«Estaba lleno de prejuicios»: el voluntariado como una nueva escuela

Nacho Blanco llegó a la cocina económica casi por casualidad, o eso creyó al principio. Después de dos años colaborando allí, habla de providencia, de ciento por uno y de la vergüenza —en el buen sentido— de haberse dado cuenta de cuánto juzgaba a los demás.

Nacho tenía su jubilación planificada. Más de 40 años enseñando matemáticas a adolescentes y haciendo tutorías le habían dejado claro lo que quería: tiempo para los proyectos que había ido aplazando.

Pero a los dos años de retiro, una propuesta inesperada se cruzó en su camino: la Cocina Económica de Gijón, una institución atendida por las Hijas de la Caridad y con más de 120 años de historia, que empezó siendo el primer comedor social de la ciudad y que hoy, además de servir cerca de 600 comidas al día, ofrece alojamiento, atención jurídica, asistencia dental, trabajo social y talleres de inserción a las personas más vulnerables.

«Tuve que renunciar a mis planes de jubilación y me fastidió», reconoce con la honestidad que le caracteriza. «Tenía que entregarme a algo que, de entrada, ni conocía ni me motivaba».

«Las cosas que te van pasando no son fruto del azar»

Nacho no llegó aquí por un anuncio ni por una búsqueda activa. Fue el presidente anterior de la entidad, alguien a quien conocía de mucho tiempo atrás, y que le propuso que se acercara a echar una mano. Un detalle que, para él, no es menor.

«Una convicción muy profunda que tengo, y que aprendí en el Opus Dei, es que las cosas que te van pasando en la vida están previstas por Dios, o sea, que no son fruto del azar». Esa convicción, lejos de ser un recurso retórico, es el eje sobre el que interpreta su presencia aquí. No llegó porque sí.

Miembro agregado del Opus Dei desde joven, Nacho describe su fe como el hilo que ha dado sentido a todo lo que ha ido haciendo. Y este nuevo capítulo no es una excepción.

El descubrimiento incómodo: «Yo estaba lleno de prejuicios»

Quizá la parte más llamativa de su testimonio es también la más valiente. Nacho no habla de lo mucho que ha dado, sino de lo mucho que ha tenido que desaprender.

«La primera y fundamental lección es no juzgar a las personas. Yo estaba lleno de prejuicios». Y no lo dice con eufemismos: «Voy a hablar en plata —aclara—: alcohólicos, drogadictos, convictos, violentos... pensando que son culpables, que algo habrán hecho».

Ese esquema mental se fue desmoronando conforme fue conociendo las historias concretas de las personas que pasaban por la cocina económica.

«Cuando aquí vas conociendo las historias personales de los que tienen ese tipo de comportamientos, lo que te llevan a decir es: menos mal que yo no he pasado por las circunstancias que han pasado estas personas, porque si no estaría probablemente mucho peor».

La comparación le resulta desarmante: él nació en una familia estable, encontró pronto un ambiente que le desarrolló, no ha atravesado enfermedades graves ni situaciones límite. «¿Por qué yo he tenido la suerte de nacer así o de vivir así? Ahí no hay mérito ninguno por mi parte».

El ciento por uno que prometía el Evangelio

Han pasado dos años desde aquella renuncia a sus planes. Hoy Nacho habla de felicidad, pero no de la felicidad vaga del que hace algo bueno. Habla de verificación personal de una promesa.

Lo constata también en los voluntarios que le rodean. Cuando les pregunta cómo se encuentran, la respuesta, con unas palabras o con otras, siempre apunta en la misma dirección: «Yo aquí recibo mucho más de lo que doy».

Para Nacho, ese ciclo —dar y recibir más— no es una paradoja bonita. Es la lógica misma de la caridad, entendida no como asistencia condescendiente, sino como reconocimiento de la dignidad del otro:

«Aquí hay una persona que tiene una dignidad enorme y que tiene un problema, y yo tengo la obligación de ayudarla». No a resolverle la vida, sino a que recupere la autonomía, la esperanza y la confianza en sí misma.

Lo que empezó como una interrupción de sus planes resulta ser, a ojos de Nacho Blanco, exactamente el plan.