El tramo final de la exploración por América (Parte 5)

En la quinta entrega sobre el viaje de exploración a América se narra las experiencias de los tres fieles del Opus Dei en Chile y Argentina. Fueron los últimos destinos de un amplio itinerario por el continente americano.

Luego del recorrido realizado por Estados Unidos, Canadá, México y Perú los tres viajeros continuaron su periplo hacia el sur del continente. Era la etapa final de su recorrido y debían evaluar las posibilidades para que el Opus Dei se estableciera en América. Tenían una lista de contactos y varias cartas de recomendación para Chile y Argentina.

Chile

El 16 de agosto de 1948 llegaron a la capital chilena. En una carta al fundador del Opus Dei, Pedro Casciaro le comentaba que estarían una semana en Santiago de Chile, para «poder detenernos más en la Argentina, porque son muchas las cartas de presentación que tenemos para allí». Pero tal como sucedió en otras ciudades, la estancia en Chile se demoró más de lo previsto: la semana programada devino en once días.

La decisión de ir a Chile obedecía a que había interés en que la Obra comenzara a trabajar allí. Unos años antes, en 1946, el sacerdote Raúl Pérez Olmedo, vicerrector de la Pontificia Universidad Católica de Chile y asesor de la Acción Católica, había manifestado en Roma su preocupación por la situación religiosa de los universitarios que acudían a Santiago para estudiar. Giovanni Battista Montini le aconsejó charlar con el fundador del Opus Dei. En efecto, en Madrid se vieron san Josemaría, el obispo de La Serena Alfredo Cifuentes, Pedro Casciaro y Adolfo Rodríguez Vidal, un ingeniero naval que se preparaba para recibir el sacerdocio y, años más tarde, marcharía a Chile para iniciar la labor del Opus Dei.

Tanto el sacerdote Pérez Olmedo como monseñor Cifuentes expresaron su deseo de que la Obra colaborara pronto en el apostolado universitario en Chile. Durante los dos años siguientes su contacto prosiguió mediante cartas. Pérez Olmedo insistía para que alguien del Opus Dei viajase a Chile lo antes posible. Así le escribió a Casciaro en 1947: «si será posible la venida de alguien, aunque sea por un poco tiempo. Si se quedara, mejor sería»; además, le pidió los estatutos de la Obra, que Casciaro le envió. Agradecido, Pérez Olmedo le comentó que luego de traducirlos del latín al español los haría llegar a varios obispos, y le pidió saber cualquier novedad sobre la llegada de alguien del Opus Dei a Chile.

En 1948 Pedro Casciaro contó su próximo viaje a Chile a monseñor Cifuentes, quien le respondió:

«No sabe cuánto celebro la buena noticia que me da de su viaje a Chile en dos o tres meses más. Quiera el Señor que para su llegada me encuentre en Santiago para poder saludarlo. Estoy cierto que ese viaje no ha de ser de turismo, sino de gran provecho para futuros proyectos de la Obra aquí en Chile en donde tanto la necesitamos»

Ya en Santiago, Casciaro visitó a Pérez Olmedo, quien estaba enfermo y nada sabía sobre el viaje de exploración de los tres miembros del Opus Dei. Pedro Casciaro le había escrito sobre su llegada a Chile, pero su carta no llegó a destino. Con monseñor Cifuentes no logró reunirse pues les fue imposible desplazarse hasta la diócesis de La Serena. Monseñor Cifuentes quería que cuanto antes iniciaran una residencia de estudiantes.

Como en Perú, los tres viajeros contaron en Chile con la colaboración de los diplomáticos españoles. En especial, el ministro de la embajada de España, Francisco Javier del Castillo. Este les ayudó a gestionar visitas con el cardenal de Santiago, monseñor José María Caro, y con algunos académicos de la Universidad de Chile y de la Universidad Católica. El cardenal y el rector de la Universidad Católica, el sacerdote Carlos Casanueva, tenían nociones sobre el Opus Dei y ambos mostraron interés en que la Obra llegara pronto a Chile para colaborar con el apostolado con universitarios.

Recortes de la prensa chilena comentando las conferencias de José Vila

Los dos jóvenes profesores de la expedición, Ignacio de la Concha y José Vila, continuaron su misión cultural y se relacionaron con el mundo intelectual y universitario chileno. De la Concha, por ejemplo, dictó dos conferencias en la Universidad de Santiago sobre la historia del Derecho.

Argentina

Los viajeros visitaron Argentina entre el 16 de agosto y el 22 de septiembre. En Buenos Aires la embajada española les brindó apoyo logístico y contactos. El secretario Antonio Poch y el embajador José María de Areilza les gestionaron audiencias con el nuncio Giuseppe Fietta y con el cardenal de Buenos Aires, Santiago Luis Copello. Ambos les animaron a comenzar pronto los apostolados de la Obra allí.

También les recibió los obispos de Salta y el auxiliar de Buenos Aires, Tomás Juan Carlos Solari, quien los contactó con Manuel Novoa, un sacerdote asistente de la Acción Católica universitaria.

Entre el 8 y 11 de septiembre fueron acogidos en Rosario por el cardenal Antonio Caggiano. Quería que se quedaran más tiempo para conocer la universidad y a un grupo de estudiantes católicos. Sin embargo, no les fue posible proseguir más días en Rosario.

Casciaro, De la Concha y Vila se sumergieron en la intensísima vida universitaria porteña. Un catedrático español, Alfonso García Gallo, que había sido el director de la tesis de Ignacio de la Concha y estaba como ellos de paso por Argentina, les ayudó a entablar contactos académicos. Así conocieron a destacados juristas y profesores, como el catedrático de Historia Claudio Sánchez Albornoz, exiliado de España por la guerra civil y afincado en la Argentina desde 1940. También, a Ricardo Levene, un destacado historiador argentino, presidente entonces de la Academia Nacional de Historia.

A través de esos colegas De la Concha pudo impartir varias conferencias en la Universidad de Buenos Aires y en las dependencias de los Cursos de Cultura Católica, el embrión de la Universidad Católica de Argentina erigida en 1958.

También acudieron a la Institución Cultural Española de Buenos Aires, más conocida como la Cultural Española, surgida en 1914 para difundir en Argentina estudios literarios y científicos publicados en España, a través de cátedras ocupadas por académicos españoles y de actividades de intercambio cultural entre los dos países.

Deseos de comenzar en Chile y Argentina

Al finalizar el periplo por estos dos países los expedicionarios concluyeron que había por delante un gran panorama. Pedro Casciaro comentaba al fundador su visión sobre Chile:

«La impresión que hemos sacado de Chile es estupenda. Es inverosímil en tan pocos días como hemos estado el cúmulo de atenciones y la acogida tan cordial que hemos tenido. Hay mucha inquietud espiritual. Los estudiantes de mucha categoría humana y social y las posibilidades para una residencia espléndida. Por la cuestión económica principalmente saldría la cosa rapidísimo porque hay muy buenos amigos y el Sr. Arzobispo de la Serena y todos los Prelados tienen preparado el terreno para que vayamos».

Esa descripción contenía todos los elementos para que la Obra llegase al país: la posibilidad de abrir una residencia para estudiantes universitarios, la autorización de prelados para el inicio apostólico y el patrocinio de benefactores para construir esa residencia de estudiantes. Esta sería la cantera para difundir la Obra y encontrar vocaciones entre los estudiantes y los mismos profesionales que apoyaban con sus recursos el proyecto.

La exploración por Chile fue fructífera. En marzo de 1950 llegó el sacerdote Adolfo Rodríguez Vidal para establecer la Obra en el país andino. Años más tarde él mismo escribía: «El Opus Dei no tenía medios para ayudarme, pero el Padre [san Josemaría] no sólo era audaz, también era prudente. Unos meses antes había enviado a don Pedro Casciaro con dos o tres miembros más de la Obra, a hacer un recorrido por toda América. En Santiago se contactaron con mucha gente y, cuando me tocó partir de España, me entregaron una lista de personas que podrían ayudarme».

EN 1951 LLEGÓ A CHILE UN JOVEN ESTUDIANTE UNIVERSITARIO, JOSÉ ENRIQUE DÍEZ, PARA AYUDAR EN LOS COMIENZOS DE LOS APOSTOLADOS DE LA OBRA. EL PANORAMA SE COMPLETÓ EN 1953, CON EL ARRIBO DE LAS PRIMERAS MUJERES DEL OPUS DEI: DORITA CALVO, PETRITA ANGULO, ROSARIO GÓMEZ ANTÓN Y PATRICIA YLARRAZ.

En 1951 llegó a Chile un joven estudiante universitario, José Enrique Díez, para ayudar en los comienzos de los apostolados de la Obra. El panorama se completó en 1953, con el arribo de las primeras mujeres del Opus Dei: Dorita Calvo, Petrita Angulo, Rosario Gómez Antón y Patricia Ylarraz. Ellas pusieron en marcha una residencia de estudiantes.

En Argentina, el panorama también resultaba alentador. La intensa actividad desplegada durante su estancia les permitió conocer personas y ambientes católicos. Además, la buena predisposición y ayuda del cardenal Caggiano facilitó que en marzo de 1950 llegaran a Rosario el sacerdote Ricardo Fernández Vallespín y los catedráticos Ismael Sánchez Bella y Francisco Ponz. Aunque era un nuevo viaje de exploración, similar al de los tres pioneros de 1948, de hecho se convirtió en definitivo. Se quedaron en Rosario Vallespín y Sánchez Bella dando inicio a la labor estable del Opus Dei. Al año siguiente, 1951, llegaron el sacerdote Ignacio Echeverría y dos estudiantes, José Luiz Gómez López-Egea y Ángel Ruiz Vallés.

Las mujeres, por su parte, pudieron instalarse recién a finales de 1952 y no antes, por dificultades burocráticas. Entonces, solo pudo viajar Sabina Alandes. Unos meses más tarde llegaron Rosa María Ampuero y Sofía García. En Rosario, Sabina Alandes fue recibida por dos jóvenes, Julia Capón y Ofelia Vitta, quienes ya habían solicitado la admisión a la Obra.

Pero la historia de estas mujeres y hombres de la Obra en estos países es otro capítulo que contar.

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