Testigos de lo eterno

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El  28 de marzo de 1975 se cumplían los cincuenta años de la ordenación sacerdotal de Monseñor Escrivá de Balaguer. El tiempo y el esfuerzo por extender el fuego de Dios en la tierra habían marcado su cuerpo. Pero el alma seguía joven. Con aquella apasionada adolescencia de Amor que le llevó camino del Seminario de Zaragoza.

Dos meses antes de sus bodas de oro sacerdotales, escribe:

«Conmemoremos, por tanto, hijas e hijos queridísimos, este aniversario sacerdotal, renovando el propósito de aprovechar cada jornada agradecidamente al pie de la Cruz -del Altar- la Vida que Jesucristo nos da: que sea siempre la Santa Misa el centro y la raíz de nuestra existencia»(1).

Y el 27 de marzo de 1975, jueves Santo, dirige una meditación a un grupo de miembros del Opus Dei y deja que hable su corazón:

«Una mirada atrás... Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo 'alegrías, todo alegrías... Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del artista que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el “ alter Christus ” que hemos de ser»(2).

Sus palabras expresan, en este día, una maravillosa realidad: el Fundador ha vivido sus años de sacerdocio absorto, centrado en el Sacrificio del Altar, la Santa Misa.

Durante muchos años ha repetido que todos en el Opus Dei, sin distinción, tienen alma sacerdotal. Han sido llamados desde el anónimo de la historia colectiva para ser testigos de la eternidad. Capaces de entregar su vida en testimonio de la presencia de Dios entre los hombres. Pero el «muro sacramental» sólo es franqueado por el sacerdocio ministerial.

En su homilía «Sacerdote para la eternidad», el Padre se refiere una vez más a un grupo de hombres que serán ordenados sacerdotes y habla de esta dedicación en cuerpo y alma a la oración, a la Palabra y a la administración de Sacramentos: «Estos hombres que, libremente, porque les da la gana -y es ésta una razón muy sobrenatural- abrazan el sacerdocio, saben que no hacen ninguna renuncia, en el sentido en el que ordinariamente se emplea esta palabra. Ya se dedicaban -por su vocación al Opus Dei- al servicio de la Iglesia y de todas las almas, con una vocación plena, divina, que les llevaba a santificar el trabajo ordinario, a santificarse en ese trabajo y a procurar, con ocasión de esa tarea profesional, la santificación de los demás (...).

La santidad no depende del estado -soltero, casado, viudo, sacerdote-, sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede, para aprender a alejar de nosotros las obras de las tinieblas y para revestirnos de las armas de la luz: de la serenidad, de la paz, del servicio sacrificado y alegre a la humanidad entera (...).

En los ordenados, este sacerdocio ministerial se suma al sacerdocio común de todos los fieles. Por tanto, aunque sería un error defender que un sacerdote es más fiel cristiano que cualquier otro fiel, puede, en cambio, afirmarse que es más sacerdote: pertenece, como todos los cristianos, a ese pueblo sacerdotal redimido por Cristo y está, además, marcado con el carácter del sacerdocio ministerial, que se diferencia “esencialmente, y no sólo en grado”, del sacerdocio común de los fieles»(3).

El Opus Dei, para continuar su camino necesita de la presencia de sacerdotes con el mismo espíritu que los laicos de la Obra.

Hombres que, con la misma dedicación y entrega, puedan constituirse en dispensadores de la gracia sacramental, con mentalidad laical y santificando su trabajo profesional.

Abundando en esta idea del Fundador, ha escrito Monseñor Alvaro del Portillo:

«El sacerdote, además de ser un cristiano -un hombre incorporado (a Cristo) por el bautismo-, por la consagración recibida en el sacramento del orden se hace representante -la expresión más adecuada en este caso sería, con los debidos matices, alter ego- de Jesucristo Cabeza de la Iglesia, para cumplir en su nombre y en su misma potestad la función de enseñar, santificar y dirigir pastoralmente a los demás miembros de su Cuerpo, hasta el fin de los tiempos»(4).

Si todo el Pueblo de Dios es un pueblo sacerdotal, puesto que tiene la misión de consagrar el mundo a Jesucristo, los ordenados sufren «una configuración, una transformación sacramental y misteriosa de la persona del hombre-sacerdote en la persona del mismo Cristo, único Mediador»(5).

La luz y la convicción de esta realidad divina sembró en Monseñor Escrivá de Balaguer un intenso amor al sacerdocio, y deseó trasvasarlo plenamente a todos sus hijos. El itinerario de su vida está marcado por una dedicación sin límites a los sacerdotes. He aquí lo que escribe, de este amor entrañable y activo, el actual Prelado del Opus Dei:

«Hablar de Dios, acercar los hombres al Señor: así lo he visto desde que lo conocí, en 1934. Catequesis, días y cursos de retiro espiritual, dirección de almas, cartas breves e incisivas, que llevaban en los trazos -rápidos y definidos- la paz a muchas conciencias. En los primeros meses de 1936 llegó a enfermar; los médicos diagnosticaron sólo cansancio. Predicaba, a veces, hasta diez horas diarias. El clero de casi todas las diócesis españolas recibió su predicación; lo llamaban los Obispos y él recorría el país, a sus propias expensas -en aquellos trenes de entonces-, sin más pago que la amorosa obligación de hablar de Dios»(6).

Y algunos de los que fueron testigos directos de esta dedicación como el Reverendo don Carlos Vicuña, Provincial de los Agustinos de España, en una carta a don Álvaro del Portillo, escrita en octubre de 1944:

«Voy a darle una breve impresión de los ejercicios espirituales dados por don Josemaría Escrivá de Balaguer a los religiosos agustinos del R. Monasterio de El Escorial en este mes de octubre. Todos coinciden en que superó todas las esperanzas y satisfizo plenamente los deseos de los Superiores (...). Todos sin excepción (Padres, teólogos, filósofos, hermanos y aspirantes) estaban pendientes de sus labios sin respirar, como suele decirse (...), cautivados por aquel torrente de fervor, entusiasmo, sinceridad y efusión de corazón».

Desde el 2 de octubre de 1928, el Padre vio la Obra como una totalidad en la que estaban también incluidos los sacerdotes. Y por eso empezó a rodearse de algunos clérigos amigos que practicaban una honda vida de piedad. Se unieron al Padre y le ayudaron en su labor apostólica; aunque no todos lograron entender lo que don Josemaría Escrivá de Balaguer llevaba en el alma.

Por ello, el Padre se da cuenta muy pronto de que los sacerdotes idóneos para atender la Obra deben proceder de sus propios hijos, para que el espíritu del Opus Dei permanezca intacto.

Pero insiste en que recibir el Sacramento del Orden es un hecho accidental para la vocación a la Obra. Todos han entregado su vida al servicio de Dios. Y Dios elegirá, libremente, aquellos que han de servir con el sacerdocio ministerial a sus hermanos y a todas las almas. El Opus Dei acoge dedicaciones tan multivarias como la extensa vocación con que los hombres pueden sentirse llamados en medio del mundo:

«El constituyó a los unos apóstoles, a los otros profetas, a éstos evangelistas, a aquéllos pastores y doctores, para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo»(7).

Tan arraigada está en el Fundador la certeza de que los sacerdotes del Opus Dei han de proceder de los miembros de la Obra que, ya en 1936, cuando solamente existe en Madrid la Residencia de estudiantes de la calle Ferraz, tiene lugar un hecho muy significativo. Son los primeros días de mayo. Pedro Casciaro, que lleva seis meses de vocación en la Obra, sale del oratorio donde ha estado haciendo un rato de oración. Es una mañana en la que no ha tenido clase en la Universidad. La casa ha quedado desierta porque los demás han acudido a su trabajo. En un banco, fuera del oratorio, está el Padre rezando el Breviario. Pasa despacio para no distraerle, pero el Fundador, sin apartar los ojos del libro, le hace un gesto de que espere. Coloca una señal en la página que acaba de terminar y, mirándole afectuosamente, pregunta:

-«¿Estarías dispuesto a ser sacerdote, si recibieras la llamada?»

Casi sin reflexionar, Pedro responde:

-«Pienso que sí, Padre».

Pero, al tomar conciencia del contenido de la pregunta que acaba de escuchar, vuelve instintivamente ante el sagrario. Poco después el Padre se reúne con él y, de rodillas a su lado, señala la alfombra roja que cubre la tarima del altar. En voz baja le dice:

-«El sacerdote tiene que ser como esa alfombra; sobre ella se consagra el Cuerpo del Señor; está en el altar, sí, pero está para servir; más aún, está para que los demás pisen blando, y ya ves, no se queja, no protesta... ¿Comprendes cuál es el servicio del sacerdote?: ya verás que más adelante, en tu vida, reflexionarás sobre esto»(8).

Sin embargo el acceso de algunos miembros de la Obra al sacerdocio es un fenómeno teológico y pastoral que requiere fórmulas jurídicas adecuadas. Y esto, será un capítulo más que habrá de contar con la oración, el sufrimiento del Padre y, sobre todo, con la Providencia de Dios.