Final de una etapa

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 18 de mayo de 1925, Josemaría regresa a Zaragoza. Poco después se examina en la Facultad de Derecho. En esta primera convocatoria se presenta a la asignatura de Derecho Civil, del segundo curso. Posteriormente podrá, con el permiso del Arzobispo, permanecer en la ciudad, en el piso de la calle de Rufas que ocupa su familia, para dar un avance definitivo a sus estudios de Licenciatura. Doña Dolores tiene la alegría, por fin, de poder disfrutar de su presencia aunque sea en cortos intervalos. Porque su actividad es incesante. Dará clases en el Instituto Amado, una academia especializada en la preparación para el ingreso en la Academia General Militar y otros estudios; actuará como capellán en la iglesia de San Pedro Nolasco; estudiará intensamente y aún conseguirá tiempo para ejercer un apostolado de catequesis entre los niños del barrio de Casablanca.. Le acompañará siempre un pequeño grupo de universitarios con los que ya ha establecido contacto.

Son momentos de renovada alegría familiar. Santiago está feliz con el hermano mayor en casa. Juega con él, le zarandea, leen juntos. Es posible verlos, a los dos, paseando en alguna tarde soleada por el Cabezo, junto a la colosal estatua de Alfonso I el Batallador. El mayor aprovecha la mole del basamento para divertir a Santiago: se esconde hasta que la soledad empieza a inquietar al pequeño, y le vuelve a proporcionar la alegría del encuentro.

Josemaría sigue repitiendo la frase que le hiciera enfrentarse, un día, con la llamada de Dios:

Ignem ven¡ mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur ”!?: Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda?(18) No sólo la reza, sino que la canta. Y responde, como un eco, la alegría permanente de su entrega: “ Ecce ego, quia vocasti me ”: Aquí estoy, porque me has llamado.

Entre junio y septiembre de este año se examinará de ocho asignaturas de Derecho. Y le quedará pendiente sólo una, que concluirá en enero de 1927. Dentro de algunos años, con un largo intervalo que le impondrán las circunstancias, escribirá su Tesis Doctoral.

Tampoco abandona su labor pastoral. Don Agustín Callejas, cura párroco de un pueblecito de la provincia de Zaragoza y compañero de Josemaría en el Seminario, le recuerda un día de primavera, del año 1927, a bordo de un autobús; esta vez, acomodado en la baca del vehículo. Desde allá arriba le saluda jovialmente, y le comunica que va al pueblecito de Fombuena, para ayudar durante la Semana Santa a don Leandro Bertrán, párroco de Badules, que atiende también a los habitantes de aquella demarcación.

Algunos veranos acude a Fonz para hacer una corta visita a Mosén Teodoro Escrivá, hermano de su padre. Aquí ejerce sus funciones y celebra la Santa Misa en la parroquia o en la capilla de la Casa Moner que había sido del Obispo Cebruna, fundador de la Universidad de Zaragoza y de la que Mosén Teodoro era capellán.

Sin embargo, este primer itinerario sacerdotal de Josemaría toca a su fin. Lleva unos meses madurando el proyecto de establecer su residencia en Madrid. Sigue así las inspiraciones que Dios le dicta en su oración.

Doña Dolores siente otra vez la separación. Pero ha aprendido a respetar profundamente las decisiones de su hijo. Una secreta y honda confianza la hace abandonarse a este destino que también la envuelve. Desmonta su casa y sus enseres, empaqueta lo que va quedando de entrañable, y toma, con Carmen y Santiago, el camino de Fonz. Allí, en casa de Mosén Teodoro, permanecerá varios meses, hasta que Josemaría encuentre el modo de llevarlos a Madrid a compartir su vida.

Muchos años más tarde, Santiago contará que, desde el granero del Mosén, soñaba que el hermano mayor venía a llevárselos definitivamente del pequeño pueblo. Un buen día, brillante de sol y de alegría.