Como en una película: La oración en el huerto

Noche cerrada en Getsemaní. Bajo la luna de Pascua, Jesús avanza solo para hacer frente al peso del mundo. Mientras sus discípulos se rinden al sueño, él reza y convierte la angustia en confianza. Una meditación sobre el sobre cómo sostener la fe en los momentos difíciles.

Aunque es de noche, se distinguen bien cuatro figuras junto a un gran olivo. La luna llena de la primavera, la hermosa luna de Pascua, ilumina con claridad aquel lugar: un huerto apenas pasado el torrente Cedrón, al este de la ciudad de Jerusalén. La luz hace que las hojas de los olivos parezcan de plata. Allí, entre los árboles, se encuentran cuatro hombres; otros ocho han quedado más atrás.

De entre ellos, destaca uno, aunque externamente no parece distinto. Viste como los demás; pero una majestad grave y solemne atrae hacia él. «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 26,38), dice. Es Jesús, el Nazareno, el que «pasó haciendo el bien» (Hch 10,38). No es el resplandor de la noche lo que hace palidecer su rostro, sino el espanto y la angustia. Casi pueden distinguirse, como finos hilos, las venas del rostro; un rostro cercano, pero ahora perlado de sudor, como en trance de realizar un esfuerzo supremo. Este es Jesucristo, nuestro Cordero y nuestro Sacerdote, que toma sobre sí el pecado del mundo y se ofrece en sacrificio agradable al Padre. En ese rostro divino y humano se manifiestan, en esta noche, tanto el mal del pecado como la grandeza de su amor.

Antes de darse la vuelta y adelantarse unos metros, dice a los tres que lo acompañan: «Quedaos aquí y velad» (Mt 26,38). Al verle alejarse, se comprende mejor el alcance de sus palabras: quedarse mientras él se enfrenta al mal. Como el pastor que sale al encuentro del lobo para proteger a sus ovejas —«Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos» (Jn 18,8), dirá poco después a quienes vienen a apresarle—, Jesús da un paso al frente para afrontar sin defensa el poder del mal.

El miedo se hace presente, pero su amor es más fuerte que el espanto: asume sobre sí toda la miseria de los hombres. Como David ante Goliat, avanza solo hacia el combate. Frente al peso del pecado, no confía en armas humanas, sino en Dios: «Yo voy contra ti en nombre del Señor» (1Sam 17,45). Y así, sin retroceder, sale al encuentro del mal con la firmeza de quien se abandona por completo en el Padre.

Dios siempre escucha

«Quedaos aquí y velad»: la invitación del Señor sigue resonando. Él sale a enfrentarse al mal, pero quiere que los suyos lo acompañen con su oración. En otras ocasiones se retiraba él a un lugar apartado, lejos de la multitud y de los discípulos, pero esta vez desea contar con la cercanía de sus tres apóstoles predilectos: Pedro, Santiago y Juan.

Pedro ha asegurado que moriría por el Maestro; Juan y Santiago, los hijos del trueno, parecen llenos de celo. Pero ahora, al ver al Señor arrodillarse en un claro del huerto, sienten que sus corazones desfallecen. Ya no se sienten fuertes, sino desconcertados y sobrepasados por la situación. No aciertan a comprender lo que sucede. Han presenciado los milagros, han contemplado la gloria de su divinidad en el Tabor; y, sin embargo, no entienden por qué no pone fin a esta hora. Pensarían: «No le falta poder. ¿Por qué agonizar así?». La inquietud y el cansancio les vencen, y su amor se debilita. Cristo «los encontró dormidos por la tristeza» (Lc 22,45). No es un sueño sereno, ni simple agotamiento físico: es un sopor inquieto, cargado de confusión y de huida. Los apóstoles evitan enfrentarse a la realidad de la cruz. Su fe es todavía frágil, y no resisten la hora de la tentación. Como otras veces, cuando el Señor les hablaba de su pasión, «no comprendían y les daba miedo preguntarle» (Lc 9,45). Ante el peligro, la tristeza se impone, y se refugian en ese sueño que es, en el fondo, una forma de cobardía.

«Orad, para que no entréis en la tentación. —Y se durmió Pedro. —Y los demás apóstoles. —Y te dormiste tú, niño amigo..., y yo fui también otro Pedro dormilón. Jesús, solo y triste, sufría y empapaba la tierra con su sangre. De rodillas sobre el duro suelo, persevera en oración... Llora por ti... y por mí: le aplasta el peso de los pecados de los hombres»[1].

Ante esta escena, se comprende la llamada a una verdadera contrición y al deseo de una vida interior más firme, enraizada en una oración constante y diaria. «Velad y orad para no caer en la tentación» es la exhortación que Cristo dirige a quienes quieren seguirle también en la hora de la cruz, en los momentos de dificultad u oscuridad.

Esta llamada a la oración no implica que desaparezcan las dificultades ni que Dios evite siempre el sufrimiento, como tampoco apartó a su Hijo de la pasión. Pero la oración introduce una certeza nueva, pues Dios no permanece indiferente ante el dolor humano. «Los problemas no siempre se resuelven. Quien reza no es un iluso: sabe que muchas cuestiones de la vida de aquí abajo se quedan sin resolver, sin salida; el sufrimiento nos acompañará y, superada la batalla, habrá otras que nos esperan. Pero, si somos escuchados, todo se vuelve más soportable. Lo peor que puede suceder es sufrir en el abandono, sin ser recordados. De esto nos salva la oración. Porque puede suceder, y también a menudo, que no entendamos los diseños de Dios. Pero nuestros gritos no se estancan aquí abajo: suben hasta él, que tiene corazón de Padre, y que llora él mismo por cada hijo e hija que sufre y que muere»[2].

La perseverancia en la vida cristiana requiere una oración personal, un diálogo íntimo con Dios Padre. Difícilmente puede haber unidad de vida cuando la oración se fragmenta, se diluye en la prisa o queda absorbida por el ruido constante del entorno digital. «¿No será que tienes miedo, que buscas el anonimato, que no te atreves a hablar con Cristo cara a cara? Ya ves que hay muchos modos de "despreciar" este medio, aunque se afirme que se practica»[3].

Iglesia de Santa María de las Gracias, Varallo (Italia). Gaudenzio Ferrari, 1513.

El combate de Jesús

La escena se desplaza ahora hacia el lugar donde Cristo ha ido a orar. Quedan atrás los tres apóstoles adormecidos. Ante lo que está sucediendo, nace el deseo de aprender del Maestro el sentido más profundo de la oración.

Nuestro Señor se postra de nuevo en tierra y dice: «¡Abbá!, Padre» (Mc 14,36). En medio de la agonía, se dirige a su Padre con confianza plena. Su oración es la del Hijo que, en el dolor, se abandona en quien sabe que le ama. Y, al mismo tiempo, le expresa lo que siente, se desahoga ante él: «Todo te es posible, aparta de mí este cáliz» (Mc 14,36). Es la súplica de quien, ante la perspectiva de un sufrimiento extremo, pide al Padre que se lo evite. Pero Jesús no va a la oración a intentar torcer la voluntad de Dios, sino a conformar la totalidad de su voluntad humana con la de su Padre bueno. Por eso añade a continuación: «Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mc 14,36).

En el huerto no hay rebeldía: es un verdadero combate interior. La naturaleza humana, que rehúye el sufrimiento, es llevada libremente a adherirse a lo que el Padre quiere. La agonía que muestran los evangelios no es apariencia. Cristo es verdadero hombre y como tal experimenta el temor ante el dolor y la muerte. En la oración, todo ese sufrimiento se ordena hacia la entrega que libremente ha asumido: beber el cáliz de la pasión para la salvación de los hombres.

En Getsemaní, Cristo «reconduce la voluntad humana al "sí" pleno a Dios. (…) De este modo, Jesús nos dice que el ser humano solo alcanza su verdadera altura, solo llega a ser "divino" conformando su propia voluntad a la voluntad divina; solo saliendo de sí, solo en el "sí" a Dios, se realiza el deseo de Adán, de todos nosotros, el deseo de ser completamente libres»[4].

En medio de la oscuridad, su oración manifiesta una entrega total al Padre: con la inteligencia, con la voluntad y con toda su humanidad.

Una decisión serena

De nuevo se acerca Jesús a sus discípulos y, otra vez, los encuentra dormidos. Pero ya no hay tiempo para nada más: «Mirad, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores» (Mt 26,45).

Cuando llega Judas con la tropa dispuesta a apresar al Señor, es Jesús quien toma la iniciativa y se entrega voluntariamente. No se esconde, ni tampoco se resiste, pues toda su vida ha estado orientada hacia este momento. Si al comienzo de la escena aparecía sometido a la prueba, «ahora está exultante en su espíritu, lleno de fuerza y decisión en sus actos. La angustia del alma por la tentación ha quedado atrás. La victoria ha sido total en su agonía. El combate de la oración ha concluido con un triunfo».[5] La oración íntima y confiada, la certeza de ser escuchado por el Padre y el amor pleno a su voluntad han transformado la tristeza en una decisión serena.

Cristo sabe que se avecinan horas dramáticas. Su muerte será percibida por muchos como un fracaso. Él mismo, pocos minutos antes, pidió a su Padre que le ahorrara ese cáliz; ahora, sin embargo, lo acoge plenamente, pues por ese camino se cumple la misión para la que ha venido: la liberación de los hombres de la esclavitud del pecado. «En plena noche, cuando todo parece derrumbarse, Jesús muestra que la esperanza cristiana no es evasión, sino decisión. Esta actitud es fruto de una profunda oración en la que no se pide a Dios que nos libre del sufrimiento, sino que nos dé la fuerza para perseverar en el amor, conscientes de que la vida ofrecida libremente por amor nadie nos la puede quitar»[6].


[1] San Josemaría, Santo Rosario, primer misterio doloroso.

[2] Francisco, Audiencia, 14-X-2020.

[3] San Josemaría, Surco, n. 456.

[4] Benedicto XVI, Audiencia, 1-II-2012.

[5] Mons. Javier Echevarría, Getsemaní, Planeta, Barcelona 2005, 245.

[6] León XIV, Audiencia, 27-VIII-2025.