La muerte de su padre

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Mientras tanto, allá en Logroño, en el pequeño piso de Sagasta, la familia Escrivá sigue moviéndose al ritmo de la tranquila vida local. Carmen ha terminado sus estudios de Magisterio, y Santiago va creciendo entre el cariño y la protección que todos brindan al pequeño. De acuerdo con el deseo que un día elevara a Dios Josemaría, el último hijo se ha convertido en la alegría que llena el hueco inevitable del mayor.

El día 27 de noviembre de 1924, en «La Gran Ciudad de Londres», Garrigosa y el resto de los empleados están perplejos. Pasan veinte minutos de la hora de entrada mañanera y don José no ha aparecido. En los años que lleva en el comercio es la primera vez que ocurre. Resulta tan anormal la circunstancia que todos coinciden en que algo importante ha debido sucederle. Y envían a preguntar.

En efecto: hace apenas una hora, don José se ha levantado con el ánimo de llegar puntual; desayuna, reza una breve oración junto a una imagen de la Milagrosa y juega un rato con el pequeño Santiago, que ya está despierto. De pronto, se siente mal. Intenta llegar hasta su habitación, pero se apoya en el quicio de la puerta y cae al suelo. Doña Dolores acude a recogerle, y lo único que puede hacer, ayudada por Carmen, es tenderle en la cama y avisar urgentemente a un médico.

Cuando llegan los empleados de Garrigosa le encuentran en estado agónico, en el que se mantendrá unas horas todavía. Agotado por el esfuerzo y los avatares de su vida, su corazón dejará de latir irremediablemente. Tiene sólo cincuenta y siete años. Manuel Ceniceros pone un telegrama urgente a Zaragoza.

Aunque las líneas no hablan de muerte, dejan traslucir la gravedad de la situación. Josemaría llegará en el exprés Barcelona-Bilbao cuando ya se hace de noche. Manuel, que le espera en el andén, no le comunica aún la verdad. Caminan con rapidez, cruzando el paseo del Espolón. Pero, al acercarse a Portales, no tiene más remedio que anunciarle esta muerte que ha llegado como un rayo.

Esa noche, un grupo de amigos velará el cadáver y rezará el Rosario dirigido por Josemaría. Doña Dolores se acoge a la presencia de su hijo mayor, que tiene ahora veintidós años. Allí, en un descanso apacible, está la figura de don José Escrivá. Dios no ha querido que conozca en la tierra la especial llamada de su hijo, ni que asista a su ordenación sacerdotal. Sin embargo, nadie hasta entonces ha ayudado tanto en la vida de Josemaría a la realización de los planes divinos como sus padres. Don José ha hecho su entorno profundamente cristiano, con una fe viva y auténtica; ha respetado su libertad enseñándole a administrarla bien; inculcó en su hijo un gran amor a la verdad, a la sencillez, a la naturalidad; le dio ejemplo de laboriosidad gastándose incansablemente, día tras día, sin regatear ningún esfuerzo. Fue una lección de alegría y de cariño hacia quienes trabajaron con él y para él. Jamás las contradicciones le hicieron impaciente o le quitaron el humor. Murió agotado, pero sereno, paciente y con valor. Josemaría recordará el señorío con que su padre encajó el zarpazo de la pérdida económica, la incomprensión y el desafecto por parte de personas que le debían tanto. Nunca olvidará la manera digna y valiente de afrontar sus deberes y dificultades. Y el amor con que aceptó la decisión al sacerdocio de su hijo, cuando sus planes, seguramente, se habían proyectado muy lejos de esta entrega.

Al día siguiente Josemaría regresa del cementerio, cruzando el Puente de Hierro camino de la calle de Sagasta. Se queda un momento parado con los ojos fijos en el agua que pasa sin descanso. Tiene en sus manos la llave que guarda, en el féretro, los restos que acaban de enterrarse. Quisiera abrazarlos una vez más y no apartarse de ellos. Con un gesto de desprendimiento, pone en manos de Dios hasta sus más hondos sentimientos, y deja caer en el río esta llave que custodia el recuerdo de su padre.

Es tan grave la carencia de medios económicos, que un sacerdote le prestará la suma necesaria para hacer frente a los gastos del entierro; se preocupará de devolver el dinero lo antes posible y no olvidará jamás esta generosidad. Hasta el último día de su vida pondrá el nombre de este amigo entre las intenciones de su Misa, donde reza por los vivos y los muertos. Por aquellos que lleva en el recuerdo imborrable de su corazón.

En medio de la soledad que la muerte le ha dejado, doña Dolores sabe que Josemaría debe abandonarles de nuevo para volver a sus estudios. La vida de la casa ha de proseguir normalmente hasta que puedan reunirse con él en Zaragoza; nada les retiene ya en Logroño. La incansable decisión de esta mujer se impone desde el primer día.

No ha transcurrido todavía un mes cuando Josemaría recibe el diaconado de manos de don Miguel de los Santos Díaz Gómara, también en la iglesia del Seminario de San Carlos (14). Aquí, junto a la bella policromía de sus altares, tendrá el nuevo diácono la alegría de dar, por primera vez, la Sagrada Comunión a su madre, con una emoción que le hace temblar las manos. Será un acontecimiento sencillo, casi íntimo, en el que están presentes, no obstante, tantos recuerdos del pasado y tantas promesas abiertas al futuro.

Desde enero de 1925, la familia Escrivá vive en Zaragoza. Los pisos que Josemaría alquila, primero en la calle Urrea y después en la de Rufas, son de modesta condición. Se trata de dos estrechas bocacalles que van a dar al Coso, escalonadas por balcones de hierro en desnivel, cubiertos de geranios. Ropa tendida de uno al otro extremo y pequeños establecimientos comerciales completan el perfil de estos rincones inmersos en el centro de la ciudad aragonesa. Un poco más adelante ocuparán una casa, mejor acondicionada, en la calle San Miguel.

El joven diácono ha tomado sobre sí la responsabilidad de la familia. De ahora en adelante el camino de doña Dolores, Carmen y Santiago, irá unido a una exigente transhumancia que Dios ha querido para Josemaría.