Un 12 de octubre

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Una de las alegrías de don Josemaría es la de poder recibir alguna correspondencia escrita de los seres queridos que ha dejado en Madrid. A través de algunas personas amigas que residen en Francia, logra establecer contacto con la zona republicana. Sus cartas traspasan los Pirineos; una vez allí, se cambian de sobre y emprenden la ruta de la capital de España a nombre de Isidoro Zorzano. Las respuestas vienen por la misma vía. Así puede comunicarse con su familia y con los miembros del Opus Dei que han quedado refugiados en Legaciones y Embajadas extranjeras. La charnela sobre la que gira este intercambio de interés y afecto es Isidoro: durante estos meses transmitirá, con toda fidelidad, el aliento del Fundador a sus hijos. Y también las anécdotas, peligros y vicisitudes de la vida de la Obra, al otro lado de las fronteras que impone un país dividido en dos mitades que se enfrentan.

Los que quedaron en la Legación de Honduras, desde la salida del Padre, piensan abandonar el refugio diplomático y presentarse en el ejército republicano. Tienen la idea de que una vez en el frente podrán intentar el paso a la otra zona de España. Isidoro ha quedado como director en Madrid; no les permite que arriesguen de este modo sus vidas. Y así transcurre el tiempo. Un día, a finales de junio, está haciendo la oración ante un crucifijo que conserva en la mesa de su despacho y entiende con claridad que conseguirán cruzar el frente para reunirse con el Padre en Burgos. El Fundador, por su parte, recibe de Dios la misma convicción. Tan absoluta es su certeza sobrenatural que comunica a la madre de Alvaro del Portillo y a la de Vicente Rodríguez Casado -que están también en Burgos- la noticia de que sus hijos, en el mes de octubre, llegarán a la zona nacional.

Isidoro da su consentimiento para salir de la Legación de Honduras a los tres que aún quedan allí. Están asombrados de verle con una decisión tan firme y tan dispar a la que ha mantenido durante todo este período de espera. No hay vacilaciones. La fe en la oración y en la Providencia que vela por el futuro de la Obra, son indudables.

En julio de 1938 abandonan su refugio(24). Alvaro del Portillo acude a sentar plaza y recibir su documentación de soldado como si perteneciera a la quinta más joven. Pero antes de salir camino del frente surge un contratiempo: Vicente Rodríguez Casado, que está en la Embajada de Noruega, se ha puesto enfermo debido al prolongado encerramiento. Alvaro se presta a conseguir una nueva documentación para que Vicente pueda salir de la Embajada sin peligro, ya que es una de las más vigiladas por la cantidad de refugiados que se han acogido a su protección.

Enseguida se presenta de nuevo, con otro nombre, en el ejército. Esta vez acude como si perteneciera a la quinta mayor de edad recientemente movilizada. Es sorprendente que nadie le reconozca.

El Padre sigue las incidencias por las que están pasando sus hijos a través de las cartas de Isidoro, que escribe varias veces al mes. Pide a la familia de Vicente Rodríguez Casado que rece por los que van a intentar el paso a la zona nacional, cruzando las trincheras, para que se les allanen las dificultades.

El 10 de octubre, cuando llegan al frente de Somosierra (Guadalajara), Alvaro del Portillo, Vicente Rodríguez Casado y Eduardo Alastrué esperan la ocasión propicia para atravesar las líneas.

Por fin, el día 11, a primera hora de la mañana, comienza la peligrosa y durísima travesía. Las estribaciones de la Sierra les desorientan; en algunos momentos se sienten perdidos porque la niebla es cerrada en lo alto de los montes. Andan durante todo el día. Tienen que guarecerse en una cueva al llegar la noche porque el frío es inclemente. Al amanecer, emprenden la caminata y al poco tiempo avistan un pueblo que emerge entre los árboles de un pinar. Cuando oyen repicar las campanas de la iglesia llamando a la Misa de la Virgen, saben que han cruzado a la zona nacional. Es el día del Pilar. Allí mismo, sobre el camino, rezan su acción de gracias. Dos jornadas más tarde, abrazan al Padre en Burgos.

La alegría de esta nueva reunión es inmensa. El Padre no sabe qué hacer para que disfruten y descansen. Les lleva por la ciudad antigua: el Arco de Santa María, San Nicolás, Santa Gadea, la Catedral. También por los verdes alrededores bajo el cielo nítido y frío de este otoño. En lo alto de las agujas góticas observan la perfección de las tallas de piedra, afiligranadas; les subraya que aquél es un trabajo hecho cara a Dios. Los hombres no alcanzan a verlo desde abajo. Otean, desde aquella impresionante atalaya, los anchos horizontes, los tonos ocres de la llanura.

No son muchos los días que van a poder estar juntos. Alvaro del Portillo es destinado inmediatamente, por su carrera, a la Academia de Ingenieros donde se lleva a cabo la preparación de los alféreces provisionales. Al concluir el curso, le destacan a un pueblecito de la provincia de Valladolid llamado Cigales, donde está acuartelado un Regimiento en período de formación. Cada vez que consigue un permiso, se acerca a Burgos para ver al Padre; por su parte, el Fundador, cuando puede, llega hasta Valladolid para charlar, largo y tendido, con Alvaro. Sobre esta llanura apuntalada por los chopos, extienden el panorama humano y divino de la Obra. Añoran el mundo entero para ponerlo en las manos de Cristo. Desde que la Legación de Honduras les brindó albergue obligado durante muchos meses, el Padre ha cambiado impresiones frecuentes con Alvaro. Ha medido la talla moral y humana de este hijo suyo y cuenta con él para todo.

A lo largo de la contienda, morirá en el frente Pepe Isasa, miembro del Opus Dei, y algunos amigos de Ferraz. Ricardo Fernández Vallespín resultará herido. Los demás sobrevivirán. Algunos serán dispersados por la guerra. La mayoría va a permanecer fiel, gracias también a la oración y al afecto de todos por cada uno.

«Orad los unos por los otros. -¿Que aquél flaquea?... -¿Que el otro?...

Seguid orando, sin perder la paz. -¿Que se van? ¿Que se pierden?... ¡El Señor os tiene contados desde la eternidad! »(25)

Casi todos comenzaron esta prueba siendo muy jóvenes de edad y de experiencia. La concluyeron con una madurez y entrega superior a las que se pueden adquirir en tres años de vida normal.

«El vendaval de la persecución es bueno. -¿Qué se pierde?... No se pierde lo que está perdido. -Cuando no se arranca el árbol de cuajo -y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo- solamente se caen las ramas secas... Y ésas, bien caídas están»(26).

En noviembre de 1938 concluye la batalla del Ebro. Poco después cae Cataluña. El 1 de abril de 1939 se escucha el último parte de radio: la guerra ha terminado.

El Padre regresa a la capital de España el 28 de marzo. Todo lo que habían levantado con tanto esfuerzo se ha convertido en ruinas. Pero entre los escombros de Ferraz 16, permanece intacto un pergamino:

«... Un nuevo mandato os doy; que os améis los unos a los otros como Yo os he amado... ».

Es más que suficiente. El único cimiento que Dios les deja para empezar de nuevo. La representación escrita de un amor universal que no se para, no se ha parado nunca, en colores ni fronteras. Una renovada ilusión y fortaleza por emprender y llevar hasta Cristo las actividades todas de la tierra.