La última carta

“Huellas en la nieve”, biografía del Fundador del Opus Dei de Peter Berglar

Fueron las campanas del 2 de octubre de 1928 las que alentaron a don Josemaría a ponerse en marcha hacia el futuro, hacia una nueva época de gracia para la Iglesia. Y al son de las campanas terminó su viaje. Esta frase puede entenderse en sentido literal y metafórico. Fue al filo de las doce del mediodía, la hora en que las campanas tocan el Ángelus, cuando el 26 de junio de 1975 terminó el camino en la tierra del Fundador del Opus Dei. Su corazón dejó de latir. Fueron inútiles todos los intentos de reanimación. Quería que sus tres últimas cartas, escritas a los miembros de la Obra entre marzo de 1973 y febrero de 1974, fueran como «tres campanadas», y que sus tañidos despertaran y convocaran, invitaran y animaran a los hombres: «Las gentes, al oír el repique ya familiar -dice Mons. Escrivá de Balaguer en la última de estas cartas, que lleva fecha del 14 de febrero de 1974-, aceleraban definitivamente el paso (al oír la tercera campanada), corrían hacia la casa del Señor. Esta carta es como una tercera invitación, en menos de un año, para urgir vuestras almas con las exigencias de la vocación nuestra, en medio de la dura prueba que soporta la Iglesia. Quisiera que esta campanada metiera en vuestros corazones, para siempre, la misma alegría e igual vigilia de espíritu que dejaron en mi alma -ha transcurrido ya casi medio siglo- aquellas campanas de Nuestra Señora de los Ángeles. Una campana, pues, de gozos divinos, un silbido de buen pastor, que a nadie puede molestar. Sin embargo, hijos míos, habrá de moveros a contrición y, si es necesario, suscitará un deseo de profunda reforma interior: una nueva ascensión del alma, más oración, más mortificación, más espíritu de penitencia, más empeño -si cabeen ser buenos hijos de la Iglesia».

Durante cuarenta y seis años, Josemaría Escrivá de Balaguer había hecho que en toda la Iglesia -más, entre los hombres todos- se oyeran aquellas campanas de la fiesta de los Ángeles Custodios: Vivos voco!, a los vivos llamo... Y la llamada no había quedado sin respuesta. Muchos bautizados habían despertado del sueño, habían dejado de lado su cansancio y habían descubierto la plenitud de la vocación cristiana. Toda la iglesia, en el Concilio Vaticano II, se había apropiado de ese descubrimiento, convirtiéndolo en el núcleo de uno de esos rejuvenecimientos que Cristo va regalando continuamente a su Iglesia. De este tema se habla en las Constituciones y decretos del Concilio, como la «Lumen gentium», la «Gaudium et Spes» o la «Apostolicam actuositatem» (85), documentos que confirman como camino de la Iglesia, de cara al futuro, aquel sendero que Mons. Escrivá había señalado unos decenios antes y que, desde entonces, había enseñado a vivir a decenas de miles de cristianos.

El núcleo de esta renovación ha sido y será siempre el mismo: la santidad de todos los miembros de la Iglesia. No se trata de la «emancipación» de los laicos, sino de su santidad, que nace de su libertad, y la asume. Para que los laicos, para bien de toda la humanidad, puedan realizar dignamente su nueva (¡y vieja!) tarea de ser «portadores de Cristo», tienen que ser sobre todo piadosos, deben rezar, no parlotear incansablemente; intentar llevar una vida humilde, obediente y limpia, lo que supone recibir el Sacramento de la Penitencia; obedecer al Papa y a los Obispos en lo que se refiere a la doctrina de fe y a las costumbres; apartarse del libertinaje sexual... Lo que el redescubrimiento del sacerdocio común de todos los bautizados no quiere decir en absoluto es que los laicos traten de conquistar las sacristías y apoderarse de funciones sacerdotales, ni que los sacerdotes pongan a disposición esas funciones, casi como «premios de consolación», y se afanen por «aseglararse», por asemejarse a los laicos. Es imposible querer dar al matrimonio y a la familia cristiana una nueva dignidad y una nueva belleza y, a la par, poner en ridículo y desmantelar el celibato y la virginidad. Nada tiene una relación tan íntima entre sí como el Sacramento del Matrimonio y el Sacramento del Orden. Y como el Enemigo -así solía llamarlo Monseñor Escrivá- nunca duerme ni se toma vacaciones y reúne la mayor cosecha precisamente en las épocas en las que se niega su existencia (en la teoría o en la práctica), ya durante el Concilio, y aún más en los años posteriores, nacieron perversiones amparándose en las buenas intenciones conciliares. El cornezuelo del centeno y la adormidera crecieron con profusión entre el trigo. Por eso, con más de setenta años, un año antes de su muerte, el «campanero» Josemaría Escrivá de Balaguer tuvo que volver a tocar a rebato la campana: el peligro era inminente, el enemigo estaba ante los muros, e incluso dentro de la Ciudad de Dios; ahora bien: fulgura frango; los rayos serán desviados con esta campana...

El Fundador del Opus Dei sufría porque se estaba tratando de oscurecer este nuevo amanecer del catolicismo; un amanecer en el que él había creído siempre y por el que, durante tantos años, había trabajado con todas sus fuerzas, con la entrega de toda su vida. Sufría, sí, pero sin perder ni la esperanza ni la alegría. No conocía la «resignación», una palabra propia de los débiles en la fe, de los que pierden la confianza en Dios. La carta del 14 de febrero de 1974 no tocaba a muerto, sino que era una campana alegre, que animaba a luchar con confianza; una campana que se unía a aquellas otras que habían sonado casi medio siglo antes: las campanas de Nuestra Señora de los Ángeles. «Dios nos necesita con una descarada carga apostólica, para que hablemos de Él a las gentes»: pero para que hablemos no con el índice alzado de un predicador, sino como personas corrientes. Eso «nos lleva a engarzar el apostolado en las incidencias de la labor profesional, en la tarea ordinaria de cada jornada, sin tapujos ni falsas discreciones -hace años que enterré esa palabra, discreción, para que no hubiera lugar a equívocos-»; así se puede dar a conocer la vida y la doctrina de Jesucristo de la forma más natural, en medio de la calle.

Pero la «vida y la doctrina» no como la piensan, en sus elucubraciones académicas, ciertos teólogos «progresistas» que quieren hacerlas «modernas» y «agradables» y «más fáciles de aceptar», sino tal y como la Cátedra de Pedro y de sus sucesores, la Iglesia dirigida por el Espíritu Santo, las han predicado desde el primer Pentecostés hasta nuestros días: con continuidad y constancia, y con una creciente profundización en su comprensión. «El cristiano -así termina la última gran carta doctrinal de Monseñor Escrivá de Balaguer- debe superar cualquier temor a que su fe contraste con las ideologías o valores que, en un determinado momento, traten de imponerse... Hijas e hijos míos, son años estos para vivir más piadosamente que nunca, con más sinceridad que nunca, con más obediencia que nunca, más apostólicos que nunca. Dios nos ha bendecido mucho: agradecédselo muy de veras. Sintamos, junto con nuestra personal indignidad, una confianza inmensa en la misericordia de su Sacratísimo Corazón, urgido por el dulcísimo Corazón de Nuestra Madre Santa María. Con esta confiada piedad nunca dejaremos de comportarnos con completa adhesión al Señor, a su Iglesia y al Romano Pontífice, y gozaremos de la alegría de los hijos recios de esta Iglesia Santa.»Josemaría Escrivá de Balaguer multiplicó por mil el sonido de las campanas del 2 de octubre de 1928; su tañido se extendió por toda la tierra, y hoy en día pueden escucharlo todos los cristianos. Esas campanas ya no dejarán de sonar y quienes las escuchen percibirán su llamada.