5. Curación de la diabetes (27-IV-54)

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

A mediados de 1952 la situación económica era, a todas luces, insostenible. La deuda había adquirido tan pavorosas proporciones que no acertaban a reducirla. La búsqueda de nuevos créditos bancarios, de donativos y de limosnas resultaba infructuosa. Y, para terminar de agravarlo, aparecieron de nuevo ciertas molestias que algunas personas nos procuran |# 133|. (Así llamaba el Fundador, con delicado eufemismo, a los rebrotes de la contradicción). Todo ello sometía a dura prueba la paz de espíritu del Padre, el cual recurrió, como siempre, a una oración más intensa.

Tenía el Padre un medallón con dos esmaltes, en los que estaban representados los Corazones de Jesús y de María. Según Encarnita Ortega eran regalo de doña Cándida, la dueña de Talleres Granda, empresa madrileña que fabricaba objetos de culto sagrado y promovía el arte litúrgico. Todas las noches, don Josemaría depositaba, con gran amor, un beso en los Corazones, acompañado de unas jaculatorias: ¡Corazón de Jesús, danos la paz! ¡Dulce Corazón de María, sed la salvación mía! |# 134|.

Muy antigua, y extendida por toda España, era la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Esta devoción llevó al Fundador a solicitar que el decreto de la aprobación definitiva del Opus Dei tuviera fecha del 16 de junio, festividad del Sagrado Corazón, aunque al documento le correspondía fecha posterior en varios días. Pensó, además, en hacer una imagen del Sagrado Corazón, a tamaño natural, de talla policromada e inscrito en la base el día de la concesión del decreto Primum inter: 16-VI-1950 |# 135|.

En medio de los ahogos pecuniarios, y como para forzar la mano del Señor, el Padre pidió a los de Madrid, por carta del 1 de agosto de 1952, que dijesen muchas veces al día la siguiente jaculatoria: Cor Iesu sacratissimum, dona nobis pacem! |# 136|. Y poco más tarde pidió lo mismo a los de Colombia |# 137|.

Pero tan mal cariz presentaba el asunto de las obras al entrar el mes de septiembre, que el Fundador, viendo que la empresa romana se iba a pique, lanzó un S.O.S., por si el Señor quería poner fin a esta tortura |# 138|. Las obras se encontraban, irremediablemente, en las últimas cuando decidió consagrar el Opus Dei, con todos sus miembros y apostolados, al Sagrado Corazón de Jesús.

Pronto haré la consagración al Sagrado Corazón —anuncia a los de México—. Ayudadme a prepararla, repitiendo muchas veces: Cor Iesu sacratissimum, dona nobis pacem.

Y, a modo de postdata, la petición de auxilio: S.O.S.

Seguimos con el agua hasta el cuello. Y también con la misma confianza en nuestro Padre-Dios |# 139|.

Acercábase el 26 de octubre, Fiesta de Cristo Rey, día fijado para la ceremonia de la consagración, y don Josemaría animaba a todos sus hijos a que le ayudasen a hacerla a su gusto, a gusto del Corazón de Jesús |# 140|. En tal atolladero se había metido que, a juzgar por lo que escribe, sentíase acorralado, sin escapatoria, atado de pies y manos:

Ponemos los medios terrenos y rezamos, aquí. Pero —insisto— no se ve salida [...]. Si no resolvemos este nudo antes de fin de mes, podemos llevar un golpe que alegre a satanás |# 141|.

Diez días de respiro antes del previsto hundimiento, si es que Dios no remediaba la situación. Entre tanto el Fundador seguía pidiendo auxilio, ante el temor de que se parasen las obras. Confiaba en que la Virgen no les desampararía y que su Divino Hijo, al acercarse el día de consagrar la Obra, no podía menos de responder al clamor de tanta oración. Pero la carta en que expresa esta esperanza acaba con una desfallecida confesión al Consiliario de Colombia: No sé cómo te escribo —no releo la carta— porque tengo además la preocupación de la salud de Álvaro |# 142|.

Una vez más, la dura vida de trabajo y los muchos trances de angustia que hubo de pasar quebraron la salud de don Álvaro. ¿Qué clase de enfermedad padecía? Difícil sería decirlo. El Padre, que mejor que nadie conocía la causa del mal, se refiere a cosas del hígado; sabiendo que el hígado no era, en última instancia, el causante de los males sino la víctima |# 143|. Ante los contratiempos causados por la marcha de las obras —y las demás desventuras que se cebaban en su persona, como enseguida veremos—, el Padre no se amilanaba. Se mantenía tieso, pero, indudablemente, todo él sufría, especialmente considerando los padecimientos de sus hijos. Su corazón, grande y abierto al mundo, se asomaba, más allá de las necesidades de la Obra y de sus apostolados, a cuanto alteraba la paz universal: odios fratricidas, enfrentamientos sociales, persecución de la Iglesia y guerras entre los pueblos. Eran, estas luchas, cuestiones que tomaba sobre sí, suplicando millares de veces al día: Cor Iesu sacratissimum, dona nobis pacem!

La Obra de Dios —había escrito en 1933— ha nacido para extender por todo el mundo el mensaje de amor y de paz, que el Señor nos ha legado; para invitar a todos los hombres al respeto de los derechos de la persona.

[...] Veo a la Obra proyectada en los siglos, siempre joven, garbosa, guapa y fecunda, defendiendo la paz de Cristo, para que todo el mundo la posea |# 144|.

Al vigor que le prestaba la abundante gracia fundacional, redoblada por la fidelidad de la correspondencia, se juntaba su talante personal. Muy raramente se le veía alicaído. Superaba con facilidad los abatimientos, apalancándose en la filiación divina. Esto es, considerando que era hijo de Dios, y que Dios es la Suma Omnipotencia. De modo que, aplicada a su conducta, la sentencia de Camino adquiere carácter autobiográfico:

Si recibes la tribulación con ánimo encogido pierdes la alegría y la paz, y te expones a no sacar provecho espiritual de aquel trance |# 145|.

Por los consejos dados en su dirección espiritual podemos también sacar cuáles eran los propios sentimientos del Fundador. Para acercarnos a Dios —decía—, hemos de emprender el camino justo, que es la Humanidad Santísima de Cristo |# 146|. Ya en sus primeros años de apostolado en Madrid regalaba libros sobre la Historia de la Pasión del Señor, para que conociesen a Cristo quienes le buscaban, para amarlo. Y en Camino se lee: Métete en el costado abierto de Nuestro Señor Jesús hasta hallar cobijo seguro en su llagado Corazón |# 147|. Es el Amor del Corazón de Dios hecho Hombre quien nos transmite la vida de la gracia, el auxilio divino para poner en ejercicio en nuestra jornada habitual la fe, la esperanza y la caridad; y en la práctica de esas virtudes el cristiano halla la alegría, la fuerza y la serenidad.

El encuentro del hombre con la Humanidad Santísima señala el camino de una espiritualidad muy humana y muy sobrenatural. Porque la gracia no destruye la naturaleza sino que la sana, eleva y perfecciona, sin cambiar sensaciones, apetitos o movimientos:

Yo no cuento —repetía con frecuencia el Fundador— con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y el Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos |# 148|.

En el divino Corazón, que es el Corazón de Dios encarnado, se nos revela la caridad inmensa del Señor. Pero nuestra inteligencia no puede abarcar un aspecto insondable del misterio divino. A saber: que el Amor, en el seno de la Trinidad, se derrama sobre todos los hombres por el Amor del Corazón de Jesús |# 149|.

* * *

El día que tocaba hacer la consagración -26 de octubre de 1952—, no estaba aún acabado el pequeño oratorio contiguo a su cuarto de trabajo |# 150|. Carecía de fácil acceso. Pero la determinación del Fundador por colocar cuanto antes el Opus Dei bajo el amparo misericordioso del Sagrado Corazón no se detuvo frente a los obstáculos. Según cuenta, en aquellos momentos, para subir desde la planta baja de la vieja Villa era preciso lanzarse al asalto. Y al asalto se lanzó don Josemaría como valeroso guerrero. Cuando escribe a los de Madrid, días más tarde, todavía se le nota claramente satisfecho de la hazaña: trepar por tres escaleras hasta alcanzar el oratorio y hacer allí la consagración:

Contento: hice la consagración, subiendo por tres escaleras de mano —¡una detrás de otra!— para llegar al oratorio. ¡Vendrá la paz, en todos los terrenos! Estoy seguro |# 151|.

Ese día había consagrado la Obra con todas sus labores apostólicas; y las almas de los miembros del Opus Dei con todas sus facultades, sentidos, pensamientos, palabras, acciones, trabajos y alegrías; y

Especialmente te consagramos —rezaba la fórmula— nuestros pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor |# 152|.

La paz cayó despaciosamente sobre su alma, como lluvia mansa y benéfica. Ni un cambio repentino. Ni un prodigio sorprendente. Vino la felicidad interior —el gaudium cum pace— como una brisa, restableciendo en el alma la alegría, la seguridad y el optimismo:

Hasta ahora, no se ve la solución económica. Pero estoy contento y seguro |# 153|. ¡Cuánto espero de esta consagración! |# 154|.

Aminoró la contradicción, sin cesar por completo, pues eran las calumnias como el monstruo de las siete cabezas. Cedió un tanto el peso abrumador de las deudas; fue posible retrasar algunos pagos; se recibieron pequeños donativos y se hipotecó el solar y parte de lo ya construido |# 155|.

Con la consagración se dilató su audacia, declarándose optimista y seguro, hasta el punto —dice— de poder resolver todas las pegas que se presenten para llevar a cabo esta empresa romana |# 156|. En el Corazón de Jesús halló paz y refugio, conforme a la petición hecha el 26 de octubre:

Concédenos la gracia de encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada; y establece en nuestros corazones el lugar de tu reposo, para permanecer así íntimamente unidos: a fin de que un día te podamos alabar, amar y poseer por toda la eternidad en el Cielo, en unión con tu Hijo y con el Espíritu Santo. Así sea |# 157|.

* * *

Ocasión de gran contento para el Padre fue el que terminasen, en enero de 1953, uno de los oratorios de Villa Tevere, y contara con otro Sagrario. Contento —dice—, porque ya tenemos a Nuestro Señor con nosotros en la villa vecchia. Soy feliz |# 158|.

Un gratísimo suceso inundó de paz y alegría el año 1953. Era el año vigésimo quinto de la fundación del Opus Dei. Don Josemaría, con el fin de ir preparando a sus hijas y a sus hijos para la llegada del 2 de octubre, dirigió a todos los centros de la Obra una carta, dada en Roma, en diciembre de 1952:

Dentro del año que va a comenzar, celebraremos las bodas de plata de nuestra Obra. Y las celebraremos con nuestro estilo, en familia, sin ruido [...].

Y debe haber también una renovación de fidelidad a la llamada divina, para ser en medio del mundo sembradores de alegría y de paz [...],

Que esa fidelidad de cada uno se manifieste en frutos de santidad personal, por la pureza de nuestra vida, por el afán de nuestra formación, por la eficacia de nuestros trabajos apostólicos, por nuestro empeño constante en servir a la Iglesia.

¡Feliz Navidad y un fecundo año nuevo! |# 159|.

Discurrían las fechas con gozo y trabajo. Al aproximarse el momento del aniversario, el Padre escribió a todos sus hijos disponiendo cómo había de celebrarse tan memorable día de acción de gracias con los oportunos actos religiosos y con agasajos de familia:

Llenaos de agradecimiento porque el Señor os quiso escoger para ser OPUS DEI, cumplid con mayor empeño en ese dos de octubre los deberes de vuestro trabajo, intensificad —sois almas contemplativas en medio del mundo— vuestra oración constante, sed —en esta tierra tan llena de rencores— sembradores de alegría y de paz: porque este heroísmo sin ruido de vuestra vida ordinaria será la manera más normal, según nuestro espíritu, de solemnizar las Bodas de Plata de nuestra Madre |# 160|.

Como estaba previsto, esas fiestas familiares las pasó el Fundador en la casa de retiros de Molinoviejo, con mucho sufrimiento y pobreza, rodeado de hijos suyos venidos de remotos países, hasta donde se había extendido el apostolado de la Obra. Fueron días bien aprovechados, durante los cuales pudieron cambiar impresiones con tranquilidad |# 161|.

En Molinoviejo, bajo los pinos, a la entrada del vial que conduce a la ermita, en recuerdo de las Bodas de plata, se colocó una lápida con la siguiente inscripción:

«Aquí, en Molinoviejo, y en esta ermita de Santa María Madre del Amor Hermoso, después de pasar con paz y alegría días de oración, de silencio y de trabajo, el Fundador del Opus Dei, con su Consejo General y representantes de las diversas Regiones, que vinieron de lejanas tierras de Europa, África y América para celebrar las bodas de plata de la Obra, el día 2 de octubre de 1953 se renovó la consagración del Opus Dei al Corazón Dulcísimo de María, que ya había sido hecha en la Santa Casa de Loreto el 15 de agosto de 1951» |# 162|.

A todo esto, don Álvaro no lograba verse libre de achaques. Cosa lógica con esta vida durísima que lleva |# 163|, comentaba el Padre. Repetíase año tras año la historia de los tiempos heroicos en que la mano de Dios apretaba hasta el ahogo, sin suspender el milagro cotidiano del abastecimiento de Villa Tevere, y el milagro semanal del pago de obreros y proveedores. Se repetía, pero a distinta escala |# 164|. Las dificultades eran graves, a veces muy graves, aunque nunca insuperables. Éste es el tono que se desprende de la correspondencia de 1953 en adelante, como muestra una carta del Padre a Ricardo Fernández Vallespín cuando, en momentos de gran necesidad, le hace una ligera reconvención:

Roma, 1 de junio, 1954

Queridísimo Ricardo: que Jesús te me guarde. Álvaro está en cama, por eso te escribo yo. Solamente teniendo una naturaleza de acero y un espíritu fuerte, se explica que este hijo mío pueda llevar tanta carga encima desde hace tantos años. Reza por él, para que se ponga bueno, porque lo necesitamos [...].

Aquí estamos siempre llenos de apuros económicos: es una pena que no venga la solución definitiva, para hacer tranquilos la labor divina de esta casa del Col. R. de la Santa +. Esto es un poco de vergüenza para todos: porque no se explica esta soledad en que a veces nos dejáis |# 165|.

¡La solución definitiva! Lo que se dice solución definitiva no les llegó nunca; pero sí providenciales gestiones y amigos liberales que consiguieron —como más adelante se dirá— rescatar al Padre del agobio de los pagos de cada semana y de los sustos de las fechas de vencimiento de créditos |# 166|.

* * *

En este relato, ya de por sí accidentado, en que se entrelazan las obras de Villa Tevere con las heroicidades de don Álvaro, ¿no faltará algo por encajar para que la historia adquiera pleno sentido? Porque, ¿no es extraño que en la correspondencia del Fundador se mencionen tan frecuentemente, y con tanto lujo de detalles, las enfermedades de don Álvaro y no tengamos, en cambio, relación alguna de los padecimientos de don Josemaría? ¿Acaso no sufría el Padre? ¿Carecía tal vez de penas y disgustos, de angustias y dolores?

La verdad es que toda su correspondencia, por esos años, es un gotear incesante de lágrimas ocultas y congojas diarias, capaces de horadar una piedra; pero siempre se refieren a la situación económica. Son padecimientos del ánimo. Son dolores morales. Pero ¿qué hay de sus sufrimientos físicos? De guiarnos exclusivamente por lo que cuenta en sus cartas, principalmente a los del Consejo General o a los Consiliarios de las diversas Regiones, nos quedaremos en ayunas. Y si buscamos el rastro, caeremos en la lógica sospecha de que don Josemaría borraba adrede todo lo que pudiera delatar sufrimientos físicos. Salvo cuando era imposible ocultarlo, como sucedió con la aparatosa parálisis facial a frigore de 1948 |# 167|. Pero, en los seis años que median entre 1948 y 1954, el testimonio autobiográfico de sus males corporales resulta, prácticamente, inexistente. Es como si se tratara de un hombre refractario al dolor y a las enfermedades. En fin, un par de huellas quedan, extremadamente tenues. Veamos.

El 30 de agosto de 1950 escribía a Madrid:

Queridísimos: que Jesús me guarde a esos hijos. Ayer tuve que ir al dentista, y se ha dado con la causa precisa de aquella sangre que venía molestando desde hace años. Ha comenzado la cura, pero dice que necesita un mes. En España, también se dio cuenta el dentista la última vez que me vio, y no se atrevió a hacer nada. Mejor dicho, enredó más la cosa, y ni pretendió ponerme en cura. Parece que es esto —chiudere un occhio— lo que hacen casi todos, porque es cosa difícil meterse a fondo. Creemos que vale la pena volver bien curado |# 168|.

A esta aclaración, para justificar que no puede dejar Roma hasta dentro de un mes, nada añade |# 169|.

La siguiente mención de enfermedad también tiene que ver con una visita al dentista. Cuando el 26 de octubre de 1952 hizo la consagración del Opus Dei al Corazón de Jesús, estaba pasando unos días de fuertes angustias económicas, que provocaron un grave ataque de hígado a don Álvaro. En cuanto a don Josemaría, hacer la consagración y venirle un doloroso padecimiento de boca, fue todo uno. Lo refiere en carta a un Consiliario de Sudamérica, el 31 de octubre de 1952: Te escribo desde la cama, donde me metió el dentista, después de una pequeña operación |# 170|.

A esta escueta noticia sigue, en noviembre, un comentario a otras personas: Estoy algo fastidiado físicamente esta temporada, pero muy contento |# 171|.

Esto es todo. A eso se reducen las confidencias que nos hace de sus enfermedades. Pero, no. Existe otro dato informativo, que no puede calificarse propiamente como noticia. En realidad es una ausencia de información, un elocuente silencio, un vacío, como esos agujeros negros del espacio, que se delatan por ser invisibles tragaderos de energía. Del año 1954 se conserva un centenar de cartas del Fundador. Pues bien, existe un inexplicable vacío entre el 24 de abril y el mes de junio de 1954 |# 172|. Este dato estadístico, a primera vista neutro e irrelevante, está lleno de sentido, como comprobaremos.

Cuanto conocemos acerca de las enfermedades del Fundador en el período del 1948 al 1954 se debe a los recuerdos de algunas de las personas que con él convivían, y a los testimonios de los médicos que le trataron. Porque de todo lo antedicho no se desprende otra cosa que la rigurosa reserva que mantenía respecto a sus enfermedades, lo cual debe entenderse como mutismo para con el dolor. La norma que se impone el Fundador es, sin duda, un discreto silencio: el respeto misterioso al dolor; la unión al sacrificio escondido con Cristo en la Cruz.

Desde que siendo joven sacerdote hiciera visitas a los enfermos y moribundos, en sus domicilios o en los hospitales, don Josemaría se habituó a convivir con el dolor, a participar por medio del dolor en el misterio de la corredención de Cristo, expiando, mediante el sufrimiento, las culpas propias y las ajenas.

La más grave de sus enfermedades arranca, clínicamente, de los análisis que le hicieron en el otoño de 1944; por el ántrax que le apareció en el cuello descubrieron que padecía de diabetes. Esta enfermedad le obligó a seguir un tratamiento especial, con inyecciones diarias y régimen en las comidas. Todavía en 1947 se permitía alguna broma con ocasión del régimen |# 173|.

¿Qué sucedió entonces? ¿Por qué no vuelve a chancearse de la diabetes, y ni siquiera la menciona? La respuesta es que el Padre decidió ofrecer a Dios en silencio, en acción de gracias y desagravio, los crecientes malestares de la enfermedad y los disgustos continuos que algunas gentes ajenas a la Obra le acarreaban. Algunas temporadas hacíansele auténtico suplicio. En Camino había dejado escrita la receta para sobrellevarlo:

Si sabes que esos dolores —físicos o morales— son purificación y merecimiento, bendícelos |# 174|.

Si le tocaba sufrir, don Josemaría repetía los piropos al dolor que antaño recitara en un hospital madrileño, ayudando a bien morir a una pecadora arrepentida |# 175|.

En el diario de Città Leonina, en 1946 y 1947 quedan registradas algunas visitas al doctor Carlo Faelli con motivo de trastornos provocados por la diabetes. Éste es el médico que, al hacer su historia clínica, le preguntó si había tenido disgustos en su vida. Era especialista en diabetes y, según manifestó más adelante, don Josemaría era el enfermo más grave de todos los que había tratado en su larga experiencia |# 176|. Así testimonia el doctor Faelli:

«Cuando vino a mi consulta en 1946, hacía años que sufría de diabetes mellitus bastante grave. Más adelante, durante el tratamiento, le vinieron serias complicaciones de la enfermedad: trastornos visuales y circulatorios, ulceraciones, cefaleas, fuertes hemorragias, la pérdida de todos los dientes. En cuanto al trastorno de la vista, se trató de un ataque de diplopia que tuvo lugar entre 1950 y 1951, que le obstaculizó la visión hasta el punto de impedirle el leer, por una temporada. En el tratamiento practiqué una oportuna terapia moderna» |# 177|.

En medio de un hambre incontrolable, una gran sed y la propensión a que se le infectasen las más pequeñas heridas que se hacía al recorrer los andamios de Villa Tevere, la enfermedad seguía un curso totalmente imprevisible |# 178|. Le reapareció la diplopia, y por algún tiempo se vio obligado a emplear un misal de grandes caracteres |# 179|. De uno de estos inesperados trastornos se dio cuenta un día a la hora de levantarse. Todos los dientes los tenía alterados. Habían sufrido un giro dentro de los alvéolos y le era imposible masticar nada. Ante el riesgo de una hemorragia fatal, el médico temió extraerlos. Sin embargo, el doctor Kurt Hruska, el dentista, le aseguró que quedaría bien. Y como los dientes estaban sueltos y bailaban en los alvéolos, empleó el método chino, como decía bromeando don Josemaría. Esto es, se los quitó uno a uno con los dedos, sin arrancarlos violentamente. (Don Álvaro se los pidió al dentista, en un aparte, y conservó los huesecillos como reliquia) |# 180|.

El tratamiento duró largos meses, con visitas frecuentes, y, luego, con un par de revisiones anuales. De la relación meramente profesional, el paciente y su dentista pasaron pronto a tocar temas más personales, sobre Dios y la religión. «Yo soy protestante —testimonia el doctor Hruska—, pero me hablaba con tanta claridad y convicción que me sentía inclinado a aceptar todo cuanto afirmaba [...]. Al mismo tiempo, sin embargo, era muy respetuoso con las creencias ajenas» |# 181|.

Don Josemaría entraba en la consulta repartiendo alegría, como una brisa que trajese consigo la felicidad, la tranquilidad. A pesar de ello, había en la conducta del cliente algo que impacientaba al dentista y llegaba a sublevar su ánimo.

— ¡Si le hago daño, dígalo!, le advertía el doctor Hruska antes de ponerse a trabajar. Al poco rato interrumpía el dentista su trabajo, seguro de que le estaba haciendo mucho daño:

— ¡Dígame cuándo le hago daño!, insistía.

— Trabaje, trabaje..., replicaba el paciente.

— Pero, ¿cómo puede resistir? |# 182|.

«Era muy duro para con él mismo; y si uno es muy duro con los dolores de muelas, lo es para todo lo demás», refiere Kurt Hruska |# 183|. Don Josemaría nunca se quejaba. Nunca pidió analgésicos. Iba a la consulta a primera hora, para poder trabajar después sin interrupción, con todo el día por delante, aun sabiendo que las molestias después de las intervenciones serían grandes.

El testimonio del doctor Carlo Faelli, buen católico, con quien también tuvo el Fundador muy estrecha amistad, es coincidente. Don Josemaría mostraba un carácter jovial, abierto y muy comunicativo. «Cuando tenía que hablar de los graves trastornos causados por su enfermedad, jamás dramatizaba. Mantenía una actitud serena y confiada, aun cuando se hallase muy enfermo» |# 184|. El trato con el doctor Faelli era semejante al mantenido con el dentista. Empezaban conversando sobre temas indiferentes y acababan, indefectiblemente, hablando de Dios. Con frecuencia intercambiaban ideas sobre el papel del dolor en la vida del hombre, poniéndose de acuerdo en que «el sufrimiento es esencial al cristiano para imitar a Cristo y que el dolor es el cuentakilómetros de nuestra vida» |# 185|.

En la vida contemplativa del Fundador, de intimidad con nuestro Padre Dios, de cuyas manos nos llegan todos los bienes, el dolor se convertía, en virtud del amor, en acto ferviente de adoración y de suavísimo homenaje:

Cuando estés enfermo, ofrece con amor tus sufrimientos, y se convertirán en incienso que se eleva en honor de Dios y que te santifica |# 186|.

Pasaban los años y la enfermedad seguía su curso impensado. El paciente se sometía escrupulosamente a las indicaciones de los médicos, totalmente despegado de su enfermedad, sin obsesiones de enfermo. En el período más intenso de la diabetes, casi ciego y con el cuerpo hecho una plaga, fue en peregrinación a Lourdes, donde pidió muchísimas cosas a la Virgen. Pero, por lo que se refería a su enfermedad, le pidió tan sólo no padecer un mal que físicamente le impidiera poder continuar trabajando con las almas |# 187|. Las molestias y trastornos producidos por la diabetes le servían para unirse más a Dios, ofreciéndole esas pequeñas o grandes molestias y, al propio tiempo, no desaprovechaba la ocasión de quitar importancia a sus males. Al cabo de diez años eran tantas las inyecciones que se le habían puesto que, al repetir los pinchazos en las zonas indicadas, las agujas entraban a duras penas, y otras veces se doblaban, pues la piel era ya un callo fibroso. Este burrito tiene la piel dura, comentaba el Padre con una chispita de humor; o bien: las agujas de hoy día no son tan buenas como las de entonces |# 188|.

Una difusa sensación de aplanamiento general flotaba en su conciencia. Era como una segunda piel que le impedía el libre movimiento y le robaba energías. Su defensa natural contra esta especie de indisposición eran la alegría y el aguante, que le ayudaban a sobreponerse a las enfermedades y elevar las molestias a ofrenda espiritual. Cuando esto hacía, lo hacía con elegancia y gracejo. Allá por 1951, de su rígida dieta alimenticia se excluían muchos alimentos. Sus hijas condimentaban los platos lo mejor que podían, dándoles variedad de gusto y presentación. Y, en algunas ocasiones, para despertar el buen humor de los comensales, al aparecer la fuente a la mesa, el Padre daba la bienvenida al pescado con una jubilosa exclamación: ¡Te conozco, bacalao; aunque vengas disfrazao! |# 189|.

Aludiendo a la diabetes mellitus, y a la gran cantidad de azúcares que eliminaba de su organismo, se permitía bromas con un tanto de dignidad escolástica. La Iglesia contaba con un Doctor Angelicus, un Doctor Seraphicus, y otro Subtilis. Y si a san Bernardo le habían adjudicado el título de Doctor Mellifluus, ¿no podían llamarle a él Pater Dulcissimus? |# 190|.

Cualquier otro enfermo en sus críticas condiciones hubiera tenido, probablemente, el presentimiento de una muerte cercana, desentendiéndose de su trabajo. No así don Josemaría, que había tomado precauciones por si llegaba inesperadamente su última hora |# 191|. Junto a la cabecera de la cama hizo colocar un timbre, para pedir los sacramentos. Se acostaba con la mente puesta en Dios: Señor —decía—, no sé si me levantaré mañana; te doy gracias por la vida que me des y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia |# 192|. Seguía así sin dar importancia exagerada a su enfermedad. Dios me curará |# 193|, respondía a quienes se preocupaban por su estado. Y Dios le curó, de forma prodigiosa.

* * *

Quienes han salido de accidentes mortales, después de haber perdido el conocimiento o entrado en coma, suelen referir una singular experiencia. No es infrecuente que en tales trances hayan asistido a una revisión mental de su propia vida. El fenómeno sobreviene desde dentro, cuando, al tiempo de apagarse las sensaciones del exterior, se enciende la memoria y la persona queda desconectada de las incitaciones de este mundo. Entonces, en brevísimos segundos, puede darse una a modo de representación de las etapas de nuestra vida, que contemplamos como espectadores, sabiendo que somos los protagonistas. Nada escapa entonces a la mirada. Allí están al vivo nuestras miserias y errores. Y, cuando se apaga la iluminación de la conciencia, quizás el alma haya podido arrepentirse de su vida pasada.

Algo parecido le sucedió a don Josemaría el 27 de abril de 1954, fiesta de Nuestra Señora de Monserrat. Ese día, como de costumbre, don Álvaro le inyectó, cinco o diez minutos antes de comer, una dosis inferior a la prevista por el médico. Se trataba de un nuevo tipo de insulina retardada |# 194|. Bajaron al comedor y, a poco de bendecir la mesa, estando solos frente a frente, el Padre se dirigió de pronto a don Álvaro:

«¡Álvaro, la absolución! Yo no le entendí —refiere éste—, no le pude entender; permitió Dios que no le entendiese. Y entonces insistió: ¡la absolución! Y por tercera vez, en cuestión de pocos segundos todo: La absolución, ego te absolvo. Y en ese momento perdió el conocimiento. Recuerdo que primero tomó como un color rojo púrpura, y después se quedó amarillo térreo. El cuerpo, como muy pequeño.

Le di la absolución inmediatamente, e hice lo que supe: llamar al médico y meterle azúcar en la boca, forzándole con agua a que tragara, porque no reaccionaba y no se le notaba el pulso» |# 195|.

Cuando llegó Miguel Ángel Madurga, médico, miembro de la Obra, el Padre había ya recobrado el sentido. El shock había durado diez minutos. Miguel Ángel examinó cuidadosamente al enfermo y comprobó que había cesado todo peligro y que no existían complicaciones. Parecía que el Padre ya estaba bien. Tanto es así que el Padre comenzó inmediatamente a preocuparse por ese hijo suyo y, al enterarse de que estaba aún en ayunas, le hizo comer y, mientras, se entretuvo con él charlando tranquilamente. En todo ese rato Miguel Ángel no se dio cuenta de que el enfermo no veía.

— «Hijo mío —dijo el Padre a don Álvaro cuando se marchó el médico—, me he quedado ciego, no veo nada.

— Padre, ¿por qué no se lo ha dicho al médico?

— Para no darle un disgusto innecesario; a lo mejor esto se pasa» |# 196|.

Permaneció ciego durante horas. Por fin se recuperó y pudo mirarse a un espejo:

— Álvaro, hijo mío, ya sé cómo quedaré cuando esté muerto.

— «Padre, ahora está usted como una rosa», replicó éste |# 197|.

En efecto, horas antes sí que tenía verdaderamente aspecto de muerto. El Señor, además, le permitió ver toda su vida, con gran rapidez, como si fuese una película |# 198|.

Se puede afirmar sin duda que la historia de la diabetes, que venía padeciendo desde hacía diez años, tuvo ese día un cambio sorprendente. La situación, desde entonces, se normalizó en poco tiempo, hasta la completa desaparición –el mismo año 1954- de los trastornos metabólicos característicos de la diabetes y, por consiguiente, la supresión total del tratamiento insulínico. El especialista que le seguía, el Dr. Carlo Faelli, sitúa precisamente en el suceso que acabamos de relatar el momento clave de la curación, considerando lo que siguió como una simple consecuencia: "se curó de la diabetes –asegura- después de un ataque alérgico, bajo forma de urticaria y lipotimia" |# 199|. Después de ese ataque anafiláctico, agrega, "se halló curado de la diabetes y de sus complicaciones, sin tener ninguna otra recaída ni estar condicionado por limitaciones dietéticas. Se ha tratado de una curación científicamente inexplicable" |# 200|.

--------------------------------------------------------------------------------

NOTAS:

1. Decretum Primum inter (16-VI-1950), en Amadeo de Fuenmayor et al., ob. cit., Apéndice Documental 31, pp. 544-553 235.

2. Carta a sus hijos de Roma, desde Molinoviejo (Ortigosa del Monte, Segovia), en EF-480901-2.

3. Carta a sus hijos de Palermo, en EF-491121-1.

4. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-461206-2.

5. Cfr. José Ramón Madurga Lacalle, PM, f. 291; Juan Antonio Galarraga Ituarte, RHF, T-04382, p. 2.

6. Cfr. Fernando Maycas Alvarado, RHF, T-06140, pp. 1-2.

7. Cfr. Cartas a Pedro Casciaro Ramírez, desde Madrid y desde Roma, en EF-480418-1 y EF-480616-1, respectivamente; Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-480311-2.

8. Cfr. Carta a sus hijos de México, desde Madrid, en EF-490213-1; y Pedro Casciaro Ramírez, Sum. 6346-6347. Era entonces Arzobispo Primado de México Mons. Luis María Martínez. El Centro del Opus Dei estaba en la calle de Londres, nº 33.

9. José Luis Múzquiz de Miguel, RHF, T-04678/1, p. 46. Cfr. también Carta a sus hijos de México, desde Madrid, en EF-490213-1.

10. Esa imagen de la Virgen la pusieron en el primer oratorio, el de Woodlawn Residence, en Chicago. Cfr. José Luis Múzquiz de Miguel, RHF, T-04678/1, p. 46.

11. Cfr. Carta a sus hijos de México, desde Madrid, en EF-490213-1.

12. Carta a José Manuel Barturen Palacios, en EF-551030-1.

13. Aunque el Fundador procuraba que, desde primera hora, fuesen varios juntos a los nuevos países, de hecho algunos estuvieron sin compañía. Así escribe a José Ramón Madurga Lacalle: Aunque esta primera temporada estés aislado en Dublín —no, solo—, ese aislamiento vivido con espíritu sobrenatural ha de ser la base fuerte de la labor que se avecina (Carta, desde Madrid, en EF-481109-1). Aislados estuvieron José María González Barredo, en Chicago (cfr. Carta, en EF-480309-1), y Adolfo Rodríguez Vidal, en Santiago de Chile, (cfr. Cartas, en EF-500531-9, EF-500620-10, etc.).

14. Carta a sus hijos de Inglaterra, en EF-490119-3.

15. Carta a Adolfo Rodríguez Vidal, en EF-501028-7.

16. Carta a sus hijos de Inglaterra, en EF-490530-2. No olvidéis que la roturación es dura —escribía el Fundador a los de París—, pero sin ella no es posible la siembra, ni la cosecha (Carta a Fernando Maycas Alvarado y Álvaro Calleja Goicoechea, desde Madrid, en EF-490418-2).

17. Carta a sus hijos de Francia, desde Madrid, en EF-490216-1.

18. Carta a sus hijos de Estados Unidos, desde Madrid, en EF-490223-2.

19. Carta a sus hijos de México, desde Madrid, en EF-490418-5.

20. Carta, en EF-500620-4. Lo que representaba aquella primera etapa viene descrito por el Fundador en carta al Cardenal Bernard Griffin (Arzobispo de Westminster en 1943 y creado Cardenal en 1946): Mis hijos de Londres han desarrollado hasta ahora una actividad espiritual más bien de preparación y, por lo tanto, poco aparente. Es la etapa que hay que recorrer en todas partes, al comienzo, antes de poder hacer un apostolado extenso: la labor de adaptarse al ambiente, dominar la lengua, establecer los primeros contactos... (Carta, en EF-500314-2).

21. Carta, en EF-500620-5.

22. Carta, en EF-510423-2.

23. En octubre de 1947 José Ramón Madurga Lacalle, miembro del Opus Dei, fue a Irlanda a seguir un curso de especialización en el University College de Dublín. Por encargo del Fundador visitó al Arzobispo, Mons. John Charles McQuaid. El Arzobispo interpretó mal su presencia, pensando que se trataba del establecimiento en su diócesis de una nueva institución religiosa. Poco más tarde, por indicación del Padre, fue a Dublín Pedro Casciaro, que trató de explicar a Mons. McQuaid la verdadera naturaleza y el apostolado del Opus Dei. El Sr. Arzobispo no dio su permiso para establecer una residencia universitaria en Dublín. (Era costumbre invariable del Fundador el iniciar siempre las labores apostólicas con el permiso del Ordinario del lugar: nihil sine episcopo). Una carta del Fundador (en EF-480311-4) y posteriores visitas de don José María Hernández Garnica, y una entrevista con el Nuncio en Dublín, Mons. Ettore Felici, no cambiaron el parecer de Mons. McQuaid, completamente cerrado en su idea de tratar al Opus Dei como si fuese una congregación religiosa.

Igual suerte corrieron otros intentos para hacerle entender la legítima presencia de unos laicos en la universidad y su derecho a hacer apostolado (cfr. Carta a Mons. John Charles McQuaid, en EF-510422-1). Finalmente, un año más tarde, en agosto de 1952, don Álvaro del Portillo tuvo una larga entrevista con el Arzobispo, el cual concedió su venia (11-VIII-1952) para la erección de dos centros en Dublín, uno para hombres y otro para mujeres (cfr. AGP, Sección Expansión Apostólica, Irlanda I/5, 24 y I/5, 25). Desde entonces, Mons. McQuaid mostró sincero afecto y estima por el Opus Dei.

24. Carta a José Ramón Madurga Lacalle y Patrick Cormac Burke, en EF-500620-6.

25. Cfr. Carta a Francisco Botella Raduán, en EF-500623-1.

26. Cfr. ibidem.

27. Ibidem.

28. Enseñaba a sus hijos, refiere Mons. Álvaro del Portillo, que el noventa por ciento de la vocación se la debemos a nuestros padres. Ellos han sido, frecuentemente, quienes han puesto en nuestra vida la semilla de la fe y de la piedad; y siempre les debemos el habernos traído al mundo, habernos educado, habernos formado humanamente (son palabras textuales del Fundador: Álvaro del Portillo, Sum. 1340).

29. Cfr. Alejandro Cantero Fariña, Sum. 6670; Teresa Acerbis, Sum. 5005; Fernando Valenciano Polack, Sum. 7146.

30. Ésta es una de aquellas temporadas de intranquilidad que abarca los años de las tres consagraciones del Opus Dei (1951-1952). En 1971 haría otra consagración, al Espíritu Santo, por distinto motivo y en diferentes circunstancias.

31. Carta a Gioconda Lantini, en EF-490705-1.

32. Mons. Juan Larrea Holguín nació en Buenos Aires (9-VIII-1927). Pidió la admisión en el Opus Dei como numerario en abril de 1949. Abogado en ejercicio antes de ser ordenado sacerdote el 5-VIII-1962. Consagrado Obispo (15-VI-1969). Fue Obispo Auxiliar de Quito (Ecuador), Obispo de Ibarra, nombrado Arzobispo Coadjutor de la archidiócesis de Guayaquil (Ecuador) el 26-III-1988, y Arzobispo el 7-XII-1989.

33. Juan Larrea Holguín, Sum. 6026.

34. En la deposición procesal hecha en Roma por Umberto Farri, testigo número 3, que comprende las sesiones 2-39 (de octubre 1981 a mayo 1982) no se habla de este asunto, ya que el testigo desconocía los hechos por entonces. Sin embargo, en el archivo privado de la familia, heredado en 1985 por Umberto Farri, se encuentran los documentos referentes a esta materia. Entre ellos una copia fotográfica del escrito de denuncia enviado al Papa (25-IV-1951), junto con las minutas de la elaboración de sucesivas redacciones. En dicho archivo se conservan asimismo las correcciones autógrafas del texto, por parte del P. A. Martini, S.J., principal consejero en todo este asunto, como puede comprobarse por los originales de trece cartas enviadas por el P. A. Martini al Sr. Farri, todas ellas firmadas, y algunas en papel estampillado con direcciones de varios centros académicos (cfr. archivo Farri, carpeta Umberto).

35. La mención que se hace de que los jóvenes tenían dirección espiritual antes de ir por Villa Tevere (se habla de Padres Espirituales) no parece ser cierta, pues los cinco jóvenes en cuestión declararon, y firmaron en la declaración, que ninguno de ellos tenía director espiritual antes de acercarse al Opus Dei.

36. En el escrito se hace referencia también al Cardenal Giuseppe Siri, entonces Arzobispo de Génova, como enemistado con el Opus Dei. Lo cierto es que, mal informado por un padre jesuita, y por algunas noticias tendenciosas sobre el Opus Dei, se mantuvo en actitud cautelosa por unos años. Finalmente, hallándose el Cardenal Siri en Roma, con ocasión del Concilio Vaticano II, habló con el Fundador y le expresó lo mucho que le había hecho sufrir aquel religioso y lo muy satisfecho que estaría de poder tener a la Obra en su diócesis. Cfr. Carta del P. A. Martini al Sr. Farri, del 2-XI-1951; en archivo Farri, carpeta Umberto; Luigi Tirelli, Sum. 4538; Giacomo Barabino, Sum. 4525; Juan Bautista Torelló Barenys, Sum. 5209.

37. Esposto a Sua Santità Pio XII (25-IV-1951): fotocopia del original en archivo Farri, carpeta Umberto.

38. Cfr. Francesco Angelicchio, Sum. 3499.

39. Mario Lantini, Sum. 3572.

40. Álvaro del Portillo, PR, p. 571. No toleraba el Fundador el más mínimo comentario sobre este tema, como indica Juan Udaondo en una anécdota de la que es protagonista: «Por aquellos días —refiere el testigo— me enteré de que el padre jesuita Bellincampi, coadjutor Vicepárroco de la parroquia de San Roberto Bellarmino en Roma y asistente del grupo scout de la misma, se había sentido herido porque algunos de ellos frecuentaban la casa de viale Bruno Buozzi, y que entre ellos Umberto Farri, Giorgio de Filippi y Salvatore Longo habían pedido la admisión en el Opus Dei. Con el descontento, no se contenía en hacer afirmaciones falsas y calumniosas respecto a la Obra y al grupo de españoles como les llamaba. Un día, estando a solas con el Fundador, se me escapó un comentario un poco mordaz para con el padre Bellincampi. El Fundador me cortó en seco. Me corrigió enérgicamente por no haber sabido vivir el espíritu que siempre nos había enseñado, es decir: callar, disculpar, reparar y rezar, y me aconsejó no sólo rezar por el padre Bellincampi, sino coger las disciplinas y ofrecer por el padre Bellincampi, una buena tanda de golpes» (Juan Udaondo Barinagarrementería, Sum. 5034).

41. AGP, P01 I-1966, p. 27.

42. Carta 24-XII-1951, n. 260.

43. El interesado comunicó por carta del 27-IV-1951 al Sr. Farri: «Le ruego tenga a bien excluirme de toda actividad y de la adhesión dada con mi firma al escrito referente a nuestros hijos y al Opus Dei». Cfr. Archivo Farri, carpeta Umberto; y las declaraciones de los hijos de los firmantes: RHF, D-15002.

44. Ibidem.

45. PR vol. XVII, Documenta Vol. II, Opus Dei (Consagraciones), p. 5. La Consagración tiene lugar en todos los Centros de la Obra el día de la fiesta de la Sagrada Familia.

46. Cfr. Carta 25-I-1961, n. 44.

47. Encarnación Ortega Pardo, RHF, T-05074, p. 152.

48. Javier Echevarría, Sum. 2401.

49. Desde antes, desde bastante tiempo antes de la fiesta de la Asunción de 1951, sentía yo una zozobra inmensa en mi alma, porque el Señor me hacía intuir que algo muy grave se tramaba contra la Obra (Carta 24-XII-1951, n. 230). Cfr. también Carta 25-I-1961, n. 44.

50. Álvaro del Portillo, Sum. 421.

51. Carta 24-XII-1951, n. 230.

52. Carta 7-X-1950, n. 31.

53. Se trata de uno de los cuentos que narra el Infante don Juan Manuel, en el Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio. Años más tarde, La Fontaine haría popular esta historia en sus fábulas.

54. Álvaro del Portillo, Sum. 421.

55. Cfr. Carta 14-IX-1951, n. 27.

56. Carta 24-XII-1951, n. 230; No sabiendo a quien dirigirme aquí en la tierra, me dirigí, como siempre, al cielo, escribe en Carta 25-I-1961, n. 44.

57. Carta a sus hijas e hijos, en EF-510809-1. El Fundador ya había estado con don Álvaro en Loreto, el 3 y 4 de enero de 1948.

58. Cfr. Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4680; Juan Udaondo Barinagarrementería, Sum. 5038.

59. Es Cristo que pasa, n. 12; sobre el viaje de Roma a Loreto: cfr., en algunos puntos, Francisco Monzó Romualdo, RHF, T-03700, p. 23; y Alberto Taboada del Río, RHF, T-03358, n. 1334.

60. PR vol. XVII, Documenta Vol. II, Opus Dei (Consagraciones), p. 9. Durante la misa hizo la consagración con las palabras encendidas que le brotaban del alma, y la renovó durante la acción de gracias, en nombre de toda la Obra. Cfr. AGP, P01 1976, p. 1231.

61. Ibidem, p. 10.

62. Al celebrar la misa aquel 15 de agosto, el Padre, «en la patena había puesto, junto con la Sagrada Forma, la fidelidad de todos sus hijos» (Encarnación Ortega Pardo, RHF, T-05074, p. 152).

63. Cfr. "Datos de dos viajes a Portugal (I y X-1951)", en RHF, D-15459; y Álvaro del Portillo, Sum. 422. Posteriormente el Padre estuvo en Loreto en varias ocasiones: 7-XI-1953; 12-V-1955; 8-V-1960; 8-V-1969; 22-IV-1971.

64. Cfr. Juan Udaondo Barinagarrementería, Sum. 5036.

65. Cfr. ibidem, 5039.

66. Cfr. "Relación de Juan Udaondo sobre la visita al Cardenal Schuster (15-I-1952)", en RHF, D-15460. En el mes de octubre de 1951 tornaron a visitar al Cardenal Alfredo Ildefonso Schuster y le invitaron a pasar por la casa de la calle Carlo Poerio, 16, donde vivían. Y semanas más tarde, volviendo de una visita pastoral, encontrándose cerca de ese Centro de la Obra, volvió a verles. Todos estaban fuera, excepto Juan Masiá, que le enseñó la casa, quedando impresionado el Cardenal por la limpieza, dignidad y decoro del oratorio. También debió percibir su Eminencia que se vivía la pobreza sin ostentación, pues algún tiempo después les envió un saco de arroz por medio del chófer (cfr. Juan Masiá Mas-Bagá, RHF, T-05896, p. 3).

67. "Documentación relativa a la contradicción que dio lugar a la Consagración del Opus Dei al Corazón de María, del 15-VIII-1951", en RHF, D-15001.

68. Ibidem.

69. Ibidem.

70. En el escrito se continúa el estudio y exposición sumaria del régimen de las dos Secciones de la Obra: diversas, completamente separadas (penitus separatae). Se unen solamente en cuanto al espíritu que las anima; y, en cuanto al régimen, dependen únicamente del Presidente General, que es siempre un sacerdote, asistido en el gobierno por tres sacerdotes (el Secretario General, el Procurador General y el Sacerdote Secretario Central); y para el gobierno provincial o regional, el Presidente General se sirve del sacerdote Consiliario, que actúa «nomine et vice Praesidis Generalis semperque ad ipsius mentem».

Son tantas y tales las medidas de prudencia, cautela y sentido común, tomadas por el Fundador y establecidas en las Regulae internae pro Administrationibus, que ninguna casa o institución eclesiástica dispone, en teoría y en la práctica, de separación tan rigurosa. Y aquí, en el mencionado escrito, se examina en detalle la situación real del servicio prestado por las mujeres, que nunca podrían ser substituidas por hombres. Por otra parte, no se da promiscuidad ni siquiera vecindad de ningún tipo, ya que en las residencias, casas de retiro, etc. existen, de iure y de facto, dos casas completamente separadas, con distinta entrada desde la calle, sin que se hablen, se conozcan o relacionen las personas que viven en aquellos dos Centros: «familiarem administrationem habeant omnium domorum Instituti, in loco tamen penitus separato commorantes, ita ut de iure et de facto duae sint domus in unoquoque domicilio».

Cfr. AGP, Sección Expansión Apostólica, Italia VI, doc. 2.

71. "Relación de Juan Udaondo sobre la visita al Cardenal Schuster (15-I-1952)", en RHF, D-15460.

72. Cfr. Carta de don Álvaro al P. Arcadio María Larraona Saralegui, del 3-II-1952: en "Documentación relativa a la contradicción que dio lugar a la Consagración del Opus Dei al Corazón de María, del 15-VIII-1951", en RHF, D-15001; y AGP, Sección Expansión Apostólica, Italia, VI, doc. 4. La separación existente entre las dos ramas de la Obra era absoluta y total, desde todos los puntos de vista. Y el Padre, con su energía de expresión, la recalcaba, al hablar del ministerio sacerdotal, con rotundidad física: Si digo siempre, de una manera gráfica, que la Sección de varones vive a cinco mil kilómetros de distancia de la Sección femenina, los sacerdotes habéis de vivir a diez mil. Y al mismo tiempo, debéis conjugar esa distancia santa con la más viva preocupación por servir, con vuestro trabajo sacerdotal, a vuestras hermanas (Carta 8-VIII-1956, n. 43).

73. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-520209-2.

74. Juan Udaondo Barinagarrementería, Sum. 5041; cfr. Carta 25-I-1961, n. 44.

75. Cfr. Juan Udaondo Barinagarrementería, Sum. 5041.

76. Álvaro del Portillo, Sum. 422.

77. Álvaro del Portillo, PR, p. 562.

78. La carta llevaba las firmas del Presidente General y del Procurador General. Don Álvaro pidió al Padre que le permitiera poner su firma también en la carta, mostrando así que estaba de pleno acuerdo con el Padre respecto al contenido del escrito. Cfr. Carta a Mons. Federico Tedeschini, en EF-520312-1 y Carta 25-I-1961, n. 44.

79. Juan Udaondo Barinagarrementería, Sum. 5041.

80. Carta 21-I-1961, n. 45; cfr. también Álvaro del Portillo, Sum. 423 y 802; Mario Lantini, Sum. 3630; y Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4680.

81. Por lo que el Fundador escribe a Mons. Tedeschini (Carta, en EF-520312-1, leída al Papa), días antes, el 3 de diciembre de 1951, un Cardenal de la Curia había avisado a don Josemaría del grave peligro que corría. Tal vez se tratase de la persona que avisó también al Cardenal Schuster. Estos avisos quedan implícitamente recogidos por el Fundador cuando, en Carta 24-XII-1951, n. 230, escribe: Todas las calumnias, que van calando poco a poco en la Curia Romana —donde trabajan muchos hombres santos, que nos comprenden muy bien—, vienen de las mismas personas, y de mi España: mejor dicho, de algunos españoles, removidos por esos otros.

82. Cfr. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-521118-1.

83. Carta a José Luis Múzquiz de Miguel, en EF-520814-5.

84. Entre los abundantísimos testimonios referentes a este punto, y en los comentarios que continuamente aparecen en su correspondencia acerca del tema de las obras de Villa Tevere, ni una sola vez manifiesta vacilación o flojera en su voluntad de acabar la tarea emprendida.

85. Carta a Odón Moles Villaseñor, en EF-540601-8. En una de sus cartas (a José Luis Múzquiz de Miguel, en EF-500923-8) explica el porqué del instrumento divino: de este gran instrumento romano van a salir —y muy pronto— los directores y los profesores de los Centros de Estudios y los Sacerdotes: este año tendremos cerca de treinta, haciendo el doctorado en filosofía, o derecho canónico o teología.

86. Carta, en EF-500923-7.

87. Carta, en EF-510329-2.

88. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-500104-1.

89. Carta a José Luis Múzquiz de Miguel, en EF-521019-1.

90. Carta a Pedro Casciaro Ramírez, en EF- 520828-2.

91. Carta a Manuel Botas Cuervo, en EF-540601-1.

92. En Villa Tevere solía ir el Padre por la mañana al estudio de los arquitectos a ver cómo habían resuelto su programa de trabajo; y siempre tenía alguna anécdota que referir de sus hijos esparcidos por el mundo. Una de las veces lloró, allí mismo, de agradecimiento al contarles cómo los de un país sudamericano habían enviado a Roma el primer donativo que recibieron, unos pocos millones de liras, pero las necesitaban ellos para poder comer (cfr. Francisco Monzó Romualdo, RHF, T-03700, p. 16).

93. Aquí seguimos trabajando —escribe a Ricardo Fernández Vallespín—, con la esperanza en Dios cada día mayor porque cada día son mayores los apuros económicos (Carta, en EF-521006-1).

94. Carta, en EF-490731-1.

95. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-490916-1. El subrayado no es del texto original.

96. Cfr. Carta a sus hijos de México, en EF-490829-2.

97. Cfr. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-490728-1.

98. Cfr. Carta a sus hijos de Inglaterra, en EF-500816-3.

99. Cfr. Carta a sus hijos de Argentina, en EF-520828-1. Humanamente hablando; como afirma esperanzadamente el Fundador: No nos dejará el Señor en la estacada, que nunca nos dejó.

100. Cfr. Carta a José Luis Múzquiz de Miguel, en EF-520828-4.

101. Cfr. Carta a Pedro Casciaro Ramírez, en EF-520828-2.

102. Ibidem. Cfr. también Carta a José Luis Múzquiz de Miguel, en EF-520828-4.

103. Cfr. Carta a Pedro Casciaro Ramírez, en EF-520828-2.

104. Cfr. Carta a José Luis Múzquiz de Miguel, en EF-520917-3. Recuerda María Begoña de Urrutia Domingo que uno de aquellos sábados pasó el Padre al planchero de la Administración y les dijo: Hijas mías, rezad mucho porque Don Álvaro tiene que pagar esta tarde a los obreros y no tenemos nada de dinero en casa (RHF, T-06897, p. 8).

105. Cfr. Carta a sus hijos de Inglaterra, en EF-500816-3.

106. Carta, en EF-500215-1.

107. Cfr. Carta a Mons. José López Ortiz, O.S.A., en EF-500307-2. Hasta el 5 de marzo no pudo dejar la clínica.

En su testimonio sobre los diez años de angustias económicas que sufrieron en Villa Tevere, resume don Álvaro: «No voy a describir aquí los apuros económicos por los que pasamos en aquellos años. Fue una verdadera prueba de fe y de celo» (Álvaro del Portillo, Sum. 827).

En efecto, aquella empresa era un monstruo voraz e insaciable, que nunca colmaba su apetito de dinero. De ahí que las peticiones de Roma a otros países llevasen siempre sello de urgencia: enviad lo que sea cuanto antes, porque tenemos pendiente otra letra creo que para el día ocho, y además hace tiempo que no podemos pagar al contratista, ¡entre otras cosas! (Carta a Francisco Botella Raduán, en EF-501101-1). Consiguieron, por fin, pagar al contratista en el plazo previsto.

108. Carta a Pedro Casciaro Ramírez, en EF-510329-2. En carta a los del Consejo, de agosto de 1950, se lee: dentro de octubre vencen letras, firmadas por Álvaro, por valor de veinticinco millones de liras. ¡Dios sobre todos! (Carta, en EF-500830-2).

109. ¿De dónde sacaba don Álvaro el dinero? Era más que sorprendente. Siempre disponía de lo estricto, y siempre a última hora. Esa hora temible era la de los sábados por la tarde, en que semanalmente, o cada dos semanas, tenían que pagar a obreros y proveedores. Nunca teníamos dinero, refiere don Álvaro, pero el Padre «estaba seguro de que el Señor no le faltaría nunca» (Álvaro del Portillo, Sum. 827). Sobre la conciencia del Fundador pesaba el «dar de comer a los obreros que trabajaban en las obras, y a sus familias: ese dinero nos lo tenía que mandar Dios» (ibidem). Don Josemaría puso los medios humanos: pedir, pedir por todas partes; y los sobrenaturales: oración y sacrificio.

110. Ibidem.

111. Francisco Monzó Romualdo, RHF, T-03700, p. 13.

112. Diario de las obras de Villa Tevere, 17-XI-1951: AGP Sec. N, 3 leg. 1059-02. Para pagar puntualmente los sábados a los obreros —cuenta Jesús Álvarez Gazapo— «se hicieron grandes sacrificios, renunciando todos a muchos pequeños gastos, como eran el uso del transporte público y los cigarrillos. La falta de espacio obligaba, por entonces, a los alumnos del Colegio Romano a estudiar en el jardín mientras hubiera luz natural, y después sentados en la escalera, único lugar iluminado y disponible. El Fundador nos invitaba a ofrecer estas mortificaciones, a las que uníamos nuestra oración para superar diversas dificultades» (cfr. Jesús Álvarez Gazapo, Sum. 4307).

María Isabel La Porte Ríos recuerda la costumbre del Padre de rezar los sábados por don Álvaro (Sum. 5116). Costumbre todavía viva en 1955. El día que se colocó la última piedra de Villa Tevere (9 de enero de 1960) «me acordé —dice— que el Padre nos había invitado muchas veces a rezar por don Álvaro, sobre todo los sábados, porque era aquel el día en que había que pagar el jornal a los albañiles».

113. Cfr. Jesús Álvarez Gazapo, Sum. 4309, 4310.

114. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 827; también Francisco Monzó Romualdo, RHF, T-03700, p. 15.

115. Carta a sus hijos de Perú, en EF-541106-10. Sobre el modo heroico y alegre con que los alumnos del Colegio Romano vivían las restricciones de todo tipo —en la comida, en la luz, en el espacio que ocupaban, yendo a pie de un lado a otro para ahorrar en el tranvía, etc.—, cfr. Mario Lantini, Sum. 3600.

Heroica es también la generosidad del Fundador en medio de su pobreza. Mons. Tirelli cuenta un caso del que se enteró mucho después de la muerte del Padre, el cual, a través de terceras personas, ayudaba económicamente a un sacerdote pobre. Cfr. Luigi Tirelli, PR, p. 1623.

116. Alberto Taboada del Río, RHF, T-03358, n. 1373.

117. Ibidem, n. 1352.

118. Cfr. AGP, P06 IV, p. 353; cfr. Jesús Urteaga Loidi, RHF, T-00423, p. 72.

119. Carta a Alberto Ullastres Calvo y José Montañés Moreno, en EF-520404-3.

120. Alberto Taboada del Río, RHF, T-03358, n. 1353. El médico y testigo José Luis Pastor narra un suceso muy significativo: «Un día —cuenta— me llamaron a visitar a don Álvaro del Portillo enfermo, yo le dije que guardara cama, y que le visitaría al día siguiente. Y al día siguiente me encontré con que no sólo se había levantado sino que había salido a la ciudad, siendo un día de frío intenso. Cuando volvió le dije: Don Álvaro, Vd. tenía que haber guardado cama. Y él, como toda excusa de lo que había hecho, me contestó: si yo no hubiera salido a la ciudad, vosotros hoy no tendríais qué comer» (José Luis Pastor Domínguez, PM, f. 541).

Una mañana de 1954 —cuenta Mercedes Anglés Pastor— varias numerarias que estaban limpiando la Villa Vecchia se encontraron con el Padre, que estaba solo.

— «¿Cómo está don Álvaro?», le preguntaron, creyendo que seguía enfermo.

— Ha salido de viaje, les respondió el Padre.

— «Pero, si ayer se encontraba enfermo, Padre».

— Hija mía. A ti no te hubiera dejado ir. A él sí (RHF, T-08385).

121. Cfr. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-540421-4.

122. Encarnación Ortega Pardo, RHF, T-05074, p. 49.

123. Cfr. Cartas a sus hijos del Consejo General, en EF- 540601-10 y EF-540421-4; y Carta a Manuel Botas Cuervo, en EF-540601-1.

124. Carta a José Luis Múzquiz de Miguel, en EF-521016-6; cfr. también: Cartas a Ricardo Fernández Vallespín, en EF-521006-1, y a Pedro Casciaro Ramírez, en EF-521016-5.

125. Cfr. Francisco Monzó Romualdo, RHF, T-03700, p. 15.

126. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-540421-4.

127. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-540601-10.

128. Carta a don Amadeo de Fuenmayor Champín, en EF-550613-2.

129. Carta a sus hijos del Consejo General, desde Montecatini, en EF-550909-2.

130. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-560127-1. Excepcionalmente don Álvaro había tenido algunos descansos, que consistían en un cambio de ambiente, como explica el Padre en una carta a Amadeo de Fuenmayor Champín: Hoy te escribo para decirte que estoy contento con el viaje de Álvaro, porque siempre le servirá de algún descanso el cambio de ambiente, aunque siga trabajando y se trate sólo de una estancia de ocho días. Precisamente por esta falta de descanso, te pido que hagas preparar habitación para Álvaro en Talleres —si hay alguna que sea fresca— o en tu casa; y que alguien cuide de que coma y de que duerma ocho horas, imponiéndose en mi nombre, si fuera preciso (Carta, en EF-550708-1).

131. Carta, en EF-530107-1.

132. Carta a Amadeo de Fuenmayor Champín, en EF-550725-1.

133. Carta a sus hermanos Carmen y Santiago Escrivá de Balaguer y Albás, en EF-520404-1. Existían, además, graves obstáculos de orden intelectual y espiritual, derivados de la dificultad en entender la naturaleza del Opus Dei, que se abrió camino fatigosamente, en las mentes de muchos eclesiásticos; aunque, por otra parte, era explicable que así sucediera, pues el ambiente no facilitaba un recto entendimiento. Cfr. AGP, P01 1977, p. 1191.

134. Cfr. Encarnación Ortega Pardo, RHF, T-05074, p. 147.

135. Cfr. Carta a Francisco Botella Raduán, en EF-500623-1. Los bocetos y modelos que le presentaron no acababan de satisfacerle y, finalmente, encargó a Manolo Caballero Santos, artista que trabajó a su lado en Roma, un cuadro al óleo inspirado en un retablo de la iglesia de San Carlos de Zaragoza, donde estuvo de seminarista. Representaba un corazón envuelto en llamas, ceñido por una corona de espinas, rematado por la Cruz y con ángeles en derredor. También encargó en 1954 otro cuadro al pintor Fernando Delapuente. Cfr. Cartas a Fernando Delapuente Rodríguez, en EF-540103-1 y EF-540600-1; y también Jesús Álvarez Gazapo, Sum. 4394.

136. Cfr. Carta a Amadeo de Fuenmayor Champín, en EF-520801-1.

137. Cfr. Carta a Teodoro Ruiz Jusué, en EF-520814-4.

138. Aquí la gente muy contenta —escribe a los de Estados Unidos—. Álvaro y yo también muy contentos, pero con más preocupaciones económicas que nunca. Tanto, que voy lanzando un S.O.S., para ver si el Señor quiere poner fin a esta tortura (Carta, en EF-520905-3).

139. Carta a Pedro Casciaro Ramírez, en EF-520905-2.

140. Cfr. Carta a Teodoro Ruiz Jusué, en EF-521016-7.

141. Carta a José Luis Múzquiz de Miguel, en EF-521019-1.

142. Carta a Teodoro Ruiz Jusué, en EF-521019-2. Tres días más tarde vuelve a escribir al Consiliario de Colombia suplicando un auxilio económico: Ya te he escrito varias veces, angustiado. Por eso, haz lo que puedas y —in nomine Domini— hasta lo que no puedas (Carta, en EF-521022-1).

143. Cfr. Carta a sus hijos de Venezuela, en EF-521016-2.

144. Carta 16-VII-1933, nn. 3 y 26.

145. Camino, n. 696.

146. Amigos de Dios, n. 299.

147. Camino, n. 58.

148. Es Cristo que pasa, n. 166

149. Ibidem, n. 169. La paz de Cristo nos la trae el Corazón Sacratísimo. En efecto, otro aspecto del misterio divino es que el Espíritu Santo, el lazo de amor entre el Padre y el Hijo, encuentra en el Verbo un Corazón humano (ibidem).

150. Cfr. Jesús Álvarez Gazapo, Sum. 4394.

151. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-521105-1.

152. PR vol. XVII, Documenta Vol. II, Opus Dei (Consagraciones), p. 12.

153. Carta a Pedro Casciaro Ramírez, en EF-521000-3.

154. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-521027-1.

155. Cfr. sobre los pequeños donativos: Carta a Teodoro Ruiz Jusué, en EF-521016-7; sobre retraso de pagos: Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-521105-1; sobre plazos finales y condiciones de pagos: Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-521118-1; y sobre las hipotecas: Francisco Monzó Romualdo, RHF, T-03700, p. 15.

156. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-521118-1.

157. PR vol. XVII, Documenta Vol. II, Opus Dei (Consagraciones), p. 13. Esta consagración se renueva todos los años en la fiesta de Cristo Rey en los Centros del Opus Dei.

158. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-530114-1.

159. Carta a sus hijas e hijos, en EF-521200-1.

160. Carta a sus hijas e hijos, en EF-530908-1.

161. Carta a Amadeo de Fuenmayor Champín, en EF-530728-3.

162. Recogido en: AGP, P01 1978, p. 1076.

163. Carta a Pedro Casciaro Ramírez, en EF-540601-2.

164. Estamos siempre viviendo de milagro, y las obras van adelante, cuenta en junio de 1954 (Carta a José Luis Múzquiz de Miguel, en EF-540601-9).

165. Carta, en EF-540601-13.

166. Esta solución no apareció hasta 1955, en que se firmó, el 20 de abril, un contrato con una nueva empresa, la constructora Castelli, y se nombraban Cooperadores y Patronos a quienes ayudasen espiritual o económicamente (cfr. Carta a José Luis Múzquiz de Miguel, en EF-540811-1).

Llevaba la constructora Leonardo Castelli; y con él y con su familia hizo estrecha amistad el Fundador, como puede apreciarse por la mucha y cariñosa correspondencia en las grandes y pequeñas ocasiones de felicitación, invitaciones, pésame o trato personal.

167. Cfr. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-480304-2.

168. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-500830-2.

169. La carta del 30 de agosto va dirigida a los del Consejo General en Madrid. Dos días más tarde dará una breve noticia a Pedro Casciaro Ramírez, por carta a México, quitando importancia a su cura: Aún tengo que detenerme aquí todo este mes —le dice—, porque me están curando la boca (Carta, en EF-500901-9).

170. Carta a Teodoro Ruiz Jusué, Consiliario de Colombia, en EF-521031-1.

171. Carta a sus hijos del Consejo General, en EF-521118-1. Es muy probable que el malestar físico a que se refiere tenga que ver con la pequeña operación del dentista, de que habla en la Carta a Teodoro Ruiz Jusué, Consiliario de Colombia, en EF-521031-1.

172. En medio de ese espacio de cinco semanas sin correspondencia del Padre hay únicamente una carta brevísima, en realidad una nota o aviso, a Juan Larrea Holguín: cfr. Carta, en EF-540517-1.

173. Cfr. Carta a sus hijas de la Asesoría Central, en EF-470117-1.

174. Camino, n. 219. Todo el mundo ha sufrido en la vida —escribe el Fundador—. Es de mal gusto que una persona hable de sus sufrimientos, y pueda perder el mérito espiritual, si lo tuviera (Carta 14-IX-1951, n. 3). El Padre no aireaba sus molestias y dolores, tampoco los mantenía en absoluto secreto. Sobre sus enfermedades hablaba sinceramente con don Álvaro y don Javier, sus Custodes, y se ponía en sus manos.

175. Cfr. Camino, n. 208.

176. Álvaro del Portillo, Sum. 475; Javier Echevarría, Sum. 2091.

177. Carlo Faelli, Sum. 3461. Cfr. también Alejandro Cantero Fariña, Sum. 6594. Sobre la historia clínica: cfr. el extracto elaborado por el Departamento de Medicina Interna de la Clínica de Navarra: RHF, D-15111.

178. «Tenía una sed insaciable. La toleraba con sentido sobrenatural y sin que lo apreciásemos los demás. Controlaba la fuerte necesidad de beber muchísima agua con verdadero espíritu de mortificación. Entre otros detalles, retrasaba el tomar agua más tiempo del necesario, aunque tuviese la lengua seca como una tabla, y muchas veces se refrescaba la boca, sin llegar a beber» (Javier Echevarría, Sum. 2091).

179. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 475.

180. Ibidem.

181. Kurt Hruska, Sum. 3490.

182. Ibidem, 3493.

183. Ibidem, 3494.

184. Carlo Faelli, Sum. 3462; cfr. también Javier Echevarría, Sum. 2821.

185. Carlo Faelli, Sum. 3463; cfr. también Carta 14-IX-1951, n. 7.

186. Forja, n. 791. A Ángel Jolín Moreno, miembro del Opus Dei, que padecía de hemofilia, le escribía en una ocasión: me da envidia ver cómo te toma el Señor para que le consueles con tus sufrimientos, ante el desamor y el olvido de tantas almas (Carta, en EF-581111-1).

187. Julián Herranz Casado, PR, p. 814.

188. Ibidem.

189. Cfr. Mario Lantini, Sum. 3709; y Alberto Taboada del Río, RHF, T-03358, p. 357.

190. Cfr. Álvaro del Portillo, PR, p. 624; y Luigi Tirelli, PR, p. 1630.

191. Cfr. Francisco Monzó Romualdo, RHF, T-03700, p. 20.

192. AGP P04 1974, I, p. 124.

193. Kurt Hruska, Sum. 3491.

194. «Días antes —refiere Álvaro del Portillo—, el profesor Faelli había recetado un nuevo tipo de insulina, indicando que la dosis tenía que ser de 110 unidades. Como siempre, me encargué de ponerle las correspondientes inyecciones. Yo ponía buen cuidado en leer atentamente la literatura médica que acompaña a las medicinas. Allí se decía que la dosis de esa nueva insulina era inferior a la normal, como las dos terceras partes. Por ese motivo y porque las dosis fuertes de insulina aumentaban mucho el dolor de cabeza que padecía el Padre, a pesar de lo que me había dicho el médico, le inyecté una dosis inferior. Con todo, el medicamento produjo una reacción, que entonces yo no conocía, de tipo similar al alérgico. Se lo comuniqué al médico, pero me dijo que siguiese con ese tipo de insulina» (Álvaro del Portillo, Sum. 478).

195. Ibidem.

196. Ibidem.

197. Javier Echevarría, Sum. 2092.

198. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 479. Refiriéndose a ese momento de la revisión de la propia vida, contaba el Fundador a don Álvaro «que había tenido tiempo de pedir perdón a Dios por lo que él pensaba que eran fallos suyos, e incluso por alguna cosa que no había entendido. Por ejemplo, pensaba el Fundador que una vez el Señor le había dado a entender que moriría bastante más tarde. Y le pidió perdón también por esto, porque no le había comprendido» (cfr. ibidem).

199. Carlo Faelli, Sum. 3461. Otros testigos apoyan la afirmación de que ese día fue cuando el Padre se curó. Encarnación Ortega, por ejemplo, refiere que «el 27 de abril de 1954, después de aplicarle insulina retardada, y de sufrir un shock anafiláctico, quedó curado de esta enfermedad repentinamente. Aquella misma tarde nos dijo a María José Monterde y a mí que por todo lo que habíamos pedido al Señor, Él nos había oído, y le había concedido una nueva etapa fecunda» (Encarnación Ortega Pardo, Sum. 5381).

200. Carlo Faelli, Sum. 3461.