5. Correría catequística por la península Ibérica (1972)

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Era claro que el Padre no se mostraba satisfecho del todo por haber hablado de Dios a unos cuantos centenares de chicos y de chicas en los últimos meses. Cuantitativamente representaban muy poco en esa hora crítica de la historia, en que el diablo andaba encizañando el mundo y no pocos de quienes debían predicar la verdad a voz en grito permanecían con la boca cerrada. La ignorancia, la falta de instrucción religiosa, era la causa principal de los errores de pensamiento y conducta. Urgía, por tanto, remover a las multitudes, dar doctrina a voleo para contrarrestar el confusionismo que imperaba en todas partes.

En Civenna maduraba en el verano de 1972 un plan de acción apostólica. Cuando semanas más tarde alguien le preguntó públicamente cuál era su mayor preocupación, el Padre respondió sin vacilar:

Preocupaciones no suelo tener. Ocupaciones, muchas: una detrás de otra. No llevo reloj, porque no lo necesito; cuando termino una cosa, comienzo otra, y en paz. Pero, la gran ocupación de mi vida y de mi alma es amar a la Iglesia, porque es una Madre con tantos hijos desleales, que demuestran con obras que no la quieren. Tú y yo hemos de amar mucho a la Iglesia y al Romano Pontífice |# 154|.

Se decidió a empezar una nueva "correría catequística", así la titulaba el Padre |# 155|. Pero, a pesar del optimismo con que se trazó, al llevar el plan a la práctica fallaron los cálculos. La concurrencia multitudinaria a los actos desbordó lo previsto por los organizadores, en cuanto a número de reuniones y en cuanto a capacidad de los locales. El proyecto consistía en recorrer de arriba abajo y de abajo arriba la península Ibérica, deteniéndose en los principales lugares adonde pudiesen acudir gentes en contacto con las labores apostólicas del Opus Dei |# 156|. Y empezaría por Pamplona, ya que allí tendría que asistir, como Gran Canciller de la Universidad de Navarra, a un importante acto académico que se celebraría a principios de octubre.

Pero, ¿habían contado con la salud del Padre? En el resumen de su historia clínica hay, por esas fechas, junto con los resultados de los análisis, unas escuetas notas para los profanos en jerga médica: «El 9-X-72 le vemos en Pamplona. Le encontramos bien». (Eran los días del comienzo de la correría.) Y en los últimos días de su estancia en España se le hace otra revisión y se anota: «El 22-XI-72 le vemos en Barcelona. Ha tenido rinitis y faringitis. Por lo demás se encuentra muy bien, a pesar del intensísimo ritmo de trabajo al que se ha sometido durante los dos últimos meses» |# 157|.

Si sacamos estadísticas, al Padre le salía una media de tres o cuatro reuniones diarias, con crecido número de asistentes, en muchas ocasiones de varios miles de personas. Recibía además continuamente a grupos reducidos y a familias que le visitaban a cualquier hora del día. En total, más de ciento cincuenta mil almas le escucharon en catequesis abierta. Ese viaje pastoral puso verdaderamente a prueba la resistencia física del Padre. Pero como no se quejaba, ni se pronunciaba sobre su estado físico, ni daba la menor muestra de agotamiento, todos coincidían en que el Padre, tan sonriente, tan ágil y disponible para lo que fuese menester, no andaba mal de salud. Para enterarse, sin embargo, de su condición física, siquiera de refilón, basta leer lo que escribía al Consiliario de España desde Roma, a los diez días de concluida la correría: Pienso que te encontrarás muy cansado, después de la paliza de estos dos meses de viajes por toda la península |# 158|. Y le sugiere que vaya a reponerse una temporada a un lugar tranquilo.

Por su parte ni le pasó por la imaginación el plantearse un descanso. Al regresar a Villa Tevere se encontró sobre la mesa el escrito del Cardenal Villot requiriendo explícitamente que se le asegurase que los miembros del Opus Dei que trabajaban en la Santa Sede guardaban el secreto de oficio. Por contraposición al optimismo que se desprende del informe médico de noviembre, cuatro semanas más tarde aparecen a destiempo datos y síntomas inesperados: alta velocidad de sedimentación globular y descenso de hematíes, función renal algo comprometida, tendencia a la elevación de las cifras de urea en sangre, etc. |# 159|. Aunque con retraso, el organismo estaba pagando indisciplinadamente el esfuerzo de su tarea pastoral. No de manera dramática, pero sí con pérdida de reservas vitales.

* * *

El día 4 de octubre llegaba el Padre a Pamplona, procedente de Francia, y dispuesto a comenzar su correría apostólica. A su paso por Lourdes había puesto ese viaje catequístico bajo la protección de la Virgen. La primera gran reunión la tuvo el día 6 en un salón de actos. Desde ese momento, la alegría que se palpaba en el ambiente y el tono sencillo y afectuoso del Padre, que se ofrecía a contestar todo tipo de preguntas, hicieron de esas reuniones una tertulia de familia. Vengo a charlar de lo que queráis, comenzó diciendo. No os voy a echar un sermoncito. De modo que a ver si os vais animando, y sacáis vosotros los temas que os interesen |# 160|. Y, roto el hielo, llovían las preguntas: «Padre, ¿cómo se nota la vocación al Opus Dei?», preguntaba un jovenzuelo; «¿qué nos dice para nuestros padres?», intervenía una chica joven; «Padre, aquí estamos un grupo de gente del campo»...

El día 7 presidió el acto académico de investidura honoris causa de tres ilustres profesores: Paul Ourliac, de Toulouse; el marqués de Lozoya, de la Universidad de Madrid, y Erich Letterer, de Tubinga. En un noble marco de galas y vestiduras académicas, y ceremonial latino, se confirieron las insignias del doctorado: birreta, anillo, libro y diploma. El acto se clausuró con un discurso del Gran Canciller |# 161|.

Esos días celebraban los Amigos de la Universidad de Navarra una Asamblea General. El Padre, para agradecer su cooperación y sacrificio económicos, sin los cuales no sería una realidad la Universidad de Navarra, se vio con ellos. Saludó a profesores, bedeles, encargadas de la limpieza y personal administrativo; y el domingo, 8 de octubre, tuvo un encuentro con miembros de la Obra y con una gran masa de cooperadores de Navarra y provincias limítrofes. Al Padre le daba la impresión de que estaban como preocupados por lo que pasaba en el mundo y en la Iglesia:

¿No es cierto que, cuando un fiel se acerca a un sacerdote, es para buscar fortaleza, luz y consejo? Muchas veces van con hambre, con buena voluntad, con deseos de que les ayuden a andar hacia adelante, y no encuentran el consejo, ni la fortaleza, ni la fe: hallan sólo la duda y las tinieblas. Y no quiero pensar que sea así. ¡No quiero! Vamos a pedir todos juntos que no suceda esto |# 162|.

El 10 de octubre salió para Bilbao y se alojó en la casa de retiros de Islabe, donde fue recibiendo visitas en pequeños grupos, aunque el mismo día de su llegada tuvo una tertulia con un buen número de sacerdotes. El Padre volcó en ellos su corazón. Les habló largamente de muchos problemas de actualidad pastoral, y de liturgia y, sobre todo, de la caridad que debían mostrar con todos sus hermanos, sacerdotes del mundo entero:

Siempre nos han dicho que un sacerdote no se salva ni se condena solo [...]. Pues vamos a salvar sacerdotes, que es un deber de justicia. Y no los salvaremos si nos hacemos como erizos: hay que tratarlos con cariño, hay que vencerse. No hemos de formar un grupito, sino abrirnos, así, con los brazos en cruz. ¡Que vean que los queremos con obras! |# 163|.

Recordó con alegría su estancia en parroquias rurales, a poco de ordenarse sacerdote en Zaragoza; y se arrodilló ante todos los sacerdotes allí presentes para recibir de ellos una bendición conjunta antes de la despedida.

Al colegio Gaztelueta concurrieron centenares de padres y madres de los alumnos. Les habló de la formación de los hijos y de la labor educativa de los padres. Porque —les decía— no basta con traer hijos al mundo, también los traen los animales. Hay que formarlos y preparar su fe. A este propósito, les contaba lo que poco antes le había referido un muchacho:

Padre, tengo un amigo que dice que por qué nos enseñaron la religión católica desde niños; que nos debían enseñar todas las religiones... Y yo le contesté con mucha sinceridad: hijo mío, dile a ese amigo que, cuando él nació, su madre no le debía haber dado —perdonad— la teta, sino alfalfa, y paja, y cebada... y además la teta, para que eligiera |# 164|.

En Madrid estuvo del 13 al 30 de octubre. En colegios y residencias asistió a las reuniones, mañana y tarde. Las más numerosas fueron las del salón de actos del Instituto Tajamar, en Vallecas. En los años de la segunda República don Josemaría había recorrido con frecuencia aquellos andurriales para visitar enfermos, confesar a niños y enjugar lágrimas de muchos desgraciados. Tiempo después sus hijos empezaron a dar clases a los chiquillos de esa barriada; y ahora, los establos de la vieja alquería, que años atrás servían de aula, se habían transformado en las modernas instalaciones de un Instituto que nada tenía que envidiar a los mejores centros educativos de Madrid. El salón de actos de Tajamar, amplísimo, resultaba insuficiente para las muchedumbres que acudían allí. A las apretadas reuniones que en ese salón se celebraban, el Padre las apellidaba "tertulias", porque en ellas se conversaba; esto es, se preguntaba y se respondía. Era el sistema que como sacerdote había empleado siempre en la catequesis de los niños: el de preguntas y respuestas.

El Padre ni predicaba ni sermoneaba, charlaba sencillamente con el público, aunque se tratara de millares de personas. Su palabra y su presencia tenían el poder maravilloso de reducir la multitud a un pequeño grupo. Y, si después de un atento silencio estallaba un aplauso atronador, el Padre se quejaba: Habéis aplaudido, y a mí no me va: porque la gente que nos viera creería que esto es una muchedumbre, y en realidad somos una familia, una familia muy unida |# 165|.

Generalmente las tertulias comenzaban con unas palabras del Padre sobre un tema de actualidad o alguna nota sacada de sus recientes lecturas espirituales. La víspera de su salida de Madrid, nada más entrar en la sala de Tajamar, les anunciaba: De vosotros y de mí dice San Pablo que nuestra conversación ha de estar en los cielos, y eso es lo que vamos a hacer en este rato. Y, contestando a una de las primeras preguntas, les exhortaba a meditar la vida de Nuestro Señor:

Piensa en sus tres años de vida pública. Piensa en la Pasión, en la Cruz, que era la mayor afrenta. Piensa en la muerte de Cristo, en su Resurrección. Piensa en aquellas tertulias que tenía el Señor, especialmente después de su Resurrección, cuando [...] hablaba de muchas cosas, de todo lo que le preguntaban sus discípulos. Aquí lo estamos imitando un poquito, porque vosotros y yo somos discípulos del Señor y queremos cambiar impresiones: hacemos una tertulia. Piensa en su Ascensión a los cielos |# 166|.

Al Padre lo traían y lo llevaban, de un lado a otro, de tertulia en tertulia. Durante los traslados en coche solía preguntar: ¿a quién hablamos? |# 167|. Y, enterado de si se trataba de jóvenes, o de familias; o bien de grupos de gente de toda clase de edad, estado y profesión, componía mentalmente sus ideas. Pero lo corriente era la espontaneidad, el encomendarse al Espíritu Santo antes de contestar las preguntas. El Padre no se andaba por las ramas. Hablaba con claridad sobre cualquier tema que con Dios se relacionara. Y así, comentando cómo algunas mujeres van tan ligeras de ropa que creen que con exhibirse lograrán "pescar marido", el Padre añadía, con mucha gracia, que lo que realmente pescan es un resfriado |# 168|.

Le esperaban en Portugal. El 30 de octubre llegó a Oporto. Esos días residió en la Quinta de Enxomil, una casa de retiros en las cercanías. El Padre se sentía feliz, pero con pena de no hablar portugués. Por la casa fueron pasando grupos, reducidos o de centenares de personas venidas de Oporto, Coimbra y otras ciudades: Braga, Lamego y Viseu. En la mañana del 2 de noviembre emprendió viaje hacia Coimbra. Allí se detuvo a visitar a Sor Lucia, la vidente de Fátima, en el Carmelo de Santa Teresa. Como decía el Padre a la Reverenda Madre Priora del convento: tanto don Álvaro como yo, desde hace muchísimos años, todos los días hacemos un memento en la Santa Misa por esa amada Comunidad, especialmente por Sor Lucia que fue instrumento del que se valió el Señor para que el Opus Dei comenzara su labor en Portugal |# 169|.

Cerca de dos horas duró la entrevista; y, antes de marcharse, Sor Lucia les entregó unas hojas de propaganda en español para fomentar el rezo del Santo Rosario, y pidió que se repartieran durante el resto de su correría por España. De allí se fue el Padre a hacer otra de sus acostumbradas visitas al antiguo monasterio de Santa Clara, donde se conservan en una urna de plata los restos de Santa Isabel de Portugal. Fundado en su común ascendencia aragonesa, don Josemaría se dirigía a ella familiarmente, dando unos golpecitos en el túmulo y llamándola mi paisana, Isabel de Aragón. De paso le encomendaba la labor de la Obra en Portugal |# 170|.

Prosiguió luego viaje al Santuario de Fátima. Llegó a las cuatro de la tarde. Inmediatamente los grupos dispersos de quienes le esperaban impacientes en la explanada se apretujaron a su alrededor. No entraron en la basílica porque estaban diciendo misa. Por indicación del Padre rezaron una parte del rosario ante la primera de las estaciones del Vía Crucis. Al terminar, entraron en la basílica. Después el Padre se dirigió a la capelinha y rezaron todos la Salve antes de continuar el viaje a Lisboa.

Al día siguiente, 3 de noviembre, tuvo la primera tertulia para matrimonios en el pabellón del Club Xénon. A pesar del ajetreo de aquellas semanas, el Padre se encontraba feliz, y hasta rejuvenecido. Como aseguraba a sus oyentes, al tiempo que les hablaba hacía oración. Era evidente que mantenía a todos en presencia de Dios y todos experimentaban, como una realidad palpable, lo que aquel sacerdote les decía: que el Opus Dei es estupendo para vivir y para morir, sin miedo a la vida ni miedo a la muerte |# 171|. Así mañana y tarde, sin descanso, continuó haciendo su catequesis, hasta el día 6, en que salió por la tarde del aeropuerto de Lisboa con destino a Sevilla.

En Sevilla vio el Padre a muchas hijas e hijos suyos. Pero fue en Pozoalbero, la casa de retiros vecina a Jerez de la Frontera, donde se dio cita con millares de personas que acudieron a su catequesis. Con este propósito se acondicionó un recinto contiguo a la casa y abierto por un lado al jardín de la finca. En sus tiempos había allí una corraliza para guardar los aperos de labranza y unos locales donde, últimamente, funcionaba un lagar. "El lagar" se seguía llamando ese patio exterior, protegido por una gran lona. No por el calor de la temporada sino porque la semana anterior, estando el Padre en Portugal, la lluvia que venía del Atlántico había descargado con fuerza en Andalucía. De la pared del fondo, desde donde podía hablar el Padre paseando por un amplio estrado que dominaba las abigarradas muchedumbres procedentes del sur de la Península, colgaba un repostero con el lema: Siempre fieles, siempre alegres, con alma y con calma. (Eran las palabras del brindis que allí mismo, en Pozoalbero, había pronunciado el Padre el 2 de octubre de 1968).

Un día, en una de las tertulias, un chico joven le preguntó, sin más, por el lema. ¿Qué quería decir lo de "con alma y con calma"? ¿Cómo aplicarlo al trato con Dios?:

Quiere decir que hay que tener coraje, e ir despacio. Ese alma, calma quiere decir eso: que seas valiente, sin precipitaciones |# 172|.

Las preguntas eran variadísimas: el sentido del dolor, los afanes del trabajo, la enfermedad o la rebeldía de los hijos. La sonrisa se alternaba con la seriedad. Mas he aquí que, inesperadamente, sin que se lo pidiesen, el Padre mostraba su alma con candor. Les enseñaba cómo hacía su oración, repitiéndoles algo que en Pozoalbero adquiría particular resonancia, el evocar la faena de quienes pisaban la uva en el lagar:

Me pongo, no dentro de mí, sino encima. Me pateo bien pateado: tú no eres nada, no vales nada, no puedes nada, no sabes nada, no tienes nada... Y sin embargo eres Sagrario de la Trinidad, porque el Espíritu Santo está dentro de nuestra alma en gracia, haciendo que nuestra vida no sea la de un animal, sino la de un hijo de Dios |# 173|.

Uno le preguntó qué sentía al ver reunidos a tantos hijos suyos, cuando años atrás contaba tan sólo con una docena de personas en la Obra. Esto le hizo recordar "las primeras horas" de la fundación. Ahora al Padre le parecía estar viendo una película en color, después de aquellas del cine mudo:

Os he dicho, me lo habéis oído muchas veces y en momentos muy duros, que soñarais y os quedaríais cortos. ¿No es verdad? Os lo he dicho cuando erais pocos. Ahora os vuelvo a repetir lo mismo: que soñéis y os quedaréis siempre cortos |# 174|.

El 13 de noviembre salió el Padre hacia Valencia, donde permaneció hasta el 20 de ese mes. Sin pérdida de tiempo, al día siguiente de su llegada a La Lloma, la casa de retiros cercana a la capital, reemprendió la catequesis.

A su memoria venían aquellos primeros viajes a Valencia, y sus paseos por la playa con algunos chicos de San Rafael. En medio del caos de una nación, cuando allá por 1936 todo se derrumbaba, el Padre se mantenía firme en sus esperanzas y hacía los preparativos para la expansión de la Obra en Valencia y en París. Vinieron luego la guerra civil y los viajes de posguerra... Recordaba su primer curso de retiro en Burjasot; y El Cubil, aquel humilde entresuelo, donde pasó un día de altas fiebres, tiritando arrebujado en unas viejas cortinas; y la impresión de Camino en Valencia, en 1939. Habían pasado más de treinta años; pero el eco de aquellos recuerdos estaba vivo en su alma.

Junto al patio de entrada de La Lloma, sobre un arcón había un ejemplar de Camino. En su primera página escribió el Padre: Electi mei non laborabunt frustra. Valentiae, 14-XI-1972 |# 175|. Mis elegidos no trabajarán en vano. Todavía era joven. Poseía una increíble capacidad de entusiasmo apostólico, una pronta reacción para no dormirse en los laureles y una vida interior en continuo y vigoroso desarrollo. Sus recuerdos apostólicos no morían en una mansa complacencia sino que estallaban en acciones de gracias.

El 17 de noviembre consagró un altar en la residencia universitaria de La Alameda. Allí dejó un acta en que decía:

Con qué anhelo deseé —hace ya mucho, y durante largo tiempo— que el Opus Dei viniera a esta ciudad: hasta que el Señor concedió generosamente a su siervo que también aquí tuviera hijos e hijas; al regresar a Valencia, eran incontables las acciones de gracias a Dios que llenaban mi corazón de Padre feliz... |# 176|.

* * *

Paralelamente a las tertulias catequísticas abiertas a las gentes del mundo, el Padre visitó algunos conventos de clausura en las ciudades por donde pasaba. También las religiosas querían oírle. ¿Es que no era título suficiente para ello el cooperar con sus oraciones a la labor apostólica del Opus Dei en todo el mundo? Así se lo hacía notar al Padre la abadesa del monasterio de San José de Alloz (Navarra). Accedió el sacerdote con sumo gusto a la invitación, por el gran amor que tenía a las almas que dedican su vida a Dios en clausura. Como, en efecto, declaraba a las carmelitas de Cádiz:

Son muchos los conventos y monasterios, en todo el mundo, que tienen con nosotros esta unión espiritual. Nos hacen participar de sus bienes espirituales, que son tantos, y nosotros les hacemos partícipes de nuestro trabajo apostólico. Por eso, me siento entre vosotras como un hermano entre sus hermanas |# 177|.

Comenzó la visita a los conventos yéndose a charlar con las religiosas cistercienses de Alloz, como si se tratase de una tertulia más. De entrada, para explicarles que los fieles del Opus Dei no son religiosos, les dijo en qué consistía la vocación al Opus Dei: una especial llamada de Dios; de manera —continuaba el Padre— que no digo que os envidio, porque mi vocación es de contemplativo en medio de la calle |# 178|. Acto continuo, las puso en guardia contra los peligros del debilitamiento de la disciplina religiosa, insistiendo enérgicamente: Madre Abadesa: ¡fortaleza!, ¡fortaleza!, ¡fortaleza! Abadesa, fortaleza. Entre lágrimas y sonrisas prosiguieron las monjas el diálogo con el Padre.

A su paso por Madrid no podía menos de saludar a las agustinas recoletas del Real Patronato de Santa Isabel, del que había sido Rector. Aquella iglesia fue antaño pasto de las llamas; pero el recinto, el altar y el comulgatorio de las monjas suscitaban al sacerdote recuerdos muy íntimos.

Queda mencionada la larga entrevista del Padre con el Carmelo de Coimbra. Después, en Pozoalbero, estando como aislado en el campo y pendiente a toda hora de visitas y tertulias, encontró un hueco para hacer una rápida escapada a Cádiz el 10 de noviembre y visitar un convento de carmelitas descalzas. También visitó, durante su estancia en La Lloma, otro de carmelitas en Puzol, en medio de huertos de naranjos. Su saludo en los conventos por donde pasaba era un piropo y una frase de agradecimiento a las monjas por su amor a la Iglesia: Sois el tesoro de la Iglesia:

La Iglesia se quedaría árida sin vosotras, y no podríamos decir: sacad con alegría las aguas de las fuentes del Salvador. Es aquí donde sacáis las aguas de Dios, para que nosotros podamos convertir la tierra seca en un huerto lleno de naranjos. Sin vuestra ayuda no haríamos nada; por eso vengo a daros las gracias [...]. ¡Mil veces benditas seáis! |# 179|.

Su última conversación en las catequesis de clausura tuvo lugar en el monasterio de clarisas de Pedralbes, en Barcelona. Cuando el Padre entró en la iglesia la voz del órgano resonaba gozosa por la nave, a modo de saludo. En el locutorio, junto a la capilla del Santísimo, les confesó que estaba allí para aprender, no para enseñar. Le escuchaban en recogido silencio cuando les decía: No os faltarán vocaciones si no hay aburguesamiento, si estáis encendidas en Amor, porque el Amor hace los grandes milagros |# 180|. El tiempo se pasó en un soplo. La conversación del Padre era amena y, de cuando en cuando, las monjas reían de buena gana. Al despedirse, el sacerdote les suplicaba, por amor de Dios, una limosna de oración para que fuese bueno y fiel en esos momentos de deslealtad.

* * *

El 20 de noviembre, fecha de su llegada a Barcelona, le esperaban allí multitud de catalanes, gentes de otras regiones españolas, y algunas personas procedentes de otros países. Las tertulias se sucedieron ininterrumpidamente durante diez días: en escuelas deportivas, auditorios, casas de retiro, colegios y escuelas agrarias. Su primera visita fue a la Virgen de la Merced, patrona de la capital.

Como era previsible, el tema del trabajo y el afán por sacar más tiempo para los negocios fueron los puntos de que tomó pie el Padre para dar lecciones de cómo santificar el trabajo y los negocios. Quería decir a la gente de aquella industriosa región que muchas veces el esfuerzo realizado no resultaba auténticamente cristiano, porque iba solamente detrás del dinero, motivado por fines sin altura. En el auditorio del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE) se celebró una de las tertulias en que parecía obligado tocar este tema. Llenaban la sala profesores y empresarios, financieros y hombres de negocios. Cuando el Padre apareció en el estrado traía un libro, entre cuyas hojas asomaban unas tiras de papel como señal. Nada más saludarles declaró a los presentes su absoluta ignorancia en cuestiones de dinero: cuando veo tres reales juntos me mareo. Algunos —decía a los presentes— os miran con recelo, y otros murmuran de los que trabajáis en negocios. Pero, es el Señor quien recomienda vuestro trabajo. Jesús cuenta cosas muy divertidas |# 181|.

Dicho esto, abrió el Padre el libro, que era el Nuevo Testamento, por el capítulo XIX de san Lucas. Un hombre poderoso, antes de salir de viaje a tierras lejanas, entregó cierta cantidad de dinero a sus siervos para que negociaran y a su vuelta se lo devolviesen junto con frutos e intereses. ¿No es esto un negocio? Un negocio modesto; de esos que a vosotros no os gusta hacer. Pero al fin y al cabo es un negocio. Y el Señor lo alaba. Yo no tengo más remedio que alabaros también |# 182|.

Y prosiguió el Padre planteando los negocios de que hablan los Evangelios. Ahora es san Mateo, que entendía mucho de cuartos, quien nos dice del tesoro escondido. El hombre que lo descubre, lo vuelve a esconder y vende enseguida todo lo que tiene para comprar ese campo. He aquí un negocio seguro.

A renglón seguido cuenta san Mateo la parábola de la perla preciosísima; en cuanto la vio un mercader en perlas finas le dio un brinco el corazón. Vende cuanto tiene y la compra, pues sabe que no es probable que halle otra perla tan valiosa en toda su vida.

A continuación habla san Mateo de otro negocio: el de la pesca. Es éste un negocio relativo, porque la red barredera recoge toda clase de peces al arrastrarla: buenos y malos; y estos últimos hay que tirarlos.

El Padre, con muy buen humor, va comentando las parábolas; pero al llegar a este punto se puso un tanto serio para hacer recapitular a los oyentes:

El Señor alaba vuestros negocios. Pero si no ponéis amor, un poco de amor cristiano; si no añadís el deseo de dar gusto a Dios, estáis perdiendo el tiempo |# 183|.

Con el Evangelio en la mano, siguió luego exponiendo las dificultades en los negocios, y la competencia ilegal... ¿Qué es, pues, lo que impide a un hombre de negocios el comprometerse a vivir una vida verdaderamente cristiana? ¿No será, algunas veces, el miedo y los respetos humanos? A todo parecía tener respuesta el Padre. Buscó otra cita y les comentó la historia de Zaqueo, hombre muy rico y corto de estatura. El cual, sin miedo a hacer el ridículo se encarama a un árbol para ver a Jesús...

El Padre poseía el "don de lenguas", el darse a entender por toda clase de personas. Dios le había hecho gracia de ese don particular, tan adecuado al carisma de quien ha de predicar la llamada universal a la santidad en el ejercicio de cualquier profesión honrada.

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NOTAS:

1. Javier Echevarría, Sum. 2404.

2. Cfr. Carta dirigida a sus hijas con una felicitación de Navidad, en EF-691220-2. Con ese mismo texto envió otra a sus hijos.

3. Carta a José María Hernández Garnica, en EF-691215-1.

4. He mandado hacer una imagen de Cristo crucificado, pero sin lanzada: Cristo vivo, que muere en medio de los sufrimientos más atroces; y muere gustosamente —se entregó voluntariamente— para conseguir nuestra redención y nuestro amor. Quiero que podamos mirar a esa imagen de Cristo que sufre lleno de paz, por ti, por mí, por todos; que nos decidamos a reaccionar con una entrega total y sin regateos, aunque tengamos que dejar la vida (Javier Echevarría, Sum. 2814). Sobre el Cristo y la ermita de la Santa Cruz: cfr. AGP, P01 1982, p. 1308 y ss.

5. AGP, P01 1972, p. 916.

6. «En aquellos años —testimonia Mons. Joaquín Alonso— le oí afirmar muchas veces que la cuestión jurídica de la Obra —su intención especial— había pasado para él a un segundo plano; ahora la necesidad más urgente era trabajar apasionadamente y hasta el extremo de las fuerzas para hacer proclamar en todas partes la lealtad a la doctrina y a la moral católica, la unión con el Papa y la búsqueda de la santidad» (Joaquín Alonso Pacheco, PR, p. 2058).

7. Javier Echevarría, Sum. 2658.

8. Insegnamenti di Paolo VI, ob. cit., 1972, p. 672.

9. Ibidem, pp. 672-673.

10. Cfr. Francisco Vives Unzué, Sum. 7456.

11. «Todo se ha hecho problema», se queja Pablo VI; «del interior mismo de la Iglesia, de sus hijos más queridos, surge con frecuencia la inquietud, la intolerancia, la defección. Son tiempos de borrasca» (Insegnamenti di Paolo VI, ob. cit., 1971, p. 538).

12. Cfr. Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4756.

13. AGP, P01 1972, p. 57; Javier Echevarría, Sum. 2607; y Álvaro del Portillo, Sum. 1145. El suceso ocurrió en 1971.

14. Cfr. José Luis Pastor Domínguez, Sum. 6066.

15. A poco de terminar el Concilio, en virtud de una «apresurada necesidad de revisión», ésta se transforma en «autocrítica corrosiva» hasta el punto de convertirse en «autodestrucción» (Insegnamenti di Paolo VI, ob. cit., 1969, p. 683). Se da entonces la tendencia —dice Pablo VI— «a poner en tela de juicio la existencia misma de la Iglesia». Se acusa a la estructura eclesiástica de «abusiva, deforme, precaria, nociva, inútil». Y continúa: «porque la estructura sería una derivación ilegítima, o al menos no necesaria, de la fórmula auténtica de la Iglesia apostólica» (ibidem, 1971, p. 1011).

16. Carta a Florencio Sánchez Bella, en EF-681216-1.

17. Carta, en EF-700427-2.

18. El Papa Pablo VI, en homilías, audiencias pontificias, discursos, etc. habla, con palabras claras y duras, de la crisis que estaba atravesando la Iglesia. «El estado presente de la Iglesia —resume en una ocasión, en 1970— se puede decir que está caracterizado por muchas agitaciones, tensiones, novedades, transformaciones, discusiones, etc. Hay quien habla de desintegración de la Iglesia, y quien sueña con el surgir de una nueva» (Insegnamenti di Paolo VI, ob. cit., 1970, p. 724).

19. Camino, n. 518.

20. Ibidem, n. 519.

21. Carta, en EF-480129-2.

22. Lealtad a la Iglesia, homilía (4-VI-1972); recogida en Amar a la Iglesia, Madrid 1986, p. 21.

23. Javier Echevarría, Sum. 2660.

24. Sobre la fusión de la caridad con los afectos auténticamente humanos, sobre su decir que amaba a Dios con el mismo corazón con que amaba a sus hijos, porque no tenía otro; y acerca de la cordialidad y delicadeza con que revestía su caridad para que resultase eficaz y atractiva: cfr. Juan Udaondo Barinagarrementería, Sum. 5054; Teresa Acerbis, PR, p. 1913; y Giuseppe Molteni, Sum. 3839.

25. AGP, P01 1972, p. 21. Cuando el Fundador oía algunas ofensas a Dios, exclamaba a menudo: Me duelen las almas (cfr. Mercedes Morado García, Sum. 6930).

26. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 838. Hace años —contaba el Fundador— cuando ya se veía venir toda esta hecatombe sobre la Iglesia Santa, no podía subir al altar sin echarme a llorar como un niño. Se me pusieron malos los ojos, y tuve que ir al oculista (AGP, P01 1972, p. 20).

27. Javier Echevarría, Sum. 2870.

28. Ibidem, PR, p. 1519.

29. Cfr. la introducción al resumen de la historia clínica del Fundador, elaborada por la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra (RHF, D-15111), con informes pormenorizados basados en los expedientes. Acerca de la insuficiencia renal se dice: «Toda esta sucinta memoria de hechos gira alrededor de un proceso nefroangioescleroso, con insuficiencia renal progresiva, hipertensión arterial y alteraciones vasculares, que en su fase final presentó graves accidentes circulatorios, el último de los cuales determinó su muerte».

30. Javier Echevarría, Sum. 3138.

31. Ibidem, Sum. 2758.

32. Ibidem, Sum. 2660; cfr. también Giacomo Barabino, Sum. 4528.

33. Javier Echevarría, Sum. 2661.

34. José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, p. 23.

35. Javier Echevarría, Sum. 2870.

36. Cfr. José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, p. 26.

37. Lealtad a la Iglesia, homilía, ob. cit., p. 32.

38. Javier Echevarría, Sum. 2659.

39. José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, p. 15.

40. María Begoña Álvarez Iráizoz, RHF, T-04861, p. 9. Frases similares: recogidas en distintas fechas de 1971 por Mons. Javier Echevarría, Sum. 2784, y José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, p. 10.

41. Hoy no hace buen tiempo, no podéis salir a pasear —comentaba en más de una ocasión a sus hijos—. A mí no me ha importado: estoy triste mirando a nuestra Madre la Iglesia, y me gusta que incluso la naturaleza, a veces, se entristezca también: esa lluvia me parece hecha de lágrimas. Y entonces, ¿por qué sonrío? Porque a la vez estoy alegre. Con la ayuda de Dios seremos fieles (AGP, P01 1973, p. 311).

42. Javier Echevarría, Sum. 2754.

43. Teresa Acerbis, Sum. 4984.

44. Javier Echevarría, Sum. 2747.

45. Cfr. María Begoña Álvarez Iráizoz, RHF, T-04861, p. 20. Marlies Kücking testimonia, por otra parte, que, por lo que hace al Padre, «la oración era el medio y fuente de esta energía, y confiaba, de modo especial, en la oración de las Numerarias Auxiliares» (Sum. 7177).

El testimonio de Mons. Álvaro del Portillo viene a subrayar lo anteriormente expuesto: «He vivido muchos años al lado de nuestro Padre, y le he oído repetir constantemente, con un convencimiento total, que sentía una envidia santa y una admiración muy honda por la vocación de sus hijas Numerarias Auxiliares». Aunque el Padre quería a todos en la Obra con el mismo cariño, «se permitía una excepción, que no ocultaba: tenía predilección por sus hijas pequeñas, como le gustaba llamar a las Numerarias Auxiliares» (AGP, P02 1977, p. 827).

46. AGP, P01 1982, p. 1378.

47. Ibidem.

48. Carta 25-V-1962, n. 44.

49. Cfr. Carta 19-III-1967, n. 3.

50. Ibidem, n. 5.

51. Francisco Vives Unzué, Sum. 7471.

52. AGP, P01 1972, p. 862.

53. Cfr. Rom. 8, 31; cfr. también AGP, P01 1982, p. 1248; Javier Echevarría, Sum. 3276; Ernesto Juliá Díaz, Sum. 4245; y Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4934.

54. Cfr. Javier Echevarría, Sum. 3275.

55. Ibidem; cfr. también Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4934; Ernesto Juliá Díaz, Sum. 4245; e Is. 58, 1. Ahora ya no lloro —decía en una ocasión a sus hijos—, pero desde el 6 de agosto de 1970 he clamado sin cesar: clama, ne cesses! (Is. 58, 1), con la plena convicción de que Dios lo quiere (AGP, P01 1979, p. 983).

56. La variante respecto al texto de la epístola a los Hebreos 4, 16 es: "trono de la gloria", en lugar de "trono de la gracia". Explicaba el Fundador que la Señora es trono de la gloria en virtud de su constante e inseparable intimidad de amor con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Por medio de su intercesión nos dirigimos a Dios, apelando humildemente a su misericordia (cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 1130).

El Fundador tenía por costumbre recurrir a la intercesión de Nuestra Señora; y esta locución «le confirmó en la necesidad de dirigirse siempre a ella» (Javier Echevarría, Sum. 3276).

El Padre mandó a don Álvaro comunicar por escrito esta locución a los del Consejo; la única ocasión —testimonia Ernesto Juliá Díaz— en que recuerda que procediese de esta forma (cfr. Sum. 4245).

Cfr. también: Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4935; Mario Lantini, Sum. 3741 y Blanca Fontán Suanzes, PM, f. 1087.

Es interesante lo que refiere Mons. Julián Herranz, que oyó de labios del Padre este episodio sobrenatural a poco de regresar de Caglio. Por entonces ya se había comenzado a trabajar en Cavabianca (sede definitiva del Colegio Romano de la Santa Cruz), y el Padre pidió que se colocase allí un bajorrelieve en piedra, que representase a la Virgen sentada en un trono y coronada por la Santísima Trinidad; en la base irían grabadas las palabras de la locución. Mientras se esperaba la solución jurídica del problema institucional de la Obra, el Padre sugirió que se recitasen como jaculatoria para obtener de Nuestra Señora la deseada solución. Cosa que durante años hicieron sus hijos. «Por eso —testimonia Mons. Julián Herranz Casado— fue muy grande nuestro gozo y nuestra gratitud a la Santísima Virgen cuando el Papa (que nada sabía de esto) hizo pública su decisión de erigir el Opus Dei en Prelatura personal el 23 de agosto de 1982, aniversario de la especial luz divina recibida por el Fundador once años antes» (Sum. 4030).

57. AGP, P01 1971, p. 498. Sobre el "descubrimiento": José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, p. 78, anotado el 10-II-1971.

58. Cfr. Ernesto Juliá Díaz, Sum. 4114.

59. Para la ceremonia de la Consagración, que se renovaría todos los años en los centros de la Obra, compuso el Padre un texto que pasó a don Álvaro, por si quería hacer alguna observación. Al texto original se añadió una referencia al Fundador, para subrayar la fidelidad que siempre deberían manifestarle sus hijos. El Padre hubiera preferido pasar inadvertido; y esa razón de humildad fue la que le llevó a pedir a don Álvaro leer el texto, que en ese pasaje dice actualmente: «Conserva siempre en tu Obra los dones espirituales que le has otorgado, para que, según tu voluntad amabilísima, indisolublemente unidos a nuestro Padre, al Padre y a todos nuestros hermanos, cor unum et anima una, seamos santos y fermento eficaz de santidad entre todos los hombres. Haz que seamos siempre fieles al espíritu que has confiado a nuestro Fundador, y que sepamos conservarlo y transmitirlo en toda su divina integridad» (PR vol. XVII, Documenta Vol. II, Opus Dei (Consagraciones), p. 17).

Sobre este punto: cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 1600.

60. PR vol. XVII, Documenta Vol. II, Opus Dei (Consagraciones), p. 15.

61. Ibidem, p. 16.

62. A la jaculatoria compuesta en 1952 para la Consagración de la Obra al Sacratísimo Corazón de Jesús, había añadido el "y misericordioso". Cfr. José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, p. 17; y AGP, P01 1982, p. 1251.

63. José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, p. 89.

64. AGP, P01 1982, p. 1402. En la Navidad de 1971 escribía el Padre a todas sus hijas e hijos: Que Él (Dios) y su Santísima Madre, Madre Nuestra —adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, a María, ut misericordiam consequamur—, nos concedan una Santa Navidad, y nos den la gracia de una entrega cada día más delicada y generosa. Es deseo del Señor, y también será una gran alegría para este Padre vuestro, que recemos mucho —clama, ne cesses! (Carta, en EF-711200-2).

65. Jesús Álvarez Gazapo, Sum. 4498. Del 12-XI-1971.

66. Cfr. José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, p. 50; anotación del 4-X-1970. Cfr. también, sobre la brevedad de las locuciones: Daniel Cummings, Sum. 6194.

67. Lealtad a la Iglesia, ob. cit., p. 35.

68. Ibidem. Cfr. también: Ignacio Celaya Urrutia, Sum. 5937.

69. Lealtad a la Iglesia, ob. cit., p. 24.

70. Cfr. Giacomo Barabino, Sum. 4528.

71. Javier Echevarría, Sum. 2655.

72. Cfr. Luigi Tirelli, Sum. 4554.

73. En aquellos años de grave crisis de la Iglesia, entre 1965 y 1975, el Padre —testimonia Mons. Joaquín Alonso—, «sufrió mucho, percibiendo en tales acontecimientos, sobre todo, la falta de amor de Dios. En aquellos años le he oído hablar y predicar frecuentemente sobre la situación dolorosa de la Iglesia; su reacción —decía— era de tratar de reparar, amando más. Este amor se expresaba de distintos modos: estimuló a todos los miembros del Opus Dei a cuidar con mayor atención la liturgia, la adoración eucarística y la dignidad del culto» (Joaquín Alonso Pacheco, PR, p. 2211).

74. En los últimos años de su vida los actos de ofrecimiento se hicieron cada vez más frecuentes. Suplicaba al Señor que tomase su vida y que, a cambio de ella, «derramase sobre la Iglesia una nueva oleada de santidad, de buena doctrina y de espíritu sobrenatural» (Álvaro del Portillo, Sum. 790). Cfr. también: Julián Herranz Casado, Sum. 3925; Mario Lantini, PR, p. 638, etc.

75. Carmen Ramos García (Sum. 7382) testimonia que unas horas antes de su muerte oyó decir al Padre, textualmente, que estaba dispuesto a ofrecer por la Iglesia y el Papa: su vida y mil vidas que tuviera. A primera hora de la mañana de ese mismo día (26 de junio de 1975), el Fundador encargó a Giuseppe Molteni hablar con un profesional romano, amigo de Pablo VI, para hacerle saber que, desde hacía años, estaba ofreciendo a diario su vida por la Iglesia y por el Papa (cfr. Giuseppe Molteni, Sum. 3866).

También Mons. Javier Echevarría, que estuvo presente en la conversación del Padre con Francisco Vives y Giuseppe Molteni, testimonia que «les encargó que fueran a visitar al doctor Piazza —amigo del Santo Padre Pablo VI—, que no se encontraba bien de salud y así se lo había hecho saber, para que le transmitieran todo su afecto. Me impresionó —a todos nos ocurrió lo mismo— el cariño y la fuerza con que habló el Fundador [...], y la fuerza sincera con que comentó —para que se lo dijeran al doctor Piazza— que esa mañana, como siempre, había ofrecido la S. Misa por la Iglesia y por la persona del Papa, añadiendo que, con la gracia de Dios, daría gustosamente su vida por el Vicario de Cristo» (Sum. 3288).

76. Es Cristo que pasa, n. 82 (de la homilía La lucha interior, 4-IV-1971).

A partir de estos años de falta de lealtad para con la Iglesia, la insistencia del Padre en la lucha interior es constante: Hijas e hijos míos —escribía a los Estados Unidos—: sed fieles, que es la hora de la lealtad. Llevad adelante vuestra lucha personal con espíritu deportivo, conscientes de vuestra debilidad —nadie se fíe de sí mismo— y sabedores de que nuestro Padre Dios nos ama con locura [...]. Rezad por nuestra Madre la Iglesia, que está tan necesitada de fidelidad en estos tiempos de confusión; y rezad por mí, que os quiero tanto (Carta a sus hijas e hijos de Estados Unidos, en EF-720608-2).

77. Cfr. Camino, n. 301.

78. Sobre detalles íntimos de su comportamiento —gestos, jaculatorias, etc.—, cfr. Giuseppe Molteni, Sum. 3832; Javier Echevarría, Sum. 2018 y 2580; Blanca Fontán Suanzes, Sum. 6978, etc.

79. AGP, P01 1973, pp. 276-277. De niño, el hogar había sido escuela de enseñanzas para el Fundador. Es más, al atizar recuerdos de la niñez aparecen las consideraciones ecológicas como respeto a la virginidad de la naturaleza. En diciembre de 1971 escribía el Padre a un amigo, vecino de Barbastro: He disfrutado, leyendo lo que me comunicas sobre el desarrollo de nuestra querida Barbastro; pero déjame que te confíe una preocupación, aunque bien sé que ya vosotros la habréis tenido muy en cuenta: se ha puesto de moda —y se ha puesto de moda, porque es una triste realidad— hablar de que las nuevas industrias, construcciones, etc., suelen llevar consigo una cierta contaminación de la atmósfera, del campo, de los ríos, si no se toman las medidas oportunas para impedirlo. Pienso que no podemos dejar de considerar estas cosas con un poco de antelación, con el fin de que en nuestra comarca se pueda seguir disfrutando de ese clima sano y enterizo y de esas aguas limpias, que siempre hemos tenido (Carta a Manuel Gómez Padrós, en EF-711220-1).

80. Cfr. Carta, en EF-651122-1.

81. Carta, en EF-651130-1.

82. Acerca de la delicadeza del trato con el Papa, refiere Mons. Álvaro del Portillo una anécdota de cuando Mons. Montini —luego Pablo VI— al oír al Fundador que traía buenas noticias que comunicar al Papa Pío XII, le contaba que Su Santidad se alegraría mucho. «Aquí llegan solamente penas y dolores», le explicaba (Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei; realizada por Cesare Cavalleri, Madrid 1993, p. 16).

Ésta fue la conducta que el Fundador siguió con otros Papas en tiempos duros para la Iglesia, especialmente en tiempo de Pablo VI. A las audiencias papales acudía, no como si el Romano Pontífice fuese un paño de lágrimas sino, al contrario, para animarle y levantar su ánimo con buenas nuevas.

83. Cfr. Carta a Mons. Angelo Dell’Acqua, en EF-660125-1.

84. Carta a Mons. Angelo Dell’Acqua, en EF-660129-1.

85. Carta a Mons. Angelo Dell’Acqua, en EF-670708-1. La petición oficial de audiencia la hizo don Álvaro del Portillo por carta a Mons. Nasalli Rocca, Maestro de Cámara de Su Santidad.

86. Carta, en EF-670715-1. «Todo lo venido de él (del Romano Pontífice), lo acataba como venido del mismo Cristo» (Ignacio Celaya Urrutia, Sum. 5938).

87. Carta a Mons. Angelo Dell’Acqua, en EF-670715-1.

88. Carta a Mons. Angelo Dell’Acqua, desde París, en EF-670914-1.

89. Carta a Mons. Angelo Dell’Acqua, en EF-671016-2. La homilía pronunciada en esa misa (8-X-1967) se recoge en Conversaciones bajo el título Amar al mundo apasionadamente, como va dicho. De ahí son estas palabras: Dios nos llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual [...].

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca (Conversaciones, n. 114).

90. Carta, en EF-671029-1.

91. Como dice el Fundador en la carta, se trata de Mons. Sotero Sanz, que en distintas ocasiones había atacado a la Obra. El hecho recogido era una reciente conversación de Mons. Sotero Sanz con el ministro español de Obras Públicas, Federico Silva Muñoz, en la que dijo al ministro que era persona muy bien vista en la Secretaría de Estado, excepto por el hecho de pertenecer al Opus Dei. El ministro le aclaró que él no pertenecía al Opus Dei. Indignado y escandalizado de que así se tratase a los buenos católicos que servían a la Iglesia, lo comunicó a amigos suyos de la Obra.

Mons. Sotero Sanz fue Nuncio Apostólico en Chile de 1970 a 1977, periodo en el que reconoció, con gran nobleza, sus temerarias afirmaciones, y rectificó. Y cuando el Padre estuvo en Santiago de Chile, en 1974, insistió en pedir perdón personalmente al Fundador, el cual le interrumpió cariñosamente con un ¡Queridísimo Sotero, vamos a olvidar todo lo pasado! (cfr. ibidem, nota 1).

92. Carta, en EF-671029-1.

93. Ibidem.

94. Ibidem.

95. PR vol. XVII, Documenta Vol. II, Opus Dei (Consagraciones), p. 12.

96. Cfr. Cartas a Mons. Angelo Dell’Acqua, en EF-670529-1 y EF-680113-1.

97. Mons. Giovanni Benelli fue Sustituto de la Secretaría de Estado para Asuntos Ordinarios hasta ser nombrado arzobispo de Florencia el 3-VI-1977 y creado Cardenal en el Consistorio del 27-VI-1977. Murió el 26-X-1982. Tan pronto tuvo noticia oficial de su nombramiento para la Secretaría de Estado, el Fundador le escribió congratulándose de la confianza que en él ponía Su Santidad, y prometiendo visitarle para manifestarle de nuevo personalmente toda su estima y amistad (Carta a Mons. Giovanni Benelli, en EF-670701-4). Sobre anterior correspondencia con Mons. Benelli: Cartas, en EF-660831-1, desde Avrainville, y EF-661115-1.

98. Cfr. Carta a Su Santidad Pablo VI, en EF-680712-2.

99. Cartas a Mons. Giovanni Benelli, en EF-690224-2; y a Su Santidad Pablo VI, en EF-690224-1.

100. Cfr. Carta de Su Santidad Pablo VI al Fundador del Opus Dei, del 26-II-1969, en RHF, D-15106. La carta siguiente del Fundador a Pablo VI es una felicitación en las fiestas de Navidad, ofreciendo, en nombre propio y de toda la Obra, sus oraciones y filiales sentimientos de unión a la Persona del Papa: cfr. EF-691215-3.

101. Sobre cómo se fue tejiendo esta red de suspicacias e incomprensiones: Álvaro del Portillo, Sum. 803; cfr. también: Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4699.

102. Carta, en EF-700427-2.

103. Carta, en EF-701110-1. Cfr. Carta, en EF-701114-1.

104. Cfr. Carta a Mons. Angelo Dell’Acqua, en EF-671029-1. Todo lo hubiese sufrido antes de dar un pequeño disgusto al Papa, porque «el dolor del Papa constituía para él una auténtica agonía» (Giacomo Barabino, Sum. 4528).

105. Carta a Mons. Angelo Dell’Acqua, en EF-701110-1.

106. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 1174 y 805.

107. Cfr. ibidem, Sum. 805.

108. Carta, en EF-710202-1.

109. Los fieles del Opus Dei en nómina oficial eran: Mons. Salvador Canals Navarrete; el abogado Antonio Fraile González (que entró a petición del Cardenal Adeodato Giovanni Piazza); el sacerdote Julián Herranz Casado (llamado personalmente por el Cardenal Pietro Ciriaci); y el sacerdote Julio Atienza González, secretario del Cardenal Ildebrando Antoniutti, el cual, a petición de dicho Cardenal, entró como oficial menor adjunto (cfr. ibidem).

110. Ibidem.

111. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 802.

112. Cfr. Javier Echevarría, Sum. 2375.

113. Cfr. Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4702.

114. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 802.

115. Refiere Mons. Álvaro del Portillo que el entonces embajador español ante la Santa Sede, Antonio Garrigues Díaz-Cañabate, conocedor de la actitud de Mons. Giovanni Benelli, y deseoso de aclarar su postura para con el Fundador del Opus Dei, invitó a ambos a comer.

En la conversación, el Fundador, con toda naturalidad, pidió al Sustituto de la Secretaría de Estado que le manifestase si había cometido algún error o estaba actuando injustamente, porque en ese caso rectificaría allí mismo; su único deseo era servir a la Iglesia.

A lo cual, Mons. Benelli respondió que nada tenía que decir sobre eso; y el Fundador, con la conciencia tranquila de quien no guarda rencor a nadie, le replicó con sencillez: Entonces, monseñor, ¿por qué nos hostiga?

Benelli no despegó los labios. Sin embargo, al pasar los meses —continúa diciendo Mons. Álvaro del Portillo— fue corrigiendo su postura, para mostrar de nuevo su estima por el Opus Dei. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 806; cfr. también: Julián Herranz Casado, Sum. 4040; y Francesco Angelicchio, PR, p. 337.

116. Carta Postulatoria de Mons. Giovanni Benelli, del 3-V-1979 (RHF, D-30805). Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 806. Mons. Benelli se ocupó de que se publicara un artículo, en L’Osservatore Romano, con ocasión del fallecimiento del Fundador del Opus Dei.

117. «Recuerdo —testimonia Mons. Javier Echevarría— que, desde el Vicariato, nos pidieron información sobre una fecha para la erección de un Centro, pues desde la Secretaría de Estado querían conocer hasta los mínimos particulares, dando a entender que estaba todo en estudio, como si aquella venia no fuera definitiva» (Sum. 2376).

118. Secretaría de Estado, n. de Protocolo: 208080, 30-X-1972.

119. Carta a Mons. Jean Villot, en EF-721201-2.

120. Ibidem.

121. Álvaro del Portillo, Entrevista…, ob. cit., p. 20; cfr. también: Álvaro del Portillo, Sum. 787. Mons. Javier Echevarría refiere que esa respuesta del Fundador —según oyó comentar a éste más tarde— le vino espontáneamente a la boca, tanta era su reverencia filial al Papa (cfr. Sum. 2363).

122. Larguísima de confeccionar sería la lista de sus relaciones con eclesiásticos: desde los centenares de sacerdotes españoles que trató en los primeros años de la Obra hasta los altos dignatarios de la Curia Romana, que empezó a frecuentar en 1946. Ya se ha hablado de sus relaciones con los Papas: Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI; pero no tanto de los prelados, obispos, nuncios, eclesiásticos y religiosos de aquellos países por los que se extendía el Opus Dei. Y es de admirar no solamente el número incalculable de almas sacerdotales que a él se llegaron sino también el amplio arco de sus profesiones y categoría. Empezando por la Curia Romana y limitándonos a los cardenales, y mencionando tan sólo los italianos, la lista de sus amistades, muchas de ellas de gran intimidad, es amplísima (cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 795-798). Trato frecuente y afectuoso tuvo el Fundador con los Cardenales Dell’Acqua, Larraona, Palazzini, Pizzardo, Antoniutti, Parente, Marella, Ottaviani, Baggio, Traglia, Pignedoli, Marchetti-Selvaggiani, Violardo, Lavitrano, Tedeschini, Tardini, Piazza, Schuster, Cento, Mimmi, Siri, Ciriaci, Agagnanian, etc. Cfr. Julián Herranz Casado, Sum. 3925; Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4698; José Luis Múzquiz de Miguel, Sum. 5815; Fernando Valenciano Polack, Sum. 7111.

123. Y esta observación vale también en el caso de Mons. Benelli. Cfr. Cartas a Mons. Giovanni Benelli, desde Lima, en EF-740727-1; desde Quito, en EF-740814-1; desde Caracas, en EF-740830-1; y, también desde Caracas, en EF-750210-1.

124. Álvaro del Portillo, Sum. 1170.

125. Javier Echevarría, Sum. 2372.

No es frecuente ver a nadie entonar un canto a la labor administrativa de la Curia. Mons. Escrivá lo hace en una de las cartas a sus hijos, en la que les muestra la labor escondida de una legión de eclesiásticos santos y doctos: Sirvieron con humildad a la Iglesia, y su servicio no les suponía ganancia personal en bienes materiales. No deseaban honores, sino que se entregaban generosamente a su tarea espiritual sin esperar halagos. Se llena el corazón de gozo al pensar en el oculto heroísmo de tantas —de muchísimas— almas santas que, con buena doctrina y firme fidelidad a la Sede Apostólica, han gastado su vida por la Iglesia de Dios [...]. Vedlos trabajar; han vivido pobres y han muerto pobres; han mandado suavemente y con fortaleza; a todos han escuchado, a todos han atendido, decidiendo con justicia y aconsejándose de personas doctas y rectas (Carta 15-VIII-1964, n. 73).

126. Apuntes, n. 1703.

127. Ibidem.

128. José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, p. 25.

129. Ibidem; también AGP, P01 1972, p. 59.

130. José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, p. 25.

131. Es Cristo que pasa, n. 64.

132. Amigos de Dios, n. 52.

133. AGP, P06, II, p. 333.

134. Job 7, 1.

135. AGP, P01 1972, p. 60.

136. Ibidem, p. 59.

137. Es Cristo que pasa, n. 73.

138. AGP, P01 1972, p. 15; también AGP, P01 1969, p. 442. En cuanto a la broma de los "siete años", la explicaba así a sus hijos: nosotros tenemos que hacernos de verdad como niños delante de Dios, renovando nuestra juventud todos los días. En la historia de la Iglesia hay muchas almas santas que han sabido, siendo ya viejos, hacerse niños, por caminos muy diversos. ¿No os parece lógico que os diga que no quiero cumplir más de siete años? (AGP, P01 1972, p. 11).

139. Ibidem, p. 14.

140. Ibidem, p. 138.

141. Ibidem, p. 146.

142. Ibidem, p. 136.

143. Ibidem, p. 316.

144. José Luis Soria Saiz, RHF, T-07920, p. 26.

145. AGP, P01 1972, p. 349.

146. Ibidem, p. 420.

147. Ibidem, p. 559.

148. Aparte el foco neumónico, la analítica practicada esos días en la Clínica Universitaria muestra cantidades anormales de urea en el organismo. Ese cuadro agudo va remitiendo y, el 28-IV-1972, «su evolución es satisfactoria». Diariamente hace algo de ejercicio (paseos) y su peso es de 67 kg. Cfr. Historia clínica de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer: RHF, D-15111.

149. AGP, P01 1972, p. 564.

150. Ibidem, p. 661.

151. AGP, P04 1972, I, p. 81. Alonso Tostado de Madrigal, gran polígrafo, teólogo, filósofo y jurisperito, fue profesor de la Universidad de Salamanca. Murió siendo obispo de Ávila en 1455. Su fecundidad de pluma dio pie al dicho popular: "escribir más que el Tostado".

152. Ibidem, p. 81.

153. AGP, P01 1972, p. 940.

154. AGP, P04 1972, I, p. 170.

155. Cfr. Florencio Sánchez Bella, Sum. 7483.

156. Cfr. César Ortiz-Echagüe Rubio, Sum. 6860.

157. RHF, D-15111, fecha 22-XI-1972.

158. Carta a Florencio Sánchez Bella, en EF-721210-3.

159. Cfr. RHF, D-15111, fecha 28-XII-1972.

160. AGP, P04 1972, I, p. 41.

161. Cfr. Discurso: 7-X-1972; publicado en Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad, Pamplona 1993.

162. AGP, P04 1972, I, p. 47.

163. Ibidem, p. 93.

164. Ibidem, p. 118.

165. Ibidem, p. 535.

166. Ibidem, p. 225.

167. Según testimonia Florencio Sánchez Bella: «Se dejaba llevar a donde le condujésemos. Subíamos al coche, rezaba, y antes de llegar me preguntaba: ¿a quién hablamos? Y empezaba lleno de entusiasmo» (Sum. 7483).

168. Sobre sus avisos en cuestiones de moda femenina: cfr. AGP, P04 1972, I, p. 205.

169. Carta a la Revda. M. Maria das Mercês de Jesus, o.c.d., Priora del Carmelo de Coimbra, en EF-721214-2.

170. Cfr. AGP, P01 1975, p. 53. Otros santos a los que el Fundador llamaba "paisanos" eran san José de Calasanz y san Vicente Ferrer.

171. AGP, P04 1972, I, p. 315.

172. Ibidem, p. 400.

173. Ibidem, p. 268.

174. Ibidem, p. 428.

175. Ibidem, p. 451. Cfr. Is. 65, 23.

176. AGP, P04 1972, I, p. 450.

177. Ibidem, p. 837.

178. Ibidem, p. 827.

179. Ibidem, p. 837.

180. Ibidem, p. 841.

181. Ibidem, p. 604.

182. Ibidem, p. 605.

183. Ibidem, p. 606.