3. Los sucesos de Barcelona

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Con la reciente aprobación dada a la Obra esperaba don Leopoldo ver restañado aquel chorro de críticas —objetivamente calumniosas— contra el Fundador. No fue así. De pronto, se recrudecieron los ataques. Las cosas se enredaban. Empezaba a cumplirse la locución divina de que, para que todo se arreglase, antes tenía que desarreglarse. Y el alboroto se produjo en Barcelona, de manera vehemente.

Acababa don Josemaría de llegar a Lérida para dar la ya mencionada tanda de ejercicios espirituales a los sacerdotes de la diócesis cuando Álvaro del Portillo le comunicó que había estallado una nueva y recia contradicción contra el Opus Dei en Barcelona. Inmediatamente —era el 20 de abril de 1941—, envió por carta las instrucciones sobre el modo de llevar esta tribulación, con el encargo especial de que Álvaro se lo comunicase a los del Palau:

Yo no les escribo: hazlo tú, y diles que estén muy contentos y agradecidos al Señor, y que no se les escape ni una palabra ¡ni un pensamiento! falto de caridad: que estén seguros de que Jesús va a hacer grandes y buenas cosas, para su gloria, en Barcelona, si llevamos esto como Él quiere [...].

¿Tienen, en Barcelona, la vida de San Ignacio de Ribadeneyra? Si no la tienen, envíales un ejemplar. Quiero que todos tengáis devoción y amor a San Ignacio y a su bendita Compañía.

Procura que la Abuela ofrezca las molestias de su enfermedad por mis intenciones, que no son otras sino pedir al Señor que nos abrevie estos trabajos —si es su Voluntad—, y que, mientras duren, nos dé alegría y sentido sobrenatural y mucha caridad para llevarlos adelante.

¡Que améis mucho a la Iglesia! Doy permiso a todos, para hacer, con prudencia y pidiendo permiso, alguna penitencia extraordinaria; y, sobre todo, que acudan al Sagrario y a nuestra Virgen Santa María, con mucha y constante oración.

Gaudium cum pace!: con todo lo del mundo, no podremos pagar nunca al Señor esta alegría, que a vosotros y a mí —¡pecador!— nos llega desde el alma hasta el rostro, al ver que somos dignos de padecer por Jesucristo |# 62|.

En estas líneas viene resumida la pauta de conducta señalada a los miembros de la Obra en las nuevas circunstancias |# 63|.

La contradicción principió con visitas de algunos religiosos a los hogares de quienes habían pedido la admisión a la Obra o frecuentado el Palau. Ante padres y parientes esgrimían argumentos que llevaban el peso de su autoridad moral. ¿Cómo sostener, frente a ello, la novedad representada por un grupito de jóvenes estudiantes, sin respaldo público y oficial de la Iglesia? Sumariamente lo expone Rafael Escolá:

«Enseguida visitaron a mi familia para contarles que la Obra era "una herejía muy peligrosa", a nosotros "nos iban embaucando poco a poco", el Padre "era diabólico", se nos prohibía la confesión; por hacer oración nos calificaban de "iluministas", también practicábamos "ritos inventados" [...]. Mis hermanos intentaron disuadirme de lo que llamaban una "ofuscación" mía, y todos pasaron años muy malos hasta que, poco a poco, la verdad se fue abriendo paso» |# 64|.

Es un testimonio sobrio y objetivo. Un esbozo trazado a pinceladas de recuerdos, pulimentado por la lejanía de los años. Pero pásanse por alto los padecimientos de la familia durante la reciente guerra civil; y el encarcelamiento de Rafael por los comunistas, todavía un muchacho |# 65|. Y, a última hora, la espeluznante afirmación de que el hijo, arrancado antes a la muerte, iba ahora camino de la eterna condenación.

José Orlandis, otro miembro de la Obra, entonces de paso por Barcelona, porque tenía a su padre convaleciente en un hospital, da actualidad al relato. En carta al Padre, del 21 de mayo de 1941, describe al vivo el comportamiento de la gente de la Obra y las angustias sembradas de rebato en el seno de las familias:

«Viven aquello que escribía Vd. desde Lérida, que prohibía hasta los pensamientos faltos de caridad. Y, al referirse a aquellos Padres de la Compañía que más directamente han actuado contra la Obra —que les han expulsado de la Congregación, que han hecho que se les haya señalado en público como masones o cosa parecida y que, en algunos casos, sus mismas madres y hermanos les lloren como herejes que caminan infaliblemente hacia su perdición—, al referirse a esos Padres, como le decía, hablan de ellos con cariño, que en la voz se ve que no tiene nada de fingido, y disculpan su proceder diciendo que obran movidos por su celo y persuadidos de que lo que hacen está bien hecho.

Y lo que le digo de que los mismos de su familia les tengan por herejes no es una exageración. Rafa Escolá está sufriendo enormemente. "¿Sabes lo que es —me decía ayer— el que en casa mi madre y mis cinco hermanos me miren como un hereje que va hacia su perdición? En todo el día no me quitan los ojos de encima y están tratando de estudiar hasta mis menores movimientos: todo en mí les parece sospechoso; si me vieran triste, dirían: es natural, estás triste porque te das cuenta del mal camino que llevas; como me ven lleno de alegría y paz, encuentran esto mucho peor: ya no tiene remedio —dicen—, no hay esperanzas de que retroceda, el mal ha echado raíces en él y debe ser ya un hereje empedernido; y mi madre no puede hablarme ni verme sin que se le llenen los ojos de lágrimas; y sobre todo se ha interpuesto entre nosotros una especie de hielo..." Y la reacción de Rafa ante el dolor y el sufrimiento es sencillamente admirable: "Soy feliz de poderlo ofrecer a Dios por la Obra, y esto hace que en medio de esas pruebas sienta una alegría muy grande de que el Señor permita que sufra un poco por Él".

Y este mismo espíritu de Rafa es el que tienen todos» |# 66|.

Pronto se añadió, a todo esto, el reparto de hojas en círculos eclesiásticos, panfletos anónimos llenos de acusaciones falsas a la persona del Fundador y a la Obra |# 67|. Al duro golpe que para él suponía la reciente pérdida de la madre, cuando creía que hacía mucha falta a sus hijas espirituales, se añadían nuevos males. Noticias diarias: todas agresivas, todas malas. Eran los días en que se desahogaba con Álvaro del Portillo: hijo mío, ¿desde dónde nos insultarán hoy?, le decía a primera hora de la mañana |# 68|.

En el Fundador, y en último término en Dios, descansaba la fortaleza de la Obra y la tranquilidad de sus hijos. No podía permitirse pesimismos, ni pérdida de la serenidad, ni desmoronamientos físicos. Tenía que darles fe, y alegría, y esperanzas. El 2 de mayo escribía a Rafael Termes, el director del Palau, para confortar a sus hijos de Barcelona:

«+ Jesús bendiga a mis hijos y me los guarde.

Queridísimos: estamos de enhorabuena, porque el Señor nos trata a lo divino.

¿Qué os voy a decir? Que estéis contentos, spe gaudentes!: que padezcáis, llenos de caridad, sin que de vuestra boca salga nunca ni una palabra molesta para nadie, in tribulatione patientes!: que os llenéis de espíritu de oración, orationi instantes!

Hijos: ya se barrunta la aurora, y ¡cuánta cosecha, en esa bendita Barcelona, con el día nuevo!

Sed fieles. Os bendigo. Un abrazo de vuestro Padre

Mariano» |# 69|.

Lo que jubilosamente proclamaba el alma, no lo soportaba el cuerpo. El Fundador sufría, y sufría mucho; porque la procesión andaba por dentro. Sufría hasta el punto de caer enfermo en cama.

Para agradecer la carta de pésame del Obispo Administrador Apostólico de Barcelona por la muerte de doña Dolores, tuvo que hacer un esfuerzo:

Me he levantado de la cama, para escribir esta carta: ¡Sufro mucho!: Y, a la vez, no me cambiaría por el hombre más feliz de la tierra. Llevo trece años así, y el espíritu está pronto, con la gracia de Dios; pero la fisiología, a veces, se me rinde.

Creo que conviene que le diga cómo siento un agradecimiento muy grande hacia nuestro Señor, que conociendo nuestra flaqueza (la mía), si permite que personas tan santas y tan queridas de mi corazón nos maltraten, hace en cambio que unánimemente los Prelados que nos conocen, nos animen y consuelen y defiendan |# 70|.

Malamente anduvo de salud toda esa temporada, aunque procuraba no manifestarlo. También le cogió en cama, dos semanas más tarde, una llamada de don Leopoldo, a quien contestó por escrito en cuanto pudo levantarse:

Mi venerado y muy querido Señor Obispo: Me dicen que llamó V.E. anoche por teléfono. Yo estaba en cama. Ayer me dejó el Señor sin celebrar y sin comunión: toda la mañana anduve con vómitos y un poco de fiebre. Hoy me encuentro bien: son protestas del animalis homo, porque el otro es felicísimo |# 71|.

Y una de esas noches en que las preocupaciones no le dejaban pegar ojo, sintiéndose herido en su honra de sacerdote por tanta injuria, se tiró de la cama. Tenía el oratorio, en Diego de León, pared por medio. Salió del cuarto y, postrándose ante el Sagrario, le dijo al Señor: Jesús, si Tú no necesitas mi honra, yo ¿para qué la quiero? |# 72|. Desde ese momento, podían pisotearle la honra cuanto quisieran. Se hacía cuenta de que ya no la tenía.

Volvió a acostarse. Tranquilo, porque había dejado en manos de Dios lo que de su persona pudieran pensar las gentes. Una duda, sin embargo, quedó tercamente agarrada a su ánimo. Si el decreto de aprobación no había sido instrumento suficiente para amainar la tormenta, ¿no podría, acaso, lavarse públicamente el honor de la Obra, compareciendo él, como Fundador, ante un tribunal eclesiástico que reconociese su ortodoxia? No pudiendo contener por más tiempo su pena, el 4 de mayo de 1941 escribía a don Leopoldo:

A mí no me quedan lágrimas que llorar: el Señor me ha pedido la honra y la madre. Creo que se las he dado con todo mi querer. El cuerpo, a ratos, no puede más; pero de continuo siento, en medio de mi alma, la verdad de aquellas palabras que se leen en el Evangelio de hoy: et gaudium vestrum nemo tollet a vobis!

Señor Obispo: ¿No habrá llegado la hora de que se me juzgue por un tribunal, que deje con claridad meridiana todo este negocio?

El solo pensamiento de que me pueda apartar, ni en un detalle, de lo que la Santa Iglesia Romana ¡mi Madre!, disponga, me deja lleno de amargura.

V.E. Rvma. haga de mí lo que quiera. El Señor me da plenísima seguridad, en lo andado; seguridad que se apoya en que conscientemente nunca hice nada, ni dije, sin contar con la aprobación del Ordinario de cada lugar; y especialmente de mi Sr. Obispo de Madrid o de sus Vicarios Generales |# 73|.

Ese mismo día, domingo, cuando acababa de dirigir la meditación a sus hijos con el Señor expuesto, sonó el teléfono. Se puso al habla; era don Leopoldo. Al anotar a la mañana siguiente esa conversación telefónica, escribió lleno de gozo: He de hacer constar que las palabras del propio Obispo dan mucha alegría, se nota a Dios: hoy me parece que toda esta preocupación no va conmigo: creo que hasta me gusta. Laus Deo! |# 74|.