3. Nuevos países (1952-1962)

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

El primer empeño de expansión apostólica de la Obra tuvo lugar entre 1948 y 1952, como antes se ha visto; y el segundo impulso se llevó a cabo a lo largo del decenio 1952-1962. De modo que el Padre, con sus hijos congregados familiarmente a su alrededor, el 2 de octubre de 1962 les hacía considerar el esfuerzo que había supuesto la maravillosa aventura del trasplante:

El Padre conoce mejor que nadie los comienzos de la Obra en cualquier país: las dificultades, las esperanzas... Por eso os puedo asegurar que todas las Regiones, humanamente hablando, se encuentran en mejores condiciones y con más medios que cuando yo hube de empezar aquel 2 de octubre de 1928. No os podéis imaginar lo que ha costado sacar adelante la Obra. Pero ¡qué aventura más maravillosa! Es como cultivar un terreno selvático: primero hay que talar los árboles, arrancar la maleza, apartar las piedras..., para después arar la tierra a fondo, echar el abono [...].

Una vez roturada, hay que dejar reposar la tierra, para que se airee bien. Luego viene la siembra, y los mil cuidados que exigen las plantas: prevenir las plagas; el temor a que descargue una tormenta... Es necesario esperar mucho, trabajar mucho y sufrir mucho, hasta que el trigo se encierra en los graneros |# 103|.

¡Qué no daría el Padre por evitar sufrimientos a sus hijos! Deseaba ver a todo el mundo dichoso, sin tener que compartir con él las penas. Pero, costó mucho arrancar en los nuevos países. Del ejemplo del Fundador aprendieron todos sus hijos a practicar el apostolado de la sonrisa, a sorberse las lágrimas y vencer las dificultades. Recordando los comienzos en Alemania, cuenta Alfonso Par que, yendo en coche por las calles de Colonia con el Padre, en 1957, cuando acababan de visitar la primera residencia de las mujeres de la Obra en Alemania, le hablaba minuciosamente de la labor que, cuanto antes, tenían que desarrollar en el país. Al terminar de exponer sus proyectos y preguntarle qué le parecía, Alfonso Par, abrumado y aturdido ante los muchos obstáculos que preveía, no acertaba a exponer otra idea que las grandes dificultades que tendrían que vencer. El Padre no le dejó seguir. Le interrumpió con energía y le dijo: eso ya lo sabía. Pero para eso estás tú; para vencer las dificultades |# 104|.

No es posible valorar los sacrificios que exigió el sacar adelante la Obra en países de expansión. La narración de los sucesos —hechos corrientes de la vida cotidiana— va envuelta siempre en pudorosos silencios y abunda en olvidos caritativos. Es de pensar que se reproducirían, a menor escala, algunas de las dificultades afrontadas por el Fundador en sus comienzos. Por eso, con generosidad, tal vez para animarles, otorgó gratuitamente a sus hijos el título de cofundadores. Ciertamente, no pueden medirse datos tales como la soledad o las humillaciones, u otros aún más sorprendentes, como el que asoma en una carta al Consiliario de México:

Roma, 9 de julio, 1953.

Querido Perico: que Jesús te me guarde. Leí tu carta, y me dio alegría ese espíritu, que se identifica con el mío [...]. Si no, no seríamos el Buen Pastor. Pero, de ningún modo te consiento hacer ofrecimiento —ese ofrecimiento—, porque el Señor se conforma con tu deseo y... porque para nosotros sería muy cómodo seguir ese camino. Hay que morirse viejo, reventado de trabajar y con buen humor.

¿Claro?

Un abrazo. La bendición de tu

Padre |# 105|.

El ofrecimiento que de su vida quería hacer Pedro Casciaro, para que el trasplante apostólico en México se realizase sin tener que lamentar pérdidas, recuerda su petición en Burgos, en 1938, para que el Señor le pasase a él la enfermedad que el Padre padecía. Pero, como claramente le decía el Fundador, eso resultaba demasiado cómodo. Lo propio del espíritu del Opus Dei era más laborioso y sufrido |# 106|. Contrariedades de todo tipo fueron, en buena parte, la causa de que la Obra se difundiera por el mundo: ¿Sabéis por qué el Opus Dei se ha desarrollado tanto?, explicaba el Fundador:

Porque han hecho con la Obra como con un saco de trigo: le han dado golpes, lo han maltratado, pero la semilla es tan pequeña que no se ha roto; al contrario, se ha esparcido a los cuatro vientos, ha caído en todas las encrucijadas humanas donde hay corazones hambrientos de Verdad, bien dispuestos...

Ha ocurrido lo que ocurre cuando se ponen obstáculos a la labor de Dios. Las aves del cielo y los insectos, en medio de los destrozos que ocasionan a las plantas con su voracidad, hacen una cosa fecunda: llevan la semilla lejos, pegada en sus patas. A donde quizá no hubiéramos llegado nosotros tan pronto, hizo el Señor que llegáramos así, con el sufrimiento de la difamación: la semilla no se pierde |# 107|.

La expansión fue constante, manteniendo un ritmo progresivo, en muchos y diversos países. De manera que el Fundador, dando gracias a Dios, comunicaba en 1959 al Obispo de Madrid, don Leopoldo:

El Señor y su Madre Santísima bendicen abundantemente su Opus Dei, que de hecho trabaja en todo el mundo no dominado por el comunismo; y que pone especial empeño en labores que nos ha encomendado la Santa Sede [...]; aunque no olvidan estos hijos y estas hijas que son igualmente misioneros en el asfalto de Londres, de Madrid o de París, de Washington o de Roma |# 108|.

En efecto, después de haberse establecido en 1951 en Colombia y Venezuela y, al año siguiente, en Alemania, la expansión continuó por Perú y Guatemala en 1953; Ecuador en 1954; Suiza y Uruguay en 1956; Austria, Brasil y Canadá en 1957; El Salvador, Kenia y Japón en 1958; Costa Rica en 1959; meses más tarde, Holanda... |# 109|. De las cuatro esquinas del mundo le llovían peticiones al Fundador para comenzar su labor apostólica en nuevos países. En la carta de la parábola del trasplante, que es de 1960, declara en sus primeras líneas: nos llaman continua e insistentemente, incluso de los lugares más remotos |# 110|. Las demandas procedían de la Santa Sede, algunas de ellas. Las más, de los Obispos; y también de Nuncios y Delegados Apostólicos |# 111|. No podía satisfacer tanta demanda. Pero nunca dio respuesta negativa a esas peticiones |# 112|. El Fundador mantenía viva la esperanza de quienes insistían en ver establecido un centro del Opus Dei en tierras lejanas. Dejaba la puerta abierta a una próxima solución. Habría que esperar, pero no mucho.

¿De dónde le venía el apremiante deseo de complacer, cuanto antes, esas solicitudes apostólicas? Su empeño por terminar enseguida los edificios de la Sede Central y su lucha para que el Colegio Romano de la Santa Cruz funcionara, cuanto antes, a pleno rendimiento, constituían un esfuerzo heroico y prudente. Sin ello no se hubiera realizado la expansión, por lo menos al ritmo que le imprimió el Fundador. Su repetida advertencia de que un parón en las obras de Villa Tevere significaría medio siglo de retraso para la labor apostólica de la Obra no parecía ya exagerada, ni mucho menos, en 1960. Indudablemente, aquel mandato imperativo del Señor: id, e instruid a todas las gentes |# 113|... resonaba a toda hora en su alma. Porque hay —decía el Fundador— quienes ven la obra redentora de la humanidad como entre niebla de borroso escepticismo: la ven a un plazo de siglos, de muchos siglos...: serían una eternidad, si se llevara a cabo al paso de su entrega |# 114|. En cambio, la absoluta disposición de entrega que existía dentro del alma del Fundador, ponía en marcha resortes plenos de dinamismo. Ni la magnanimidad le permitía mezquinas vacilaciones, ni su celo apostólico demoras de ninguna clase.

No podía, claro es, hacer la prehistoria de los nuevos países de Asia, de África o de América, como hizo en Europa; pero no renunciaba a participar a fondo en el esfuerzo. De lejanas tierras le llegaban noticias de sus hijas e hijos. Los tenía presentes en su corazón —consummati in unum!—, les escribía y les ayudaba con sus consejos. A pesar de estar recluido entre las paredes de Villa Tevere, el Padre, con su oración y mortificación, luchaba ascéticamente en todos los frentes de la expansión apostólica |# 115|.

* * *

Mons. Taguchi, Obispo de Osaka, varón apostólico, andaba preocupado con la cristianización del Japón y la situación de los jóvenes estudiantes de su diócesis. El conglomerado de ciudades de la zona de Osaka, con una población de más de siete millones de almas, contaba con muchas y nutridas universidades, entre ellas cinco protestantes, y con gran número de colegios de segunda enseñanza. Por desgracia, los jóvenes que salían de los colegios católicos iban luego a universidades laicas, no raramente bajo el influjo marxista y, por tanto, con peligro de su fe |# 116|.

Cuando el Obispo estuvo en Roma, en 1957, trató de aconsejarse sobre el modo de poner remedio al problema. El Cardenal Ottaviani, con gran entusiasmo, le habló del Opus Dei y le sugirió entrevistarse con Mons. Escrivá de Balaguer. Luego de exponer a don Álvaro lo que pretendía: establecer una institución de Enseñanza Superior en su territorio, le recibió el Fundador, que le prometió atender su petición |# 117|.

Poco después José Luis Múzquiz, entonces Consiliario Regional del Opus Dei en los Estados Unidos, visitó en Roma a Mons. Taguchi, por encargo del Padre. El Obispo, pensando que una amable acogida y la grata sonrisa de la primavera con los cerezos en flor contribuiría a un favorable informe por parte del Consiliario, le invitó a su casa para mediados de abril. Cuando José Luis Múzquiz contó en Villa Tevere el gesto cortés del Obispo, el Padre, que conocía muy bien su carácter, más impresionable por los datos positivos de la mecánica o de la ingeniería, que no por la lluvia de pétalos, le comentó bromeando: Me parece que a ti eso de los cerezos no te importa mucho, pero haz el viaje cuando quiera el obispo |# 118|. Mientras preparaba el viaje al Japón, el Padre ponía la empresa bajo la protección de Nuestra Señora; y escribía a su hijo: Que el Señor te bendiga —y su Madre Santísima, Stella maris— en tu próximo viaje al Japón |# 119|.

Apenas llegó a Tokio envió una carta al Padre, que con gran alegría escribió en el sobre: Primera carta del Japón. Sancta Maria, Stella Maris |# 120|. Bajo la advocación Stella maris siguió acusando recibo de las cartas del Japón |# 121|.

Al regresar a Roma, José Luis informó al Padre detalladamente sobre su visita y entrevista con varios Ordinarios locales de las regiones de Honshu y Kyushu, al tiempo que Mons. Paul Yoshigoro Taguchi seguía abogando perseverantemente por una Universidad Católica en Osaka, como exponía a Mons. Escrivá de Balaguer, por carta del 7 de mayo de 1958:

«Quisiera dar las gracias a Su Excelencia por haber enviado al Muy Rev. José L. Múzquiz al Japón para estudiar la posibilidad de comenzar una Universidad Católica en la zona de Osaka [...]. Bien sé que no es tarea fácil comenzar una Universidad, pero sé también que todo esfuerzo para ponerla en marcha será de muy valioso servicio para la Iglesia en el Japón. Rezo con la esperanza de que muy pronto tengamos una Universidad bajo la dirección del Opus Dei en la zona de Osaka» |# 122|.

El 8 de noviembre de 1958 llegó al Japón, para quedarse establemente, José Ramón Madurga |# 123|; y tras él, otros. El Padre les dio instrucciones para ir buscando casa y preparar la ida de las mujeres de la Obra. Desde un primer momento pedía al Señor que enviase muchas personas de aquel país al Opus Dei |# 124|; y se sentía estrechamente unido a ellos:

Que Jesús me guarde a esos hijos del Japón —les escribía en octubre de 1959—.

Queridísimos: estamos siempre muy junto a vosotros, especialmente en los días del tifón.

Espero que pronto vayan hermanos vuestros de Estados Unidos: ya es hora |# 125|.

Pasaron unos meses y, ya avanzada la primavera de 1960, el Padre tenía consigo en Roma, dándoles bríos y espíritu, a un buen grupo de hijas suyas. Unas se preparaban para ir a empezar en Kenia; y otras en el Japón. No decía el Fundador que las enviaba a esos lejanos países sino que se embarcaba espiritualmente con ellas en la aventura del Extremo Oriente y en la de Kenia. ¡Nos vamos al Kenia —nos vamos al Japón— para buscar almas para Jesucristo! |# 126|. Mandaba rezar intensamente y ofrecer sacrificios por esa intención, de manera que toda la Obra formaba parte activa en la empresa y cada uno, o cada una, podía repetir en primera persona las palabras del Padre: No vais solas porque vais con Cristo, y con Cristo estamos todos |# 127|.

Cuando José Luis Múzquiz volvió a Roma, después de un segundo viaje al Japón en 1959, el Padre, con afecto vivo, le estrechaba a preguntas por sus hijos: ¿cómo se encontraban de salud?, ¿qué comían, cómo vivían? No era fácil la lengua, ni el adaptarse a las costumbres; pero sí podían hacerse gradualmente a la alimentación japonesa, alternándola con la europea |# 128|. Y, en cuanto a los proyectos de enseñanza, sugirió a sus hijos, antes de partir para el Japón, que pensaran en crear un instituto, a nivel universitario, ya que no estaban en condiciones de levantar una Universidad. Eso les permitiría introducir el mensaje cristiano entre los estudiantes y hacer una labor de apostolado ad fidem |# 129|.

A causa del escaso número de católicos en el país, y del elevado número de paganos, se precisaba buscar más personas para desarrollar un apostolado eficaz desde el primer momento. El Fundador empujó a sus hijos de Brasil y Perú a que hiciesen apostolado con nissei (hijos de japoneses nacidos fuera del Japón), para que estos católicos desarrollasen el día de mañana un intenso apostolado en su patria de origen |# 130|.

El trasplante arraigó profesionalmente, una vez puesto en marcha el Seido Language Institute, de la ciudad de Ashiya, para la enseñanza de idiomas y como vehículo de conocimiento de la cultura occidental y de la doctrina católica |# 131|. Al mismo tiempo —en el año 1960— las mujeres de la Obra salían de Roma camino del Japón. Podemos tener la certeza de que el Padre las acompañaba de lejos y comenzaba —también él— una nueva aventura. A poco de llegar a Ashiya tenían ya noticias del Padre: Una cariñosa felicitación, por el comienzo de vuestra labor en ese país, y la bendición para mis japonesas |# 132|.

Mons. Javier Echevarría, que durante los años de la expansión permaneció al lado del Padre y escuchó los juicios de los Vicarios Regionales, testimonia que: «todos ellos coinciden en que la labor abundante, que se ha producido en aquellas tierras, se debe al empuje constante del Fundador, pues notaban su presencia continua a través de la correspondencia, de la que deducían la vigilancia confiada con que se interesaba por sus problemas. Afirman que, con sus disposiciones, preveía las soluciones adecuadas con la anticipación necesaria, y concuerdan en que era evidente —incluso a los miembros de la Obra que no le conocían— su cariño sobrenatural y humano por cada país» |# 133|.

* * *

En la historia de las relaciones del Fundador con la Jerarquía eclesiástica de las innumerables diócesis en las que trabajaba el Opus Dei hay que mencionar un episodio suelto, que puso a prueba sus dotes de gobierno. Se trata de un caso excepcional, digno de interés por doble motivo. De un lado, porque afecta al comportamiento del Fundador, revelando aspectos admirables de prudencia en el gobierno, y de paciencia y serenidad ante los conflictos humanos. El caso es también aleccionador, porque ilustra su afecto y respeto a los Ordinarios de los lugares donde existían Centros del Opus Dei. Este fiel acatamiento a la autoridad diocesana, lo había practicado desde el comienzo de la fundación.

Don Josemaría visitó por vez primera al Cardenal Patriarca de Lisboa, don Manuel Gonçalves Cerejeira, en febrero de 1945, con ocasión del viaje emprendido a raíz del encuentro con sor Lucia, la vidente de Fátima |# 134|. Por segunda vez se entrevistó con el Cardenal en septiembre de ese mismo año, y hablaron entonces largamente del Opus Dei. El primer Centro en Portugal se estableció en Coimbra, en 1946. Esperaba, sin embargo, el Cardenal la eventual apertura de un Centro también en su diócesis |# 135|. Pero éste no se erigió hasta el 23 de enero de 1951, como resultado de las entrevistas que tuvieron lugar entre el Cardenal y el Fundador; una en Roma (28-X-50) y otra en Lisboa (8-I-51).

A lo largo de todos estos encuentros había notado don Josemaría que, a pesar del mucho afecto que le mostraba el Cardenal, en cuanto se tocaba el tema del apostolado dentro de su diócesis parecía como cerrarse dentro de sí, como si estuviera resentido por el celo de sus fieles en el campo del apostolado |# 136|. Advertido por el Fundador, el Consiliario de Portugal, Javier de Ayala, mantuvo periódica y abundantemente informado al Cardenal de las actividades de los miembros de la Obra, para que no las confundiera con el apostolado de los religiosos. Alguna rigidez le mostró, sin embargo, el Cardenal en este tema de las metas apostólicas, como para que el Consiliario escribiera inmediatamente al Fundador, el cual le tranquilizaba a vuelta de correo:

Bien, tu trato con el Card. Patriarca [...]. Con el trato y nuestros modos, perderá del todo las prevenciones |# 137|.

Siguiendo al pie de la letra el consejo del Fundador, el Consiliario de Portugal mantuvo frecuente trato con el Cardenal y solicitó verbalmente la venia para la erección de un Centro para el apostolado con mujeres del Opus Dei. La concesión se hizo el 1 de agosto de 1952; y el Centro fue erigido el 2 de marzo de 1953. En el entretanto don Josemaría se vio obligado –en cumplimiento de su deber— a salir en defensa del carisma fundacional, ante algunas intervenciones del Cardenal, que seguía sin hacerse cargo de la naturaleza secular del Opus Dei

Pasaron así varios meses. El apostolado de hombres y mujeres del Opus Dei se desenvolvió satisfactoriamente en Portugal. No hubo queja alguna por parte de las autoridades eclesiásticas. Hasta que un día, en la semana de Navidad de 1954, le llegó al Consiliario una carta del Cardenal. Apenas leyó las primeras líneas comprobó que no se trataba de una felicitación. Sin circunloquios ni pulimento de ninguna clase, el Cardenal entraba en materia. «Me he enterado —escribía— de que el Opus Dei pretende dar un paso importante a fin de establecerse definitivamente en Lisboa, y me veo obligado a llamar su atención sobre estos tres puntos». Era, sin duda, una auténtica bomba retardada que explotaba, sin previo aviso, a los cuatro años de haberse establecido el Opus Dei en la diócesis, con la venia del Cardenal. Porque lo que venía a decir en esos tres puntos era, en síntesis, que no estaban canónicamente establecidos en Lisboa, pues, ni en el caso de los hombres ni en el de las mujeres, les había dado autorización en firme. Aclarando que las venias para los Centros erigidos tenían, por lo tanto, carácter provisional, y habían sido otorgadas «a título de experimento» |# 138|.

El 6 de enero de 1955 escribía el Fundador al Consiliario de Portugal, recomendándole calma, pues esas anécdotas no tienen demasiada importancia: son transeúntes |# 139|.

Indica también el Fundador cómo han de comportarse en adelante con el Cardenal todos sus hijos:

Tened paciencia, llevad con alegría y con silencio esta pequeña contradicción, seguid trabajando sin ruido como hasta aquí, y —repito— extremad el respeto y la veneración por ese santo señor, conforme a nuestra práctica y a nuestro espíritu |# 140|.

Usaron de paciencia, pero pasaba el tiempo sin resolverse la situación |# 141|. De modo que, al enterarse de que le seguían llegando al Cardenal habladurías, en el sentido de que el Opus Dei pretendía sustraerse a su jurisdicción, el Fundador pensó en ir a Lisboa y visitar a Cerejeira para ver el modo de aclarar la cuestión. Pero no pudiendo abandonar Roma por aquellos meses, envió a don Álvaro del Portillo, después de mucho encomendar al Señor que le quitase al Cardenal de la cabeza prevenciones injustas |# 142|. Dos largas entrevistas mantuvo don Álvaro con el Patriarca de Lisboa, el 17 y el 18 de mayo de 1956. El Cardenal dio rienda suelta a sus quejas.

¿Es que el Consiliario no le estaba ocultando muchas cosas que, por otra parte, todo el mundo sabía, pues corrían de boca en boca? Por ejemplo: que el Opus Dei había adquirido una banca. Don Álvaro le explicó que mal podía informarle el Consiliario de algo inexistente, porque el Opus Dei no había adquirido ningún banco. Y pasó a aclararle cómo los miembros del Opus Dei ejercen libremente sus actividades profesionales, públicas o privadas, sin que tengan que informar de ello a los directores o a las autoridades eclesiásticas, ni rendir cuentas al Obispo, como todos los católicos de cualquier otra diócesis. Con ello se le quitó de encima un peso al Cardenal y, viendo su actitud, nuevamente favorable, don Álvaro le pidió la venia para erigir un tercer Centro del Opus Dei en Lisboa. Erección que se comunicó al Patriarca el 30 de julio de 1956 |# 143|. Las relaciones fueron, de nuevo, extremamente cordiales.

Pero he aquí que, al cabo de un año de actividad apostólica sin tropiezo de ningún género, el Fundador recibió una larga misiva del Patriarca de Lisboa, fechada el 16 de septiembre de 1957; y en sus párrafos centrales decía: «El año pasado vino a Portugal el Procurador General, Rev. Álvaro del Portillo con el encargo, a lo que creo, de esclarecer la situación. Uno y otro hablamos con total sinceridad y confianza [...]. Pasó el año y vengo, pues, a comunicársela. En este espacio de tiempo he rezado, reflexionado y tomado consejo. Y la decisión es ésta: en conciencia considero que no conviene, por ahora, la admisión del Opus Dei en el Patriarcado de Lisboa, y que deben cesar sus actividades en Lisboa» |# 144|. Y a continuación expresa algunos reparos en el plano jurídico |# 145|.

La respuesta del Fundador al Cardenal es del 30 de septiembre. En ella informaba al Patriarca de Lisboa que, luego de haber leído atentamente y meditado cuanto Su Eminencia Reverendísima me ha escrito, he sometido la cuestión enteramente al Consejo General |# 146|. Seguía comunicándole cómo el Consejo General, en vista de las graves dudas de derecho suscitadas por dicha cuestión, se declaraba incompetente, remitiendo todo el asunto a la Santa Sede |# 147|.

También el Cardenal Cerejeira, por carta al Fundador, fechada el 6 de octubre, se declaraba pronto a obedecer las disposiciones de la Santa Sede. A esa carta respondió el Fundador el 21 de octubre, en tono conciliador, recordando al Patriarca que el afecto y veneración que por él sentía no habían cambiado, porque el caso presente no es cuestión personal sino problema de derecho, que ambos hemos sometido al juicio de la Santa Sede |# 148|.

La cuestión de derecho no fue de difícil solución. El 13 de noviembre, el Nuncio en Portugal, Mons. Cento, recibía lo decidido por la Santa Sede. A saber: la confirmación del derecho del Opus Dei a la posesión pacífica de los tres Centros, legítimamente erigidos en Lisboa |# 149|.

No volvieron a verse el Cardenal y el Fundador por muchos años. Hasta que un día se enteró el Cardenal, ya octogenario, de que don Josemaría pasaría breves fechas en Lisboa. Quiso ver al Fundador y charlar con él despacio. Cuando el Padre, don Álvaro y don Javier Echevarría, el secretario del Fundador, llegaron a la casa de ejercicios donde vivía el Cardenal, éste les esperaba con ansias del encuentro. Era el 6 de diciembre de 1972.

«Nada más comenzar la conversación —cuenta el entonces secretario del Fundador—, Cerejeira se ha precipitado a decir al Padre que quería pedirle perdón por el sufrimiento y por las grandes dificultades que había provocado cuando regentaba la diócesis. Enseguida le ha interrumpido cariñosamente el Padre, para confirmarle que no había nada que perdonar y que, además, nunca se había sentido ofendido; y ha añadido el Padre que, sin cumplidos de ningún género, también le pedía perdón, si en alguna ocasión le habíamos causado el más pequeño disgusto.

No se ha conformado el Cardenal con las palabras del Padre, pues se ha dado cuenta de que el Padre le hablaba con sinceridad, pero para tranquilizarle, ya que jamás ha tenido un motivo objetivo de queja por el trabajo apostólico de la Obra en su antigua diócesis. Por eso, después de oír esa muestra de cariño del Padre, Cerejeira ha insistido en que sentía el deber, en conciencia, de pedir perdón, porque se había dejado llevar por una ceguera incomprensible y, con sus pretensiones, había querido cometer un abuso de autoridad; que había considerado despacio las cosas, y había comprobado que su actitud había sido improcedente y contra todo derecho. A continuación el Cardenal —visiblemente contento, como si se hubiese quitado una losa de encima— ha comentado: "ahora ya me puedo morir tranquilo"» |# 150|. El Cardenal murió a punto de cumplir los noventa.