TRABAJAR, Y TRABAJAR BIEN

“La santificación del trabajo. El trabajo en la historia de la espiritualidad”. Libro escrito por el teólogo José Luis Illanes. Décima Edición revisada y actualizada.

En el contexto de la unidad de vida, la vocación divina, la luz sobrenatural de la fe, la gracia son, por así decir, el espíritu, el alma, la fuerza que dan sentido último, informan y sostienen; la vocación humana, la personal situación en el mundo, es, en cambio, el cuerpo que ese espíritu anima, otorgando la vida y adquiriendo consistencia fáctica. La vida del cristiano no nace de él mismo sino de Dios, pero esa vida -vida de gracia- transforma su ser desde dentro, desde el núcleo mismo de la libertad, y afectando a todas las facetas de su existencia, mas aun, creciendo a través de la libre cooperación humana. Con ese trasfondo se manifiesta, con toda claridad, la importancia que el trabajo, en cuanto realidad humana básica, tiene en la dinámica de la vida espiritual del cristiano corriente: si la gracia debe informar la vida humana y, en ella, el trabajo ocupa un lugar decisivo, se comprende enseguida que sea no la fuente -que es Dios y su gracia-, pero sí el eje en torno al que se desarrolla la obra de la santificación, „el quicio sobre el que se fundamenta y gira nuestra llamada a la santidad“ (51).

Esas palabras, estrictamente paralelas a las que afirman la armonía e interconexión entre vocación divina y vocación humana, responden a la misma verdad de fondo: la afirmación del valor de las realidades terrenas no solo desde una perspectiva intrahistorica y social sino también desde una perspectiva teologal, es decir, desde una fe que pone de manifiesto el sentido divino de la creación. Pero no insistamos más en estas consideraciones, tal vez ya suficientemente subrayadas, y pongamos el acento en la otra vertiente de la frase: la presentación del trabajo como quicio de la santificación. Analicemos, pues, de qué forma y con qué consecuencias, en la vida de un cristiano corriente, el caminar según Dios y hacia Dios se estructura en torno al trabajo.

La tarea no es difícil porque el propio Fundador del Opus Dei ha expresado, en frase sintética, las exigencias o implicaciones que ese ideal trae consigo: „hay que santificar la profesión, santificarse en la profesión y santificar con la profesión“ (52). Comentémosla, no sin antes recordar que las palabras trabajo o trabajo profesional han de ser entendidas con la amplitud que les otorga el Fundador del Opus Dei, es decir, incluyendo en ellas no solo el trabajo en cuanto mera realización material de una tarea, sino la acción de trabajar con todas las relaciones interpersonales, sociales, etc., que nuestro actuar implica o que de él derivan, es decir, el conjunto de la vida ordinaria en cuanto que marcado por el trabajo (53).

Iniciemos este comentario señalando que la mayoría de las veces que el Beato Josemaría pronunció o escribió esa frase lo hizo siguiendo el orden con el que acabamos de citarla, es decir, hablando en primer lugar de santificar el trabajo y, solo después, de santificarse en el trabajo y de santificar a los demás con el trabajo. Ese hecho no es, a nuestro juicio, fruto del acaso, sino expresión de la convicción profunda que sostiene todo su mensaje espiritual: la santidad personal (santificarse en el trabajo) y el apostolado (santificar con el trabajo) no son realidades que se alcancen con ocasión del trabajo, como si este fuera, en resumidas cuentas, externo a ellas, sino precisamente a través del trabajo, que queda así injertado en la dinámica del vivir cristiano y, por tanto, llamado a ser santificado en sí mismo. Dicho con otras palabras: los tres miembros de la frase se implican y reclaman.

¿Qué significa „santificar el trabajo“ en la enseñanza del Fundador del Opus Dei? Como tendremos ocasión de mostrar en paginas sucesivas, santificar el trabajo implica poner en ejercicio la totalidad del ideal cristiano en y a través del trabajar. Solo, pues, con el desarrollo de la exposición se irá poniendo de manifiesto el alcance de la expresión, ya que las perspectivas se entrecruzan (55). En todo caso, quizá lo más acertado sea comenzar señalando un dato que puede parecer obvio, pero que no está exento de implicaciones: santificar el trabajo reclama que esa realidad a la que designamos con la palabra „trabajo“ se dé con plenitud.

El cristiano que vive en el mundo debe asumir en su vocación divina su vocación humana, y esa asunción ha de realizarse sin merma alguna -antes al contrario- de la perfección que las realidades humanas están llamadas a tener en conformidad con su dinámica constitutiva: las criaturas han de ser llevadas a Dios, pero „cada una segun su propia naturaleza, según el fin inmediato que Dios le ha dado“ (56). Se trata de un imperativo válido para todo cristiano, que en el caso del laico reviste especial importancia. No es lícito maltratar cuanto nos rodea. Es lícito, ciertamente, usar de las cosas, pero sin olvidar la naturaleza peculiar de cada una, actuando en consecuencia con respeto a la autonomía que, en su orden, tienen las realidades temporales. Le va en ello al cristiano, y muy especialmente al laico, la sinceridad de su vida humana, insertado como está en las estructuras temporales, y la de su misión divina que le vincula precisamente a esas estructuras: la seriedad en lo humano, en lo profesional, es, en suma, importante tanto desde el punto de vista de la fidelidad a la ciudad terrena, como del de la fidelidad a la llamada sobrenatural.

Vivir la personal vocación humana como parte de la vocación divina implica, pues, en primer lugar, esforzarse por alcanzar una adecuada madurez y perfección en lo estrictamente profesional, humano, técnico de la actividad laboral que se realiza y de la obra a la que esa actividad se ordena. „Para santificar la profesión, hace falta ante todo trabajar bien, con seriedad humana y sobrenatural“, se lee en una de las homilías del Fundador del Opus Dei (57). Y en Camino : „Oras, te mortificas, trabajas en mil cosas de apostolado.... pero no estudias. -No sirves entonces si no cambias. El estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros“ (58). En una entrevista de prensa, concedida en 1967, explicaba: „Lo que he enseñado siempre -desde hace cuarenta años- es que todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque, hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales -a manifestar su dimensión divina- y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creacion y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei “ (59).

Son muchas, en verdad, las razones que, en los escritos del Beato Josemaría, fundan esa exigencia de la perfección humana, del trabajar bien. Enunciémoslas exponiéndolas de forma concatenada:

a) En primer término, la madurez en cuanto hombres: la fidelidad a la vocación humana impulsa a trabajar no solo esforzada y perseverantemente (60), sino también eficazmente, es decir, con competencia profesional. „Como lema para vuestro trabajo -comentaba el Beato Josemaría Escrivá en una homilía-, os puedo indicar este: para servir, servir . Porque, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas (...). No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas , con humana perfección“ (61). Y en una Carta ya varias veces citada, recalca: „Parte esencial de esa obra -la santificación del trabajo ordinario- que Dios nos ha encomendado es la buena realización del trabajo mismo, la perfección también humana, el buen cumplimiento de todas las obligaciones profesionales y sociales. La Obra exige que todos trabajen a conciencia, con sentido de responsabilidad, con amor y perseverancia, sin abandonos ni ligerezas; noli propter escam destruere Opus Dei (Rm 14,20), no quieras por la comida destruir la obra de Dios“ (62).

b) Pero, como la frase final del texto recién citado pone de manifiesto, no solo la autenticidad humana lleva a trabajar bien, sino también, e inseparablemente, la fe cristiana: el reconocimiento de que nuestro trabajo se realiza en presencia de Dios y en cumplimiento de su divina voluntad. „No podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mínimos detalles. Dios no acepta las chapuzas. ‘No presentaréis nada defectuoso, nos amonesta la Escritura Santa, pues no sería digno de Él’ (Lv 22,20). Por eso, el trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras jornadas y energias, ha de ser una ofrenda digna para el Creador, operatio Dei , trabajo de Dios y para Dios: en una palabra, un quehacer cumplido, impecable“ (63).

c) Seriedad humana y conciencia de la presencia de Dios fundamentan una tercera razón para trabajar bien: el espíritu de servicio. Amor a Dios y amor a los hombres se unen en el existir cristiano, ya que Dios nos ama y nos enseña a amar. Vivir el trabajo cara a Dios, procurar realizarlo de manera perfecta como ofrenda agradable a Él, exige, por eso, vivirlo en actitud de amor y, por tanto, de servicio a quienes nos rodean. En suma, asumir y potenciar esa dimensión social que el trabajo de por sí tiene. El trabajo profesional, la tarea u oficio que todo hombre desempeña es, en cuanto tal, realidad comunitaria, quehacer que presupone la sociedad humana y se articula con ella y en ella contribuyendo al progreso histórico, al mejoramiento de las condiciones de vida, al bienestar y a la cultura (64). Todo ello se refuerza, se hace más profundo y más exigente, cuando la profesión o tarea es vivificada por la caridad, que impulsa a trascender toda tendencia a la autosatisfacción y al egoísmo y a trabajar de forma que la labor realizada contribuya, de hecho, al bien de los demas. „Si el cristiano no ama con obras, ha fracasado como cristiano, que es fracasar tambien como persona. No puedes pensar en los demás como si fuesen números o escalones, para que tú puedas subir; o masa, para ser exaltada o humillada, adulada o despreciada, según los casos. Piensa en los demás (...) como en lo que son: hijos de Dios, con toda la dignidad de ese título maravilloso“ (65).

d) Servir a los demás es no solo contribuir a su bienestar terreno, a su desarrollo económico, social y cultural, sino también, y ante todo, acercarles a Dios, fuente de todo bien. El cristiano, todo cristiano, debe, por amor a los demás y por imperativo del propio bautismo, dar a conocer a Cristo, con clara conciencia de que al hacerlo revela a los demás hombres la raíz de su dignidad y la grandeza de su destino. Pues bien, también desde esta perspectiva, resulta exigido el trabajar bien, la perfección en el trabajo, ya que el cristiano corriente, que vive de su profesión u oficio, ha de apoyar sus palabras en la autoridad que le otorga el testimonio de una vida auténticamente humana y profesionalmente seria. Así, lo subraya el Fundador del Opus Dei en una homilía, en la que, después de citar las palabras de Cristo sobre el cristiano como luz del mundo (66) prosigue: el „trabajo profesional -sea el que sea- se convierte en un candelero que ilumina a vuestros colegas y amigos. Por eso suelo repetir a los que se incorporan al Opus Dei, y mi afirmación vale para todos los que me escucháis: ¡qué me importa que me digan que fulanito es buen hijo mío -un buen cristiano-, pero un mal zapatero! Si no se esfuerza en aprender bien su oficio, o en ejecutarlo con esmero, no podrá santificarlo ni ofrecérselo al Señor; y la santificacion del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que -inmersos en las realidades temporales- estamos decididos a tratar a Dios“ (67).

Las cuatro razones para trabajar bien que nos ha parecido encontrar repasando los textos del Beato Josemaría Escrivá, además de lo que significan por sí mismas, ponen de manifiesto dos consideraciones en parte ya apuntadas, pero que consideramos oportuno subrayar.

En primer lugar, que „santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar con el trabajo“ no son tres realidades yuxtapuestas, sino tres dimensiones de un fenomeno unitario: el vivir secular cristiano, en el que la unión con Dios y el servicio a los demás, la santidad y el apostolado presuponen la cumplida realización del trabajo y revierten sobre él.

En segundo lugar que, al hablar de perfección en el trabajo, el Fundador del Opus Dei no se refiere solo a su perfección técnica, aunque la supone y exige, sino a algo mas: a la asunción según el espíritu cristiano, y por tanto según el mandamiento de la caridad, de todo el conjunto de deberes y relaciones que del trabajo derivan. La profesion -afirmaba en 1948- „adquiere un pleno sentido y una más plena significación, cuando se la dirige totalmente a Dios y a la salvación de las almas“ (68). „Esta dignidad del trabajo -proclamaba en una homilía pronunciada precisamente el 19 de marzo de 1963, festividad de San José- está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio (...). Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor“ (69).

La „capacidad que podríamos llamar técnica -continuaba diciendo-, ese saber realizar el propio oficio, ha de estar informado por un rasgo que fue fundamental en el trabajo de San José y debería ser fundamental en todo cristiano: el espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás hombres. El trabajo de José no fue una labor que mirase hacia la autoafirmación, aunque la dedicación a una vida operativa haya forjado en él una personalidad madura, bien dibujada. El Patriarca trabajaba con la conciencia de cumplir la voluntad de Dios, pensando en el bien de los suyos, Jesús y María, y teniendo presente el bien de todos los habitantes de la pequeña Nazaret (...). Era su labor profesional una ocupacion orientada hacia el servicio, para hacer agradable la vida a las demás familias de la aldea, y acompañada de una sonrisa, de una palabra amable, de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas“ (70).

El horizonte de la perfección humana y cristiana del trabajo incluye las relaciones interpersonales, y, junto a ellas, las dimensiones sociales de nuestro vivir. El trabajo profesional es manifestación y realización de la solidaridad entre los hombres, participación en la común aspiración hacia el progreso, camino para solucionar las preocupaciones y problemas de la sociedad; y el cristiano, que vive en medio del mundo, miembro a la vez de la sociedad de Dios y de la sociedad de los hombres, ha de ser consciente de los deberes que tiene para con la sociedad a la que su trabajo le une: debe, en la medida de sus posibilidades personales, esforzarse por hacer más justa la sociedad en la que viven sus conciudadanos.

El trabajo, tomado en su integridad en cuanto tarea humana y social, resultaría, en consecuencia, desnaturalizado si se aislase de todo el conjunto de relaciones sociales con las que se entremezcla. Vivir con minuciosidad el propio trabajo encerrándose en un afán de autoperfección individual, o preocupándose, a lo más, solo por las necesidades de la propia familia, supone un desconocimiento del verdadero espíritu cristiano. „Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo. Los cristianos -conservando siempre la más amplia libertad a la hora de estudiar y de llevar a la práctica las diversas soluciones y, por tanto, con un lógico pluralismo- han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad. De otro modo, su cristianismo no será la Palabra y la Vida de Jesús: será un disfraz, un engano de cara a Dios y de cara a los hombres“ (71).

Ciertamente la responsabilidad de los problemas colectivos no incide del mismo modo en todos los miembros de la sociedad, y una dedicación preponderante al quehacer político es tarea que supone una especial vocación, una particular aptitud para asumir, de una manera refleja, la misión de encauzar los afanes colectivos en orden a modificar y orientar el mundo que nos rodea. Pero, aun siendo eso cierto, se debe reconocer que, en cuanto tal, esa vocación no es sino una concreción peculiar de algo más amplio, que sí se aplica a todos: el deber de reconocerse solidario con los demás hombres en todas las ocasiones y situaciones que se nos presenten y de sentir la responsabilidad, también política, que esa realidad implica (72).

De ahí que pueda a todos pedirse: „Amad la justicia. Practicad la caridad. Defended siempre la libertad personal, y el derecho que todos los hombres tienen a vivir, y a trabajar, y a estar cuidados durante la enfermedad y cuando llega la vejez, y a constituir un hogar, y a traer hijos al mundo, y a educar esos hijos en proporción al talento de cada uno, y a recibir un trato digno de hombres y de ciudadanos“ (73). Y que a todos se les pueda recordar que „el trabajo ordinario, en medio del mundo, os pone en contacto con todos los problemas y preocupaciones de los hombres, puesto que son vuestras mismas preocupaciones y vuestros mismos problemas: sois cristianos corrientes, ciudadanos como los demás. Vuestra fe os tiene que guiar, al juzgar sobre los hechos y las situaciones contingentes de la tierra. Con plena libertad obraréis, porque la doctrina católica no impone soluciones concretas, técnicas, a los problemas temporales; pero sí os pide que tengais sensibilidad ante esos problemas humanos, y sentido de responsabilidad para hacerles frente y darles un desenlace cristiano“ (74).

Este ha de ser el afán y la ilusión del cristiano: „servir a Dios y, por amor a Dios, servir con amor a todas las criaturas de la tierra, sin distinción de lenguas, de razas, de naciones o de creencias; sin hacer ninguna de esas diferencias que los hombres, con más o menos falsía, señalan en la vida de la sociedad“ (75). Y, de esta forma, reconocerse ordenado a los demás, administrador, en beneficio de todos, de bienes divinos y, a la vez, necesitado de los otros a quienes Dios ha encomendado bienes diversos, en un entrecruzarse de vocaciones que llama a cada uno a santificar la propia tarea.

Tal es el panorama de una santificación del trabajo que atienda a todas las dimensiones propias de la actividad humana, desde las espirituales hasta las materiales, desde las técnicas hasta las sociales y colectivas. El ideal de la santificación del trabajo nos sitúa, en suma, e inseparablemente, ante perspectivas teologales, es decir, de trato y comunión con Dios, y ético-morales, o sea, de realización de las acciones en conformidad con las exigencias propias de cada acción. Todo lo cual, desde una perspectiva subjetiva, reclama sea un sentido de la referencia a Dios que reverbera sobre lo concreto, sea un espíritu de servicio que aúne competencia técnica y preocupación por formar adecuadamente la propia conciencia (76).

No es este el momento de detenernos a fin de comentar cómo esos principios generales se concretan y encarnan en cada vocación humana, según las circunstancias de cada vida individual; sobre ellos, por lo demás, volveremos en páginas sucesivas. Sí puede ser, en cambio, oportuno recordar que el espíritu cristiano se abre paso en el corazón del hombre a través de la ascesis personal bajo la acción de la gracia. La disposición de servicio no se adquiere sin esfuerzo: en todo momento -y, quizá de modo especial, con el desarrollo de la personalidad y el crecimiento de las responsabilidades- puede surgir la tentación, oscurecerse la disponibilidad, brotar un afán poco recto de poder, una ambición desordenada de mando, un deseo egoísta de medro personal. Por eso, para mantener despierto el sentido de servicio es necesario que estén afincados en el alma „ el espíritu de pobreza , desprendimiento verdadero de los bienes temporales; y el espíritu de humildad , desprendimiento de las glorias humanas, del poder: que son los frutos sabrosos del alma contemplativa en la acción profesional“ (77). De esta forma, presuponiendo y poniendo en ejercicio esa honda actitud espiritual, se hará posible „actuar profesionalmente, con sabiduría de artista, con felicidad de poeta, con seguridad de maestro y con un pudor más persuasivo que la elocuencia, buscando -al buscar la perfección cristiana en su profesión y en su estado en el mundo- el bien de toda la humanidad“ (78)

Notas

51 Amigos de Dios , n. 62. La centralidad del trabajo en el espíritu del Opus Dei y en la vida de sus fieles se encuentra ampliamente recogida y subrayada en el Codex iuris particularis Operis Dei , es decir, en los Estatutos del Opus Dei, promulgados en el momento mismo de su erección como Prelatura personal; ver, por ejemplo, nn. 2, && 1 y 2; 3, & 1, 79, & 1; 82; 86, && 1 y 2; 90; 93; 112; 113; 117; 119. Los Estatutos pueden consultarse en varios de los estudios sobre Opus Dei ya citados, concretamente: A. DE FUENMAYOR, V. GóMEZ IGLESIAS y J. L. ILLANES, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma , Pamplona 1989, pp. 628-657; P. RODRíGUEZ, F. OCÁRIZ y J. L. ILLANES, El Opus Dei en la Iglesia . Introducción eclesiológica a la vida y apostolado del Opus Dei , Madrid 1993, pp. 309-346; V. GÓMEZ IGLESIAS, A. VIANA y J. MIRAS, El Opus Dei, Prelatura personal. La Constitución apostólica „ Ut sit“ , Pamplona 2000, pp. 131-165. En las remisiones que hagamos posteriormente, los citaremos sencillamente como Estatutos .

52 Carta 31-V-1954, n. 18; textos paralelos en Es Cristo que pasa , n. 46; Amigos de Dios , n. 9, y Conversaciones , n. 70; cfr. también Estatutos , n. 86, & 2.

53 De hecho en los escritos del Beato Josemaría se pasa con frecuencia de la expresión „santificar el trabajo“ a „santificar la vida ordinaria“, ya que una y otra realidad son vistas en íntima relación: el trabajo es trabajo profesional, tarea u oficio que integra en la sociedad, y la vida ordinaria, teniendo otras facetas (entre ellas la vida familiar, a la que también aplicó el Beato Josemaría la frase trimembre citada en el texto: cfr., por ejemplo, Es Cristo que pasa , n. 23) connota de modo muy particular el trabajo, elemento decisivo e imprescindible del vivir en el mundo: otros elementos (el matrimonio o la militancia política especializada, por ejemplo) pueden faltar sin merma de la secularidad; el trabajo, no. Sobre este último punto, ver J. SALINAS, Matrimonio, celibato y laicado , en „ Palabra ”, 8 (1966) 7-10. Sobre la conexión entre trabajo y vida ordinaria, puede consultarse además lo que hemos escrito en Trabajo, caridad, justicia. La santificación del trabajo según las enseñanzas del Beato Josernaría Escrivá , en AA.VV., Santidad y mundo. Estudios en torno a las enseñanzas del Beato Josernaria Escriva , Pamplona 1996, pp. 218-220 (también en J. L. ILLANES, Ante Dios y en el mundo. Apuntes para una teología del trabajo , Pamplona 1997, pp. 113-115).

54 En esa misma dirección apunta el hecho de que, en diversos textos del Beato Josemaría, la referencia a santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar con el trabajo venga precedida de declaraciones que subrayan ese nexo profundo, más aún, esa compenetración, ese pasar de la santidad -valga la expresión- por el trabajo en cuanto tal. Así ocurre, por ejemplo, en el n. 18 de la Carta 31-V-1954 en el que la neta declaración que antes citábamos („sin sacar a nadie de su sitio“: Cfr. nota 12) viene precedida por la siguiente: „El trabajo profesional (...) es no solo el ámbito en que los miembros del Opus Dei deben buscar la perfección cristiana, sino el medio y el camino de que se sirven para conseguirla“.

55 Las consideraciones que exponemos pueden completarse con F. OCÁRIZ, El concepto de santificación del trabajo , en AA.VV., La misión del laico en la Iglesia y en el mundo , Pamplona 1987, pp. 881-891 (recogido en F. OCÁRIZ, Naturaleza, gracia y gloria , cit., pp. 263-27 l); P. RODRIGUEZ, Vocación, trabajo, contemplación , pp. 73-84; W MAY, Santidad y vida ordinaria , en Santidad y mundo , cit., pp. 55-87, y G. FARO, Il lavoro nell ’insegnamento del Beato Josemaría Escrivá , Roma 2000; así como, desde otra perspectiva, P. P. DONATI, El significado del trabajo en la investigación sociológica actual y en el espiritu del Opus Dei , en „ Romana ” 12 (1996) 122-134.

56 Carta 19-III-1954, n. 7.

57 Es Cristo que pasa , n. 50.

58 Camino , n. 334 ( Consideraciones espirituales , p. 34); ver también Camino , nn. 332 y 336 (ambos en Consideraciones espirituales , p. 34).

59 Conversaciones , n. 10; ver también n. 70.

60 „Tenemos -afirmaba gráficamente el Fundador del Opus Dei en una de sus Cartas- una enfermedad crónica en el Opus Dei, que es el trabajo; una enfermedad contagiosa, incurable y progresiva: no sabemos estar sin hacer nada“ ( Carta 15-X-1948, n. 14). Ver también Camino , nn. 356 y 358 (el segundo punto en Consideraciones espirituales , p. 34).

61 Es Cristo que pasa , n. 50; ver al respecto J. ECHEVARRÍA, Itinerarios de vida cristiana , Madrid 2001, pp. 209 ss.

62 Carta 31-V-1954, n. 18.

63 Amigos de Dios , n. 55; ver también nn. 58 y 62. Mons. Alvaro del Portillo, comentando este aspecto de la enseñanza del Fundador del Opus Dei, ha escrito: „No se puede contentar con ser mediocre quien aspira a la santidad. y para no ser mediocre, hemos de esforzarnos siempre, en todos los terrenos, utilizando el medio específico que nos propone y nos exige la Obra: la santificación del trabajo ordinario, convertido en palestra en la que se lleva a cabo, día a día, nuestra lucha ascética. Trabajo hecho sin desmayos, con deseo de aquilatar cada día más el valor de nuestras acciones, siguiendo también en esto los impulsos del Espíritu Santificador que habita dentro de nosotros, y que ha querido promover una nueva forma vocacional y organizada para buscar la perfección cristiana precisamente -y ahí está la gran novedad- por medio de la santificación del trabajo ordinario, profesional, cada uno en su estado, y todos en medio del mundo. Por eso escribe nuestro Fundador: `El trabajo es para nosotros el eje, alrededor del cual ha de girar todo nuestro empeño por lograr la perfección cristiana. Y, al buscar en medio del mundo la perfección cristiana, cada uno de nosotros ha de buscar también necesariamente la perfección humana, en su propia labor profesional. De ahí que no nos puedan entender jamás los que no quieren hacer lo posible para dejar de ser chapuceros´. Es evidente que los chapuceros ni mejoran su conducta humana, ni pueden ser fieles a la acción continua y específica en nosotros del Espíritu Santo, que nos quiere generosos también en la perfección con la que procuramos hacer nuestra tarea humana, ni nos pueden comprender” ( Instrucción V-1935/14-IX-1950, comentario al n. 53).

64 „Mediante el ejercicio de nuestra propia profesión en medio del mundo, perseguimos también el bien temporal de la humanidad entera“, se recuerda sintéticamente en Carta 14-II-1950, n. 19.

65 Es Cristo que pasa , n. 36. Y en Camino se lee: „Egoísta. -Tú, siempre a ‘lo tuyo’. -Pareces incapaz de sentir la fraternidad de Cristo: en los demás, no ves hermanos: ves peldaños“ (n. 31; ver también n. 32). La ordenación de la labor profesional al servicio, la encontramos formulada por el Beato Josemaría tanto en textos en los que habla del trabajo en general como en referencia a esa dimensión básica del existir humano que es la cultura. Ver en esta línea Camino , n. 345, y muy particularmente la entrevista que concedió a la revista „ Gaceta Universitaria “ y fue luego incluida en Conversaciones (n. 73ss.), así como los discursos pronunciados con ocasión de actos universitarios y académicos (gran parte de ellos pueden verse en la obra Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad , cit., pp. 45 ss.). Un comentario a este punto, en E PONZ, La educación y el quehacer educativo en las enseñanzas de Monseñor Josemarla Escrivá de Balaguer . en AA.VV., En memoria de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer , Pamplona 1976, pp. 61-132.

66 Cfr. Mt 5,14-16.

67 Amigos de Dios , n. 61.

68 La Constitución apostólica „Provida Mater Ecclesia“ y el Opus Dei , Madrid 1949, p. 20.

69 Es Cristo que pasa , n. 48.

70 Ibíd., n. 51.

71 Ibid., n. 167.

72 Ya que, leemos en Carta 9-I-1932, n. 42, „política, en el sentido noble de la palabra, no es sino un servicio para lograr el bien común de la Ciudad terrena“.

73 Carta 15-X-1948, n. 29.

74 Ibídem. Un comentario al respecto, en J. ECHEVARRíA, Solidaritá, il valore del lavoro , en „ll Sole-24 Ore”, 24-V-1997 (recogido en „Romana“ 13, 1997, 99-101).

75 Carta 31-V-1943, n. 11.

76 Sobre la necesidad de una buena formación de la conciencia en orden a la actuación profesional y social, el Beato Josemaría volvió repetidas veces. Limitémonos a reenviar a Conversaciones (cfr. nn. 29, 48, 59) y a citar un párrafo, muy expresivo, de una de sus Cartas: „Es frecuente, aun entre católicos que parecen responsables y piadosos, el error de pensar que solo están obligados a cumplir sus deberes familiares y religiosos, y apenas quieren oír hablar de deberes cívicos. No se trata de egoísmo: es Sencillamente falta de formación, porque nadie les ha dicho nunca claramente que la virtud de la piedad -parte de la virtud cardinal de la justicia- y el sentido de la solidaridad cristiana se concretan también en este estar presentes, en este conocer y contribuir a resolver los problemas que interesan a toda la comunidad“ ( Carta 9-I- 1932, n. 46). Remitamos también a la enseñanza de quien fue el más íntimo colaborador del Beato Josemaría, Mons. Alvaro del Portillo, tal y como puede encontrarse, entre otros textos, en Dottrina sociale e nuova evangelizzazione. Lettura della „Centesimus annus“ , en „ Studi cattolici “ 367 (1991) 580-586 (recogido en Rendere amabile la veritá. Raccolta di scritti di Mons. Álvaro del Portillo , Libreria Editrice Vaticana 1995, pp. 385-397).

77 Carta 9-I-1932, n. 58.

78 Ibíd., n. 4