En salud y enfermedad

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde 1944, Monseñor Escrivá de Balaguer está diagnosticado de diabetes mellitus. Probablemente la enfermedad existe con anterioridad a esta fecha, ya que han sido muchas las jornadas en las que ha acudido a cumplir sus compromisos de trabajo con infecciones que tardan en curar, fiebre y malestar intenso. Pero se manifiesta la causa con toda certeza a raíz de unos ejercicios espirituales que debe impartir a la Comunidad de frailes Agustinos de El Escorial. Es el mes de septiembre de 1944. El Padre amanece con treinta y nueve grados de fiebre. A pesar de todo, piensa en los cien religiosos que le están esperando y emprende el camino. Siempre el fuego del amor de Dios arrastrará su cuerpo, muchas veces vencido por la inclemencia de la enfermedad, del cansancio, y, por ello, habla durante estos días con el mismo ímpetu de siempre. Muchos de aquellos religiosos que le escuchan recordarán, treinta años después, la fe, la convicción y la entrega de aquel sacerdote. Predica en el coro de la iglesia y tiene que forzar la voz para que resulte audible a todos. Lo consigue: llega hasta cada uno con claridad, con exigencia amable. A los pocos días de estancia en el Monasterio es preciso practicar un análisis que objetiva la elevada cifra de glucosa en sangre.

Desde ese día ha de ponerse en tratamiento. Controla su enfermedad el doctor Pardo Urdapilleta, que prescribe un régimen dietético difícil de llevar, y también insulina.

Es precisamente en una etapa de difícil control de su enfermedad, en 1946, cuando don Álvaro le llama desde Roma. Resulta imprescindible que el Padre vaya para abrir el horizonte jurídico de la Obra. Desde que llega a Italia se pondrá en manos del doctor Faelli, que ha de ser médico y amigo durante ocho años de tratamiento. Cada quince días se somete a pruebas analíticas. Va con don Álvaro a la Via Nazionale, hacia las once de la mañana, para cumplir estrictamente los postulados del doctor. Pero la glucemia sube, y la cantidad de insulina que ha de inyectarse varias veces al día va en aumento. Llega a precisar más de cien unidades diarias.

Uno de los días en que va a practicarse los análisis, en ayunas como de ordinario, don Álvaro le lleva a la Piazza Esedra a desayunar. Piden un «capuccino» y un bollo. En Italia llaman «capuccino» a un café muy cargado al que se añade un poco de crema. Cuando el Padre se dispone a beberlo, se acerca una mujer pobre pidiendo limosna. Sin dudarlo un momento, le contesta:

-«Dinero no tengo; lo único de que dispongo, porque me lo dan es esto: tómeselo usted, y que Dios la bendiga».

Don Álvaro se apresura a ofrecer su desayuno al Padre. Pero él, vuelve a intervenir:

-«No, no, ya está bien, ya he desayunado».

Y repite la misma afirmación a la encargada del bar, que quiere regalarle un café en sustitución del que ha dado a la mujer. -«No, no, quédese usted tranquila, que yo ya he desayunado»".

Quedarse sin comer no supone una novedad para el Padre, porque desde muy joven está acostumbrado a buscar también ahí la penitencia. La realidad es que durante toda su vida muchas veces ha pasado hambre. Primero, por exigencias de su trabajo sacerdotal y porque no tenía dinero, se alimentaba poco aunque continuara trabajando sin tregua de un lado a otro. Después, en la época de la guerra española, el hambre será general y sobreañadida a la persecución. A partir de 1940, la Obra comienza su crecimiento y las necesidades se multiplican. Y tras la guerra mundial, que ha empobrecido las posibilidades de todos los países de Europa, le diagnostican de diabetes mellitus. La terapéutica en esta época es drástica: se emplean regímenes de hambre, con exclusión de los carbohidratos. Desde 1966, padecerá además una secuela ligada al síndrome diabético: la insuficiencia renal, que va a condicionar extremadamente el tipo de alimentos que debe ingerir en cantidad y calidad.

En Roma, el doctor Faelli sabe que es un paciente disciplinado y cumplidor. Pero no puede impedir que se exponga al cansancio constante. No duerme lo necesario. El Fundador sonríe ante la enfermedad y sigue brindando su cuerpo a la insulina, que don Álvaro se encarga de inyectar habitualmente.

En 1949 sufre una grave infección en la boca. En un solo día se remueven todas las piezas dentarias y han de extraérselas. El encargado de esta operación será el doctor Hruska. Es un hombre fuerte, con grandes manos. Mientras actúa sobre el paciente, habla con una sintaxis muy particular que traiciona su origen extranjero y que al Padre le hace mucha gracia. Nunca oirá una queja de Monseñor Escrivá de Balaguer. Tampoco sus hijos podrán detectar, a lo largo de la jornada, un gesto de desaliento, algo que denote el mal estado en que se encuentra.

Sin embargo, la evolución de la diabetes es tan grave que piensa que puede morir en cualquier momento.

«Llegaba la noche, y pensaba: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracias por la vida que me concedas, y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia. Por la mañana, al despertarme, el primer pensamiento era el mismo» (45) El día 27 de abril de 1954, diez minutos antes de la una de la tarde, don Álvaro inyecta una nueva marca de insulina retardada que ha recetado el médico. Inmediatamente después, bajan al comedor para almorzar. Están los dos solos, frente a frente, en la mesa. Y, de pronto, el Padre dice:

-Álvaro, dame la absolución.

-Pero, Padre, ¿qué dice?

-¡La absolución!

Y el Padre comienza a recitar en voz alta la fórmula ego te absolvo ... Instantes después, pierde el conocimiento y cae sobre un lado. El color se le ha mudado: pasa del rojo intenso a la palidez terrosa; la respiración se hace imperceptible y el pulso desaparece...

Don Álvaro, después de administrar la absolución, intenta darle azúcar, recordando la posibilidad de una hipoglucemia grave y avisa con toda rapidez a un médico. El Padre permanece de diez a doce minutos sin que su estado se modifique y, luego, lentamente, empieza a recobrarse. Cuando llega el doctor diagnostica un shock anafiláctico y se sorprende ante la regresión espontánea de todo el cuadro. Todavía, durante varias horas, el Padre permanecerá ciego. Luego, también recuperará la vista por completo. Cuando se, puede levantar de la cama ve su rostro reflejado en un espejo y comenta:

-Álvaro, hijo mío, ya sé qué aspecto tendré cuando me muera.

-No, Padre, necesitaría haberse visto hace cinco o seis horas. En comparación a como estaba antes, ahora se encuentra usted como un clavel...

Después recordará Monseñor Escrivá:

-«Cuando estaba a punto de perder el conocimiento, en cosa de pocos segundos, el Señor me hizo ver mi vida como si fuera una película; me llené de vergüenza por tantos errores, y pedí perdón al Señor. Más no se puede pasar. Es como si me hubiera muerto » (46)

Ese mismo día hablará también con sus hijas, que se han asustado ante el accidente, para devolverles la serenidad.

-«Estaba muy tranquilo, aunque me daba pena irme de vosotras. Pero por todo lo que habéis pedido por mí al Señor, El os ha oído y me concede una nueva etapa fecunda (47).

Y haciendo una demostración de bienestar, comienza a hablar de nuevos planes de trabajo para los que pide colaboración. Salpica los proyectos de seguridad y alegría. Su confianza es una lección más de abandono en manos de Dios que sus hijos no podrán olvidar.

A partir de ese día, fiesta de Nuestra Señora de Montserrat, los análisis se reiteran completamente normales. Los doctores suspenden la medicación, incluida la insulina, y nunca más vuelve a precisar de tratamiento alguno de la diabetes. El mismo nota la desaparición de los síntomas clínicos. Desde hace años sufría intensas cefaleas, que cesan hoy de un modo súbito.

-«Llevaba tantos años con dolor de cabeza, que el hecho de no tenerlo me resulta extraño: estoy como si hubiese salido de una cárcel»(48).

Pero nadie aprecia la diferencia entre salud y enfermedad. Ha desplegado una actividad intensísima con un estado físico precario, pero con un gran deseo de aceptar la cruz en su propio cuerpo y nadie, a excepción de los más próximos, se han dado cuenta de la gravedad.

Veinte años más tarde, un hijo suyo venezolano le aborda durante uno de sus viajes al Nuevo Continente:

-Padre... Estudio en la Universidad de Zulia, en Maracaibo. Desde niño tengo diabetes y me han dicho que usted también la tuvo.

-Yo la tuve durante diez años. Una diabetes morrocotuda.

-Quería darle las gracias a usted y a la Obra porque la enfermedad se ha convertido para mí en un medio de santificación, y no me ha hecho perder la alegría.

-De eso tienes que dar las gracias a Dios, no a mí ni a la Obra (...). Es justo que quieras al Padre y a tus hermanos, pero nuestro agradecimiento va todo derecho a Dios, Señor Nuestro, que nos concede todas estas alegrías y todos estos medios, para que no nos entristezcan las contradicciones de la vida (49)

Es su modo de poner sencillez a lo heroico, naturalidad a las actitudes sobrenaturales. Conoce el dolor. Ha experimentado la oscuridad. Por eso puede alumbrar a sus hijos con la exigencia y la paz de su entrega a la Voluntad de Dios.