noblemente, con extremada sencillez, desahoga los casi dos años de separación. Y el Padre —muy Padre quiero ser siempre, para todos— da consejos y normas prácticas, y da también —quiero darlo— Amor de Dios y ese cariño nuestro, que es chispazo de aquel Amor.

No vuelve a Alcolea. Se queda conmigo, en la fonda, Miguel. Cenamos. Paseo. Preces. Bendición |# 175|.

Vuelta a Sevilla. Más visitas. Nuevas dificultades. Los trenes venían llenos y don Josemaría no tenía reserva de billete para el tren de la noche. Le aconsejaron desplazarse a Utrera, donde tendría más posibilidades de hallar billete. Andaba muy corto de dinero cuando a las seis de la tarde, ya en Utrera, se acercó a la ventanilla donde expedían billetes y expuso su caso al factor, pues los únicos asientos disponibles eran de primera o segunda clase:

Yo le explico mi caso. Él, paciente y amablemente, me da la tarifa en 3ª, para la que tengo dinero; y en segunda, para la que no me llega el capital. Mira otra vez la tarifa, acortando el trayecto: en segunda, podría justamente llegar a Salamanca.

Había que esperar a que el tren saliese de Cádiz y telegrafiasen a Utrera indicando el número y clase de billetes que quedaban libres. Don Josemaría, con la remotísima esperanza de obtener un billete de tercera clase hasta Burgos, encomendó el asunto vivamente a su Custodio, que ese día causó una auténtica revolución en la taquilla. En efecto, volvió a la estación a las ocho y pico: El factor me ha reservado billete de 3ª, y dice —a mi Santo Ángel Custodio lo encomendé— con pasmo: "hoy telegrafían que venda diecisiete billetes..., y ¡todos de tercera!" Yo no me podía pasmar |# 176|.

Dos noches de tren, y un día en medio; a las cuatro de la madrugada del 23 de abril se presentó don Josemaría en el Hotel Sabadell. A continuación del mes de abril vinieron las visitas y viajes de mayo, sin pausas ni descansos intermedios. El mes de mayo, casi íntegro —cuenta al Obispo de Ávila—, lo pasé de una parte a otra, incluso en la primera línea del frente de Teruel |# 177|. La razón del desplazamiento a un frente, tan peligroso y activo como el de Albarracín (Teruel), fue que llevaba mucho tiempo sin ver a Juan.

* * *

El Señor continuaba dando cohesión, fortaleza y madurez a la Obra. El Fundador, con fino sentido realista de lo que estaba ocurriendo en la historia, y de lo que se avecinaba, escribía: Vamos a encontrar dificultades, pero —¡son tantos los favores patentes de Dios, en estos meses!— las venceremos |# 178|. Estaba repitiendo lo dicho dos semanas antes: Sólo hay motivos de agradecimiento al Señor. Sin embargo, me abruma pensar en lo que se me viene encima |# 179|.

Pero, cuanto mayor era la tensión entre los favores de la gracia y los obstáculos que había de superar, más avanzaba el Fundador y, en su marcha hacia la santidad, arrastraba tras sí a toda la Obra. Claro es que este secreto dato espiritual de su biografía no tiene comprobación directa, pero lo confirman los elocuentes silencios de esta época. Comienzan esos silencios en la primera semana de marzo de 1938, en medio de fuertes tinieblas de desamparo espiritual que le hacían verse desnudo y avergonzado, como nuestros primeros padres al salir del Paraíso. Y, a partir de esas fechas, siguen semanas y meses de silencio en sus Apuntes. Tan sólo, muy de tarde en tarde, accede el Fundador a mostrar las claridades de su unión contemplativa, como ráfagas de luz en la oscuridad de la noche.

El lunes, 6 de junio, anota en sus Apuntes uno de esos serenos resplandores:

Mi oración de la mañana camino de las Huelgas: guiado por S. José, me he metido, con luz del Espíritu Santo, en la Llaga de la mano derecha de mi Señor |# 180|.

Al volver a casa, por la tarde, todavía metido en la llaga divina, escribía a Juan Jiménez Vargas:

Burgos — 6-VI-938.

+ Jesús te me guarde, para Él.

Querido Juanito: Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui para hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero Amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz!: porque, si una Herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las Cinco abiertas en el madero? ¡Corazón, en la Cruz!: Jesús mío, ¡qué más querría yo! Entiendo que, si continúo por este modo de contemplar (me metió S. José, mi Padre y Señor, a quien pedí que me soplara), voy a volverme más chalao que nunca lo estuve. ¡Prueba tú! [...]

Siento una envidia enorme de los que están en los frentes, a pesar de todo. Se me ocurre pensar que, si no tuviera bien señalada mi senda, sería magnífico dejar corto al P. Doyle. Pero... eso me iría muy bien: nunca me costó gran cosa la penitencia. Sin duda, ésta es la razón de que me lleven por otro camino: el Amor. Y el caso es que se me acomoda mejor todavía. ¡Si no fuera tan borrico!

Vaya, hijo: Dominus sit in corde tuo!...

Un abrazo. Desde la Llaga de la mano derecha, te bendice tu Padre

Mariano |# 181|.

Había cogido el pulso a ese secreto latir del Corazón de Cristo, no por el camino del temor y de la penitencia sino por el del Amor y la filiación divina.

* * *

Isidoro, en una de las cartas enviadas a los demás miembros de la Obra en zona republicana, les hacía esta consideración: «cuando hemos tenido al abuelo con nosotros no hemos sabido aprovecharnos de él. Muchas veces he pensado en ello; es la dinamo potente que nos nutre de energía» |# 182|. El empuje, la fuerza motriz del Fundador provenía de su energía espiritual.

Las cosas que hay que hacer, se hacen, era uno de sus principios establecidos; se comienzan como se puede. No se dejan de hacer, por falta de elementos —de instrumentos—, sino que se comienzan |# 183|.

Estos razonamientos sobre la pobreza y las exigencias apostólicas, explican muchas paradojas de la vida del Fundador. Porque el arte de combinar, en su justa proporción, los medios materiales y los sobrenaturales, es auténtico arte de santidad. En semejantes ocasiones, el resto de los mortales suele pasarse por presunción o quedarse corto, por falta de fe.

Fue en Utrera, antes de coger el tren de vuelta a Burgos, cuando observó don Josemaría que la sotana que le había regalado don Marcelino, de no muy buena tela y de peor confección (y en ello no había tenido arte ni parte el Sr. Obispo), se le desintegraba: porque mi sotana, tantas veces cosida por mí —nos dice—, lleva sueltos los forros |# 184|.

Aunque a veces disponía de dinero para gastos específicos, nunca tenía una peseta para sus necesidades personales. Periódicamente enviaba cierta cantidad al Obispo de Ávila para estipendios de misas de sus sacerdotes, que él, en cambio, no tocaba por haber renunciado a todo estipendio. Éste era el sacerdote que andaba buscando afanosamente un millón, mientras viajaba siempre en tercera clase, y ni comía ni bebía, para no gastar. En la hoja mensual de Noticias pedía a los chicos del frente una limosna, con la que cubrir gastos de viajes e incluso distribuir entre los necesitados |# 185|. Pero tampoco tocaba el Padre esas pesetas. Se atenía rigurosamente a los fondos de la caja en que se guardaban los dineros para hacer frente a los gastos diarios. Tratábase de una caja de madera que había servido de envase a un queso de Burgos. Su contenido no sería tentación para ningún ratero. En cuanto al procedimiento de contabilidad que se seguía era, como explicó un día José María Albareda al Padre, el llamado «vectorial». Es decir, indicando los movimientos de caja con una flecha, hacia dentro o hacia afuera, según se tratase de un ingreso o de una salida. Le cayó en gracia al Padre. ¡Dos matemáticos —Pedro y Paco—, y un investigador —José María Albareda—, que llevaban las cuentas peor que la cocinera de doña Dolores en Barbastro! A partir de entonces los matemáticos se ajustaron al universal: Haber y Debe |# 186|.

En ocasiones extraordinarias, mostrando tangiblemente su fe, don Josemaría prescindía de los ahorros. Así, un domingo por la tarde, preguntó al que hacía de cajero, cómo andaba de fondos. Le contestó que no podrían pagar el recibo del hotel, que el administrador les pasaría al cobro a la mañana siguiente. Pero, ¿queda dinero para merendar?, insistió el Padre, con el fin de levantar el ánimo a los suyos. Y ese día merendaron. El lunes, después de desayunar, llegó un giro de unos miles de pesetas que enviaba, desde Santander, Manolo Pérez Sánchez, otro de los asiduos a Ferraz |# 187|.