Un millón de cenas
Era frecuente ver a personas sin recursos pidiendo a la puerta de la parroquia de San Roque, en Jaén, donde José María, arquitecto, acudía habitualmente. Un día decidió que la limosna de siempre no era suficiente. Habló con tres amigos y, en 2009, montaron un comedor social en los locales de la parroquia —independiente de ella— para dar de cenar a quienes lo necesitaban.
La iniciativa creció más deprisa de lo previsto, tanto en comensales como en voluntarios. Cuando alcanzó la madurez suficiente, los cuatro amigos la pusieron en manos de Cáritas y se quedaron como un voluntario más. Diecisiete años después, el comedor ha repartido más de un millón de cenas.
José María acabó contando esta historia en un libro, publicado en 2019, cuyos beneficios se destinan a sostener el comedor. Pero lo que quiere subrayar no es la cifra, sino de dónde salió la idea.

Una semilla sembrada hace décadas
José María es supernumerario del Opus Dei —una vocación que viven personas casadas, con su profesión y su familia, buscando la santidad en la vida ordinaria—. Desde joven, la formación cristiana que recibió le fue mostrando un camino muy concreto: el de servir a los demás sin hacer ruido.
Cuando era estudiante de Arquitectura en Madrid, en los años sesenta, iba con dos amigos a dar clase a los niños del barrio del Pozo del Tío Raimundo, entonces una zona muy humilde de la ciudad. «Algunos días llegaba a casa con barro hasta los tobillos, pero con el corazón lleno de cariño hacia esas criaturas», recuerda. Por esas mismas fechas empezaba a conocer el Opus Dei y descubría que esta dedicación estaba, de algún modo, en su propio origen: en los años previos a la fundación de la Obra, san Josemaría fue capellán del Patronato de Enfermos de Madrid y recorría a diario hospitales y barrios humildes de la ciudad para atender a los más necesitados. Tiempo después llegaría a decir que el Opus Dei había nacido precisamente entre los pobres y los enfermos de aquel Madrid.
Entre aquellas clases en el Pozo del Tío Raimundo y la fundación del comedor de San Roque pasaron más de cuarenta años. Para José María, sin embargo, hay un hilo que une ambos momentos: la misma atención a la necesidad de quien se tiene al lado. Por eso, cuando puso en marcha el comedor, sintió que no empezaba algo nuevo, sino que retomaba —ya con más años y más posibilidades— lo que había aprendido de joven.
Una fe que se vive en medio de la vida
José María se casó con Amalia y tuvieron ocho hijos. Toda su vida profesional —como arquitecto y promotor de viviendas en Granada y Jaén— transcurrió sin apartarse de esa intuición de fondo: la fe no se vive aparte de la vida diaria, sino dentro de ella, en el trabajo, en la familia, en la calle. En 1972 tuvo ocasión de participar en un encuentro de familia con san Josemaría en Jerez de la Frontera, una ocasión que recuerda como un estímulo para seguir por ese camino.
Con los años ha llegado a la conclusión de que iniciativas como el comedor de San Roque no nacen de ningún mérito propio, sino de la formación cristiana recibida. Por eso no se siente mejor que nadie: se ve, sencillamente, como uno más que aporta su granito de arena dentro de todo lo que la Iglesia hace a través de tantas personas e instituciones, como Cáritas. Lo que sí reconoce es que esa formación le ha ayudado a estar atento, a no mirar hacia otro lado ante la necesidad del que tiene al lado.
Mirando atrás, José María resume así lo aprendido: la vocación que Dios le regaló no le ha dado protagonismo, sino una gran felicidad silenciosa, y la certeza de que basta con poner lo poco que uno tiene al servicio de los demás para que Dios haga el resto.

