Una Misa en un lugar entrañable que termina rompiendo en canto a la Eucaristía

Para san Josemaría, la Santa Misa era el momento más importante de su jornada y la vivía con mucha intensidad. Durante los días que estuvo en Montefalco celebró en un pequeño altar, con un niño Jesús como retablo e hizo su acción de gracias frente a un cuadro de la Eucaristía que le motivó a cantar.

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En las páginas del diario de El Peñón que narran las jornadas del 3 al 6 de junio se recogen muchas anécdotas de la estancia de San Josemaría en Montefalco. Apenas tres jornadas, pero ganaron el corazón del Padre. El patio de Los Arcos, como se le llama a la planta baja de la Casa Grande, fue escenario de las tertulias con personas del mundo rural del estado de Morelos. La gente sencilla, con poca instrucción, pero de gran sabiduría humana y profundo sentido sobrenatural cautivaron al Fundador.

Para don Pedro Casciaro, tener a san Josemaría allí significaba mucho. Montefalco era la primera casa de convivencias y retiros que el Opus Dei había tenido en México. Habían pasado casi 20 años desde que había sido donada en calidad de ruinas. Poco a poco, y con el trabajo y generosidad de muchos, se había ido transformando. Ahora se contaba allí con dos colegios —uno de niñas y otro de varones— que servía como proyecto de desarrollo social en la zona.

El tres de junio de 1970 por la tarde, prácticamente recién llegado a Montefalco, el Padre dijo a don Pedro —quien ya estaba allí desde la mañana—: «Pedro estoy aquí, no es un sueño. ¡Estoy en Montefalco!, es una realidad».

Al día siguiente de su llegada se tenían prevista una reunión con campesinos y personas de la zona: padres de familia de los colegios y otras personas que acudían a recibir medios de formación en El Peñón, la casa donde vivían los miembros del Opus Dei que atendían esa labor.

Pedro Casciaro escribió de esos días que, aunque reducidos, estuvieron muy bien aprovechados. De entre esos recuerdos hemos escogido aquellos que narran la primera misa en Montefalco, que coincidía con el último día de la octava del Corpus Christi. Transcribimos casi de manera íntegra lo escrito por don Pedro.

Salón Azul en la actualidad. (En el primer plano, a la derecha vemos el altar donde celebró la Santa Misa)


«Después de la tertulia que tuvo con los campesinos en los arcos y del rato de conversación que tuvimos con él en el vestíbulo de la zona de huéspedes, subió junto con don Álvaro y don Javier a la segunda planta.

Pedro estoy aquí, no es un sueño. ¡Estoy en Montefalco!, es una realidad

Habíamos preparado todo para que el Padre celebrara en el altar portátil del estudio contiguo a su cuarto. Sobre la cómoda alargada de vivos colores, presidiendo el altar un óleo de Nuestra Señora de Guadalupe, de buen tamaño y de buena factura, se habían colocado los dos candeleros, también de vivos colores, que se conservan en esa estancia. Tanto la imagen de la Virgen como la talla del crucifijo le habían gustado mucho al Padre pero, a última hora, prefirió celebrar la Santa Misa en el altarcito del Salón Azul. El aparato de clima estaba funcionando desde primera hora, y el clima era ahí más bien frío. Don Javier y yo cambiamos los ornamentos. [Se] había traído desde México una casulla semigótica muy ligera y los demás ornamentos que iba a utilizar el Padre. Todo estaba dispuesto, para que se revistiera, sobre el escritorio frente al altar. De ahí trasladamos los ornamentos a la consola blanca del Salón Azul, debajo del cuadro de San Miguel Arcángel.

Don Javier ayudó a revestirse y a celebrar la Misa al Padre. Mientras tanto, en el estudio del Padre, ante la Virgen de Guadalupe, celebró don Álvaro al mismo tiempo. No recuerdo exactamente si fui yo mismo el que le ayudó. Tampoco recuerdo si don Javier celebró, a continuación, en el mismo altar que don Álvaro o si celebró a primera hora en la iglesia.

Me ha dado mucha devoción celebrar mirando a este niño Jesús, que es verdaderamente un amor […]

Después de la Misa, el Padre se quedó dando gracias en el Salón Azul, sentado en la butaca de respaldo más bien bajo que está exactamente frente al cuadro que representa el triunfo de la Eucaristía.

Altar dónde San Josemaría celebró la Santa Misa del 4 al 6 de junio de 1970.


Como solía ocurrirle después de celebrar el Santo Sacrificio del altar, quedó agotado. Yo intenté entrar en el Salón Azul momentos después de acabar él la Misa, pero le vi tan ensimismado, contemplando con tanta devoción el cuadro de la Eucaristía, que volví a cerrar la puerta sin querer distraerle. En la acción de gracias, tanto desde el estudio donde había celebrado don Álvaro, como desde la terraza de la casa grande, contiguo al Salón Azul fuimos varios los que le oímos cantar en voz alta el Tantum ergo y recitar o cantar también el Adoro te Devote tan ensimismado, contemplando con tanta devoción el cuadro de la Eucaristía, que volví a cerrar la puerta sin querer distraerle. Alberto Pacheco ha comentado que la música era la que suelen utilizar los alemanes.

cuadro ante el que san Josemaría cantó mientras hacía su acción de gracias tras celebrar la Santa Misa en Montefalco.

[…] Cuando el Padre acabo de dar gracias, don Álvaro y yo entramos en el Salón Azul y el Padre, con la extraordinaria capacidad de observación que tenía, me fue comentando muchos detalles de ese ambiente y preguntándome la procedencia de cada mueble y de cada objeto.

“Me ha dado mucha devoción celebrar mirando a este niño Jesús, que es verdaderamente un amor […], supongo que habrás previsto que el niño Jesús se pueda limpiar de cuando en cuando”. Le tranquilicé diciendo que toda la hornacina en su marco barroco, podía fácilmente sacarse [...] Siempre el Padre sabía unir la belleza de las cosas a su aspecto práctico».

Altar al que hace referencia don Pedro y sobre el que celebró el Beato Álvaro del Portillo la Santa Misa mientras estuvo en Montefalco.


Se ve que los cánticos en el momento de la acción de gracias después de celebrar la Eucaristía se repitieron, al menos en otra ocasión ya que don Julio Ortíz, quien vivía en Guatemala y vino a México esos días, también recuerda que «durante su estancia en Montefalco, nuestro Padre celebraba la Santa Misa a mediodía y también lo hizo a esa hora el sábado 6 de junio. Se nos había pedido que procuráramos no interrumpir a nuestro Padre en esos momentos y, particularmente, durante el tiempo de su acción de gracias de la Misa. Ese día, se empezaron a escuchar voces y luego nos contó don Javier, que era la voz de nuestro Padre, que con gran devoción estaba en voz alta cantando himnos eucarísticos, delante de un cuadro en que muchos Ángeles, están en actitud de adoración a Jesús Sacramentado»..