5. Pobreza de veras. Los Institutos Seculares

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Algo se le pegó a don Josemaría de esa particular serenidad que pedía al Señor. Al menos, asimiló el lado positivo de la calma con que procedía la Curia, pudiendo gloriarse, y son palabras suyas, de que: En Roma he aprendido a esperar, que no es poca ciencia |# 142|. A finales de 1946 se hallaba en pleno aprendizaje, porque todavía aguardaba, con relativa paciencia, muchas cosas de la mano de Dios: desde el dichoso Decretum laudis hasta una casa para impulsar la labor desde Roma, a escala universal. Pero, entre una y otra necesidad —el decreto y la casa— estaba otra más inmediata; a saber: la venida de sus hijas a Roma, porque, es imposible —decía— que continuemos como hasta ahora |# 143|. (Llevaban las tareas de la casa una empleada del hogar y otra mujer, que le ayudaba en las faenas domésticas; si bien, ninguna de las dos era persona idónea para el trabajo de administrar un Centro).

El Padre, pues, aguardaba la llegada a Roma de sus hijas con ilusión y paciencia, desquitándose de la espera con sus sueños apostólicos; y contemplando en presente la fecunda cosecha del futuro, como escribía a las de la Asesoría Central:

Os acompaño en todas vuestras preocupaciones; ahora mismo pienso en la vida, alegre y sencilla, de santidad que es nuestro camino: y os veo en las residencias, en la editorial, en Los Rosales. Y aquí, cerrando mis pobres ojos de carne, me pongo a soñar junto a San Pedro, y veo ¡hecho! todo lo que está por hacer, que es tanto y tan hermoso: extendida la labor por el mundo, para servicio de nuestra Madre la Santa Iglesia... Si queréis, si sois fieles, alegres, sinceras, mortificadas, almas de oración, todo será y pronto |# 144|.

Soñaba el Fundador desde la fe, pero sin hacerse doradas fantasías, y recalcando que no vivía en las nubes: no me gusta vivir de la imaginación. ¡Las cuatro patitas en el suelo!, para servir a Dios de veras, bien pendientes de Él por otra parte |# 145|. Con cierto orden y mucho sentido común, en carta del 16 de diciembre hace las advertencias pertinentes a sus hijas: que cojan el avión y avisen por telegrama quiénes llegan; que todas escriban antes a sus familias, comunicándoles la buena noticia de su ida a Roma; cosas que deben traerse y, finalmente, una indicación que retrata el cariño del Padre, que se preocupaba hasta de los detalles más nimios: que las chicas tengan en cuenta que aquí usan bastante el sombrero |# 146|.

Llegaron el día de San Juan, 27 de diciembre de 1946, por la tarde. Venían Encarnita Ortega y Dorita Calvo con tres numerarias auxiliares: Julia Bustillo, Dora del Hoyo y Rosalía López. A poco de aterrizar estaban las cinco en grupo compacto, esperando el equipaje facturado, y rodeadas de bultos de mano, porque carecían de dinero para pagar el exceso de peso. «Estando así —cuenta Encarnita—, las cinco juntas, con el asombro que produce desconocer el país al que se llega, no hablar el idioma y carecer de medios económicos, vimos aparecer a nuestro amadísimo Padre, acompañado de don Álvaro. La alegría fue desbordante, y sentimos el nuevo país como propio» |# 147|.

Salieron en dos coches del aeropuerto de Ciampino; uno de ellos con el equipaje. En el asiento delantero del otro iba el Padre con el conductor. En lugar de dirigirse directamente a casa pasaron cerca del Coliseo y —según recuerda Dorita Calvo—, «inició el Padre con voz muy potente y segura el Credo; parecía como si quisiese transmitirnos la firmeza de su fe» |# 148|, donde tanto cristiano la había refrendado con su sangre.

«La llegada a casa fue emocionante», cuenta Encarnita |# 149|. Sin duda, la compañía del Padre y el agolpamiento de novedades removían hondas sensaciones. Pero enseguida entraron aquellas mujeres en faena. En el diario de Città Leonina (que, por supuesto, nada tiene que ver con la zona de la Administración, que es Centro aparte) escribe escuetamente el cronista, en esa memorable fecha del 27 de diciembre de 1946: «Por fin hoy llega la Administración [...]. Poco tiempo después de llegar a casa, la cocina y alrededores habían sufrido un cambio total». Y a renglón seguido: «Hoy hemos cenado como Dios manda» |# 150|.

El cargamento de provisiones que traían de Madrid parecía desmentir lo que una semana antes les había escrito el Padre, que, aunque soñaba, no fantaseaba castillos en el aire:

Las que vienen a Roma van a saber lo que es pobreza de veras; lo que es un frío auténtico, húmedo y sin calefacción; lo que es vivir en casa ajena, hasta que forcemos el Corazón de Jesús... Que se preparen, con entusiasmo y con la alegría habitual, a estas pequeñas cosas encantadoras. No es posible hacer fundación de casas sin contradicciones. Y las que he apuntado son bien pocas |# 151|.

Pronto se acabaron las provisiones y se volvió a la realidad prometida por el Padre, es decir, a las consecuencias propias de la pobreza. Durante 1947, y los años que siguieron, vivieron las estrecheces conforme al espíritu de la Obra: sin rebelarse contra las humillaciones que llevaba consigo el carecer de lo necesario, sin lamentaciones, sonriendo y sin decir siquiera esta boca es mía.

Dorita Calvo hace un breve repaso de la situación: «se carecía de todo: de espacio —ocupábamos medio piso—, se dormía en camas plegables, en el suelo; no había dinero, no podíamos encender la calefacción», etc. |# 152|. Rosalía López completa un tanto el cuadro de la escasez, pero sin excesos ni lamentos: «Pasamos ahí frío y hambre. El oratorio, que era la parte principal del piso, era también muy pobre, y en el resto del edificio no teníamos ni siquiera lo indispensable. Cuando iba un huésped a comer, no teníamos ni sillas ni cubiertos» |# 153|.

Aquel piso de Città Leonina resultaba un excelente instrumento de apostolado. El Padre lo utilizaba para dar a conocer la Obra a muchos dignatarios de la Iglesia: cardenales, obispos, monseñores, consultores y otros miembros de la Curia romana. Se servía del apostolado del almuerzo, de que habla Camino |# 154|. Era necesario. Era el modo más rápido y directo para tratar y conocer a esas personas, acercándolas a la Obra. Funcionaba el piso a pleno rendimiento. Acudían allí con gusto los invitados. La conversación amable, el ambiente grato, el afecto con que se les acogía, la decoración, y hasta la presentación de los platos que se servían a la mesa, ayudaban a entender la vida de los miembros del Opus Dei. Lo que no veían por parte alguna los invitados era la discreta y callada pobreza, que reinaba, sin embargo, en toda la casa.

De una visita guarda memoria Encarnita Ortega: «recuerdo que cuando vino a visitarnos la Marquesa de Mac Mahón, se quedó maravillada por la casa tan bonita que teníamos... Parecía imposible que aquel piso pudiera causar esa impresión. Pero realmente todo estaba muy cuidado, sin que faltasen unas flores casi siempre cerca de la Virgen; o las persianas entornadas para dar a la habitación una luz especial. Los muchos invitados que tuvimos en aquel rincón romano, se sentían a gusto allí» |# 155|.

Aquella casa tan agradable, que maravillaba a la Marquesa, no era más que parte de un piso realquilado por los vecinos, que ocupaban el resto de las habitaciones. Se trataba de un ático y, por lo tanto, sujeto a las temperaturas extremas: a los calores y a los fríos. Constaba la casa de un vestíbulo amplio y acogedor, que daba entrada a la pieza central que, según la hora del día, hacía de sala de estudio, comedor o cuarto de estar; y por las noches, cuando se desplegaban tres o cuatro colchonetas, de dormitorio. Al lado estaba el cuarto del Padre, único que tenía cama durante el día, y que utilizaban los enfermos.

El cuarto del Padre y la sala de estar daban a una terraza cubierta, aquella en que pasó en oración el Fundador su primera noche en Roma. Don Álvaro vivía en un ensanchamiento del pasillo, donde habían puesto una cama y una silla. La mejor habitación de la casa era el oratorio; no amplio, pero acogedor y sencillo. En la zona de servicio, que estaba en la misma planta, pero absolutamente separada del piso donde vivía el Padre, había un dormitorio para las tres numerarias auxiliares. Las otras dos numerarias durmieron por un tiempo en casa de unos amigos del Padre y, otra temporada, en una residencia |# 156|.

El ámbito por el que se movían los invitados comprendía el vestíbulo de entrada, la sala de estar —que hacía de comedor— y la terracilla con vistas a San Pedro. Al parecer, la gente siempre se despedía muy contenta. El jueves, 23 de enero de 1947, por ejemplo, tuvieron dos invitados a comer; y anota el cronista en el diario de la casa: «han quedado muy satisfechos; todo les parecía estupendo. Y es que ahora se puede invitar a quien sea a comer en casa» |# 157|.

Semejante elogio, tan tímido, tan indirecto, no permite siquiera entrever las condiciones de trabajo de las administradoras y los continuos apuros que pasaban. En primer lugar, porque no disponían de dinero, que es símbolo universal de adquisición y quien carece de él viene, prácticamente, a carecer de todo. El día que llegaron don Álvaro les dio cinco mil liras para hacer frente a los gastos de la casa. Una casa con diez bocas a la mesa, a las que había que sumar las de los frecuentes invitados. Está de más el insistir sobre el poder adquisitivo de aquellas cinco mil liras de entrada, porque la situación corriente era muy otra. De ella nos habla Dorita Calvo: «Nos pasaban a la administración todo el dinero que había en la casa. Cuando nos faltaba, y por no agobiar al Padre, demorábamos todo lo que podíamos el volver a pedir más. Estando en esta situación —sin una lira— llegó el Padre de la calle una tarde y nos pidió algunas liras para pagar un pequeño gasto que tenía que hacer. No le pudimos dar nada» |# 158|.

Muy frecuentemente compraban al fiado. Los efectos de la pasada contienda se notaban en la escasez de alimentos, como los huevos, que las administradoras iban a buscar a los pueblos cercanos a Roma. Las mil combinaciones que se hacían en la cocina, para preparar un menú decente, digno de un invitado ilustre, las echaba por tierra el azar al cortarse la corriente eléctrica o el suministro de gas. Esto creaba situaciones tragicómicas. «Varias veces —cuenta Encarnita—, con invitados a la hora de almorzar, fue preciso hacer la comida en un brasero, porque faltaba el gas. Entonces, Dora del Hoyo, que servía la mesa  , procuraba ir despacio, para que contásemos con un poco más de tiempo; y cuando salía del comedor, quitándose los guantes, atizaba el fuego con el soplillo para que la cazuela cociese con mayor fuerza» |# 159|.

Gracias a las administradoras, que en tan difíciles condiciones obraban portentos culinarios, podían agasajar a altos personajes eclesiásticos, tomando ocasión de ello para hablarles del Opus Dei. Pero aquellos invitados tampoco se daban cuenta de la estela de pobreza y ayunos que dejaba tras de sí el apostolado del almuerzo. «Cuando no había visita —testimonia Álvaro del Portillo— nos tocaba pasar mucha hambre, siempre con alegría» |# 160|.

El espíritu de pobreza que el Padre exigía no era el de aguantar estoica y pasivamente la indigencia sino salir alegre y activamente a su encuentro: aprovechando todo bien, administrando con sentido común y visión sobrenatural, porque «no gastar lo necesario puede ser falta de fe» |# 161|, en cuanto es dudar de la divina Providencia. Para un hijo de Dios, pobreza, en todo caso, no es equivalente a roñosería.

«El Padre —cuenta Encarnita Ortega— nos exigía mucho en el modo de vivir la pobreza: aprovechamiento del tiempo; luces apagadas siempre que no fuesen necesarias; compras bien pensadas y en los sitios que ofrecieran mayores ventajas; aprovechamiento de alimentos en la cocina, de restos de telas, de chinchetas, clavos o cualquier material empleado para hacer un arreglo. Comprobábamos cómo aprovechaba su ropa personal: las sotanas, el abrigo —en el que las piezas que lo formaban eran mayores que la tela original—, los papeles en donde escribía; cómo le preocupaba que el sol deteriorase los pocos muebles que teníamos. Todo nos estimulaba a querer aprender a vivir esta virtud detalladamente» |# 162|.

De todos modos, se encontraban todavía en los preámbulos de la pobreza de veras que les había anunciado por carta el Padre, y hacia la cual caminaban deprisa. Pero lo cortés no quita lo valiente. A los pocos días de llegar a Roma se celebraba la Befana, el día de los regalos |# 163|. Sus hijas pensaron mucho qué le regalarían. Por entonces venían sufriendo restricciones de electricidad y apagones inesperados, por lo que se les ocurrió comprar al Padre una palmatoria. Aun así la empresa no fue fácil, pues no les sobraba una triste lira. Y, para redondear el regalo, le hicieron un juego de purificador, corporal y amito |# 164|.

* * *

Despidieron el año 1946 rezando un Te Deum; e iniciaron el 1947 con misa de medianoche, seguros de que si el Señor había sido tan generoso con ellos el año que acababa, más lo sería el nuevo. Aun dándolo por cierto el Padre ardía en impaciencia, que se le escapaba, como el vapor a presión, en todo momento. En la mañana de Año Nuevo de 1947 escribía a los de Madrid:

Las cosas siguen su curso —un curso excesivamente lento, pero aquí son así— y, en la cuestión de la casa, bien poco podemos hacer, mientras no se solucione, como es debido, la cuestión económica, que va por esas tierras de España con el mismo ritmo que si Madrid fuera Roma. Paciencia.

Ayer tuvimos Misa a medianoche. Antes, al acabar el año, rezamos el Te Deum y las oraciones de acción de gracias. Mucho nos dio el Señor en el año último, pero estoy seguro de que, si somos fieles, este año 47 será más fecundo en todos los estilos.

Me gustaría salir de aquí cuanto antes. Sin embargo, hay que estar al pie del cañón, aunque nada más sea haciendo la guardia. También valdrá esto algo delante de Dios... ¡para mi genio! |# 165|.

Sí, realmente, requería mucha fuerza el dominar un carácter que tendía a afrontar los problemas armado de audacia sobrenatural, con rapidez de decisión y sin demoras en la ejecución. Tal era su modo de ser. Es comprensible, por lo tanto, que, en medio de la necesaria burocracia y prudencia de despacho en la Curia, el Padre se sintiese reducido y como maniatado. A duras penas podía contenerse. El ímpetu de la acción le salía espontáneo. En cierta ocasión, conversando con sus hijos, les decía:

Somos cinco y parece, a primera vista, que no hacemos nada. Pero un día, más tarde, los que vengan y hablen de nuestra estancia aquí en Roma, nos mirarán con envidia |# 166|.

Bajo la sensación de una actividad reprimida, el Padre calificaba de aparente inactividad la situación en Città Leonina. No había tal ocio, ni siquiera aparente. El Padre, acompañado siempre de don Álvaro, hacía o recibía visitas, empleando el tiempo libre en redactar documentos, despachar asuntos de gobierno y retocar la redacción de algunos puntos del Catecismo de la Obra: una explicación, en frases breves, del espíritu y del derecho de la Obra. Y todo ese trabajo, sazonado de dolores y molestias.

El 6 de enero amaneció Roma cubierta de nieve. Para calentar el piso tenían un brasero. En el diario de la casa, con fecha 7 de enero, se dice: «Don Álvaro ha estado hoy algo molesto del hígado y con dolor de cabeza». Y líneas abajo: «Poco después de las cinco salimos para comprar unas medicinas para el Padre, y enterarnos del precio de las estufas eléctricas, pues el brasero no da calor suficiente» |# 167|. Al otro día, 8 de enero, acompañado de dos de sus hijos, se echó el Padre a la calle dispuesto a «comprar un horno para la cocina, la estufa y la máquina de coser para la Administración», escribe el cronista |# 168|. A partir de esa fecha, en los restantes días del mes, don Álvaro pasó muchas noches sin dormir, con un persistente dolor de muelas, que le obligó a ir siete veces al dentista. Con todo, se las arreglaba para hacer vida normal y no quejarse; y, como decía el Padre, cuando se queja es porque lo pasa muy mal |# 169|.

Tampoco se quejaba don Josemaría, aunque su estado físico, sin llegar al agotamiento, era de perpetuo cansancio. Esto se debía, mayormente, a que se entregaba en cuerpo y alma al trabajo, con pasión y sin reservas. Cuando venía de la calle y no podía coger el ascensor porque habían cortado la corriente, en aquella época de restricciones, subía los cinco pisos jadeando, y llegaba a casa deshecho |# 170|. Aquí y allá aparecen anotaciones en el diario sobre las dolencias y achaques del Padre, que le obligaban a veces a acostarse temprano y sin cenar, o a pasarse todo un día en su cuarto, encerrado y trabajando |# 171|.

Fue el Cardenal Lavitrano, Prefecto de la Congregación de Religiosos, que padecía también de diabetes, quien aconsejó al Fundador que visitase al profesor Carlo Faelli. Al hacer su historia clínica, el Dr. Faelli le preguntó si había tenido disgustos; y don Álvaro, que le acompañaba, oyó con estupor «que contestaba muy decidido que no, que no había tenido disgustos» |# 172|. El médico, sin insistir, anotó: «es hombre que ha sufrido mucho, aunque afirme que no ha tenido disgustos» |# 173|.

Las contrariedades, evidentemente, mucho tenían que ver con la salud del Padre, como también las fuertes mortificaciones y el esfuerzo por dominar su temperamento. Como contrapartida y compensación estaban las alegrías, de las que no pequeña parte procedían de sus hijas. De las cinco personas de la Obra que trabajaban en aquel piso no podía decir el Fundador, ni de lejos, que llevaban una aparente inactividad. Muy al contrario; le tenían ganado el corazón. De su pluma de Padre no salen más que alabanzas, y las pone sobre las nubes:

Queridísimas —escribe a las de la Asesoría Central—: Ya están aquí, en plena labor, vuestras hermanas. Ha sido una bendición de Dios muy grande, su venida |# 174|.

Y dos semanas más tarde les hace ver que se ocupa de sus problemas, incluida la batería de cocina:

Vuestras hermanas de aquí están encantadas, aunque, por no tener aún casa propia, tienen que ir a la noche a casa de los Pantoli, que son buenísimos.

Hoy les han traído una balanza, que puede pesar hasta diez kilos; y vamos completando, poco a poco, la batería de cocina. Lo que le daría mucha envidia a Nisa es el horno eléctrico; pero que tenga paciencia, y vendrá a hacer sus tartas, que yo no podré probar para no dar gusto a la diabetes. Pienso que alguna excepción se podría hacer, porque el Prof. Faelli asegura que constitucionalmente no soy diabético... y que el azúcar vino por los disgustos: no recuerdo haber tenido nunca ni un disgusto, y, en todo caso, comer un buen trozo de una buena tarta no es para disgustarse |# 175|.

* * *

A mediados de enero de 1947 ya se había puesto nombre a la ley con que se iba a regular el tan esperado Decretum laudis. Fácil es adivinarlo por la manera de dar la noticia el Fundador:

Roma, 17 de Enero, 1947

Que Jesús me guarde y bendiga a mis hijos.

Queridísimos: No imagináis cuántas ocupaciones hay en esta bendita Roma, cómo trabajan vuestros hermanos, y de qué manera doy gracias al Señor por haber venido aquí, donde están cuajando bendiciones del cielo tan grandes: grabad en vuestras cabezas —y en vuestros corazones— estas palabras: "Provida Mater Ecclesia". —No preguntéis. Esperad. |# 176|.

Pero el trabajo de los juristas y las normas de procedimiento se demoraban más de lo que el Fundador quisiera:

Esto se va prolongando más de lo que yo pensaba —escribe el 31 de enero—. Sin embargo, tenemos la seguridad de que dentro de febrero (desde luego, antes de S. José) habremos terminado felizmente nuestro camino canónico. Provida Mater Ecclesia! |# 177|.

Y, de pronto, fechas más adelante, se da uno de cara con esta anotación en las páginas del diario de Città Leonina: «hacia las ocho hicimos la oración con el Padre en el oratorio. Nos habló de perseverancia, de humildad, de ser como la semilla que se entierra bien hondo. ¡Si nos convenciésemos de que precisamente en esta labor humilde y oculta está la fecundidad de nuestro trabajo!» |# 178|. Un tanto sorprendente es el comentario: «Hacía tanto tiempo que el Padre no hacía la oración así, con nosotros. Pero, ¡qué lástima!, cuando se ha terminado la oración no se acuerda uno exactamente de lo que ha dicho» |# 179|. El tono de la meditación del Padre debió de ser desacostumbrado, y tan vibrante, que el cronista se quedó con la sustancia y no con las palabras.

Desde ese día —9 de febrero— hasta el final de mes todo es actividad y movimiento, temores y esperanzas por la suerte del Decretum laudis y la sanción de la Provida Mater Ecclesia. El día 11 don Álvaro estuvo «toda la tarde danzando de una parte a otra» |# 180|. El Congreso pleno, que había de dar su parecer sobre la Provida Mater Ecclesia y el Decretum laudis, se reunió el 13; y el 14 de febrero escribía el Fundador a los de Madrid:

Queridísimos: Muy padrazo fue el Señor con nosotros, ayer. Las cosas, en el "Congresso pieno", que presidió el Sr. Card. Lavitrano, salieron como esperábamos. Laus Deo |# 181|.

A este respiro de optimismo siguen unos días de inquietud. El Padre pide a todos que redoblen sus oraciones esos días. «Nos ha dicho —se lee en el diario— que hay que acordarse mucho, mucho, de los asuntos pendientes, pues el demonio se ha empeñado en meter el cuerno por medio, pero si Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros?» |# 182|. A todo esto, se acercaba el 24 de febrero, fecha en que el Cardenal Lavitrano sometería a la aprobación del Papa el Decretum laudis del Opus Dei. Era grande la expectación por parte de todos; y enorme el trabajo para don Álvaro, que estaba con Mons. Bacci dando los últimos retoques estilísticos al latín de la Provida Mater Ecclesia |# 183|. (El Padre y don Álvaro llevaban meses siguiendo de modo activo la preparación de la Provida Mater Ecclesia).

La tensión descargó, por fin, la tarde del 24. Ese día el Padre, con don Álvaro y otros dos de la Obra, fueron a enterarse del resultado de la audiencia del Cardenal Lavitrano. Entró don Álvaro a hablar con él y los demás esperaron en el coche. Al poco tiempo regresó don Álvaro. No le dio tiempo de llegar al coche, porque el Padre salió a su encuentro. Luego, lleno de gozo, dijo a los que esperaban: ya somos de derecho pontificio |# 184|. Y, una vez en marcha el coche, recitó un Te Deum. Describiendo las peripecias de ese 24 de febrero deja correr familiarmente la pluma el cronista del diario:

«Ahora el Padre parecía muy fatigado y, como decía don Álvaro, es lógico, pues ha esperado esto durante veinte años. Además, si para nosotros ha sido una alegría muy grande, con más motivo para él. Es natural que esté fatigado, pues el amar fatiga; y el Padre, como tiene un corazón tan grande, ama mucho [...]. Para festejarlo, a la cena nos han dado como postre brazo de gitano» |# 185|.

* * *

El texto normativo que regiría los Institutos Seculares —las formas nuevas aprobadas por la Iglesia— se promulgó como Constitución Apostólica, ya que Pío XII quiso dar a la Provida Mater Ecclesia una sanción pontificia de mayor categoría y solemnidad que no un simple decreto emanado de un Dicasterio de la Curia Romana |# 186|. Esta Ley peculiar de los Institutos Seculares, junto con otros documentos promulgados en 1948 |# 187|, compone el marco legislativo en que se encuadran los mencionados Institutos, a los cuales se define como «sociedades clericales o laicales, cuyos miembros, para adquirir la perfección cristiana y ejercer plenamente el apostolado, profesan en el mundo los consejos evangélicos» |# 188|. La nota fundamental que define esta nueva figura jurídica es, pues: la condición secular de sus miembros, que profesan los consejos evangélicos y ejercitan el apostolado. Considerados desde otro punto de vista, es decir, definidos negativamente, de los Institutos Seculares puede decirse que no son Religiosos (Órdenes o Congregaciones), ni tampoco Sociedades de vida común, tal como las contempla el Codex, pues ni admiten los tres votos públicos de religión ni imponen a sus miembros la vida común o morada bajo un mismo techo |# 189|.

El Decretum laudis, que lleva por título Primum Institutum (primero de los Institutos Seculares aprobado) |# 190| describe la particular fisonomía jurídica del Opus Dei, estructura, miembros y vida apostólica. En él se define al Opus Dei como Instituto prevalentemente clerical, a causa de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que lo informa totalmente. Y en su parte dispositiva se dice que el Papa Pío XII: «por el presente Decreto, de acuerdo con la Constitución Provida Mater Ecclesia y con las propias Constituciones, que fueron revisadas y aprobadas por la Sagrada Congregación de Religiosos, alaba y recomienda al Opus Dei, junto con la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz como Instituto Secular, bajo la autoridad de un único Superior General, cuyo oficio es ad vitam, y lo declara de derecho pontificio, dejando a salvo la potestad de los Ordinarios, según el tenor de la misma Constitución Apostólica» |# 191|.

La alegría del Fundador fue grande. A las veinticuatro horas de haber obtenido el Decretum laudis escribía a los del Consejo General:

Roma, 25 de febrero, 1947.

Jesús me guarde a mis hijos.

Ayer sancionó el Santo Padre nuestro decretum laudis. ¡Ya somos de derecho pontificio! |# 192|.

Y a las de la Asesoría Central, con igual fecha:

Ya veis que estamos de enhorabuena: somos de derecho pontificio [...]. Con estas bendiciones de la Iglesia, iremos superando los obstáculos, que, por otra parte, son inevitables. Ya se remediarán con los años |# 193|.

El Fundador estaba, realmente, de enhorabuena. Había conseguido lo que fue buscando a Roma en 1946: la sanción del Opus Dei como institución de derecho pontificio. Mejor aún, la unidad institucional del Opus Dei, en cuanto fenómeno pastoral, quedaba suficientemente asegurada. En el decreto se aprobaba la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei —con nombre abreviado: Opus Dei— como Instituto Secular de derecho pontificio bajo la autoridad de un Presidente General, en el que se unían una sección de hombres y otra de mujeres. No como partes desvinculadas de un todo —ese todo es el Opus Dei— sino separadas e independientes; aunque «de tal modo que siempre, con una única erección, de hecho, como regla general hay dos centros separados en cada uno de los domicilios del Opus Dei» |# 194|.

Si esto era así, y razón había para felicitarse de ello, ¿por qué el Padre cantaba victoria a medias? ¿Cuáles eran esos obstáculos inevitables, que el tiempo iría remediando? ¿En qué se fundaban sus reservas y temores?

Aquel dicho de que la Obra había llegado a Roma con un siglo de anticipación, y que la única solución posible era esperar, porque no existía un adecuado cauce legal para lo que la Obra representaba |# 195|, no era tan exagerado como a primera vista parece. El Fundador llegó a Roma cuando se preparaba la normativa de las formas nuevas y no tenía otra solución, si quería obtener el Decretum laudis, que embarcarse jurídicamente en la Provida Mater Ecclesia. Ahora bien, la Provida Mater Ecclesia era una red barredera de las formas nuevas, con un mucho de cajón de sastre, adonde habían de refugiarse todo tipo de Institutos Seculares, por lo que se dio a su normativa la amplitud suficiente para que cupiesen todos, tanto los cercanos a las Congregaciones religiosas como los vecinos a las asociaciones de fieles. La figura jurídica de los Institutos Seculares según la Provida Mater Ecclesia quedó perfilada, por tanto, de manera muy amplia y ambigua, como fruto de un compromiso entre el estado religioso y el laical |# 196|.

Durante su estancia en Roma, el Fundador hubo de mantener un prolongado debate en defensa de la secularidad de la Obra, un filial forcejeo, como él explica:

para que los miembros de los Institutos Seculares no fueran considerados personas sagradas, como algunos querían, sino fieles corrientes, que eso son; mi afán en que quedara claro que no éramos ni podíamos ser religiosos; la necesidad de que no se cerrara el paso a ningún trabajo honrado, ni a nuestra actividad en cualquier quehacer humano noble |# 197|.

El Fundador tuvo que seguir una política de tira y afloja, concediendo lo imprescindible, pero manteniéndose firme en lo que era esencial a la naturaleza del Opus Dei |# 198|. De momento el Fundador tenía resueltos sus problemas, pero, de acuerdo con la Provida Mater Ecclesia, el Opus Dei quedaba bajo la dependencia de la Sagrada Congregación de Religiosos, y esta situación —escribía en 1947— hace prever no pocos peligros en el futuro |# 199|.

Tenía que defender su herencia divina; lo cual le obligaba, para evitar confusionismos entre la vida y vocación de los religiosos y la vida y dedicación profesional de los miembros del Opus Dei, a insistir en las notas diferenciales. Tantas veces había explicado el profundo trecho que mediaba entre los laicos y los religiosos, entre los fieles corrientes y las personas consagradas a Dios, que, hasta la comparación con su estilo de vida, le producía reacción inmediata |# 200|.