Único heroísmo: comenzar y recomenzar

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El panorama apostólico de los miembros del Opus Dei es, efectivamente, como tantas veces recordaba Mons. Escrivá de Balaguer, «un mar sin orillas». Cristianos corrientes y responsables, emplean su vida, en el lugar y el tiempo en que ésta se desarrolla, en esforzarse por ser instrumentos dóciles en las manos de Dios para que el mundo sea más cristiano y los hombres se encuentren a sí mismos más dignos y más felices. Su sentido de la filiación divina, mantenido con la oración constante y por la alegría que produce la lucha por desatarse de las cosas y del propio egoísmo, les da una confianza que no admite imposibles, porque «para quienes aman a Dios, todo es para bien». En sus hermosas batallas de paz los fracasos y las victorias se apuntan siempre en el «haber». Procuran vivir de cara a Dios, por eso no pueden perder la alegría, ni sentir desánimo –sino todo lo contrario– por el hecho de que su labor pase muchas veces inadvertida. Ellos, cada uno a su modo, trabajan para Dios, enamorados de un solo ideal –Jesucristo– y empujados por la formidable fuerza de los medios sobrenaturales que la Iglesia pone, desde siempre, a disposición de los hombres.

Cada persona del Opus Dei escribe diariamente en esta tierra una historia sencilla, nutrida de cosas pequeñas, de amor a Dios y a las almas, de virtudes y de defectos, de gracia y de barro, de esfuerzo. Ninguna de esas personas se siente héroe, aunque de hecho resulte heroico ese «comenzar y recomenzar» de cada jornada, volcándose con los miembros de la familia, con los compañeros de trabajo, con los conocidos y con los desconocidos..., buscando en la entrega a los demás –nunca fríamente y en general, sino «con particular cariño»– la propia santificación, de la cual serán ellos los últimos en enterarse, ya que en el Opus Dei no hay «grados de perfección», ni finales de etapa, sino continuas «ganas de dar», buena voluntad en una palabra, porque la razón más sobrenatural de esta vida cristiana de nuestros días es la «realísima gana» y porque la más reciente vocación al Opus Dei –el hombre o la mujer que, en cualquier lugar del mundo, acaba de solicitar la admisión– se siente tan responsable como quien lleva cuarenta años en el Opus Dei.

He dicho ya en alguna parte que la única verdadera historia del Opus Dei es la suma de biografías completas y personales de sus miembros, de todos, porque ninguna es igual, aunque todas lleven esa impronta del mismo espíritu evangélico, siempre viejo y siempre nuevo. Biografías de oración y de acción, de vida contemplativa en las más inverosímiles circunstancias de este mundo, de vida oculta en el actual torbellino de los medios de comunicación. Porque es la médula del mundo la que Dios observa y es sobre esa médula sobre la que Dios actúa, sirviéndose de los cristianos que se empeñan en realizar con decisión su Voluntad sin olvidar nunca que son de arcilla.

Calcular la eficacia del apostolado personal de las personas del Opus Dei sería tanto como descubrir de pronto el fondo de los hombres y de las cosas. A lo largo de mi vida profesional me he encontrado en distintos países con hombres y mujeres del Opus Dei y, aunque he podido apreciar el mismo espíritu en todos ellos, me he convencido también, por la riquísima variedad individual, de que la única explicación del Opus Dei es la sobrenatural, pues no se puede entender de otro modo el hecho de que hombres de tan distintas razas y de tan variada condición puedan entregarse a un ideal con la fuerza, la alegría y la decisión con que lo hacen; ni se podría entender tampoco su rapidísima difusión por el mundo desde una fecha tan cercana a nosotros como 1928.

Y viene bien recordar, por último, por su especial limpidez, en este panorama apostólico el capítulo, sin puertas como el campo, de los Cooperadores del Opus Dei que se acercan a Dios en todo el mundo –no con teorías, sino arrimando el hombro y dando una mano para hacerlo más habitable–, algunos sin disfrutar siquiera de la fe católica al comienzo de su colaboración. ¿Quién conoce a estos millares de personas corrientes que descubren lo inesperado –y del modo más inesperado– en cualquier lugar de los cinco continentes y que, con frecuencia, dan lecciones de generosidad a los mismos católicos?... Joseph, publicitario nigeriano, y su amigo Gabriel, profesor universitario en Lagos; Cees, catedrático de Utrecllt; Paco, conductor de autobús en Sevilla; Carolina, escritora anglicana, convertida en 1971 al catolicismo, en Londres; Maite, ama de casa española; Pascale, investigadora del Departamento de Genética de la Facultad de Medicina de la Universidad de Paris; George, comerciante egipcio de Sidney, de religión copta ortodoxa; Nicoletta, campesina de Brescia (Italia); Marcela, enfermera que trabaja en el Departamento de Pediatría de la Universidad de Ibadán; Herminio, mecánico portugués; Ana María, catedrático de Historia en un Instituto de enseñanza media de Madrid; Eberle, industrial alemán; Anne, madre de familia, casada con un minero de Glasgow; Kawada, matemático de la Universidad de Kioto; etc.

Éste es el apostolado de los miembros del Opus Dei. Hombres y mujeres que viven el compromiso del bautismo y que «pasan la bola» del Evangelio a lo largo y a lo ancho del mundo, con conciencia de que no es sólo para ellos, porque Jesucristo vino a redimir a todos, y a cada uno en particular, y quiere indudablemente que el fuego se propague sin acepción de personas.

La forma de este apostolado, si no lo hemos comprendido ya, es la de una gran catequesis, a escala mundial pero siempre de un modo personal Y directo, que lleve a los hombres y a las mujeres «a hablar con Dios y a hablar de Dios», lo más importante indudablemente de esta vida y de la otra. Es lo que hizo, con una entrega admirable, Mons. Escrivá de Balaguer. Y es lo que tratan de hacer, cada uno en su sitio, con su profesión y con su trabajo, los miembros del Opus Dei, para que el «depósito de la fe», que los cristianos hemos recibido sin ningún mérito por nuestra parte, llegue a más gente y se transmita, limpio, íntegro v vivido, con la misma lealtad con que lo hicieron los cristianos de la primera hora que conocieron físicamente a Jesucristo, el Dios hecho hombre para quedarse con nosotros hasta el final de los siglos. Se trata de la aventura –profunda y siempre poco conocida– de Dios en la Tierra. De la aventura del cristianismo vivido.