Tiempo: el regalo que muchos jóvenes eligen dar en verano

Cada verano, mientras unos cuentan los días para desconectar, otros muchos jóvenes —y familias enteras— eligen emplear parte de sus vacaciones en algo distinto: estar. Sin grandes recursos ni titulares, acompañan a ancianos, a niños con discapacidad o a enfermos con parálisis cerebral, y descubren que lo que más falta hace no es dinero ni medios, sino tiempo.

Voluntarios de verano

La primera parada de este recorrido nos lleva a Pamplona, donde un grupo de adolescentes ha demostrado que no hace falta ser mayor de edad para dar lo mejor de uno mismo. Nada más terminar el curso, cuando la mayoría piensa más en desconectar, algunos jóvenes decidieron llenar sus mañanas de junio con algo muy distinto: compañía.

Quincena solidaria en Pamplona y voluntariado en la OPSA (Italia)

En Pamplona, la Asociación Juvenil Alaiz ha reunido este año a más de 60 chicos de entre 14 y 17 años en su Quincena Solidaria, una iniciativa que cada junio, nada más terminar las clases, convierte las mañanas de estos adolescentes en tiempo de servicio. Durante dos semanas han visitado residencias como Beloso Alto, Bidealde o Amavir Mutilva, han colaborado con un campamento de Aspace para niños con discapacidad y han echado una mano en tareas de mantenimiento en el seminario de Pamplona.

Lo que más se repite entre los participantes no son las tareas —pintar un banco, hacer manualidades, sacar a pasear— sino las personas. Pablo quiso volver un día más solo para despedirse bien de Concha y terminar con ella un cabezudo empezado en las manualidades. Álvaro pasó más de una hora y media charlando con Juan, a quien ya quería como a un abuelo. Y Joey aprendió, gracias a una enfermera, la lección que resume toda la experiencia: «La gente que hay aquí no necesita muchas cosas, principalmente requiere tiempo. Así que quédate quieto y procura hablar con ella».

Al terminar, los propios chicos coinciden en que los más beneficiados han sido ellos: «Hemos aprendido muchas lecciones que no están en los libros y hemos conocido personas con grandes valores», resume Álvaro.

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Otros jóvenes universitarios de Navarra fueron a Italia para ayudar en la vida diaria de la Obra de la Providencia de San Antonio (OPSA), donde acompañaron a sus residentes y colaboraron con cerca de 600 profesionales.

Siete estudiantes del Colegio Mayor Belagua, perteneciente a la Universidad de Navarra, han querido repetir una experiencia de voluntariado en Padua por cuarto verano consecutivo. Los jóvenes han viajado a Italia para acompañar durante diez días a personas con discapacidad física e intelectual en la Obra de la Providencia de San Antonio (OPSA), una institución fundada en 1955.

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Fátima: «servir sin esperar nada a cambio»

A Álvaro Montuenga le propusieron un voluntariado en Fátima y no imaginaba que se convertiría en una de las experiencias más intensas del verano. Junto a otros siete universitarios pasó una semana de junio en el Centro João Paulo II, dedicado a personas con parálisis cerebral severa. Antes había ido otro grupo de trece jóvenes: la actividad se organiza desde 2009.

Este voluntariado en Fátima se organiza desde 2009.
Este voluntariado en Fátima se organiza desde 2009.

Las jornadas empezaban temprano —desayuno sencillo, camas hechas, habitaciones en orden— y seguían con las tareas más delicadas, como dar de comer a los enfermos «cucharada a cucharada» y «con mucho equilibrio». Por las tardes, algo de descanso: visitar un pueblo cercano, pasear con los «meninos» y terminar el día en la misa de la pequeña capelinha del santuario.

Para Álvaro Gutiérrez, otro de los voluntarios, lo que más le impactó fue la entrega del personal del centro: «En una sociedad que con frecuencia mide el valor de las personas por su utilidad, en ese centro cada persona es querida por sí misma». Álvaro Montuenga lo resume así: todos volvieron «cargados por dentro», habiendo descubierto «dónde se esconde la verdadera felicidad, que consiste en servir sin esperar nada a cambio».

Proyecto Guatemala: voluntariado en familia

No todo el voluntariado veraniego lo protagonizan grupos organizados desde fuera: a veces nace en casa, entre padres e hijos que deciden convertir las vacaciones en un proyecto común. Es lo que le pasó a una familia madrileña que, hace ya varios veranos, decidió que el tiempo libre de sus hijos adolescentes también podía dedicarse a los demás.

Todo empezó con una pregunta sencilla: si los adolescentes tienen tantas semanas libres en verano para campamentos, idiomas o deportes, ¿por qué no reservar también un hueco para ayudar a los demás, y hacerlo en familia? Con esa idea, y aprovechando que su hija pequeña ya tenía 12 años, la familia San José —así se apellidan— empezó a viajar cada verano a un lugar distinto: un orfanato de las Misioneras de la Caridad en Portugal, el Santuario de Lourdes, la restauración de un convento durante la pandemia... hasta que en 2022 cruzaron el Atlántico y llegaron a San Pedro La Laguna, junto al lago Atitlán, en Guatemala.

El Proyecto Guatemala, voluntariado familiar en San Pedro La Laguna, fue iniciado por la familia San José.
El Proyecto Guatemala, voluntariado familiar en San Pedro La Laguna, fue iniciado por la familia San José.

Allí el voluntariado familiar echó raíces y se convirtió en un proyecto sostenido de mejora educativa y sanitaria para niños y jóvenes del lugar, con la colaboración de muchas otras familias —algunas viajando también hasta Guatemala, otras impulsando desde Madrid mercadillos solidarios, talleres o huchas benéficas durante todo el año.

Gracias a ese esfuerzo compartido, alumnos de varios colegios cuentan hoy con pupitres, material escolar y apoyo educativo, y jóvenes como Alexis, Damián, Wagner Christofer o Ana Marisol han podido seguir estudiando: el primero cursa Ingeniería en la Universidad del Istmo (UNIS) en Guatemala, el segundo se forma en el seminario, y los otros dos avanzan hacia sus propias metas.

La experiencia, aseguran, ha transformado también a la propia familia: les ha enseñado a valorar lo que tienen, a relativizar lo que sus hijos llaman «problemas de primer mundo» y a comprobar que el compromiso de unas pocas personas puede lograr mucho más de lo que parece.

Cuando las vacaciones también son para curar: la CUN en siete países

El voluntariado veraniego también tiene versión profesional. Este verano, 19 médicos, enfermeras, investigadores y otros empleados de la Clínica Universidad de Navarra dedicarán parte de sus vacaciones a ocho proyectos de cooperación sanitaria en Ecuador, Etiopía, Uganda, República Democrática del Congo, Kenia, Costa de Marfil, Perú y Paraguay, dentro de la II Convocatoria de Ayudas al Voluntariado de la Clínica.

Las iniciativas son tan variadas como las necesidades de cada lugar: prevención comunitaria en Ecuador, atención infantil en Uganda, lucha contra el cáncer de cérvix en Costa de Marfil, atención médica rural en Kenia, apoyo a niños con discapacidad en Etiopía, formación en cuidados a pacientes ostomizados en Perú o campañas sobre enfermedades autoinmunes en Paraguay.

Ecuador, Etiopía, Uganda, Costa de Marfil o Paraguay son algunos de los destinos del voluntariado de la Clínica de Navarra (CUN).
Ecuador, Etiopía, Uganda, Costa de Marfil o Paraguay son algunos de los destinos del voluntariado de la Clínica de Navarra (CUN).

El verano pasado, proyectos similares permitieron atender a más de 2.500 personas en comunidades con acceso muy limitado a la sanidad.

«Todos los proyectos parten de una misma idea: el deseo de cuidar, que no termina cuando empiezan las vacaciones», resume Pilar Lorenzo, directora de Responsabilidad Social Corporativa de la Clínica. Más allá de la atención directa, muchos de estos proyectos incluyen formación a profesionales locales, para que su impacto no se quede en unos días de estancia sino que ayude a fortalecer los sistemas sanitarios de cada país.

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