6. Una cruz sin Cirineos

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Don Josemaría se procuraba oraciones, con avidez, por todas partes. De la correspondencia del otoño de 1931 se conservan dos cartas. La primera, del profesor Pou de Foxá, está fechada en Zaragoza, el 20 de noviembre, y dice así: «Mi querido e inolvidable José Mª: Recibí tu carta que me hizo reír con tus ocurrencias. Bien me parecen tus propósitos, duro y adelante, que un aragonés no redra; y, como dices, si es mucha la Obra, es mucho también el artífice, siendo tú sólo la pasta de la que hará Dios lo que deseas, si esa pasta, de barro al fin, no se rebela contra el Escultor. Cree que con gusto le pido y pediré lleve adelante tu empeño; pues en ello saldría yo ganando, pues alguna partecita tendré en tus oraciones, que sin duda me reportarían gracias para dominar las ruindades y bajezas de esta tierra [...]. Recuerdos a tu mamá y hermanos y para ti un fuerte abrazo de tu amigo. José Pou de Foxá» |# 154|.

Claramente se adivina que el capellán de Santa Isabel escribió a su amigo pidiéndole oraciones y lamentándose de ser instrumento inadecuado, como para poner los fundamentos de una gran empresa sobrenatural. A lo que don José le contesta animándole a ponerse con docilidad en manos del Escultor divino, que moldeará a su gusto ese barro de que dice estar hecho.

La segunda carta es de don Ambrosio Sanz, canónigo de Barbastro:

«Barbastro 17 de Dic. de 1931.

Muy querido amigo: Recibí tu carta del 26 del pasado y recibí también tu telefonema de felicitación.

¿Qué te pasa que me hablas de hermosas cruces y pides con tanta urgencia oraciones? ¿Andas con alguna tribulación a cuestas o es que Cirineo de la caridad quieres ayudar a otros a llevarla? Sabes que tomo parte en todas tus alegrías y con más razón en tus penas por lo que si en algo puedo mándame, que mis oraciones muy pobres, más pobres que lo que tú supones no te faltarán. He hablado con alguno de los capellanes de monjas de clausura y he hecho la petición que me encomiendas.

Cuídate mucho y no vivas tan pendiente del cielo que te olvides que tienes aún tus pies apoyados en la tierra.

Afectuosos saludos a tu mamá y hermanos. Te quiere y abraza A. Sanz» |# 155|.

Don Josemaría, sin duda, le había escrito felicitándole con motivo de la fiesta de San Ambrosio, 7 de diciembre, y le había abierto, de paso, un poco su corazón, pidiéndole oraciones. Con ello puso en fuerte aprieto al canónigo, en cuya respuesta se adivina cierta preocupación. Porque si José Pou de Foxá despacha las "ocurrencias" de don Josemaría con buen humor y largándole cuerda, don Ambrosio no sabe en qué consisten aquellas "hermosas cruces" ni de qué Cirineos se trata. Y, temiendo un tanto por la salud de su joven amigo, le recomienda que, al atender lo espiritual, no descuide lo material de nuestra existencia.

Pero no; a cuestas con su cruz y sus penas, el capellán andaba por Madrid un camino sembrado de gracias estupendas y de sufrimientos nada corrientes. Con la brisa de mística exultación, que eleva y mece su alma por encima de las miserias de este mundo, acompañaba al Fundador un largo gemido de tribulaciones. En septiembre aparecen los primeros síntomas de una dolorosa prueba, que se prolonga a lo largo del otoño de 1931:

Estoy con una tribulación y desamparo grandes —se lee en sus Apuntes—. ¿Motivos? Realmente, los de siempre. Pero, es algo personalísimo que, sin quitarme la confianza en mi Dios, me hace sufrir, porque no veo salida humana posible a mi situación. Se presentan tentaciones de rebeldía: y digo serviam! |# 156|.

Tres semanas mas tarde, el 30-IX-31, anota:

Me encuentro en una situación económica tan apurada como cuando más. No pierdo la paz. Tengo absoluta confianza, verdadera seguridad de que Dios, mi Padre, resolverá pronto este asunto de una vez. ¡Si yo estuviera solo!... la pobreza, entonces, me doy cuenta, sería una delicia. Sacerdote y pobre: con falta hasta de lo necesario. ¡Admirable! |# 157|.

La limpidez de las notas autobiográficas de los Apuntes íntimos del Fundador permite ver con transparencia los estados y movimientos de su alma. Todas las cosas de mi alma —sin reservarme nada— las he comunicado y las comunicaré siempre con el director espiritual mío —dice en una catalina |# 158|.

Pero al entregar las Catalinas en herencia a sus hijos espirituales, les recomienda no airearlas: Que tengáis el pudor de no exhibir mi alma, les dice |# 159|. Quería evitar el exponer en público las estrecheces y sacrificios que pasaron los de su familia.

Para conocer de antiguo cómo le trataba el Señor, que para darle a él, daba una en el clavo y ciento en la herradura, prefirió afrontar el asunto cara a cara con el Señor.

Y me encaré con El —escribe el 2 de octubre de 1931, refiriéndose a Nuestro Señor— y le dije: Que el padre Sánchez me tiene prohibido pedirle aquello; que, por eso, no se lo pido, pero que (así, en baturro) que arregle a los míos y me fastidie a mí solico |# 160|.

(Lo que le prohibió el confesor era el pedir una enfermedad grave).

Para remediar, pues, en algo los sufrimientos de su madre y hermanos, decidió esmerarse, aún más, en el trato dentro de casa: veré en mi madre a la Ssma. Virgen, en mi hermana Carmen a Santa Teresa o a Santa Teresita, y en Guitín a Jesús-Adolescente |# 161|. (En el trato con su hermano Santiago no se las prometía muy felices, porque —advierte— el chiquillo tiene, como yo, un genio atroz).

Y lo que refiere más adelante (26-X-31) bien podría aclarar lo que escribía a don Ambrosio sobre hermosas cruces:

A esta falta de formación mía se deben bastantes de mis ratos de desaliento, de mis horas —y aun días— de apuro y de mal humor. Generalmente, me da Jesús la Cruz con alegría —cum gaudio et pace—, y Cruz con alegría... no es Cruz. Yo, por mi naturaleza optimista, he tenido habitualmente una alegría, que podríamos llamar fisiológica, de animal sano; no es ésa la alegría a que me refiero, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarse en los brazos amantes del Padre-Dios |# 162|.

A continuación explica en qué consistía esa Cruz sin Cirineos, sobre cuyo sentido misterioso se preguntaba el buen canónigo de Barbastro:

Señor, lo pesado de mi Cruz es que de ella participan otros. Dame, Jesús, Cruz sin Cirineos. Digo mal: tu gracia, tu ayuda me hará falta, como para todo. —Contigo, mi Dios, no hay prueba que me espante: pienso en una enfermedad dura, unida, p.e., a una total ceguera —Cruz mía, personal— y audazmente, tendría, Jesús, el gozo de gritar con fe y con paz de corazón, desde mi oscuridad y sufrimiento: Dominus illuminatio mea et salus mea!... —Pero, ¿y si la Cruz fuera el tedio, la tristeza? Yo te digo, Señor, que, contigo, estaría alegremente triste |# 163|.

Así meditaba el sacerdote, sin terminar de entender si el que su familia participase de la carga suponía un alivio o, por el contrario, la hacía aún más pesada:

Ni ahora sé, Jesús, si es exceso o falta de generosidad mi deseo de Cruz sin Cirineo. Exceso, porque lo es ese dolerme tanto la Cruz de los demás... Falta, porque parece disconformidad con lo que Tú quieres; porque parece que deseo, no tu Cruz, sino una Cruz a mi gusto |# 164|.

El caso es que, al remover doloridamente su sensibilidad y su imaginación, el alma se le ponía en carne viva, acusando piadosamente el peso de la Cruz sobre los de su casa:

Jesús hoy ha apretado la Cruz —la Santa Cruz— sobre los pobres hombros de los Cirineos: y ¡cómo me duele a mí! |# 165|.

Estas últimas catalinas las escribía arrodillado en su pobre cuartucho, no por especial devoción sino por falta de espacio: Desde hace bastantes días —explica—, por necesidad, pues tengo que escribir en mi cuarto y no cabe bien una silla, escribo las catalinas de rodillas. Y se me ocurre que, como son una media confesión, será grato a Jesús que siempre las escriba así, arrodillado: procurando cumplir este propósito |# 166|. En medio de aquellas angosturas veía claramente que tenía que resolver, por una parte, la situación canónica, con un nombramiento oficial para la capellanía de Santa Isabel; y, por otra, lograr la tranquilidad económica de los suyos. El mismo se extrañaba de que la familia siguiese subsistiendo en aquellas condiciones. No sé cómo podremos vivir, se preguntaba |# 167|. Pero lo cierto es que así vivían desde que salieron de Barbastro, aunque las cosas se agravaran de manera alarmante en Zaragoza. Ahora, en Madrid, la vida les resultaba casi un milagro diario. Y, para evitar sinsabores a su madre y hermanos, don Josemaría los alimentaba de esperanzas, sugiriéndoles que las cosas mejorarían:

Hasta ahora, vengo ocultando a mi Madre y mis hermanos nuestra verdadera situación. Así lo he hecho otras veces. Señor, Jesús mío, no es que yo no quiera Cirineos —quiero cuanto quieras—, sino que, con verdadera generosidad y por tu Amor, me gustaría evitarles estos disgustos |# 168|.

A fines de noviembre la situación se agravó |# 169|; y tales eran los apuros que se determinó a pedir prestado a los amigos, que, si no le daban dinero, le respondían con buenas razones. Hasta que el Señor le inspiró la idea de acudir a un banco, donde solicitó y obtuvo un préstamo de trescientas pesetas. Ese mismo día, 26 de noviembre, entendió nuevos aspectos de la pobreza y del desprendimiento al recibir la bendición con el Santísimo en la iglesia de Jesús de Medinaceli:

Y entonces —anota al regresar a casa— comprendí muchas cosas: No soy menos feliz porque me falte que si me sobrara: ya no debo pedir nada a Jesús: me limitaré a darle gusto en todo y a contarle las cosas, como si El no las supiera, lo mismo que un niño pequeño a su padre |# 170|.

Ese fue el día en que escribió a don Ambrosio pidiéndole oraciones. ¿Qué habría pensado el canónigo de haber leído esta otra catalina del 29 de noviembre?:

Jesús, ahora que realmente la Cruz es sólida, de peso, arregla las cosas de modo que nos llena de paz. Señor, ¿qué Cruz es ésta? Una Cruz sin Cruz. Con tu ayuda, conociendo la fórmula del abandono, así serán siempre todas mis Cruces |# 171|.

Y es que el Señor, de un soplo, le devolvió la paz, al hacerle comprobar el asombroso y, humanamente, inexplicable comportamiento de su madre y hermana admirablemente dispuestas a lo que Dios quiera |# 172|.

Pocos días más tarde (10-XII-31) escribirá:

Dios nuestro Señor está inundando de gracia a los míos. [...]. Ahora no es conformidad: es alegría. Definitivamente, en esta casa estamos todos locos |# 173|.

* * *

Al aproximarse la Navidad cayó enferma Carmen; luego, doña Dolores; y, a la noche siguiente, su hermano tuvo que guardar cama. Aquello parecía un hospital. Don Josemaría, que veía la oportunidad de pasarse esos días ayunando sin que nadie se enterara, no la desaprovechó. Pero doña Dolores sabía bien de qué pie cojeaba el hijo, el cual refiere un tanto deshilachadamente, y con explicables reservas, lo sucedido la noche del 20 de diciembre:

La pobre mamá se puso un poco nerviosa —cosa naturalísima—, diciendo que "esto no puede seguir así", y se enfadó conmigo porque no cené o merendé nada: "por eso se te pone la cabeza hueca", me dijo. En nombre de ellos, ofrecí a Jesús los malos ratos que pasan. Después rezamos, como de costumbre, el santo rosario. Hasta las once en punto, estuve tratando de hacer oración |# 174|.

Indudablemente, el testimonio es unilateral. Para completarlo habría que oír a la otra parte, a la madre, explicar las mortificaciones y ayunos del hijo, que ni comía ni cenaba y a quien le daban vahídos de pura flojera. De todos modos, el enfado de doña Dolores estaba superado cuando a la mañana siguiente, después de la conversación de la víspera, escribe don Josemaría esta mansa catalina:

Hoy (acabo de llegar de Santa Isabel), encuentro a mamá con mucha paz, como siempre, y trabajando en cosas de la casa como siempre también |# 175|.

En esos días, todo eran apremios para el capellán. Le empujaba su confesor. Le empujaba doña Dolores. Las cosas no podían continuar así. Madrid les estaba resultando un purgatorio, se lamentaba la madre. Y don Josemaría no tenía más remedio que reconocer que, efectivamente, toda la familia sufría purificaciones pasivas en la capital, como anota en una catalina del 23 de diciembre |# 176|.

Doña Dolores se había armado de sosiego y veía caer desgracias sin alterarse:

Es la última vez que apunto cosas de este género —escribe en una nota del 30 de diciembre—: estoy pasmado de ver con qué tranquilidad, como si hablara del tiempo, mi pobre madre decía anoche: "nunca lo hemos pasado tan mal como ahora", y, luego, seguimos hablando de otras cosas, sin perder la alegría y la paz. ¡Qué bueno eres, Jesús, qué bueno! Bien se lo sabrás pagar |# 177|.

Pero, a las dos semanas de haber hecho el propósito de no escribir más sobre lances familiares, se le escapa otra catalina de excepción |# 178|.

En esa dura prueba no podía faltar el diablo, padre del desasosiego, que terminó percatándose de cuál era el talón de Aquiles de aquel sufrido sacerdote, e insistió en atacarle por el lado familiar |# 179|. Ante la sugestión diabólica, el sacerdote se armó de paciencia y reciedumbre para resistir el embate. Esta era su súplica:

Jesús, puesto que soy tu borrico, dame la tozudez y fortaleza del borrico, para cumplir tu amable Voluntad |# 180|.

Mientras tanto doña Dolores, desconocedora aún de la empresa sobrenatural que traía entre manos su hijo, hizo sus gestiones particulares. Sería a principios de febrero de 1932 cuando escribió a Mons. Cruz Laplana, Obispo de Cuenca, con quien le unía cierto parentesco |# 181|. Le expuso la situación en que se hallaba Josemaría, y le pidió consejo. Por medio del canónigo doctoral, que tenía que pasar por Madrid uno de esos días, daba respuesta el Prelado a doña Dolores. El canónigo en cuestión era don Joaquín María de Ayala (el mismo que en el verano de 1927 pedía a don Josemaría por carta que le recogiese una sotana y le comprase piedras de encendedor); y el contenido del mensaje, una generosa invitación. Lola —le decía el Prelado—, ¿cómo no viene a verme tu hijo? Tengo una canonjía para él |# 182|.

¿Cómo iba a desaprovechar el demonio esta nueva oportunidad de tentarle? Sobre ello habló con don Norberto, el capellán segundo del Patronato de Enfermos. He aquí la catalina del 15-II-1932:

Luego (a D. Norberto se lo conté, cuando sucedía y después, al sentir la sugestión del enemigo) luego trae a la memoria que el doctoral de Cuenca habló con mamá para que yo fuera a opositar a una canongía vacante en aquella catedral... Después mi padre Director, diciéndome que la Obra había de comenzar en Madrid y que, a toda costa, tenía yo que continuar aquí. En fin, que satanás es listo, malo y despreciable, pero me ha hecho entrever que, como me decía —¡riéndose!— D. Norberto, cuando a mí me parecía que nunca podría ser, puedo perder la alegría y la paz (no las he perdido) y ¡pueden darme disgustos! |# 183|.

De la tentación salió victorioso y dispuesto a apretar a Jesús para que diese a los de su casa, a los Cirineos, con la paz espiritual que ahora tienen, el bienestar material |# 184|.

Tardó en llegar a la familia un mínimo de bienestar económico. Durante un par de años que Dios se hizo de rogar, las cosas fueron de mal a peor. Lo cual no impidió que el capellán de Santa Isabel, que continuaba con su cruz, exclamase dichoso: — Pues, Señor: yo soy el hombre feliz, que no tenía camisa |# 185|.