Tres microhistorias sobre la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

Gerona, Hinojosa de Jarque (Teruel) y Santa María de Luneda (Pontevedra) son el punto de partida de tres testimonios desconocidos de entrega a los demás. El historiador Santiago Martínez nos acerca una narración sobre tres miembros de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, fundada por san Josemaría en 1943, y de la que hoy forman parte más de 4.000 clérigos de todo el mundo.

San Josemaría fundó la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, compuesta por clérigos e indisolublemente unida al Opus Dei, en 1943. Hasta ese momento, el Opus Dei solo lo formaban mujeres y hombres laicos. Gente corriente, vaya. Para ayudarles mejor, hacían falta sacerdotes del Opus Dei que conociesen y viviesen ese mensaje, que surgiesen de las propias filas de la Obra. Por eso, los primeros integrantes de esta sociedad fueron miembros numerarios. Es decir, hombres célibes del Opus Dei, que se ordenaban sacerdotes y a quienes el fundador daba sus encargos pastorales.

Para ayudar también al clero diocesano, en 1950 san Josemaría pidió a la Santa Sede que pudiesen formar parte de la sociedad sacerdotal sacerdotes incardinados en las diócesis, y la respuesta fue positiva.

Estos sacerdotes –de quienes vamos a hablar en este episodio– seguían incardinados en su diócesis, y su obispo les daba encargos, les cambiaba de parroquia, etc. La Obra les daba (y les da) aliento espiritual para intentar ser buenos curas, curas santos. Esa ayuda era la misma que recibían los miembros seglares de la Obra para tratar de vivir el mensaje de santificar las cosas cotidianas: círculos, retiros, convivencias, dirección espiritual, etc.

Actualmente, esta sociedad la forman unos 4.000 sacerdotes de todo el mundo. La mitad pertenecían ya al Opus Dei como numerarios antes de ordenarse sacerdotes. Y otros dos mil -más o menos- pertenecen a diócesis de muchos países, como Filipinas, Estados Unidos, Nigeria, Letonia, Chile o Líbano.


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Investigo sobre la historia de esta sociedad, mediante archivos y entrevistas a algunos de estos sacerdotes, los pocos aún vivos que solicitaron su admisión en los años cincuenta del siglo XX, y otros que pidieron su admisión en esta sociedad sacerdotal, o sea en el Opus Dei, en los años sesenta y siguientes. Es una historia fascinante, sobre la que quiero contar tres microhistorias.

Un cura en los pueblos del Pirineo

Jaume Font Espigolé nació en Gerona y fue ordenado sacerdote en esa ciudad con 23 años. Fue también de los primeros de esa diócesis que solicitó la admisión en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en marzo de 1954. Sirvió en distintos pueblos de esa diócesis, como Torroella de Montgrí (Baix Empordà) o Beget, en el valle de Camprodón, en los Pirineos. Entonces, ese pueblo no tenía carreteras de acceso. No llegaba ningún vehículo con ruedas, ni carros, ni bicicletas, sólo a pie. Todo el transporte se hacía con mulos de carga y –explicaba D. Jaume– era más caro que el de Madrid a Barcelona. La electricidad y el teléfono sí habían llegado al pueblo y también funcionaba, y muy bien, el servicio de correos.

No es que las cosas le iban de cine al buen mossèn. Por eso le he elegido. Cada domingo celebraba tres misas y predicaba y confesaba en su aldea de los Pirineos, pero –según contaba– sin que la mayoría de domingos pasara nadie por su confesonario. Atendía otras iglesias en poblaciones cercanas, como Rocabruna, y tras andar los domingos un par de horas para llegar, se encontraba muchas veces en misa 7 niños, 5 mujeres y 2 o 3 hombres; de un total de 150 habitantes que tenía el pueblo.

Ante eso, don Jaume se preguntaba en una carta: “La tentación mayor que tenemos es la poca eficacia del trabajo. ¿Soy útil yo aquí? Esta es la pregunta que yo me hago muchas veces. No tengo mucho trabajo. Predico y todos siguen igual. Me acerco a los fieles y muchos se apartan. Me canso y ellos van a la suya. No trabajo más, porque no tengo más trabajo”.

España era un país confesionalmente católico. Pero la práctica religiosa en muchos lugares de la península era escasa. En cualquier caso, lo que animaba a don Jaume Font i Espigolé, en medio del frío y del aislamiento, era sentirse miembro de una familia espiritual, la del Opus Dei, que había abierto sus puertas, en 1950, a los sacerdotes incardinados en diócesis. Así, en su carta de petición de admisión, del 1 de marzo de 1954, decía: “desde aquel día vivo otra vida, en verdad he vuelto a nacer a otra vida. Soy más optimista, hombre de más oración, de más sacrificio y más pobre. Estoy contento, hoy como nunca, prescindiendo del día de mi ordenación. Me entrego a la Obra sin titubeos ni regateos”. Para mossèn Jaume (y para muchísimos otros sacerdotes), sentirse comprendido, ayudado y acompañado por otros sacerdotes de la Obra fue una buena ayuda, creo yo.

Desde la Rusia chiquita

La segunda microhistoria es la de don José Domínguez. Es -porque todavía vive y goza de buena salud- un pontevedrés nacido en 1932, en la parroquia de Santa María de Luneda, que mira a Portugal. Su madre le apoyó para ir al seminario y dejar la aldea, en la que cuidaba animales y se ganaba unos dineros (100 pesetas al mes, unos 70 céntimos de euro de hoy) trabajando en los montes en la repoblación forestal. Eso sí, tuvo que buscarse una beca porque su madre no tenía cómo pagarle los estudios.

Su padre militaba en el partido comunista y había emigrado a la Argentina antes de la guerra civil. Después de la guerra se llevó a la madre de don José y a sus dos hermanos también a la Argentina. Intentó que su hijo seminarista fuera a Argentina, para que no se hiciera cura. Pero don José se negó, se ordenó sacerdote en 1960 y solicitó la admisión en la sociedad sacerdotal de la Santa Cruz.

Sus orígenes humildes y la preocupación por la gente sencilla han marcado la vida de este sacerdote. Siendo seminarista, pasaba los meses de verano en Bilbao y Zaragoza, trabajando en los talleres Mercier y en la Naval Española, codeándose con los obreros. Después, su obispo le destinó a la parroquia de Lavadores, un barrio de Vigo conocido coloquialmente como la Rusia chiquita por los muchos comunistas que lo habitaban. Él mismo –me dijo– piensa que habría sido también un revolucionario en esos años sesenta y setenta del siglo XX, de gran agitación política en España, de no haber sido por el Opus Dei.

Además, su actividad parroquial al servicio de la diócesis le llevó también a ser capellán muchos años de un colegio en Vigo. Me explicaba que nunca estuvo en la encrucijada de elegir entre rezar o actuar. Preocuparse de las cosas del culto o ayudar a los más necesitados. De hecho, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz le ayudó a poner en práctica mucho de lo aprendido en el seminario, sobre el carácter incluyente del amor a Dios y a los demás, en particular a los más pobres.

De Teruel hasta el Perú

La tercera historia es la de don José de Pedro. Era uno de los hijos del cartero de Hinojosa de Jarque, en Teruel. Su madre murió cuando él tenía 9 años.

En 1957, cuando tenía 26 años y llevaba dos como sacerdote, marchó a Perú a echar una mano en la prelatura territorial de Yauyos, que la Santa Sede había encomendado al Opus Dei. Don José escribió cada quince días a su familia contando sus andanzas en Matucana, en la provincia peruana de Huarochirí. Ellos conservaron el centenar largo de cartas que les escribió a lo largo de los seis años que permaneció en el Perú.

Allí, literalmente, hizo de todo… de todo lo bueno que se puede esperar de un cura, claro. No fue un gran catequista, o un estupendo liturgista, o un sabio escritor. Sus cartas dibujan un hombre más completo que eso.

Regaló sacramentos a muchísimas personas: bautizos, comuniones, unciones y visitas a enfermos, bodas… Daba catequesis, y clases en un colegio a niños y niñas. Hizo obras de mejora en algunos templos y en la casa rectoral, y renovó los ornamentos y objetos de culto. Repartía paquetes de comida y ropa a los damnificados por algunos huaicos (desprendimientos de tierras, que desplazan piedras y agua y sepultan cuanto encuentran a su paso). También puso en marcha una cooperativa de crédito para dar préstamos a bajo interés a los lugareños que lo habían perdido todo en esos desastres naturales.

El primer año de su estancia allí resumió así parte de su labor: “hasta hoy -18 de septiembre de 1958- he bautizado a 170 chicos; he confesado a 1.300 personas, he repartido 1.007 comuniones; he hecho 30 matrimonios, 300 sermones, 160 horas en coche, 70 horas a caballo y 13 a pie. Todos los días anoto estas cosas: quiero saber, cuando regrese, el conjunto”.

La verdad es que medir el bien que un sacerdote puede hacer es tarea imposible en este mundo. Imagino que él hizo cuanto pudo y que no le faltó la ayuda de su obispo, Ignacio de Orbegozo, y de los demás sacerdotes de Yauyos. Y lo mismo cuando volvió a Teruel, su diócesis de origen, donde sirvió hasta su muerte en mayo de 2020, en doce parroquias, entre otras muchas otras cosas que no tengo tiempo de contar ni ustedes de oír.

Ayudar en el servicio a la Iglesia

¿Qué ha aportado la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz a estos curas? Les ha ayudado a tener vida espiritual. Como me decía uno de ellos, “el don de Dios de que los curas normales y corrientes tengamos hambre de santidad”, un hambre de Dios que siempre incluye la preocupación por los demás, por los demás sacerdotes en primer lugar y por todos los fieles. En definitiva, les ha ayudado a ser fieles a su vocación sacerdotal.

Pienso que les estimula a ser leales a sus obispos y al papa, cumpliendo las tareas que les confían y haciendo caso a las orientaciones sacramentales, pastorales y magisteriales de la Iglesia. También los anima a buscar chicos jóvenes de sus parroquias que vayan a los seminarios.

Y, por último, al recordarles que deben santificarse con su trabajo profesional, que es el ministerio como sacerdote, tratan de cuidar los templos como una patena y, sobre todo, servir a las comunidades parroquiales, llevando consuelo espiritual con los sacramentos y acompañamiento, aliviando si pueden sus necesidades materiales, como la Iglesia siempre ha hecho.

En definitiva, la sociedad sacerdotal les impulsa a tener un corazón muy grande para acoger a todos y servir a cada cual en lo que necesite.

Desde luego, es un ideal muy alto. Para un historiador es difícil concluir si cada presbítero de esta sociedad sacerdotal está a la altura de esa ambiciosa aspiración. Pero sí me atrevería a afirmar que, en sus primeras décadas de vida, muchos curas de esta sociedad sacerdotal se creyeron ese ideal. Y que en las últimas décadas del siglo XX y primeras del XXI, agitadas y difíciles para la historia de la iglesia y para las sociedades donde hay cristianos, han ofrecido a sus conciudadanos el rostro amable de Jesús de Nazaret.