José Enrique

¿A quién se refiere? Es el título de un libro editado en Chile, que narra la vida de un ingeniero y empresario español que, con 20 años, fue al país andino para dar a conocer el mensaje cristiano del Opus Dei.

Opus Dei - José EnriqueJosé Enrique Diez Gil fue una de las primeras personas en comenzar la labor apostólica del Opus Dei en Chile

José Enrique. Así se titula el nuevo libro escrito por Cristián Sahli -autor de ¿Te atreverías a ir a Chile? Una semblanza de Adolfo Rodríguez Vidal-, que relata la vida de este español que, con veinte años, quiso ir a Chile para dar a conocer y desarrollar el Opus Dei, misión a la que dedicó su vida entera.

El título es un acierto: José Enrique. Un nombre que despierta la curiosidad por saber a quién corresponde y confirma el recuerdo de quienes lo trataron, porque era un hombre de bien con gran autoridad.

Con don Adolfo Rodríguez –el primero en llegar a Chile–. La foto es de finales de los años 90

José Enrique Diez Gil nació en Haro, La Rioja, el 19 de enero de 1931. Cursó el bachillerato en Zaragoza. En 1948 se trasladó a Madrid para estudiar Ingeniería Aeronáutica. Entonces se sintió llamado a buscar la santidad en la normalidad de la vida diaria que predicaba san Josemaría, y pidió la admisión como numerario del Opus Dei.


Contenido relacionado. Trailer de Vino a servir, un documental sobre la vida de Mons. Adolfo Rodríguez, el sacerdote que san Josemaría eligió para comenzar el Opus Dei en Chile, actualmente en proceso de beatificación


Transcurridos un par de años se ofreció para ir a algún país de América del Sur para difundir el mensaje de la Obra. Debió sortear no pocos obstáculos. Una vez asentado en Chile, mientras continuaba sus estudios universitarios, ya fue un apoyo decisivo para don Adolfo Rodríguez. Pronto comenzó también a trabajar y llegó a ocupar puestos directivos en importantes empresas. Falleció el 17 de agosto de 1999 en Nueva York, adonde había viajado como último recurso para curarse de un fulminante cáncer hepático.

Mientras se preparaba en Madrid para estudiar Ingeniería Aeronáutica, pidió la admisión como numerario del Opus Dei

En sus años mozos chilenos, pese a la escasez de tiempo y a sus muchas ocupaciones, había sido buen alumno de las dos carreras que se propuso estudiar conjuntamente, Derecho e Ingeniería Comercial. En el impreso del “Manifiesto Movimiento de Avanzada Universitaria” para la votación del Centro de alumnos de Derecho, se leía: “es todo un símbolo de superación y trabajo”. El nombre de José Enrique apareció en la papeleta, y fue elegido presidente en octubre de 1953, con veinte preferencias más que el siguiente candidato.

Una actividad variada

La simultaneidad –y el concepto se queda corto– caracterizaría la vida de José Enrique hasta el final. Dedica sus mejores esfuerzos a orientar y acompañar la vida espiritual de muchos amigos y conocidos. Y antes de cumplir los treinta años, su nombre comienza a sonar en el ambiente empresarial gracias a su preparación y la confianza que infundía.

En una convivencia de formación de jóvenes chilenos en los años cincuenta. José Enrique es el primero a la izquierda.

En la madurez de su vida profesional, llegó a ser miembro del directorio de clínicas e isapres (Instituciones de Salud Previsional), empresas en los campos fruteros, minero y energético, y presidente de algunas. Además fue profesor de la Universidad Católica durante dos décadas, dictando clases en Derecho y Periodismo. Y hasta el último semestre, impartió Ética de la Empresa en Ingeniería Comercial de la Universidad de los Andes. Sus autoridades no dudaron en ponerle su nombre a la principal Biblioteca del plantel.

Además José Enrique nunca dejó de dedicarse también a los libros que distribuía Librería Proa, actividad que comenzó en sus vacaciones universitarias, buscando contribuir a la cultura y a dar buena formación humana y espiritual.

Fue un hombre culto, leído. Tras viajar a Iquitos y navegar por el Amazonas en su compañía, Cristián Arnolds y Gonzalo Ibáñez -dos amigos empresarios- quedaron sorprendidos de cuánto conocimiento aportaba José Enrique: además de los tipos de plátanos, sabía de botánica y de la historia de los pueblos latinoamericanos. Su gran amigo, Benjamín Toro –el jardinero de Antullanca, la primera casa de retiros del Opus Dei en América, de cuyo financiamiento y construcción también tuvo que ocuparse–, comenta no haberse topado con un mejor conocedor de los árboles: “Todo lo que sé de frutales, se lo debo a él”.

Con sus sobrinas María Luz Calvo, Esther Diez y Pilar Calvo, en Barcelona.

Que los empleados tuvieran prosperidad material

Su preocupación por el bienestar de las personas no pasaba inadvertido. Patricia Barrera, jefa administrativa de una empresa en la que José Enrique era director, señala que “cuando alguien estaba enfermo siempre me consultaba por su evolución, y cuando se remodelaron las oficinas de gerencia puso un especial acento en el confort, sobrio sí, pero cómodo”. La idea era que los empleados volvieran felices a sus hogares.

Conocía a las familias de los que trabajaban con él, se sabía el nombre de los hijos, preguntaba cómo les iba en los estudios y a más de alguno consiguió trabajo. José Luis Benavente, estrecho colaborador suyo en la Librería Proa, cuenta que “a José Enrique le interesaba que los empleados tuvieran prosperidad material, para que pudieran comprar una casa, completar sus estudios... Me pedía que se les ofreciera facilidades económicas y préstamos para esos fines”.

José Enrique (abajo a la derecha) en una tertulia con san Josemaría durante su catequesis en Chile en 1974

Josefina Cruzat resume la impresión que se fue fraguando en los almuerzos o comidas a los que su marido Fernando Larraín invitaba a José Enrique: “Era un hombre encantador: alegre, sencillo, generoso, culto. Siempre quedaba algo positivo de su conversación”.

Hombre de paz, pero fuerte y deportista, su vida en Chile comenzó en la residencia que don Adolfo había sacado adelante para alumnos de provincia que hacían sus estudios universitarios en Santiago. Todo un hito resultó que, a poco de venir, José Enrique se animara a ponerse los guantes de boxeo para enfrentarse con el campeón de su peso. El contrincante era más fornido y experimentado y todos apostaban por su triunfo, pero la paliza del español recién llegado conquistó la admiración y respeto de los residentes. Y empezaron a llamarle Farruco por lo valiente. No hay registro de muchos más pugilatos.


Para solicitar el libro, escriba a joseenriquediezg@gmail.com

Noticia publicada originalmente en la página web del Opus Dei en Chile.