“Llevo toda la vida yendo a reuniones de poetas, y nunca me había reído tanto”. Esto decía la mujer de uno de los antiguos colegiales de Moncloa que recitó algunos de sus poemas en la XIV Conferencia de las Artes San Josemaría Escrivá de Balaguer.
El acto se celebró el pasado lunes 17 de febrero en una sala de estar abarrotada de colegiales, actuales y antiguos, familiares y amigos suyos, y algunos aficionados a la poesía.
El Director del Mayor dio la bienvenida recordando el origen de estas jornadas, que llevan ya celebrándose casi quince años en este colegio mayor madrileño: unas palabras de san Josemaría en su famosa homilía 'Amar al mundo apasionadamente': “Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. (...) Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día”.
'Algo escondido. Poetas en Moncloa' era el título del recital y también del volumen editado para la ocasión. La publicación, que se entregó a cada uno de los presentes para que todos pudieran seguir la lectura, recoge una selección de poemas de cada uno de los invitados, así como una breve biografía (donde se subraya el paso por Moncloa) y una “invitación a la poesía”.
Los poetas convocados eran Manuel Ballesteros, Jaime García-Máiquez, Rodrigo Sancho, don José Luis de la Cuesta y José Manuel López Cascales. Todos son antiguos residentes, y todos han recibido premios literarios. Más recientemente Rodrigo Sancho ha ganado el Brines (2024) y José Manuel ha sido finalista del Adonais (2024).

Les presentaba y moderaba Álvaro Petit, que también representó al decano de los poetas de Moncloa, el ya fallecido Carlos Bousoño (Premio Príncipe de Asturias de las Letras, 1995). Como explicó Petit, no se trata de una “generación poética” sino más bien de un hilo invisible “intergeneracional”, que tiene por elemento común la inspiración en el mensaje de san Josemaría encarnado en la vivencia de los años de Colegio Mayor.
Manuel Ballesteros reivindicó la poesía estrictamente religiosa, y recitó su conocida “Acción de gracias para después de la Primera Comunión”. Pero, más allá del tema estricto de los versos, en todos latía un aliento espiritual y a veces reflexivo, que servía de fondo a las chispas de humor que aportaban las irreverencias de don José Luis y las anécdotas de los heterónimos de Jaime García-Máiquez.
Anoche celebramos la XIV Conferencia de las Artes San Josemaría Escrivá de Balaguer.
— CM Moncloa (@CmMoncloa) February 18, 2025
"Algo escondido. Poetas en Moncloa" ha sido una edición muy especial en la que hemos contado con la presencia de varios poetas antiguos colegiales.#poesía
🧵(1/4) pic.twitter.com/ElsjLuKxCD
No todos empezaron a escribir en Moncloa. José Manuel contaba con emoción que no escribió nada durante su estancia. Pero, decía: “aunque Moncloa no me dio la técnica, sí me aportó la raíz”. Un caso parecido es el de don José Luis (hoy sacerdote) que descubrió la poesía en la biblioteca del Colegio Mayor y en los encuentros con otros colegiales.
Como “agujas” de ese hilo común destacaron las repetidas referencias a nombres como Ignacio Vicens o Ignacio Sols, como mentores del encuentro con la lectura y la escritura en el Mayor. “Para mí -contaba Rodrigo Sancho- fue una experiencia transformadora escuchar a Ignacio Sols, cuando -como en un ritual- venía cada año a recitar a T.S. Eliot a un grupo de entusiastas. Aunque nunca acababa la lectura: se detenía en cada verso con pasión, traduciendo e interpretando”.

Hace ochenta años, en 1945, en ese mismo lugar, Carlos Bousoño presentó su primer libro de poemas (Subida al Amor). Entonces le regaló un ejemplar al fundador del Opus Dei, a quien había conocido al llegar a la entonces Residencia de La Moncloa. En la dedicatoria le escribía: “Al Padre, con mucho cariño, este libro escrito bajo la emoción que su palabra me produjo”.
Al recordar este detalle, el director expresó la aspiración de que el mensaje de san Josemaría a hacer poesía de la prosa de cada día fuera una realidad para todos, aunque no tuvieran aptitudes artísticas. Y que la poesía nos sirviera como un “salvavidas frente al vacío”, en expresión de George Steiner. Más aún: para descubrir los brillos de “ese algo divino que en los detalles se encierra” (“Amar al mundo apasionadamente”).