Hijos de Dios

En el otoño de 1931, don Josemaría comienza a desempeñar el cargo de capellán del Patronato de Santa Isabel. Desde allí, para llegar a su casa, camina habitualmente hasta la glorieta de Atocha, donde toma un tranvía. La calle no interrumpe su oración; en este mismo año, y durante el mes de septiembre, escribirá una nota que, años más tarde, ocupará el punto 1033 de «Forja»:

«Haz tuyos los pensamientos de aquel amigo, que escribía: "estuve considerando las bondades de Dios conmigo y, lleno de gozo interior, hubiera gritado por la calle, para que todo el mundo se enterara de mi agradecimiento filial: ¡Padre, Padre! Y, si no gritando, por lo bajo anduve llamándole así -¡Padre!-, muchas veces, seguro de agradarle. -Otra cosa no busco; sólo quiero su agrado y su Gloria: todo para El. Si quiero la salvación, la santificación mía, es porque sé que El la quiere. Si, en mi vida de cristiano, tengo ansias de almas, es porque sé que El tiene esas ansias. De verdad lo digo: nunca he de poner los ojos en el premio. No deseo recompensa: ¡todo por amor!"».

Pasan los días y las dificultades parecen acumularse: la carencia de medios para sacar la Obra adelante; el saberse sin influencias, sin conocimientos que puedan abrir puertas al espíritu que el Señor ha puesto en su corazón. Como telón de fondo está el panorama sombrío y poco tranquilizador del país, agravado por la adusta situación que se ha creado para cualquier actitud religiosa.

Del 8 al 14 de octubre tendrán lugar los debates parlamentarios sobre el punto 26 de la Constitución Republicana, que se refiere al estatuto jurídico de la Iglesia y de las Ordenes religiosas. Parece que, en lugar de allanarse los caminos, se levantan murallas imprevistas que impiden el paso de aquel torrente que hay en su alma.

Un día, al salir de Santa Isabel(13), toma en Atocha el tranvía que ha de llevarle, Paseo de la Castellana adelante, y se mezcla con la gente que habla en voz alta, que comenta todo tipo de incidencias. Mientras, cruzan los coches en todas direcciones y el día vuelca su actividad sobre las calles.

Y allí, en medio de aquel fragor, de pronto, como respuesta a esas amargas dificultades, oye en su interior, con fuerza irresistible e innegable, esas palabras del Salmo segundo: «... Tú eres mi hijo»(14).

Y baja del tranvía, casi tambaleándose bajo el impulso de esta clara y confiada protección divina, sin poder repetir más que una y otra vez, también con palabras de la Sagrada Escritura: “ Abba, Pater!; Abba! Pater ”!(15): Padre, Padre mío.

Siente, paladeando esta afirmación, que nada puede turbar el curso de la vida y de la historia que Dios desea abrir para los hombres. La Obra que se le ha encomendado depende de su fidelidad y de la Omnipotencia de lo Alto. Y descansa en el profundo conocimiento de la filiación divina.

Tiempo más tarde contará a sus hijos esta aventura de su oración en un tranvía madrileño, y les añadirá:

«La calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es para nosotros, lugar de oración. Probablemente hice aquella oración en voz alta, y la gente debió tomarme por loco:” Abba! Pater!” Qué confianza, qué descanso y qué optimismo os dará, en medio de las dificultades, sentiros hijos de un Padre, que todo lo sabe y que todo lo puede»(16).

Y, más adelante, les repetirá que esa confianza es más fuerte en la contradicción, en la proximidad de la Cruz:

«Y ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso,ser hijo de Dios» (17).

Esta dulce convicción quedará grabada en el ánimo de Monseñor Escrivá de Balaguer para toda su vida. El sentido de filiación divina -saberse hijo de Dios- será un aspecto fundamental de la espiritualidad del Opus Dei; el centro de donde mana la seguridad, la alegría del acontecer humano. Hasta el último instante sentirá la protección y la grandeza de las manos de Dios que siguen, paso a paso, la ruta de los hombres. Probará la certeza de que todo es para bien; incluso las dificultades: “Omnia in bonum!”, repetirá con una seguridad que deja clavada en el perfil sobrenatural de la Obra, como jaculatoria de fe inconmovible que repite ante cualquier dolor, ante la más fuerte contradicción.

Es tal su seguridad, que algunos la han llegado a confundir con un sentimiento de soberbia. Nada más lejos de su ánimo, que balbucea humildemente, y se apoya, como en una roca inconmovible, en la fortaleza del amor de Dios. Las audacias que propondrá a sus hijos son de vida interior, de conformación con la Voluntad de Dios, de santidad y alegría en medio de todos los trabajos. Saberse hijo de Dios, transforma la creación en un extenso recuerdo de familia en el que cada luz, cada trigo, cada amanecer y cada esfuerzo humano son mensaje constante del amor de Dios para con sus hijos de la tierra. «La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo»(18).

Su confianza sobrenatural se vuelca sobre todos los problemas, grandes y chicos, de los hombres. Cuando en el año 1969 una mujer le habla de un hijo subnormal que le acongoja, las palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer llegan, despacio, hasta su corazón:

«Dios os ha bendecido de una forma especial, mostrando un cariño de predilección, porque el Señor -nos lo dice el Evangelio- prueba más a quienes más quiere. Puedes estar segura de que sufro con vosotros y de que pido a Jesús que os ayude a llevar su Cruz con alegría.”Omnia in bonum”! El mundo es bueno, todo es bueno o, por lo menos, lo permite Dios, para que seamos mejores, ya que de grandes males saca grandes bienes»(19)

Y si alguien siente la fatiga en el camino de Dios, le anima:

«El nos habla como un Padre amoroso, y nos da, sin espectáculo, la fuerza necesaria, incluso humana, para terminar las cosas con la misma ilusión con que las hemos comenzado.

Dios mío, confío en Ti, no me veré avergonzado (...). “ Possumus! Possumus! Possumus!” -¡Podemos, podemos!-. Y éste no es un grito de soberbia. Esto es un grito de humildad, de unión con Dios, de caridad mutua»(20).

Tras una gran dificultad decía, en 1942, en su despacho de la casa situada en Diego de León:

«Nunca pasa nada, aunque se mueva el pavimento; sólo la infidelidad, romper la unión con Dios, es lo grave»(21).

Su sentido de amor filial se refleja en amar a su Padre del Cielo con el mismo corazón con el que amó a sus padres:

«¿Quién de vosotros no se acuerda de los brazos de su padre? Probablemente no serían tan mimosos, tan dulces y delicados como los de la madre. Pero aquellos brazos robustos, fuertes, nos apretaban con calor y con seguridad. Señor, gracias por esos brazos duros. Gracias por esas manos fuertes. Gracias por ese corazón tierno y recio» (22).

La actividad pastoral del Fundador del Opus Dei ha conducido a despertar en una multitud de cristianos, como radical consecuencia del Bautismo, el sentido de la filiación divina.

Desde aquel día de 1931, tiene esta convicción enraizada con tal fuerza en el alma, que la repite, incansable y amorosamente, cada vez que habla o escribe a sus hijos y a todas las gentes del mundo: porque esta filiación divina nos entronca con la amistad, la fraternidad de Cristo -Hermano Mayor- y nos conduce a la alegría de sabernos mirados, alentados y protegidos de continuo por la presencia de las Personas Divinas.

«Un alma en el Opus Dei no tiene ni miedo a la vida ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de su filiación divina: Dios es mi Padre, y es el Autor de todo bien y es toda la Bondad»(23).

Jesús es reconocido como hermano, amigo, en la espiritualidad del cristiano recogida en los puntos de «Camino»:

«Jesús es tu amigo. -El Amigo. -Con corazón de carne, como el tuyo. -Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro...

-Y tanto como a Lázaro te quiere a ti»(24).

Esta amistad, que nos acompaña a lo largo de la existencia, pone luz, esperanza, alegría, en todos nuestros pasos:

«Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos, con una conversación que disminuye la fatiga. Me imagino la escena, ya bien entrada la tarde. Sopla una brisa suave. Alrededor, campos sembrados de trigo ya crecido, y los olivos viejos, con las ramas plateadas por la luz tibia.

Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que -sin darse cuenta- han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, sienten que se vaya

(...). Hemos de detenerlo porfuerza y rogarle: “continúa con nosotros, porque es tarde, y va ya el día de caída” (Lc XIV, 29), se hace de noche (...)

Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque El vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha -anochece-, para hablar a los demás de El, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo.

Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra»(25).