5. El 2 de octubre de 1928

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

El distrito de Chamberí, en el que se encontraba el Patronato, era la prolongación, hacia el norte, del casco viejo de Madrid. Zona de ensanche en la que predominaban viviendas de la clase media, con cuatro y cinco plantas; y extensos solares entre conventos, palacetes y dependencias administrativas. Abundaban también los edificios de ladrillo, construcciones de final de siglo, con mezclas de estilo y adornos mudéjares con tracería gótica.

La vivienda de doña Dolores, a cierta distancia del Patronato, se hallaba a tono con la situación económica de la familia, que dependía enteramente de los ingresos de don Josemaría. No es necesario insistir en que eran cortos, sin que sepamos con precisión hasta qué punto. Una de las Damas Apostólicas se aventura a hacer una muy prudente especulación, al decir que la economía de los Escrivá «no debía estar muy boyante, pues vivían sencillamente» |# 96|. Por el lado de la docencia también se desconocen sus ingresos. Un dato suelto, correspondiente al verano de 1928, nos ilustra marginalmente sobre la apurada situación de aquel hogar. El 31 de agosto se matriculó don Josemaría de tres asignaturas del doctorado de Derecho, teniendo que abonar de golpe 150 pesetas |# 97|. Cantidad ésta demasiado respetable como para permitirse el capricho de no presentarse luego a examen de la "Literatura jurídica española", que era una de las asignaturas. Los otros dos exámenes los pasó satisfactoriamente, el 15 de septiembre.

Si el capellán carecía de tiempo para el estudio y de dinero para el pago de las tasas de examen, ¿cómo es que pudo desembolsar las dichas 150 pesetas? La verdad es que no salieron de su bolsillo sino que el pago de esa suma fue un rasgo de generosidad por parte de don José Cicuéndez, que sabía que el profesor de Canónico y Romano no tenía un cuarto |# 98|.

Terminados los exámenes extraordinarios de septiembre, en la universidad y en las academias se gozaba de un par de semanas de descanso antes de emprender el nuevo curso. Don Josemaría, que solía hacer todos los años ejercicios espirituales de ocho días, aprovechó esa pausa académica. El capellán segundo del Patronato le suplió en sus funciones y él arregló las cosas para asistir a una tanda de ejercicios para sacerdotes diocesanos |# 99|. La Casa Central de los Paúles, donde iban a darse, estaba cerca del Patronato. Era una amplia edificación de ladrillo de cuatro pisos, en torno a un patio jardín interior, con habitaciones sencillas y austeras, que daban a largos corredores. Adosada a aquella construcción, a la entrada de la calle García de Paredes, estaba la iglesia de San Vicente de Paúl, hoy de la Milagrosa, acabada en 1904. Por detrás había «una ancha huerta llena de fertilidad, de verdor, matices y lozanía, con varios cuadros cortados por sendas y paseos, cubiertos de frondosos árboles, frutales unos, de sombra otros» |# 100|. A medida que corrían los años, estos enormes espacios abiertos de huertas y jardines, que se extendían hasta Cuatro Caminos, alternando con grandes solares y zonas edificadas, se los iba comiendo el ensanche.

Comenzaban los ejercicios el domingo, 30 de septiembre, y duraban hasta el 6 de octubre. El domingo por la tarde se presentó allí don Josemaría, provisto de sus efectos personales y un buen puñado de papeles y notas sueltas. En ellas —como va dicho— había ido recogiendo, entre otras cosas, las gracias extraordinarias dispensadas por el Señor durante diez años, principalmente en forma de inspiraciones e iluminaciones |# 101|.

Más adelante explicó con toda sencillez, el origen y contenido de esos papeles, que pasaron a formar parte de unos Apuntes íntimos, que él denominaba Catalinas: No sé si he indicado el proceso de estas notas, en alguna parte de las Catalinas. Por si no he dicho nada, haré constar que, sin duda alguna, tendría yo dieciocho años, o quizá antes, cuando me sentí impulsado a escribir, sin orden ni concierto... Ahora recuerdo que de esto se habla en las primitivas cuartillas. Basta pues |# 102|.

Pero con esta aclaración nos despierta el apetito de la curiosidad y nos deja insatisfechos, porque esas primitivas cuartillas no existen. Su historia fue corta. Las trasladó al primer cuaderno de sus Apuntes, y más tarde echó el cuaderno al fuego. Había en sus páginas muchos sucesos de carácter sobrenatural y al considerar, lógicamente, que si alguien los leía le tendría por santo, decidió destruirlos |# 103|. En efecto, las anotaciones revelaban, por encima de otras consideraciones, lo realmente extraordinario de su vida. La fidelidad de don Josemaría a los barruntos del Amor resultaba heroica, después de diez largos años de abnegada correspondencia a la gracia. Su fe, ciertamente, era gigante. Su esperanza, inconmovible. Y su amor, desbordado en obras. Pero aquel joven sacerdote, olvidando la espera y los sinsabores, se daba por muy bien pagado con las gracias recibidas. Solamente él sabía hasta qué punto era deudor.

A estas alturas, el Señor, que venía preparándole desde el día de su nacimiento para poner en sus manos un encargo divino capaz de remover el curso de la Historia, juzgó ya maduro a su elegido. Don Josemaría no tenía más que veintiséis años, y había caminado admirablemente al paso de Dios, sin reservas ni demoras. Y el Señor, siempre celoso de las almas predilectas, no se dejó ganar la mano en largueza. En medio de los barruntos de amor le fue colmando de gracias. Era el joven sacerdote consciente de la secreta operación de los favores extraordinarios que recibía, aunque no de todos; y de la serenidad y buen humor que comunicaba en torno suyo; y de sus dotes como consejero y guía de almas. Notaba la mano de Dios en la entereza frente a las adversidades, en la eficacia apostólica de su palabra, en la docilidad con que se plegaban al calor de su ministerio sacerdotal los pobres y enfermos del Patronato, los niños o los universitarios. Parecía como que los obstáculos se allanasen a su paso y le fuesen marcando una ruta que le acercaba a un querer divino largamente soñado y presentido.

Al fin, su incesante clamor —Domine, ut videam!, Domine, ut sit!— había alcanzado la cima desde donde divisar un plan divino que no venía de ayer, ni de diez años atrás, sino de la eternidad del Amor de Dios. Ahora, el corazón de aquel joven sacerdote era como el botón de una flor a punto de reventar.

* * *

Componían aquella tanda de ejercicios seis sacerdotes. Se levantaban a las cinco de la mañana, y se retiraban a las nueve de la noche. Entre medio: exámenes de conciencia, misa, pláticas, oficio divino... |# 104|.

El martes por la mañana, dos de octubre, fiesta de los Ángeles Custodios, después de celebrar misa, se encontraba don Josemaría en su habitación leyendo las notas que había traído consigo. De repente, le sobrevino una gracia extraordinaria, por la que entendió que el Señor daba respuesta a aquellas insistentes peticiones del Domine, ut videam! y del Domine, ut sit!

Siempre guardó una comprensible reserva sobre este maravilloso suceso y sus circunstancias personales |# 105|. Justamente tres años más tarde describirá el meollo de lo ocurrido:

Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé —estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática— di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Ángeles |# 106|.

Bajo la luz potente e inefable de la gracia se le mostró la Obra en su conjunto; «vi» es la palabra que usaba siempre al definir este hecho. Esta inesperada visión sobrenatural absorbía en sí todas las parciales inspiraciones e iluminaciones del pasado, repartidas por las notas sueltas que estaba entonces leyendo, y las proyectaba hacia el futuro, con nueva plenitud de sentido |# 107|.

Fueron unos instantes de indescriptible grandeza. Ante su vista, dentro del alma, aquel sacerdote en oración vio desplegado el panorama histórico de la redención humana, iluminado por el Amor de Dios. En ese momento, de manera indecible, captó el meollo divino de la excelsa vocación del cristiano, que, en medio de sus tareas terrenales, era llamado a la santificación de su persona y de su trabajo. Con esa luz vio la esencia de la Obra —instrumento aún sin nombre—, destinado a promover el designio divino de la llamada universal a la santidad, y cómo de la entraña de la Obra —instrumento de la Iglesia de Dios— irradiaban los principios teológicos y el espíritu sobrenatural que renovarían a las gentes. Con inmenso pasmo, entendió, en el centro de su alma, que dicha iluminación no sólo era respuesta a sus peticiones, sino también la invitación a aceptar un encargo divino.

Enseguida, tras la torrencial efusión de la gracia, invadió al sacerdote ese sentimiento de singular inquietud que experimentan las almas ante la presencia soberana del Señor. Y, al desencadenarse en la conciencia de la criatura el temor y el miedo, oye el alma un «¡no temas!» confortante:

Son palabras divinas de aliento —refiere con carácter autobiográfico el Fundador—. En el Testamento Viejo y en el Nuevo, Dios y los seres celestes las pronuncian, para levantar la miseria del hombre y disponerlo a un coloquio de iluminación y de amor, a la confianza en las cosas aparentemente imposibles o difíciles, a las que no llega la fuerza de la criatura [...].

Os puedo asegurar, hijos míos, que esas almas no ambicionan ni desean las manifestaciones de esa ordinaria providencia extraordinaria de Dios, y que tienen una profunda conciencia de no merecerlas: os vuelvo a repetir que sus sentimientos ante ellas son de temor, de miedo. Aunque después, el aliento del Señor —ne timeas!— les comunica una seguridad inquebrantable, las enciende en ímpetus de fidelidad y entrega; les da luces claras, para cumplir su Voluntad amabilísima; y las enardece, para lanzarse a metas inaccesibles al alcance humano |# 108|.

Dispuesto ya a un coloquio de iluminación y de amor, rompería en hacimientos de gracias, mientras de lo hondo de su ser saltaba con ritmo impaciente el Domine, ut sit! Ahora, ante un panorama de total claridad, más allá de los barruntos y de los presentimientos, aquella alma se rendía gustosamente a la vocación fundacional para llevar a cabo el designio divino |# 109|.

Hasta el cuarto del sacerdote en oración llegaba el jubiloso voltear de campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, en el barrio cercano de Cuatro Caminos. El repiqueteo quedó para siempre en su espíritu: Aun resuenan en mis oídos —decía en 1964— las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, festejando a su Patrona |# 110|.

* * *

Para aquel joven sacerdote la fecha del 2 de octubre de 1928 tenía un sentido muy preciso. Era la fecha de la fundación del Opus Dei. Por eso existe en todos sus relatos una gran vigilancia de estilo para evitar ambigüedades de interpretación; aislando, aposta, el suceso sobrenatural de las demás circunstancias personales:

Y llegó el 2 de octubre de 1928. Yo hacía unos días de retiro, porque había que hacerlos, y fue entonces cuando vino al mundo el Opus Dei |# 111|.

Ese hecho histórico fue un acontecimiento imprevisto e inesperado. En modo alguno la concepción de una empresa humana, sino el resultado de un empujón divino en la historia de la Humanidad. Rompió la Obra en el mundo, aquel 2 de octubre de 1928, dirá el Fundador, de manera impersonal, en una de sus meditaciones |# 112|.

En todo caso queda claro su origen. Don Josemaría tuvo siempre firme conciencia de que el protagonista de aquel suceso, su autor principal, quien dominaba la situación con su majestad, quien tomaba la iniciativa irrumpiendo imperiosamente en el alma de su siervo, era el Señor. Ese día —dice—, el Señor fundó su Obra, suscitó el Opus Dei |# 113|.

Colocándose en segundo plano, evitó, pues, el empleo de la palabra "fundador". Se atribuyó siempre un papel secundario, como receptor de aquella iluminación divina, como persona gratuitamente elegida por el Señor para jugar con él, como juega un padre con un niño pequeño:

Una vez más se ha cumplido lo que dice la Escritura: lo que es necio, lo que no vale nada, lo que —se puede decir— casi ni siquiera existe ..., todo eso lo coge el Señor y lo pone a su servicio. Así tomó a aquella criatura, como instrumento suyo |# 114|.

Y, más expresivamente, escribió en 1934:

La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre [...]. Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho |# 115|.

Aquella iluminación constituyó, para siempre, su único punto de referencia histórica en cuanto al origen de la Obra, considerando ese 2 de octubre como fecha de una invitación y de una respuesta, por su parte, a ese llamamiento fundacional |# 116|.

Es razonable —decía un 2 de octubre— que os dirija unas palabras en el día de hoy, cuando comienzo un año nuevo de mi vocación al Opus Dei. Sé que vosotros lo esperáis, aunque debo deciros, hijos de mi alma, que siento una gran dificultad, como un gran encogimiento de mostrarme en este día. No es la natural modestia. Es el constante convencimiento, la claridad meridiana de mi propia indignidad. Jamás me había pasado por la cabeza, antes de aquel momento, que debería llevar adelante una misión entre los hombres |# 117|.

* * *

La fecha del 2 de octubre era el mojón que señalaba con exactitud el momento histórico en que la mente del Fundador quedó iluminada con una idea clara general de su misión |# 118|. Lo sorprendente es que a ese hecho sobrenatural va adosado otro hecho grandemente significativo, pues las inspiraciones que aquel joven sacerdote venía recibiendo con cierta regularidad, se interrumpieron de pronto. A partir del 2 de octubre de 1928 dejaron de fluir, como si se hubiesen secado las entrañas del manantial. Se terminaron las primeras inspiraciones, escribirá luego en sus Apuntes. Y ese silencio divino se prolongó hasta el mes de noviembre de 1929, en que empieza otra vez la ayuda especial, muy concreta, del Señor |# 119|.

Las notas sueltas que el ejercitante se llevó consigo, al objeto de meditarlas en el retiro, eran ideas, al parecer, sin sistematizar. En los días siguientes de los ejercicios las fue recopilando ordenadamente, conforme a la iluminación general recién recibida sobre toda la Obra. Esa visión unitaria del proyecto divino realzaba, con nuevas dimensiones, lo anteriormente inspirado de manera fragmentada. Y, dentro de aquel escenario de inconmensurables dimensiones históricas, «vio el Opus Dei, tal como el Señor lo quería y como debería ser a lo largo de los siglos» |# 120|.

En el cuaderno de apuntes que destruyó se incluían las anotaciones referentes a la fundación, hasta marzo de 1930. Pero lo que vio el 2 de octubre de 1928 fue algo que jamás se apagó en su mente ni dejó de arder en su corazón. Desde esa fecha, la luz recibida de Dios —sobre la llamada universal a la santidad y la búsqueda de la plenitud de vida cristiana en medio del mundo y a través del trabajo profesional— constituyó la sustancia de su predicación. Al mismo tiempo, fue redactando documentos, que más tarde entregaría a sus hijos en el Opus Dei. En el más antiguo de dichos escritos, una extensa carta fechada el 24 de marzo de 1930, el Fundador parece escuchar en sus primeras líneas el eco amoroso del grito: ignem veni mittere in terram et quid volo nisi ut accendatur, y da a conocer al mundo la misión divina que le ha encomendado el Señor:

El corazón del Señor es corazón de misericordia, que se compadece de los hombres y se acerca a ellos. Nuestra entrega, al servicio de las almas, es una manifestación de esa misericordia del Señor, no sólo hacia nosotros, sino hacia la humanidad toda. Porque nos ha llamado a santificarnos en la vida corriente, diaria |# 121|.

Semejante designio divino, esa llamada universal a la santidad, a la perfección cristiana, es muestra clara del amor infinito del Señor, que tiene puestos los ojos y el corazón en la muchedumbre, en todas las gentes. Y el Fundador lanza al mundo su proclama, en nombre propio y en nombre de quienes le sigan el día de mañana. Son palabras audaces e imperiosas, como de quien ha recibido una misión personal de Dios cara a la historia:

Hemos de estar siempre de cara a la muchedumbre, porque no hay criatura humana que no amemos, que no tratemos de ayudar y de comprender. Nos interesan todos, porque todos tienen un alma que salvar, porque a todos podemos llevar, en nombre de Dios, una invitación para que busquen en el mundo la perfección cristiana, repitiéndoles: estote ergo vos perfecti, sicut et Pater vester caelestis perfectus est (Matth V, 48); sed perfectos, como lo es vuestro Padre celestial |# 122|.

Dios no discrimina las almas —El mismo lo asegura—, ni establece excepciones, de modo que nadie puede excusarse diciendo que no ha sido invitado. Han caído barreras y prejuicios:

Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa —homo peccator sum (Luc. V, 8), decimos con Pedro—, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: no es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo |# 123|.

Dios va derechamente al encuentro con los hombres, sin sacarles de su sitio: de la tierra en que moran, de la profesión que ejercen, de la situación familiar en que se hallan. Dios nos aguarda a todos en lo pequeño, en lo corriente, porque en la vida raramente suceden cosas muy extraordinarias. A Dios hay que descubrirle, pues, en las tareas corrientes y cotidianas:

lo extraordinario nuestro —sigue anunciando el Fundador— es lo ordinario: lo ordinario hecho con perfección. Sonreír siempre, pasando por alto —también con elegancia humana— las cosas que molestan, que fastidian: ser generosos sin tasa. En una palabra, hacer de nuestra vida corriente una continua oración |# 124|.

En los pequeños sucesos diarios, hechos con amor y a la perfección, en los trabajos y dificultades, en las alegrías, en una tarea profesional bien ejecutada, en el servicio a la sociedad y al prójimo, se encierra siempre un tesoro. Porque el trabajo profesional y las relaciones sociales constituyen el ámbito y la materia que han de santificar los cristianos, haciéndose santos en el desempeño de las obligaciones familiares y civiles. En la llamada universal a la santidad va implícito, por tanto, el valor santificador del trabajo ofrecido a Dios, el valor cristiano de actividades seculares que nos despegan de este mundo sin dejar de estar asentados en él. De manera que el alma toma ocasión de todo ello para santificarse, para divinizarse.

En esa vida corriente, mientras vamos por la tierra adelante con nuestros compañeros de profesión o de oficio —como dice el refrán castellano cada oveja con su pareja, que así es nuestra vida—, Dios Nuestro Padre nos da la ocasión de ejercitarnos en todas las virtudes, de practicar la caridad, la fortaleza, la justicia, la sinceridad, la templanza, la pobreza, la humildad, la obediencia... |# 125|.

De modo que las ciencias y el arte, el mundo de la economía y de la política, la artesanía y la industria, las labores domésticas y cualquier otra profesión honrada dejan de ser indiferentes o profanas. Porque cualquier actividad, vivificada en unión con Cristo, hecha con espíritu recto, de sacrificio, de amor al prójimo y de perseverancia, con intención de dar gloria a Dios, queda ennoblecida y adquiere valor sobrenatural.

Por entonces escribía el Fundador en una catalina: Cristo nuestro Rey ha manifestado su deseo. Y luego, en breves palabras, hacía compendio de aquella doctrina, y de cómo alcanzar la santidad:

estando nosotros siempre en el mundo, en el trabajo ordinario, en los propios deberes de estado, y allí, a través de todo, ¡santos! |# 126|.

El núcleo esencial del mensaje divino, mensaje de amor y de santificación, reclamaba una misión apostólica con el fin de esparcir la buena nueva por todos los rincones de la tierra, y una obra o institución para propagarla entre los hombres. Esa misión la recibió don Josemaría el mismo 2 de octubre y en esa misma fecha y hora puso el Señor en sus manos el instrumento para realizar aquella empresa apostólica:

desde aquel día —nos dice— el borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas. Ese día el Señor fundó su Obra |# 127|.

Carga hermosa porque aquel joven sacerdote, alter Christus, iba a ser heraldo del nuevo mensaje para la humanidad. Mensaje: viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo. Sin embargo, en el mejor de los casos, se veía como un humilde y despreciable borrico sobre el que, de golpe, impusieran una carga preciada y gravosa. Hermoso gravamen, compartido por el Señor, que se había metido hasta el hondón de su alma. En rigor, así sentía don Josemaría su vocación:

Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación.

La vocación nos lleva —sin darnos cuenta— a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: ésa es la llamada |# 128|.

Sus dos peticiones, incansablemente repetidas por más de diez años, eran ya una realidad cristalizada. La súplica Domine, ut videam! se cumplía al revelarse el designio divino sobre su vida, para bien de toda la humanidad. Y desde el punto en que Dios le aceptó como instrumento para realizar la Obra —un ser con entraña divina—, había logrado respuesta su Domine, ut sit:

Quería Jesús, indudablemente, que clamara yo desde mis tinieblas, como el ciego del Evangelio. Y clamé durante años, sin saber lo que pedía. Y grité muchas veces la oración "ut sit!", que parece pedir un nuevo ser...

Y el Señor dio luz a los ojos del ciego —a pesar de él mismo (del ciego)— y anuncia la venida de un ser con entraña divina, que dará a Dios toda la gloria y afirmará su Reino para siempre |# 129|.

El presentimiento que tuvo en Logroño de que le sobrevendría un algo que, según sus palabras, estaba por encima de mí y en mí |# 130|, se había cumplido. Por encima de él estaba el plan divino y, dentro de él, la gracia fundacional necesaria para enfrentarse con las dificultades y llevarlo a término. Tenía, pues, capacidad y experiencia suficiente para realizarlo, como lo prueba el hecho de que el Señor pusiera enteramente en sus manos la fundación de la Obra. Estaba cargado de virtudes sobrenaturales y humanas; llevaba vida contemplativa en medio de sus ocupaciones y trabajos; poseía ímpetu apostólico, dotes de gobierno y celo por las almas. En una palabra, tenía ya, en germen, el espíritu que requería la fundación. Sin otro maestro que el Espíritu Santo, encarnaba ya la Obra como Fundador. De suerte que, de la semilla que el Señor había plantado en su mente y en su corazón brotaría todo el espíritu y toda la realidad de la Obra.

Dios confiaba a don Josemaría una misión de carácter sobrenatural, plenamente inscrita en la misión de la Iglesia; esto es, hacer realidad tangible el designio de la llamada universal a la santidad en todo tiempo:

Al suscitar en estos años su Obra, el Señor ha querido que nunca más se desconozca o se olvide la verdad de que todos deben santificarse, y de que a la mayoría de los cristianos les corresponde santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario. Por eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o en ese oficio suyo, siendo almas contemplativas en medio de la calle |# 131|.

La Obra venía a ser, en el seno de la Santa Iglesia, un medio de promoción apostólica, con objeto de proclamar a los cuatro vientos la buena nueva y dar testimonio de la búsqueda de la santidad en medio del mundo:

Nos ha elegido el mismo Jesucristo —escribía el Fundador—, para que en medio del mundo —en el que nos puso y del que no ha querido segregarnos— busquemos cada uno la santificación en el propio estado y —enseñando, con el testimonio de la vida y de la palabra, que la llamada a la santidad es universal— promovamos entre personas de todas las condiciones sociales, y especialmente entre los intelectuales, la perfección cristiana en la misma entraña de la vida civil |# 132|.

La Obra venía a responder al grito aquel ignem veni mittere in terram con un dispositivo de movilización apostólica, para anunciar por todas partes, con el ejemplo y la doctrina, el deseo ardiente del Señor. Pero, al llevar a cabo esa misión, los miembros de la Obra actuarían como fieles corrientes, iguales a los demás ciudadanos, con los que tienen en común costumbres, profesión y preocupaciones sociales. Cumplirían esa misión sin afán de distinguirse, con naturalidad, desde dentro de la sociedad, siendo levadura en medio de la masa, para conducir el mundo a Dios, para poner a sus pies el trabajo y los corazones de los hombres. Vosotros y yo sabemos y creemos —escribía el Fundador— que el mundo tiene como misión única dar gloria a Dios. Esta vida sólo tiene razón de ser en cuanto proyecta el reino eterno del Creador |# 133|.

Por eso, desde el momento en que aparece la Obra, se oye un nuevo clamor en la vida y escritos de aquel sacerdote:

llegará pronto la Pentecostés de la Obra de Dios... y el mundo todo oirá en todas sus lenguas las aclamaciones delirantes de los soldados del Gran Rey: Regnare Christum volumus! |# 134|.

* * *

El Señor, que nunca fuerza nuestra libertad, pidió el sí a don Josemaría. Un sí dado fervorosamente por el joven sacerdote al proyecto divino. Además, el Fundador, con mucha humildad, convirtió la respuesta en un gozoso Serviam!, ¡serviré! Jaculatoria que recitó a diario durante toda su vida. Era un grito de sometimiento pleno a la voluntad de Dios, una afirmación de estar dispuesto a realizar la Obra, y un rechazo de toda rebeldía. Porque se escucha —decía a sus hijos— como un colosal non serviam, en la vida personal, en la vida familiar, en los ambientes de trabajo y en la vida pública |# 135|.

Aquel 2 de octubre se dio perfectamente cuenta aquel sacerdote de su pobreza y de la mucha ayuda que necesitaba. Sin echarse atrás, pidió al Señor luces y fuerza: una voluntad de hierro, que, unida a la gracia divina, nos lleve a terminar para toda la gloria de Dios, su Obra, a fin de que Cristo-Jesús efectivamente reine, porque todos con Pedro irán a El, por el único camino, ¡María! |# 136|.

Y, queriendo resumir en pocas palabras cuál era el norte de su fundación y qué finalidad perseguía, terminó sellándolo en tres jaculatorias. En ellas cifraba el camino de santificación de los miembros de la Obra:

Jesús es el Modelo: ¡imitémosle! Imitémosle, sirviendo a la Iglesia Santa y a todas las almas. "Christum regnare volumus" "Deo omnis gloria" "Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam". Con estas tres frases quedan suficientemente indicados los tres fines de la Obra: Reinado efectivo de Cristo, toda la gloria de Dios, almas |# 137|.

Comprendió también, desde un primer momento, que de su comportamiento personal en la ejecución de la empresa divina dependían grandes cosas para la Iglesia y para la historia del mundo. Se sabía poseedor de un valiosísimo carisma; pero, como el "siervo bueno y fiel" de la parábola evangélica tenía que ponerlo a producir. El Fundador vio, ese 2 de octubre, que era preciso abrir, con el esfuerzo personal y las gracias inherentes a su carisma de Fundador un camino que aún no existía. Pregonar aquel mensaje de santidad en medio del mundo, movilizar apostólicamente las almas, guiar y renovar espiritualmente a multitud de fieles en el seno de la Iglesia, serían acontecimientos sin precedentes históricos. Lógicamente, era previsible que, al crecer la Obra, con el ejercicio del apostolado y la búsqueda de la santidad en medio del mundo, se produjese un inesperado fenómeno pastoral y ascético, que exigiría nuevos moldes en la praxis y en la teoría. El proceso de la fundación iba, pues, a resultar un largo y dificultoso recorrido, que no acabaría hasta el momento mismo de la muerte del Fundador. El poseía el espíritu de la Obra. El era el tronco del que saldrían las ramas y los frutos.

El Fundador no vio los accidentes particulares de ese largo y penoso itinerario que le llevaría a la meta. Vio en cambio la Obra proyectada en el fondo de los siglos, como designio providentemente realizado por Dios. En lo que a él se refería, estaba dispuesto a empezar a construir cuanto antes, porque de lo que sí estaba seguro, desde un comienzo, es de que aquello le costaría sangre y lágrimas:

bien sé —declara confiadamente— que los primeros que comencemos a trabajar hemos de amasar, con lágrimas de sangre, esa argamasa del cimiento, de que vengo hablando. No perderemos ni la fe, ni la alegría: lo podremos todo en Aquel que nos confortará |# 138|.

* * *

En esos días de retiro en los Paúles acabó de reconocer la mano providencial del Señor, que había ido preparando la piedra fundacional en los graves sucesos que obligaron a la familia a peregrinar de Barbastro a Logroño, de Logroño a Zaragoza, y de Zaragoza a Madrid. Con esa luz, su vida adquirió nuevo y total colorido. Dios le había traído hasta la Villa y Corte para zambullirle, a fondo, en los problemas de la humanidad.

Consideraba yo por la calle, ayer tarde —escribirá en sus Apuntes—, que Madrid ha sido mi Damasco, porque aquí se han caído las escamas de los ojos de mi alma [...] y aquí he recibido mi misión |# 139|.

Examinó los medios materiales de que iba provisto para esa misión y cayó en la cuenta de su desnudez. El Señor le había ido despojando, en el camino de su vida, de toda impedimenta. Me encontraba entonces solo con el único bagaje de mis veintiséis años y de mi buen humor |# 140|, nos dice haciendo el recuento. (Y en otra ocasión: Hemos empezado a trabajar en la Obra, cuando el Señor quiso, con una carencia absoluta de medios materiales: veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor. Y basta) |# 141|.