6. "Los días peores de esta temporada"

La vida en aquel cuarto del Consulado de Honduras discurría tranquila y apacible. Quienes vivían con el Padre se levantaban temprano. Pasaban por turno estricto al cuarto de baño. Luego solía darles el sacerdote la meditación, y celebraba misa. Desayunaban una taza de té. A continuación venía la mañana, llena de trabajo |# 213|.

Don Josemaría, en su papel de abuelo bondadoso, a efectos de sortear la censura, escribía a sus nietos de Madrid y Valencia, rellenando las páginas de sólidos puntos que meditar, entre bobadas y niñerías afectuosas. Después, a media mañana, el cuarto se transformaba en sala de estudio. Estudiaban o leían francés, inglés, alemán. Y el abuelo, con buen humor, para alegrar la lectura de sus hijos valencianos, a los que dirige la carta, simulaba hallarse en medio de un terrible barullo. Lo simulaba aposta, exageradamente, porque lo cierto es que a aquellos inquilinos del fondo del corredor los demás refugiados les conocían por "los del susurro". De allí no escapaba una voz más alta que otra |# 214|.

Nada: que este abuelo no os quería escribir más. Pero hoy, cuando intenté hacer algo de provecho y ya, luego de unos preliminares, iba a meterme a fondo en el primer punto de mi trabajo..., la chiquillería que padecemos, se ha soltado a dar berridos, y no hay paciencia humana que resista, ni cabeza que pueda concentrarse en una labor seria. ¡Ay, mi cuarto, mi cuarto, con mi soledad y con mi silencio! Los viejos necesitamos quietud: el barullo, las risotadas y los alborotos de atolondrados son incompatibles con mis años. Paciencia, ¿verdad? ¡Verdad! Para que nada me falte, me han dado unos metidos a la mesa, y otros a mi esquelética humanidad: trabaja, Mariano. ¡Que trabaje Rita!

[...] Muy monótona mi vida, peques: pero, estoy siempre a cien leguas del lugar físico donde me encuentro, resulta que apenas puedo hablar de monotonía. Charlo lo más que puedo con mi antiguo Amigo. Pienso en mi familia, quizá más de la cuenta. Tengo paz. Estoy con exterior gravedad, pero alegre. Y, con mi alegría, —los años, los recuerdos, el pensamiento de posibles peligros para mis hijos y mis nietos, y por alguna otra razón de disculpable egoísmo—, es raro el día que no lloro más de la cuenta también.

Josemaría, que está más razonable desde que le sacamos del manicomio, me persuade de que a mis criotes les va a venir muy bien, para formarse con un carácter viril, este ambiente penoso de lucha, en que se encuentran los españoles. Además, como extranjeros que son, pueden y deben permanecer extraños para evitarse la contaminación de determinados ambientes: y, bien vacunados, sin dejar nunca las Normas del médico, difícil es que pierdan su salud: que es lo que me interesa.

[...] Cuando me veo, a la vuelta de los años desde que formé hogar, con la familia repartida por ahí, cada día más numerosa, pienso en que necesito tener un corazón más grande que el mundo. Y me excuso de mis ratos de morriña y de pueril bobaliconería (¡los niños y los viejos!...), y querría abrazaros a todos con toda mi alma, como un abuelo pegajoso que soy, para que los golpes, que pudierais recibir, los recibieran las duras espaldas de este escribidor. No es extraño que, teniendo yo tantas deudas personales, me haya permitido salir fiador por todos, en estos tiempos de economía quebrantada. Y espero que se cobrará: ¡con qué alegría, si acepta —que sí—, daré hasta el último centavo!

[...] Que estéis fuertes. Y que no os enfadéis porque el abuelo os abrace con toda su alma

Mariano

Madrid — 30-IV-937 |# 215|.

A la hora del almuerzo iban todos juntos al comedor de la mesa redonda, donde se les servía, por lo general, un poquito de pan y un plato de sopa de arroz que, en ocasiones, venía reforzada con variantes de lentejas o algarrobas |# 216|.

Volvían después a su cuarto para la tertulia. Leían o trabajaban. El Padre solía acompañar un rato a la familia del Cónsul, cuya mujer estaba entonces bastante enferma. Por un tiempo acostumbraba hacer allí la oración de la tarde y las visitas al Santísimo, hasta que decidió no dejar ya reservado al Señor en el mueble de las habitaciones del Cónsul |# 217|.

Después de la cena —unas livianas sopas de pan o verdura cocida, o ensalada cruda—, rezaban el rosario, tenían otra tertulia y acababan desplegando ordenadamente las colchonetas para entregarse al sueño.

Pasar el día junto al Padre era vivir arropado en cariño y seguridad. Jamás le vieron —asegura el yerno del Cónsul— «un gesto de inquietud, o de depresión: era la persona que hacía fácil y amable la convivencia, que no planteaba problemas de ninguna clase, que nunca hizo un comentario menos positivo, ni para el gobierno rojo, ni para el blanco, ni para los bombardeos, ni para las dificultades» |# 218|. Hasta tal punto resultaba gozosa su compañía, aún en medio de semejantes circunstancias, que a uno de la Obra se le escapó espontáneamente lo que todos pensaban: «esto no puede continuar, es demasiada felicidad» |# 219|.

* * *

Al trajín del día por pasillos y vestíbulo, con discusiones y gritos, seguía el silencio de la noche. Aquel piso era, decía el Padre bromeando, una jaula de grillos |# 220|, nada recomendable para su alma, que necesitaba recogimiento.

En medio de la aparente uniformidad de la jornada, la imaginación y el corazón le llevaban a tratar con Dios la situación de sus hijos. Se sentía como forastero de su cuerpo y de sus sentidos. Repasaba mentalmente la condición de cada uno: los presos, los refugiados, los escondidos y los enfermos, y aquéllos de quienes no tenía noticias. Era preciso insistir para que el Amigo los conservase sanos de cuerpo y alma, y para que le diese a él un corazón grande, muy grande, donde cupieran todos.

Y en carta del 1 de mayo vuelve a recordar a los de Valencia la promesa hecha el día anterior por todos los de su familia: Críos —¡pobres críos!—, ahora que sabéis que el abuelito tiene compromiso formal de pagar las deudas familiares, no vayáis a derrochar... |# 221|.

Al leer las cartas, ¿entenderían sus nietos lo de salir fiador por todos, en estos tiempos de economía quebrantada? Por supuesto que entendían el compromiso del sacerdote con el Señor para expiar culpas propias y ajenas, pagando por los incontables pecados que descomponían la nación española; y que estaban dispuestas sus espaldas a encajar los golpes para evitar que pudieran sufrirlos sus nietos. Porque los destinatarios leían con avidez y retenían con gusto las cartas del abuelo, como refiere Pedro Casciaro a Isidoro: «Puedo decir, exagerando un poco, que todas las suyas me las aprendo de memoria, porque aquí, tan alejado de la familia, estoy muy solo y no encuentro más calor que en sus palabras, muy expresivas. Él se queja algunas veces de dificultad en la expresión. ¡Ah! si estuviera dentro de mí... Soy, con perdón del burro, el clásico pollino que lee y que no pronuncia» |# 222|.

Demasiado bien sabían sus hijos en qué consistía el espíritu de penitencia, por habérselo oído al Fundador infinidad de veces; cómo aprovechar las molestias, trabajos y contrariedades de la vida corriente elevándolas al plano sobrenatural, divinizando el dolor y los sufrimientos. Poco antes de estallar la guerra civil había dejado escrito: en la prosa de los mil pequeños detalles diarios, hay poesía más que bastante para sentirse en la Cruz |# 223|.

En agosto de 1936, al tener que abandonar la casa de su madre, se dio de cara por todas las esquinas de Madrid, y en los escondites en que pudo guarecerse, con los mil pequeños detalles diarios —soledad, hambre, persecución, enfermedad— con los que tejer poesía divina. Aunque no eran, realmente, tan prosaicos ni menudos. El desamparo había sido cruel y prolongado. El hambre padecida, mucha. La enfermedad en el sanatorio le había dejado en los huesos; y la persecución no había cesado. Todo ello era señal de la fuerte purificación pasiva a la que estaba sometiéndole el Señor. El Fundador, dócil y generosamente, tomaba esta Cruz a plomo, sin abandonar sus antiguas mortificaciones. Su espíritu de penitencia se orientaba a endulzar la vida del prójimo. Trataba de consolar a los afligidos, de no crear problemas de convivencia, de hacer pequeños servicios a los asilados. Procuraba no hablar de la guerra ni de sí mismo. Reprimía sin quejas el hambre. Dominaba su curiosidad. Sonreía y cultivaba el buen humor, transmitiendo a todos serenidad y alegría. Era cortés. Era puntual y ordenado. Ofrecía a Dios las privaciones y las molestias, que no eran pocas. En fin, de vez en cuando, agregaba unas disciplinas de sangre.

Habitualmente, sin explicarles el motivo, pedía el Padre que le dejasen un rato solo en el cuarto; o aprovechaba el que los demás se encontraban al otro extremo de la casa, en el comedor, para tomar las disciplinas. Un día, sin embargo, tuvo que hacerlo con un testigo presente, porque Álvaro estaba en el cuarto con fiebre, echado en una colchoneta. Cúbrete la cara con la manta, le dijo el Padre. Y comenzaron a oírse los golpes, recios y acompasados. Los contó Álvaro, por curiosidad. Fueron mil, todos con igual fuerza, todos con el mismo ritmo. El suelo —cuenta el testigo— estaba salpicado de sangre, y, antes de que los otros entrasen, ya el Padre lo había limpiado bien |# 224|.

El Señor aceptó su ofrecimiento generoso. No solamente por el bien de los suyos sino también como desagravio por la muchedumbre de crímenes y ofensas cometidos con ocasión de la guerra. El pensar en ello le abrumaba:

Hoy, el abuelo está triste —escribe a sus nietos de Valencia—, alicaído, a pesar de la amabilidad y del cariño de mi gente; y a pesar de la paciencia heroica de mi sobrino Juanito... que no está mandón. Y es que se acuerda de su juventud, y contempla la vida actual: y le entran unas ganas enormes de portarse bien, por los que se portan mal; de hacer el Quijote, desagraviando, sufriendo, enmendando. Y resulta que se le echan a correr el entendimiento y la voluntad (el Amor), y el Amor llega primero. Pero ¡llega tan desvalido, tan sin obras!... El abuelo está triste, porque él no acierta —viejo, sin fuerzas—, si no le ayudan, con su juventud, los nietos de su alma |# 225|.

En carta del 6 de mayo a los de Madrid se le escapa una confidencia aún más amarga: en toda esta temporada, los peores días son los que llevo metido en... ¡semejantes honduras! Desde luego, se está mejor en la cárcel. Ya se sufre, y se ofrece lo sufrido: pero, no es camino |# 226|.

Las horas del día las tenía repletas de ocupaciones. Buena parte de las noches, en cambio, las pasaba en blanco. Pues bien, hace unas noches —cuenta el Padre, esta vez a los de Valencia—, sobre las dos de la mañana o por ahí, se despertó vuestro tío Santiago, que usufructúa con Jeannot y conmigo dos colchones, y me gritó: "¿qué haces, hombre? ¿estás... llorando?" Y después ha tenido la frescura de decir que paso la madrugada dedicado al cante jondo. La verdad: no sé a qué carta quedarme: a lo mejor —¡viejo, viejo, abuelo!— es que canto y lloro. Pero, eso sí, siempre con una alegría muy, muy honda y esperanzada: que no es jonda, ni tiene nada que ver con la ópera flamenca |# 227|. ¿Qué le pasaba al Padre, siempre tan sereno y alegre, tan optimista y animoso?

Diez días más tarde —el 30 de mayo— se desahogaba de nuevo, al final de una larga carta a los de Valencia: ¿Quieres que te diga, Pacorro, lo que le pasa al abuelo? Te lo voy a decir, en parte: preocupaciones muy íntimas, muy... suyas (¡si no tengo nada mío!), en primer término; después, que le han dado donde más le duele, en los nietos. Y eso es casi todo |# 228|.

Como siempre, el Señor daba una en el clavo y ciento en la herradura. El Padre sufría con sus hijos: por falta de noticias, imaginando sus penas. Pero esta confidencia hecha a Paco Botella es muy velada, muy a medias palabras, muy reticente. Realmente, ¿qué preocupaciones le agobiaban? ¿Qué le ocurría?

No era, evidentemente, la primera vez que le sucedía. Porque si recorremos detenidamente sus Apuntes, daremos con una anotación en que se sirve de expresiones similares. Corresponde a la temporada de verano y otoño de 1931, temporada de grandes sufrimientos y grandes mercedes. Los síntomas eran de tribulación y desamparo grandes, con tentaciones de rebeldía y disconformidad con el querer de Dios, y cosas bajas y viles. Y, ¿cuáles eran los motivos? Realmente, los de siempre. Pero es algo personalísimo que, sin quitarme la confianza en mi Dios, me hace sufrir [...] y pienso, como en un remedio, en la cariñosa enfermedad fuerte que sé que me enviará, a su tiempo, el Señor |# 229|.

Aquellas preocupaciones muy íntimas, este algo personalísimo que le hace sufrir es la etapa de purificación pasiva con que Dios le despega, hasta la médula de su ser, de todo afecto que no sea el Querer divino. Ya antes había sido arrebatado hasta las cimas de la contemplación mística, hasta mirar de frente el sol |# 230|.

De este periodo de dura purificación pasiva, enviada por Dios al alma, dejó el Fundador unas notas, escritas en el Consulado. En una de ellas, del sábado 8 de mayo de 1937, se lee: Los días peores de esta temporada son los que paso en Honduras. (Son las mismas palabras de la carta del 6 de mayo a los de Madrid). Y continúa: Creo que pocas veces he sufrido tanto como ahora |# 231|.

Todo ello era manifestación de hallarse enclavado en esa Cruz prevista antes de que estallara la guerra civil. Cruz amorosamente aceptada con todos sus sufrimientos físicos y morales; incluida la purgación mística de todo su ser, que fue intensa y periódica, como se verá y explicará en cuanto transcurra otro año de su vida.

* * *

El piso de encima era considerado anexo dependiente del Consulado. Estaba lleno, a más no poder, de refugiados; entre ellos, el padre Recaredo Ventosa y otros sacerdotes de los Sagrados Corazones. Con el padre Ventosa se confesaba semanalmente don Josemaría |# 232|. ¿Cuál no sería el asombro del religioso cuando, a altas horas de la madrugada del domingo 9 de mayo, le despertaron porque venían del piso de abajo a verle con urgencia? Nos lo cuenta el visitante, en una nota de esa fecha:

Domingo, 9-Mayo-1937. —He sufrido esta noche horriblemente. Menos mal, que pude desahogarme, a la una y media o las dos de la mañana con el religioso que hay en el refugio. He pedido, muchas veces, con muchas lágrimas, morir pronto en la gracia del Señor. Es cobardía: este sufrir como cuando más, creo que no es otra cosa sino consecuencia de mi ofrecimiento de víctima al Amor Misericordioso. Morir —oraba—, porque desde arriba podré ayudar, y aquí abajo soy obstáculo y temo por mi salvación. En fin: de otra parte, entiendo que Jesús quiere que viva, sufriendo, y trabaje. Igual da. Fiat |# 233|.

Tan terrible era su angustia que cayó enfermo. No se levantó hasta el sábado, 15 de mayo. Al viernes siguiente escribía esta nota, a todas luces autobiográfica:

En carne viva. Así te encuentras. Todo te hace sufrir, en las potencias y en los sentidos. Y todo te es tentación... —¡Pobre hijo! |# 234|.

Ese tormento interior, esa purgación pasiva, que venía de atrás, duró largo tiempo:

23-domingo-1937: Oración mía de esta noche pasada, ante el temor de no cumplir la Voluntad de Dios, y ante las preocupaciones que siento por mi salvación: "Señor, llévame: desde el otro mundo —desde el purgatorio—, podré hacer más por la Obra y por mis hijos e hijas: Tú promoverás otro instrumento más apto que yo —y más fiel—, para sacar adelante la Obra en la tierra" |# 235|.

En medio de la noche del espíritu captaba por todas sus potencias, merced a una vivísima claridad infusa, su ineptitud como instrumento para hacer la Obra, su indignidad por no haber respondido fielmente a su misión, y su miseria como pecador que merece castigo.

De la batalla que estaba librando en las oscuridades de su alma nos llegan, de una nota del 26 de mayo, otras voces sobrecogedoras:

"Jesús, si no voy a ser el instrumento que deseas, cuanto antes llévame en tu gracia. No temo a la muerte, a pesar de mi vida pecadora, porque me acuerdo de tu Amor: un tifus, una tuberculosis o una pulmonía... o cuatro tiros, ¡qué más da!" |# 236|.

Invadía su ser una suprema congoja y, desnudo ante Dios, con confianza filial, proclamaba la primacía del amor sobre la muerte: No temo a la muerte, a pesar de mi vida pecadora, porque me acuerdo de tu Amor. Pero, junto a ese amor divino pervive, místicamente purificado, el amor a la Obra y el amor de paternidad por sus hijas y por sus hijos. Después terminará declarando, por fin, aquellas preocupaciones muy íntimas, muy... suyas. ¡Qué lejos estaban sus nietos valencianos de adivinar lo que le pasaba al abuelo!: siento dudas y congojas horribles, cuando pienso en mi salvación. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Madre!: ¿vais a consentir que me condene? ¡San José, Padre y Señor! ¡Relojerico! ¡San Pedro! ¡San Pablo! ¡S. Juan! |# 237|.

El abuelo dominaba heroicamente esa feroz batalla de los sentimientos, para no resultar llorón en sus cartas. Guardaba para sí las penas y espinas, y procuraba ser ameno, refiriendo a sus nietos sucesos regocijantes. Un tanto ornamentados, eso sí, o con pinceladas propias de la picaresca o de un sainete popular.

Del abuelo a Perico, vía Paco, para todos sus nietos.

Madrid, miércoles, 26 de mayo, 1937:

(Escribía cuando la luz del día acababa de llevarse esa terrible noche de dudas y congojas horribles, en que temía condenarse. Todavía con el ánimo sacudido por el clamor de la muerte, dispuesto a que le pegaran los milicianos cuatro tiros contra un paredón).

Todavía le quedaba un fondo de donaire para recordar a sus nietos alguna entretenida anécdota de aquella noche de insomnio:

el abuelo duerme poco, (voy a ponerme ridículo), y, en las sombras de la noche, rompió el silencio una campanada honda y vibrante, como de reloj controlado en una catedral: era la una: ¡plááámmm!... Y se escuchó, al momento, la voz plañidera y rota de un ente con faldas: "¡pobresita! ¡¡qué solita va!!" |# 238|.

(El Fundador se pasaba muchas noches en blanco y, hasta el fondo del pasillo, le llegaban los silencios y rumores de los asilados. Uno de esos días oyó dar la una en el reloj del vestíbulo y una voz de mujer que acompañaba la campanada solitaria.)

Aquellas tremendas pruebas interiores no le quitaban la paz. Sus cartas son un derroche de buen humor, «una delicia de Dios», dice Paco Botella; no sin agregar que «a través de las bromas y del ingenio de sus palabras, se adivina un sufrimiento enorme, preocupación por todos» |# 239|.

Nunca supieron sus nietos de aquella terrible purificación que atravesó su alma, aunque sí se dieron cuenta del desgaste de su naturaleza. Con ocasión de una visita hecha al Consulado, acompañado de Manolo Sainz de los Terreros, traza Isidoro una estupenda semblanza del Padre: «Ayer estuve con Manolín a ver al abuelo; como hacía ya meses que no lo veía, este peque lo ha encontrado bastante desmejorado. Efectivamente ha adelgazado muchísimo, no le queda de su expresión antigua más que la viveza de sus ojos, pero sigue con el mismo temple de siempre; sus palabras vivifican, infunden vida; es un verdadero revulsivo —que hace despreciar las pequeñas cosas materiales a las que uno, con las múltiples imperfecciones, aún se aferra. Cuando se sale de hablar con él se encuentra uno más ligero, como si le hubiesen quitado algo que le molestaba. Es necesario extremar el cariño y afecto hacia él, ya que él está continuamente pendiente de sus peques; nos pasa revista mentalmente a cada instante. Nos recuerda sobre todo cuando visita diariamente a nuestro gran protector D. Manuel» |# 240|.

  • “El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada