«La alegría no nace sola»

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Margarita es una madre de familia que vive en San Fernando (España). Conoció el Opus Dei en 1952 a través de su novio, que hoy es su marido y trabaja en una fábrica.

–¿Le resulta fácil eso de santificar el trabajo?

–A mí me parece que buscar la santidad no es una tarea fácil. Es verdad que en el Opus Dei te ayudan continuamente en el terreno espiritual, y por eso no te encuentras sola, sin fuerzas... Ahora mismo tengo problemas con los hijos, con distintas enfermedades, y además problemas económicos. Lo importante es que he aprendido a darme cuenta de que Dios me busca ahí, en esas circunstancias concretas. Y me proporciona una enorme serenidad y alegría saber que Dios me busca en ese momento y que no estoy nunca sola... A veces no comprendo cómo puedo resistir tanto, pero esto no nos debía extrañar, porque es Dios quien nos da las fuerzas. Y así sale todo adelante, la casa, los niños, el matrimonio.

–Me tengo que quebrar bastante la cabeza para salir adelante... La verdad es que vivimos con bastantes dificultades. A fin de mes tengo que hacer auténticos milagritos... y me las veo y me las deseo para estar a la altura de la situación. Tengo cuatro hijos y un sobrino que vive siempre con nosotros. A veces, cuando veo los equilibrios que hay que hacer con el dinero, me entran ganas de buscarme un trabajo, lo que sea... Pero mi marido me dice: «Vamos a ver: piensa lo que tú ganas si te quedas en casa; mira todo lo que ahorramos... ». Y tiene razón. Poco a poco vamos prescindiendo hasta de lo imprescindible. Incluso del peluquero, porque ahora les corto yo el pelo a todos... Parece una tontería, pero a la larga vas ahorrando bastante. La pobreza tiene que ser algo muy personal, vivido en pequeños detalles. Los niños ayudan mucho en este aspecto..., lo aprovechan todo al máximo.

–¿Qué virtud de las que le aconsejan en el Opus Dei le parece más característica?

–Creo que una de las más características es la alegría. Esos siete años en que mi Rafa estuvo entre la vida y la muerte constantemente fueron muy penosos... Los dos estábamos destrozados y el sacerdote nos repetía que no podíamos perder la alegría... Esto no lo podía entender... Hasta que poco a poco lo fui entendiendo... Cuando mi marido regresaba de la fábrica, yo me arreglaba, le contaba todas las cosas graciosas que se me ocurrían para evitar que me hablara todo el tiempo del niño... Con la enfermedad de Rafa fuimos aprendiendo los dos a conservar la alegría en las dificultades. Los médicos no nos daban ninguna esperanza de vida... Durante años estuvimos esperando el final de un momento a otro. Y creo que puedo decir que incluso en esos momentos se puede ser cordial y tener serenidad... Nosotros tuvimos que estar años y años sin salir ni un solo día. En casa, desde luego, nos falta de todo, pero nos sobra el buen humor a toda la familia... Claro que la alegría no nace sola, ni es algo espontáneo... Pienso que es fruto de la oración personal. Es lo único que te puede mantener cuando llegan momentos en los que no se puede más. Para una persona que quiera acercarse a Dios me parece fundamental la vida de oración... ¡Fundamental!... Porque nada tendría sentido sin oración... ni el trabajo, ni nada. Además, la oración es necesaria para todo. Incluso para educar a nuestros hijos hace falta mucha oración. Llega un momento en que los niños empiezan a tener problemas, y no se les entiende... Pero si se reza por ellos y se ofrecen a Dios las mortificaciones y dificultades de cada día, ¿por qué tener miedo? Muchas veces pienso que nuestros hijos tienen derecho, sobre todo, a nuestra oración y a nuestra mortificación... Si rezáramos más y nos preocupáramos más de ellos, no pasaría lo que pasa a veces. Hay que conocer el ambiente en el que se desenvuelven, conocer sus amistades...