Fama de santidad y Beatificación del Fundador del Opus Dei (1975-1992)

Desde el mismo día del fallecimiento del Fundador del Opus Dei, se multiplicaron los testimonios sobre su santidad personal y la huella que había dejado en la vida de la Iglesia: testimonios orales y escritos, de personas de toda condición, relacionados o no directamente con la Obra… Muchos de esos testimonios se convirtieron pronto en peticiones expresas a la Santa Sede para que se iniciara su proceso de canonización. Al mismo tiempo, se extendió enseguida por todo el mundo la devoción privada a Mons. Escrivá de Balaguer. La estampa que se editó para facilitar esa devoción alcanzó muy pronto una amplísima difusión, con traducciones a numerosos idiomas. También la Hoja informativa del proceso, que, como es habitual en casos similares, se ha venido publicando periódicamente desde entonces, ha alcanzado cifras millonarias de difusión en distintos idiomas. Oración para la devoción a. Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei (1975)

Oh Dios, que concediste a tu siervo Josemaría, sacerdote, gracias innumerables, escogiéndole como instrumento fidelísimo para fundar el Opus Dei, camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes oridinarios del cristiano: haz que yo sepa también convertir todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir con alegría y con sencillez a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, iluminando los caminos de la tierra con la luminaria de la fe y del amor; dígnate glorificar a tu siervo Josemaría, y concédeme por su intercesión el favor que te pido… (pídase). Así sea.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

Cardenal Albino Luciani, Patriarca de Venecia (futuro Papa Juan Pablo I)

En 1941, al español Víctor García Hoz le dijo el sacerdote después de confesarse: “Dios le llama por los caminos de la contemplación”. Se quedó desconcertado. Siempre había oído que la “contemplación” era asunto de los santos destinados a la vida mística, y que solamente la lograban unos pocos elegidos, gente que, por lo demás, se apartaba del mundo. “En cambio, yo -escribe García Hoz-, en aquellos años ya estaba casado, tenía dos o tres hijos y la esperanza -confirmada después- de tener más, y trabajaba para sacar adelante a mi familia”.

¿Quién era aquel confesor revolucionario, que se saltaba a cuerpo limpio las barreras tradicionales, proponiendo metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote español, fallecido en Roma en 1975, a los setenta y tres años. Es conocido, sobre todo, por ser el Fundador del Opus Dei, asociación extendida por todo el mundo, de la que los periódicos se ocupan con frecuencia, pero con muchas imprecisiones. Lo que en realidad son y hacen los socios del Opus Dei lo ha dicho su mismo fundador: “Somos -declaraba en 1967- un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión u oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo; una gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres -de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas- que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares”. (...)

Y habla también de un justo y necesario “anticlericalismo, en el sentido de que los laicos no deben robar métodos y funciones a los curas y a los frailes, ni viceversa. Creo que heredó este “anticlericalismo” de sus progenitores, y especialmente de su padre, un caballero sin tacha, trabajador infatigable, cristiano convencido, enamoradísimo de su mujer y siempre sonriente. “Lo recuerdo siempre sereno -escribió su hijo-; a él le debo la vocación...: por eso soy ‘paternalista’.” Otra pincelada “anticlerical” le viene probablemente de las investigaciones hechas para su tesis doctoral en derecho canónico, en el monasterio de las monjas cistercienses de Las Huelgas, cerca de Burgos. Allí, la abadesa había sido al mismo tiempo, señora, superiora, prelado, gobernadora temporal del monasterio, del hospital, de los conventos, de las iglesias y de las villas dependientes, con jurisdicción y poderes reales y “quasi” episcopales. Otro “monstruo”, a causa de los múltiples oficios contrapuestos y superpuestos. Amasados así, estos trabajos no reunían condiciones para ser -como pretendía Escrivá-, trabajos de Dios. Porque el trabajo -decía- ¿cómo puede ser “de Dios” si está mal hecho, con prisas y sin competencia? ¿Cómo puede ser santo un albañil, un arquitecto, un médico, un profesor, si no es también, en la medida de sus posibilidades, un buen albañil, un buen arquitecto, un buen médico o un buen profesor? En la misma línea, había escrito Gilson en 1949: “Nos dicen que ha sido la fe la que ha construido las catedrales en la Edad Media; de acuerdo... pero también la geometría”. Fe y geometría, fe y trabajo realizado con competencia, para Escrivá van del brazo; son las dos alas de la santidad.

Francisco de Sales confió su teoría a los libros. Escrivá hizo lo mismo, utilizando retales de tiempo. Si se le ocurría una idea o una frase significativa, quizá mientras continuaba la conversación, sacaba del bolsillo la agenda y escribía rápidamente una palabra, media línea, que más tarde usaba para un libro. A propagar su gran empresa de espiritualidad dedicó una actividad intensísima, aparte de sus divulgadísimos libros, y organizó la asociación de Opus Dei. “Dad un clavo a un aragonés -dice el refrán- y lo clavará con su cabeza”. Pues bien, “yo soy aragonés -escribió- y necesitamos ser tozudos”. No perdía ni un minuto. Al principio, en España, durante y después de la guerra civil, pasaba de las clases a los universitarios, a hacer la comida, a fregar suelos, a hacer las camas y a atender a los enfermos. “Tengo en mi conciencia -y lo digo con orgullo- miles de horas dedicadas a confesar niños en los barrios pobres de Madrid. Venían con los mocos hasta la boca. Era necesario empezar por limpiarles la nariz, para limpiar después aquellas pobres almas”. Así ha escrito, demostrando que vivía de verdad “la sonrisa diaria”. Y también: “Me iba a dormir muerto de cansancio. Cuando me levantaba por las mañanas, todavía cansado, me decía: ‘Josemaría, antes de comer te echarás un sueñecito’. En cambio, apenas salía a la calle, contemplando el panorama de los trabajos que me esperaban en aquella jornada, añadía: ‘Josemaría, te he vuelto a engañar’”.

Sin embargo, su gran trabajo fue fundar y desarrollar el Opus Dei. El nombre llegó por casualidad. “Esto es una obra de Dios”, le dijo uno. “He aquí el nombre exacto, pensó: la obra no es mía, sino de Dios. Opus Dei”. Vio crecer ante sus ojos esta obra hasta extenderse a todos los continentes: comenzó entonces el trabajo de sus viajes intercontinentales para las nuevas fundaciones y para dar conferencias. La extensión, el número y la calidad de los socios del Opus Dei ha hecho pensar en no se sabe qué intenciones de poder y de férrea obediencia de gregarios. La verdad es lo contrario, sólo existe el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y de gran libertad.

“Somos ecuménicos, Santo Padre, pero no hemos aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad”, se atrevió a decir un día Escrivá al Papa Juan XXIII. Este sonrió: sabía que, desde 1950, el Opus Dei tenía permiso de Pío XII para recibir como cooperadores a los no católicos y a los no cristianos.

Escrivá fumaba cuando era estudiante. Cuando entró en el seminario, regaló las pipas y el tabaco al portero y no volvió a fumar. Pero el día en que fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, dijo: “Yo no fumo, vosotros tres tampoco: Don Álvaro, es necesario que empieces a fumar tú...; deseo que los demás no se sientan obligados, y que fumen, si les gusta”. Ocurre a veces que un socio, a quien el Opus Dei solamente ayuda a tomar responsablemente decisiones libres, también en política, ostenta un cargo importante. Eso es asunto suyo, no del Opus Dei. Cuando en 1957, una alta personalidad felicitó a Escrivá porque un socio había sido nombrado ministro en España recibió esta respuesta, más bien seca: “¿Qué me importa que sea ministro o barrendero? Lo que importa es que se santifique con su trabajo”. En esta respuesta está todo el pensamiento de Escrivá y el espíritu del Opus Dei: que uno se santifique con su trabajo, aunque sea de ministro, si tiene ese puesto: que sea santo de verdad. Lo demás importa poco.

Publicaciones póstumas del Fundador del Opus Dei En los años siguientes al fallecimiento del Fundador del Opus Dei, fueron apareciendo otras publicaciones de escritos originales suyos; aunque todavía son numerosos los textos inéditos, sobre todo cartas, meditaciones y homilías. En 1977 apareció un segundo libro de homilías, con el título “Amigos de Dios”, seleccionadas, en este caso, por su temática centrada en algunas de las principales virtudes cristianas y el itinerario de la santidad cristiana. En 1981 se publicó “Via Crucis”, libro destinado a la práctica de esta arraigada devoción cristiana, en el que el autor ayuda a contemplar y meditar la Pasión de Jesucristo, conduciendo al lector por el itinerario de amor y sufrimiento de nuestro Redentor. En 1986 y 1987 vieron la luz, respectivamente, “Surco” y “Forja”, dos libros de características similares a “Camino”, con el que han pasado a formar una valiosa y completa trilogía de puntos de meditación sobre la vida espiritual cristiana. Otras homilías y meditaciones del Beato Josemaría han ido apareciendo en diversas publicaciones, como las recogidas en el volumen “Amar a la Iglesia”. “Hacia la Santidad”, Homilía pronunciada el 26-XI-1967

Nos quedamos removidos, con una fuerte sacudida en el corazón, al escuchar atentamente aquel grito de San Pablo: ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes 4,3). Hoy, una vez más me lo propongo a mí, y os recuerdo también a vosotros y a la humanidad entera: ésta es la Voluntad de Dios, que seamos santos.

Para pacificar las almas con auténtica paz, para transformar la tierra, para buscar en el mundo y a través de las cosas del mundo a Dios Señor Nuestro, resulta indispensable la santidad personal. En mis charlas con gentes de tantos países y de los ambientes sociales más diversos, con frecuencia me preguntan: ¿Y qué nos dice a los casados? ¿Qué, a los que trabajamos en el campo? ¿Qué, a la viudas? ¿Qué, a los jóvenes?

Respondo sistemáticamente que tengo un solo puchero . Y suelo puntualizar que Jesucristo Señor Nuestro predicó la buena nueva para todos, sin distinción alguna. Un solo puchero y un solo alimento: mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado, y dar cumplimiento a su obra (Jn 4, 34). A cada uno llama a la santidad, de cada uno pide amor: jóvenes y ancianos, solteros y casados, sanos y enfermos, cultos e ignorantes, trabajen donde trabajen, estén donde estén. Hay un solo modo de crecer en la familiaridad y en la confianza con Dios: tratarle en la oración, hablar con El, manifestarle -de corazón a corazón- nuestro afecto.

(…) Recomendar esa unión continua con Dios, ¿no es presentar un ideal, tan sublime, que se revela inasequible para la mayoría de los cristianos? Verdaderamente es alta la meta, pero no inasequible. El sendero, que conduce a la santidad, es sendero de oración; y la oración debe prender poco a poco en el alma, como la pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso (…)

Habíamos empezado con plegarias vocales, sencillas, encantadoras, que aprendimos en nuestra niñez, y que no nos gustaría abandonar nunca. La oración, que comenzó con esa ingenuidad pueril, se desarrolla ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue el paso de la amistad con Aquel que afirmó: Yo soy el camino (Jn 14, 6). Si amamos a Cristo así, si con divino atrevimiento nos refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá la promesa del Maestro: cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él (Jn 14,23).

El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!

Hemos corrido como el ciervo, que ansía las fuentes de las aguas (Sal 41, 2); con sed, rota la boca, con sequedad. Queremos beber en ese manantial de agua viva. Sin rarezas, a lo largo del día nos movemos en ese abundante y claro venero de frescas linfas que saltan hasta la vida eterna(cfr. Jn 4, 14). Sobran las palabras, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas.

No me refiero a situaciones extraordinarias. Son, pueden muy bien ser, fenómenos ordinarios de nuestra alma: una locura de amor que, sin espectáculo, sin extravagancias, nos enseña a sufrir y a vivir, porque Dios nos concede la Sabiduría. ¡Qué serenidad, qué paz entonces, metidos en la senda estrecha que conduce a la vida! (Mt 7, 14).

¿Ascética? ¿Mística? no me preocupa. Sea lo que fuere, ascética o mística, ¿qué importa?: es merced de Dios. Si tú procuras meditar, el Señor no te negará su asistencia. Fe y hechos de fe: hechos, porque el Señor -lo has comprobado desde el principio, y te lo subrayé a su tiempo- es cada día más exigente. Eso es ya contemplación y es unión; ésta ha de ser la vida de muchos cristianos, cada uno yendo adelante por su propia vía espiritual -son infinitas-, en medio de los afanes del mundo, aunque ni siquiera hayan caído en la cuenta.

Una oración y una conducta que no nos apartan de nuestras actividades ordinarias, que en medio de ese afán noblemente terreno nos conducen al Señor. Al elevar todo ese quehacer a Dios, la criatura diviniza el mundo. ¡He hablado tantas veces del mito del rey Midas, que convertía en oro cuanto tocaba! En oro de méritos sobrenaturales podemos convertir todo lo que tocamos, a pesar de nuestros personales errores (…)

“Via Crucis”, Prólogo

Señor mío y Dios mío, bajo la mirada amorosa de nuestra Madre, nos disponemos a acompañarte por el camino de dolor, que fue precio de nuestro rescate. Queremos sufrir todo lo que Tú sufriste, ofrecerte nuestro pobre corazón, contrito, porque eres inocente y vas a morir por nosotros, que somos los únicos culpables. Madre mía, Virgen dolorosa, ayúdame a revivir aquellas horas amargas que tu Hijo quiso pasar en la tierra, para que nosotros, hechos de un puñado de lodo, viviésemos al fin in libertatem gloriæ filiorum Dei , en la libertad y gloria de los hijos de Dios.

“Via Crucis”, IV Estación: Jesus encuentra a María, su Santísima Madre

Apenas se ha levantado Jesús de su primera caída, cuando encuentra a su Madre Santísima, junto al camino por donde El pasa.

Con inmenso amor mira María a Jesús, y Jesús mira a su Madre; sus ojos se encuentran, y cada corazón vierte en el otro su propio dolor. El alma de María queda anegada en amargura, en la amargura de Jesucristo. ¡Oh vosotros cuantos pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor! (Lam 1,12)

Pero nadie se da cuenta, nadie se fija; sólo Jesús.

Se ha cumplido la profecía de Simeón: una espada traspasará tu alma (Lc 2,35).

En la oscura soledad de la Pasión, Nuestra Señora ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; un sí a la voluntad divina.

De la mano de María, tú y yo queremos también consolar a Jesús, aceptando siempre y en todo la Voluntad de su Padre, de nuestro Padre.

Sólo así gustaremos de la dulzura de la Cruz de Cristo, y la abrazaremos con la fuerza del amor, llevándola en triunfo por todos los caminos de la tierra . “Surco”, Introducción

Déjame, lector amigo, que tome tu alma y le haga contemplar virtudes de hombre: la gracia obra sobre la naturaleza. Pero no olvides que mis consideraciones, por muy humanas que te parezcan, como las he escrito -y aun vivido- para ti y para mí cara a Dios, por fuerza han de ser sacerdotales. Ojalá que estas páginas hasta tal punto sirvan de provecho -así lo pido a Nuestro Señor- que nos mejoren y nos muevan a dejar en esta vida, con nuestras obras, un surco fecundo.

“Surco”, n. 259

"La oración" es la humildad del hombre que reconoce su profunda miseria y la grandeza de Dios, a quien se dirige y adora, de manera que todo lo espera de El y nada de sí mismo.

"La fe" es la humildad de la razón, que renuncia a su propio criterio y se postra ante los juicios y la autoridad de la Iglesia.

"La obediencia" es la humildad de la voluntad, que se sujeta al querer ajeno, por Dios.

"La castidad" es la humildad de la carne, que se somete al espíritu.

"La mortificación" exterior es la humildad de los sentidos.

"La penitencia" es la humildad de todas las pasiones, inmoladas al Señor.

- La humildad es la verdad en el camino de la lucha ascética.

“Forja”, Introducción

Aquella madre -santamente apasionada, como todas las madres- a su hijo pequeño le llamaba: su príncipe, su rey, su tesoro, su sol. Yo pensé en ti. Y entendí -¿qué padre no lleva en las entrañas algo maternal?- que no era ponderación el decir de la madre buena: tú... eres más que un tesoro, vales más que el sol: ¡toda la Sangre de Cristo! ¿Cómo no voy a tomar tu alma -oro puro- para meterla en forja , y trabajarla con el fuego y el martillo, hasta hacer de ese oro nativo una joya espléndida que ofrecer a mi Dios, a tu Dios?

“Forja”, n. 39

Me veo como un pobre pajarillo que, acostumbrado a volar solamente de árbol a árbol o, a lo más, hasta el balcón de un tercer piso..., un día, en su vida, tuvo bríos para llegar hasta el tejado de cierta casa modesta, que no era precisamente un rascacielos...

Mas he aquí que a nuestro pájaro lo arrebata un águila -lo tomó equivocadamente por una cría de su raza- y, entre sus garras poderosas, el pajarillo sube, sube muy alto, por encima de las montañas de la tierra y de los picos de nieve, por encima de las nubes blancas y azules y rosas, más arriba aun, hasta mirar de frente al sol... Y entonces el águila, soltando al pajarillo, le dice: anda, ¡vuela!...

-¡Señor, que no vuelva a volar pegado a la tierra!, ¡que esté siempre iluminado por los rayos del divino Sol -Cristo- en la Eucaristía!, ¡que mi vuelo no se interrumpa hasta hallar el descanso de tu Corazón!

Causa de Beatificación y Canonización del Fundador del Opus Dei En 1981 se introdujo la Causa de Beatificación y Canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer. Durante ese mismo año comenzaron dos procesos paralelos sobre las virtudes heroicas del siervo de Dios, en Madrid y en Roma. Esa fase introductoria quedó cerrada en el año 1986 con la presentación de toda la documentación pertinente en la Santa Sede. Después de los trabajos y estudios previstos en la Congregación para las Causas de los Santos, el 9 de abril de 1990, Juan Pablo II declaró la heroicidad de las virtudes del Venerable siervo de Dios Josemaría Escrivá. El 6 de julio de 1991 se dió lectura al decreto que confirmó el carácter milagroso de una curación mediante la intercesión del Venerable Escrivá, último paso antes de poder procederse a la Beatificación. Decreto pontificio sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer

“Todos los fieles, de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor, cada uno según su propio camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre celestial” (Conc. Vat. 11, Const. dogm. Lumen gentium, n. 1 l). En esta proclamación de la llamada a la santidad de todos los bautizados -que se ha reconocido como característica peculiar y, por así decir, fin último de todo el magisterio conciliar (Pablo VI, Motu proprio Sanctitas clarior , 19-III-1969)-, resplandece la conciencia que la Iglesia tiene de sí misma, como misterio de la comunión de los hombres con Dios. Al contemplar este misterio, la Esposa de Cristo ve confirmado también el inagotable patrimonio de su propia historia, y escucha el eco del testimonio de los heraldos de santidad que el Espíritu Vivificador suscita en todo tiempo, para mover a los hombres a acoger el designio de salvación.

El Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer pertenece merecidamente al número de esos testigos, no sólo por el fecundo ejemplo de su vida, sino también por el vigor absolutamente singular con que, en profético concordia con el Concilio Vaticano II, procuró, ya desde los comienzos de su sacerdocio, recordar esa llamada evangélica a todos los cristianos. Movido por esta solicitud, escribió: Tienes obligación de santificarle. Tú también (...). A todos, sin excepción, dijo el Señor.- «Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto» ( Camino , n. 291). Y también: Estas crisis mundiales son crisis de santos ( Ibid. , n. 301). (…)

Con una caridad infatigable y una activa esperanza, promovió y guió la expansión del Opus Dei por todo el mundo, contribuyendo a una vasta movilización de laicos, que fueran conscientes de su responsabilidad de participar en la misión de la Iglesia. Impulsó iniciativas de vanguardia en el ámbito de la evangelización y de la promoción humana; suscitó en todas partes vocaciones al sacerdocio y al estado religioso; emprendió viajes extenuantes por Europa y por América, para difundir la doctrina de la Iglesia. Y, sobre todo, se dedicó a la formación de los miembros del Opus Dei -sacerdotes y laicos, hombres y mujeres-, para infundirles una sólida vida interior, con una ejemplar adhesión al Magisterio de la Iglesia y un celo ardiente por las almas, que les llevara a ejercer un apostolado personal capilar. Omnes cum Petro ad lesum per Mariam !: estas palabras expresan bien la incesante y encendida pasión que consumía al Siervo de Dios y predicó a los demás desde los comienzos de su sacerdocio.

De todos modos, los rasgos más característicos de su personalidad no hay que buscarlos tanto en sus egregias cualidades para la acción como en su vida de oración, y en la asidua experiencia unitiva que hizo de él verdaderamente un contemplativo itinerante. Fiel al carisma recibido, fue ejemplo de heroicidad en las circunstancias corrientes de la vida: en la oración continua; en la mortificación ininterrumpida - como el latir del corazón -; en la asidua presencia de Dios, que alcanzaba las cumbres de la unión con Dios incluso en medio del fragor del mundo y de una dedicación incansable al trabajo. Continuamente inmerso en la contemplación del misterio de la Trinidad, vivió la filiación divina en Cristo como fundamento de toda la vida espiritual, en la que la fortaleza de la fe y la audacia apostólica de la caridad se conjugaban armónicamente con el abandono filial en las manos de Dios Padre. (…)

El Siervo de Dios falleció en Roma el 26 de junio de 1975. En aquel momento, pertenecían al Opus Dei más de 60.000 miembros de 80 nacionalidades; los sacerdotes incardinados en la Obra eran casi un millar; y florecían por los cinco continentes iniciativas apostólicas, entre las que se contaban escuelas, universidades y centros de promoción social. Los escritos del Siervo de Dios, que han alcanzado una difusión de casi seis millones de ejemplares, se consideran ya obras clásicas de espiritualidad.

La fama de santidad, de la que Josemaría Escrivá gozó ya en vida, se extendió después de su muerte, hasta el punto de que, en muchas naciones, puede considerarse ya una auténtica manifestación de devoción popular. La Causa de Canonización fue introducida en Roma el 19 de febrero de 1981. Se instruyeron dos Procesos Cognicionales aeque principales , uno en Madrid y otro en Roma, que se concluyeron, respectivamente, el 26 de junio de 1984 y el 8 de noviembre de 1986. Después, fue estudiada en la Congregación de las Causas de los Santos; primero, en el Congreso de Consultores, celebrado el 19 de septiembre de 1989, bajo la presidencia del Promotor General de la Fe, Revmo. Mons. Antonio Petti; luego, el día 20 de marzo de 1990, en la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos, en la que actúa como Ponente el Emmo. Card. Edouard Gagnon. Y en las dos reuniones, se dio una respuesta afirmativa a la pregunta sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios. (…)

El Santo Padre ha dispuesto que este Decreto se haga público y sea incluido en las actas de la Congregación de las Causas de los Santos.

Dado en Roma, el día 9 de abril del Año del Señor 1990.

Angelus Card. Felici, Praefectus

Eduardus Nowak, Archiep. tit. Lunensis, a Secretis Decreto pontificio por el que se reconoce un milagro atribuido al Venerable siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer

El Venerable Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro (España) el 9 de enero de 1902. Su carisma eclesial específico consiste en la vigorosa proclamación de la radicalidad de la vocación bautismal en cuanto vocación a la santidad. El 2 de octubre de 1928, movido por Dios, fundó el Opus Dei; poco después, el 14 de febrero de 1930, entendió, con la gracia de Dios, que el Opus Dei debía desarrollar su apostolado también entre las mujeres, y, el 14 de febrero de 1943, también movido por Dios, fundó la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. (…)

A su muerte (…) decenas de millares de favores, espirituales y materiales, algunos de ellos patentemente extraordinarios, vinieron enseguida a confirmar la extensión de su fama de santidad y su poder de intercesión ante Dios. Entre las curaciones prodigiosas que se le atribuyen, destaca la de Sor Concepción Boullón Rubio, Carmelita de la Caridad, de 70 años: cuando se encontraba en trance de muerte inmediata, una noche de junio de 1976, como resultado de las invocaciones dirigidas al Siervo de Dios, curó de modo repentino, y con efecto total y permanente, de una enfermedad cuyo diagnóstico ha sido fijado por la Consulta Médica de la Congregación para las Causas de los Santos como Lipocalcinogranulomatosis tumoral en sujeto de raza blanca con localizaciones múltiples dolientes e invalidantes, con volumen máximo de una naranja en el hombro izquierdo. A esta enfermedad se añadía una patología concomitante, diagnosticada por la Consulta Médica en los siguientes términos: Estado caquéctico en paciente con úlcera gástrica y hernia de hiato complicada por una grave anemia hipocrómica. En el momento en que desaparecieron las tumefacciones, esta segunda enfermedad mejoró, también de modo repentino e inexplicable, hasta desaparecer definitivamente. La misma Consulta ha establecido que el pronóstico era gravemente infausto quoad vitam y quoad valetudinem .

Sobre esta curación prodigiosa se instruyó en la Curia Arzobispal de Madrid, del 21 de enero al 3 de abril de 1982, un Proceso Cognicional, que recibió el decreto de validez de la Congregación para las Causas de los Santos el 20 de noviembre de 1984.

De acuerdo con lo que prescribe el derecho, el caso fue sometido en primer lugar al examen de la Consulta Médica ya citada, que, en la reunión del 30 de junio de 1990, concluyó unánimemente que la curación de Sor Concepción Boullón Rubio no es explicable por causas naturales.

El estudio de la curación pasó luego a la discusión teológica: en un primer momento, en el Congreso Peculiar de los Consultores Teólogos, que tuvo lugar el 14 de julio de 1990 bajo la dirección del Rvdmo. Mons. Antonio Petti, Promotor General de la Fe; después, el 18 de junio de 1991, en la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos, reunida en el Palacio Apostólico, en la que actuó como Ponente el Emmo. y Rvdmo. Card. Edouard Gagnon. Los dos organismos dieron respuesta positiva unánime a la cuestión de la consistencia del milagro y de su atribución al Venerable Josemaría Escrivá de Balaguer.

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, después de haber recibido del Cardenal Prefecto abajo firmante una detallada y fiel relación de todo lo que se acaba de exponer, acogiendo y ratificando los votos de la Congregación, ordenó que se extendiese el Decreto sobre la antedicha curación prodigiosa.

Cumplida esa disposición y convocados en la fecha de hoy el Cardenal Prefecto, el Ponente de la Causa, el infrascrito Secretario y otros según costumbre, el Santo Padre ha declarado en presencia de los asistentes: Constan las pruebas del milagro obrado por Dios a través de la intercesión de su Venerable Siervo Josemaría Escrivá de Balaguer, Sacerdote, Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei, es decir, de la curación instantánea, perfecta y permanente de Sor Concepción Boullón Rubio, Carmelita de la Caridad, de lipocalcinogranulomatosis tumoral en sujeto de raza blanca con localizaciones múltiples dolientes e invalidantes, con volumen máximo de una naranja en el hombro izquierdo,- y de estado caquéctico en paciente con úlcera gástrica y hernia de hiato complicada por una grave anemia hipocrómica .

El Santo Padre ha dispuesto que este Decreto se haga público y sea incluido en las actas de la Congregación para las Causas de los Santos.

Dado en Roma, el 6 de julio de 1991.

Angelus Card. Fellici, Praefectus

Eduardus Nowak, Archiep. tit. de Lunensis, a Secretis

Beatificación del Fundador del Opus Dei Culminado el proceso de beatificación, el 17 de mayo de 1992, ante unos 300.000 peregrinos llegados de todo el mundo, y en el curso de una solemne celebración litúrgica en la plaza de San Pedro de Roma, el Papa Juan Pablo II beatificó al Fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer, junto a la religiosa canosiana sudanesa Josefina Bakhita. Juan Pablo II, Breve apostólico “Ad perpetuam memoriam”, Beatificación del Venerable Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, Sacerdote, Fundador del Opus Dei, 17 de mayo de 1992

(…) El Fundador del Opus Dei percibió con claridad la ilimitada virtualidad apostólica que se desprende de la vida común de los fieles, mediante el empeño por santificar el trabajo y el conjunto de las actividades ordinarias. De ahí su insistencia en la necesidad de fundir en armónica unidad de vida la oración, el trabajo y el apostolado: “hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios … Necesita nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios” ( Conversaciones , n. 114).

El Venerable Josemaría Escrivá, nacido en Barbastro (España) el 9 de enero de 1902, fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925 y el 2 de octubre de 1928 fundó en Madrid el Opus Dei; el 14 de febrero de 1930 comprendió que debía extender su apostolado también entre las mujeres. En el fiel cumplimiento de su tarea, llevó a sacerdotes y laicos, hombres y mujeres de toda condición, a encontrar en las ocupaciones cotidianas el ámbito de la propia corresponsabilidad en la misión de la Iglesia, con plenitud de dedicación a Dios en las circunstancias ordinarias de la vida secular. “¡Se han abierto los caminos divinos de la tierra!”, exclamaba ( Es Cristo que pasa , n. 21): no se limitó en la práctica a describir las perspectivas pastorales que se abrían con ese empeño capilar de evangelización, sino que lo configuró como realidad perteneciente a la naturaleza estable y orgánica de la Iglesia. (…)

La notable fama de santidad, de que gozó en vida, se consolidó con extraordinario vigor después de su muerte. En 1981, el Vicario General de la diócesis de Roma, Card. Ugo Poletti, dio inicio a la Causa de Canonización del Siervo de Dios. Después de la celebración de dos Procesos Cognicionales sobre la vida y virtudes, uno en Roma y otro en Madrd, se procedió a la discusión sobre la heroicidad de las virtudes. El correspondiente decreto fue emanado el 9 de abril de 1990.

Entre los numerosos prodigios atribuidos al Siervo de Dios, fue elegida la curación milagrosa de una religiosa, sucedida en 1976 y sobre la cual se instruyó un Proceso Cognicional en 1982. Sometido el caso a los exámenes de rigor, el 6 de julio de 1991 fue promulgado el decreto super miro .

Llegamos así a establecer que el rito de la Beatificación tuviera lugar el 17 de mayo de 1992.

Hoy, pues, en Toma, en la Plaza de San Pedro, en el curso de la solemne celebración litúrgica, hemos pronunciado la siguiente fórmula:

“Nos, acogiendo el deseo de nuestros hermanos Camillo Ruini, Nuestro Vicario para la ciudad de Roma, y Pietro Giacomo Nonis, Obispo de Vicenza, así como de otros muchos Hermanos en el Episcopado, y de numerosos fieles, después de haber escuchado el parecer de la Congregación para las Causas de los Santos, con Nuestra Autoridad Apostólica declaramos que los Venerables Siervos de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus Dei, y Josefina Bakhita, virgen, Hija de la Caridad, Canosiana, de ahora en adelante pueden ser llamados Beatos, y se podrá celebrar su fiesta, en los lugares y en el modo establecido por el derecho, cada año, en el día de su nacimiento al cielo: el 26 de junio para Josemaría Escrivá de Balaguer, y el 8 de febrero para Josefina Bakhita.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”

Todo cuanto hemos decretado por la presente carta, queremos que sea estable ahora y en el futuro, no obstante cualquier otra cosa en contrario.

Dado en Roma, junto a San Pedro, y sellado con el anillo del Pescador, el 17 de mayo de 1992, año decimocuarto de Nuestro Pontificado.

Homilía del Santo Padre Juan Pablo II en la Misa de beatificación del Fundador del Opus Dei y de Josefina Bakhita, religiosa canosiana, Plaza de San Pedro, 17-V-1992

(…) Hoy se nos ofrece la ocasión de fijar una vez más nuestra mirada en esta vía de salvación: el camino hacia la santidad, y reflexionar sobre las figuras de dos personas que, de ahora en adelante, llamaremos Beatas: Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus Dei, y Josefina Bakhita, Hija de la Caridad, Canosiana. (…)

3. Josemaría Escrivá de Balaguer, nacido en el seno de una familia profundamente cristiana, ya en la adolescencia percibió la llamada de Dios a una vida de mayor entrega. Pocos años después de ser ordenado sacerdote dio inicio a la misión fundacional a la que dedicaría 47 años de amorosa e infatigable solicitud en favor de los sacerdotes y laicos de lo que hoy es la Prelatura del Opus Dei.

La vida espiritual y apostólica del nuevo Beato es- tuvo fundamentada en saberse, por la fe, hijo de Dios en Cristo. De esta fe se alimentaba su amor al Señor, su ímpetu evangelizador, su alegría constante, incluso en las grandes pruebas y dificultades que hubo de superar. «Tener la cruz es encontrar la felicidad, la alegría -nos dice en una de sus Meditaciones- tener la cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios.»

Con sobrenatural intuición, el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación (cfr Dominum et vivificantem 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de aleja- miento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. «Todas las cosas de la tierra -enseñaba- también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios» (Carta del 19 de marzo de 1954).

«Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey.» Esta aclamación que hemos hecho en el salmo responsorial es como el compendio de la vida espiritual del Beato Josemaría. Su gran amor a Cristo, por quien se siente fascinado, le lleva a consagrarse para siempre a Él y a participar en el misterio de su Pasión y Resurrección. Al mismo tiempo, su amor filial a la Virgen María le inclina a imitar sus virtudes. «Bendeciré tu nombre por siempre jamás»: he aquí el himno que brotaba espontáneamente de su alma y que le impulsaba a ofrecer a Dios todo lo suyo y cuanto le rodeaba. En efecto, su vida se reviste de humanismo cristiano con el sello inconfundible de la bondad, la mansedumbre de corazón, el sufrimiento escondido con el que Dios purifica y santifica a sus elegidos.

4. La actualidad y transcendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y obra de Josemaría Escrivá. Su tierra natal, España, se honra con este hijo suyo, sacerdote ejemplar, que supo abrir nuevos horizontes apostólicos a la acción misionera y evangeliza- dora. Que esta gozosa celebración sea ocasión propicia que aliente a todos los miembros de la Prelatura del Opus De¡ a una mayor entrega, en su respuesta a la llamada a la santificación y a una más generosa participación en la vida eclesial, siendo siempre testigos de los genuinos valores evangélicos, lo cual se traduzca en un ilusionado dinamismo apostólico, con particular atención hacia los más pobres y necesitados. (…)

Oraciones para la Misa en honor del Beato Josemaría Escrivá Colecta. Señor y Dios nuestro, que elegiste al beato Josemaría, presbítero, para anunciar en la Iglesia la vocación universal a la santidad y al apostolado: concédenos, por su intercesión y su ejemplo, que, realizando fielmente el trabajo cotidiano según el Espíritu de Cristo, seamos configurados a tu Hijo y, en unión con la santísima Virgen María, sirvamos con ardiente amor a la obra de la Redención. Por nuestro Señor Jesucristo…

Oración sobre las ofrendas . Recibe, Padre santo, estos dones, que te ofrecemos en la conmemoración del beato Josemaría; concédenos que, por esta renovación sacramental del sacrificio de la cruz, sean santificadas todas nuestras obras. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración después de la comunión. Concédenos, Señor, que este sacramento que hemos recibido en la conmemoración del beato Josemaría fortalezca en nosotros el espíritu de hijos adoptivos, y que, cumpliendo tu voluntad en todo, recorramos con alegría el camino de nuestra vocación. Por Jesucristo nuestro Señor.

Simposio teológico sobre el Beato Josemaría

Como culminación de los acontecimeintos vividos en torno a la Beatificación de Josemaría Escrivá, la actual Univerisad -entonces Ateneo Romano- de la Santa Cruz organizó en Roma, entre el 12 y el 14 de octubre de 1993, un Simposio teológico de estudio en torno a las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá. El Simposio puso de manifiesto el gran interés científico que presenta el estudio de su pensamiento. Juan Pablo II recibió en audiencia a los participantes en dicho simposio. Reproducimos parte de su alocución, así como algunos fragmentos de las reflexiones ofrecidas al simposio por el Cardenal Ratzinger, que enmarcan oportunamente los trabajos realizados esos días. Estas dos intervenciones y el resto de trabajos del simposio se pueden encontrar en el volumen “Santidad y mundo. Actas del Simposio teológico de estudio en torno a las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá”, Pamplona, 1994.

Alocución de Su Santidad Juan Pablo II a los participantes el Simposio teológico de estudio en torno a las enseñanzas del Beato Josemaría, 14 de octubre de 1993

(…) La historia de la Iglesia y del mundo se desarrolla bajo la acción del Espíritu Santo, que, con la colaboración libre de los hombres, dirige todos los acontecimientos hacia la realización del plan salvífico de Dios Padre. Manifestación evidente de esta Providencia divina es la presencia constante a lo largo de los siglos de hombres y mujeres, fieles a Cristo, que iluminan con su vida y su mensaje las diversas épocas de la historia. Entre estas figuras insignes ocupa un lugar destacado el beato Josemaría Escrivá, que, como subrayé el día solemne de su beatificación, recordó al mundo contemporáneo la llamada universal a la santidad y el valor cristiano que puede adquirir el trabajo profesional, en las circunstancias ordinarias de cada uno (…)

La profunda conciencia que la Iglesia actual tiene de estar al servicio de una redención que atañe a todas las dimensiones de la existencia humana, fue preparada, bajo la guía del Espíritu Santo, por un progreso intelectual y espiritual gradual. El mensaje del beato Josemaría, al que habéis dedicado las jornadas de vuestro congreso, constituye uno de los impulsos carismáticos más significativos en esa dirección, partiendo precisamente de una singular toma de conciencia de la fuerza universal de irradiación que posee la gracia del Redentor. En una de sus homilías, el Fundador del Opus Dei afirmaba: “No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica (…) no se puede decir que haya realidades -buenas, nobles, y aun indiferentes- que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte” ( Es Cristo que pasa , n. 112).

Sobre la base de esta honda convicción, el beato Josemaría invitó a los hombres y a las mujeres de las más diversas condiciones sociales a santificarse y a cooperar en la santificación de los demás, santificando la vida ordinaria. En su actividad sacerdotal percibía a fondo el valor de toda alma y el poder que tiene el Evangelio de iluminar las conciencias y suscitar un serio compromiso cristiano en la defensa de la persona y de su dignidad. En Camino , el beato escribía: “Estas crisis mundiales son crisis de santos. - Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. - Después... "pax Christi in regno Christi" - la paz de Cristo en el reino de Cristo” ( Camino , n. 301).

¡Cuánta fuerza tiene esta doctrina ante la labor ardua y, al mismo tiempo, atractiva de la nueva evangelización, a la que toda la Iglesia está llamada! En vuestro congreso habéis tenido la oportunidad de reflexionar en los diversos aspectos de esta enseñanza espiritual. Os invito a continuar en esta obra, porque Josemaría Escrivá de Balaguer, como otras grandes figuras de la historia contemporánea de la Iglesia, también puede ser fuente de inspiración para el pensamiento teológico. En efecto, la investigación teológica, que lleva a cabo una mediación imprescindible en las relaciones entre la fe y la cultura, progresa y se enriquece acudiendo a la fuente del Evangelio, bajo el impulso y la experiencia de los grandes testigos del cristianismo. Y el beato Josemaría es, sin duda, uno de éstos.

Por otra parte, no podemos olvidar que la importancia de la figura del beato Josemaría Escrivá no sólo deriva de su mensaje, sino también de la realidad apostólica que inició. En los sesenta y cinco años transcurridos desde su fundación, la Prelatura del Opus Dei, unidad indisoluble de sacerdotes y laicos, ha contribuido a hacer resonar en muchos ambientes el anuncia salvador de Cristo. Como Pastor de la Iglesia universal me llegan los ecos de ese apostolado, en le que animo a perseverar a todos los miembros de la Prelatura del Opus Dei, en fiel continuidad con el espíritu de servicio a la Iglesia que siempre inspiró la vida de su Fundador.

Con estos sentimientos, invoco sobre todos la abundancia de los dones celestiales, en prenda de los cuales os imparto de corazón mi bendición a vosotros y a cuantos se inspiran en las enseñanzas y los ejemplos del beato Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mensaje inaugural a los participantes en el simposio del Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe

(…) Resulta oportuno, e incluso necesario, que en cuanto teólogos escuchemos la palabra de los santos para descubrir su mensaje: un mensaje multiforme, por cuanto los santos son muchos y cada uno ha recibido su carisma particular; y al mismo tiempo unitario, porque los santos remiten al único Cristo, al que se unen y cuya riqueza nos ayudan a penetrar. En esta sinfonía múltiple y unitaria, en la que, como diría Möhler, consiste la tradición cristiana, ¿qué acento lleva consigo el beato Josemaría Escrivá?, ¿qué impulso recibe a su luz la Teología? No me corresponde responder ahora a estas preguntas: los relatores del Congreso aportarán sus personales reflexiones, a las que se sumarán las de cuantos, participando del espíritu del beato Josemaría Escrivá y en conexión con su mensaje, se dediquen, con el pasar de los años, a la enseñanza y a la investigación teológica.

Con todo, existe una realidad que salta a la vista en cuanto uno se acerca a la vida de Mons. Escrivá de Balaguer o entra en contacto con sus escritos: un sentido muy vivo de la presencia de Cristo. “Enciende tu fe. - No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia. ¡Vive!: "Jesus Christus heri et hodie: ipse et in sæcula!" - dice San Pablo - ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!” ( Camino , n. 584). Este Cristo vivo es además un Cristo cercano, un Cristo en el que el poder y la majestad de Dios se tornan presentes a través de las cosas humanas, simples, ordinarias.

Se puede, pues, hablar, en relación con el beato Josemaría Escrivá, de un cristocentrismo acentuado y singular, en el que la contemplación de la vida terrena de Jesús y la contemplación de su presencia viva en la Eucaristía conducen al descubrimiento de Dios y a la iluminación, a partir de Dios, de las circunstancias del vivir cotidiano (…)

Dos consecuencias se desprenden de esta consideración de la vida de Jesús, del misterio profundo de la realidad de un Dios que no sólo se ha hecho hombre, sino que ha asumido la condición humana, haciéndose en todo igual a nosotros, excepto en el pecado (cfr. Heb 4, 5). Ante todo la llamada universal a la santidad, a cuya proclamación el beato Josemaría contribuyó notablemente, como recordaba Juan Pablo II en su solemne homilía durante la Misa de beatificación. Pero también, para consistencia a esta llamada, el reconocimiento de que a la santidad se llega, bajo la acción del Espíritu Santo, a través de la vida cotidiana. La santidad consiste en esto: en vivir la vida cotidiana con la mirada fija en Dios; en plasmar nuestras acciones a la luz del Evangelio y del espíritu de la fe. Toda una comprensión teológica del mundo y de la historia deriva de este núcleo, como atestiguan, de modo preciso e incisivo, muchos textos del beato Escrivá (…)

(Texto incluido en "Fuentes para la Historia del Opus Dei" de Federico M. Requena y Javier Sesé publicado en Editorial Ariel)