3. Los años de Zaragoza

Trascendencia de un acontecimiento: 2 de octubre de 1928. Datos para la comprensión histórico-espiritual de una fecha.

«Yo, casi sin darme cuenta, repetía: Domine, ut videam!, Domine, ut sit! No sabía lo que era, pero seguía adelante, adelante, sin corresponder plenamente a la bondad de Dios, pero esperando lo que más tarde habría de recibir: una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzo. Adelante, sin cosas raras, trabajando sólo con mediana intensidad. Fueron los años de Zaragoza»(25).

Había en aquel tiempo en Zaragoza dos seminarios para candidatos al sacerdocio: el Seminario Conciliar de San Valero y San Braulio y el Seminario de San Francisco de Paula. A éste último —que estaba unido a una de las instituciones y edificios mas conocidos de la capital aragonesa: el Seminario Sacerdotal de San Carlos— se incorporó, como alumno interno, el joven Josemaría Escrivá de Balaguer. Iniciaba así una etapa de su vida en muchos aspectos nueva, en un ambiente muy diverso del que había conocido hasta entonces en el hogar paterno(26).

El régimen del seminario de San Francisco seguía el esquema acostumbrado en los seminarios de aquel tiempo. Reseñémoslo, aunque sea sólo en líneas muy generales. Los seminaristas se levantaban a las seis y media de la mañana. Después de asearse, acudían a la capilla para hacer media hora de meditación(27) , a la que seguía la Santa Misa. Terminado, el desayuno, que hacían siempre en silencio mientras uno de ellos leía algún capítulo de la Imitación de Cristo, marchaban —juntos, en filas de a dos— a las clases en la Universidad Pontificia, que estaba unida al otro seminario, el de San Valero y San Braulio, situado cerca de la Catedral. Solía haber cada mañana dos horas de clase y, entre medio, un rato de estudio y otro de descanso. La enseñanza estaba basada más en el estudio de textos que en las explicaciones de los profesores, y era corriente que en cada clase el profesor señalara los temas o lecciones que los alumnos debían aprender para la clase siguiente, en la que preguntaban la lección señalada, haciendo al filo de las contestaciones comentarios o glosas(28) .

A las doce y media, terminada la última clase, los seminaristas del San Francisco dejaban la Universidad Pontificia y volvían a su casa. La comida, a eso de la una, era también en silencio, mientras se leía algún libro de tema piadoso, a no ser que quien presidía concediese autorización para hablar. Por la tarde, tras un rato de recreo, de nuevo a clase: una sola esta vez. La jornada se completaba con unas dos horas de estudio, todos juntos en una sala con pupitres preparada al efecto, cortando el tiempo por la mitad para rezar el Rosario y tener un rato de lectura espiritual(29). A las nueve de la noche tenia lugar la cena, concluyendo el día con un breve rato de examen de conciencia en la capilla(30).

Así transcurrieron los dos primeros cursos que Josemaría Escrivá de Balaguer pasó en Zaragoza. En septiembre de 1922, el cardenal Juan Soldevila, que regentaba la diócesis zaragozana, decidió nombrarlo superior del Seminario, confiriéndole para ello la tonsura(31). En junio de 1923 terminó el cuarto de Teología, el último de los cursos institucionales, completando los estudios durante el año académico 1923-24 mediante un curso de carácter monográfico. Por esas mismas fechas

—1923— consideró llegado el momento de seguir un consejo que le había dado su padre cuando le habló de hacerse sacerdote: estudiar, además de las ciencias eclesiásticas, la carrera civil de Derecho. Comenzó estos estudios como alumno libre, aunque asistiendo a clase siempre que se lo permitieron sus obligaciones en el Seminario: así, pensaba, se disponía mejor para cumplir lo que Dios le pidiera.

Pero con lo dicho, hemos descrito sólo el marco exterior de una vida cuyas dimensiones determinantes se sitúan a otro nivel, el del espíritu, como consecuencia del proceso de profundísima maduración interior iniciado en Josemaría Escrivá de Balaguer desde el momento mismo de los barruntos de Logroño.

La conciencia de la llamada divina, firmemente arraigada en su corazón desde aquel día del invierno de 1917-18, se ha ido haciendo cada vez más penetrante. A aquella primera luz han seguido otras —las «gracias operativas», de que habla el texto citado más arriba—, hasta marcar hondamente todo su ser. Sus afanes e ilusiones han estado dirigidos hacia las perspectivas que le ha abierto la luz divina: le son aún desconocidas en su concreción y detalle, pero su confianza en Dios no le permite dudar de ellas en lo más mínimo, y su oración se vuelca en una petición constante, urgiendo a Dios que haga realidad sus designios. Esa oración se remansa en largos ratos junto al Sagrario o ante alguna imagen de la Virgen, pero se expresa también en frases breves, jaculatorias, que resumen los afanes de su corazón. «No puedo dejar de recordar —rememoraba, años más tarde, en una homilía sobre vida de fe, comentando la narración evangélica sobre la curación del ciego de Jericó (Mc 10, 46 s.)— que, al meditar este pasaje muchos años atrás, al comprobar que Jesús esperaba algo de mí —¡algo que yo no sabía qué era!—, hice mis jaculatorias.

Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam — Maestro, que vea— me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que Tú quieres, se cumpla»(32). Aunque no habla prácticamente nunca de estos temas, los compañeros de seminario notan que sus preocupaciones interiores trascienden el ámbito de la usual vida eclesiástica. Y a parecidas conclusiones llegan sus condiscípulos en la Facultad de Derecho: era —comenta uno de ellos, el posteriormente notario David Mainar— «una personalidad tallada en plena juventud, con un ideal religioso a realizar»; «lo recuerdo —añade otro, el abogado Domingo Fumanal— como un romántico de Cristo: un enamorado de Cristo; un hombre de fe total en el Evangelio»(33).

Una humildad profunda, junto a un desprendimiento igualmente radical, caracterizan su vida interior. Porque, no lo olvidemos, en 1917-1918 Dios le ha hecho notar que quiere algo de él, pero no le ha revelado el contenido de sus deseos. Y, de esa forma, el Fundador del Opus Dei se vio llevado a vivir —como recordaba en la ya citada tertulia con sacerdotes, en Perú, el 26 de julio de 1974— «medio ciego, siempre esperando el porqué. ¿Por qué me hago sacerdote? El Señor quiere algo; ¿qué es?» (34). El cardenal Marcelo González, arzobispo de Toledo, preguntándose por la fuerza interior capaz de explicar la eficacia apostólica del Fundador del Opus Dei, la colocaba en «el dejarse llevar», en la posesión de «un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todo, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas»(35). Ese abandono total e incondicionado en manos de Dios, de que el Beato Josemaría Escrivá dio pruebas a lo largo de toda su vida, se acrisoló durante los once años pasados en expectativa, a la espera, de una luz divina

que desvelara el sentido de la inquietud sembrada en su corazón. Caminar así, ser fiel a una llamada que se entrevé pero de la que no se conocen el porqué ni el para qué, perseverar jornada a jornada dispuesto para cualquier cosa, aun la más inesperada, vivir al día sin poder hacer planes ni proyectos, es una forja que purifica el alma hasta terminar situándola en una plena desnudez ante Dios. La incertidumbre en que el Señor mantuvo a Josemaría Escrivá durante largos años le condujo a una actitud de disponibilidad tan honda que acabó siendo consubstancial con la propia persona.

Hay un texto que no se refiere específicamente a los años que estamos considerando —se trata de un pasaje en dedicado en general al proceso de fundación del Opus Dei—, pero que nos parece oportuno reproducir, ya que ilumina lo que estamos intentando exponer. «Cuando contemplo el sendero que hemos recorrido desde 1928, me veo, hijos, míos como un niño delante de un Padre buenísimo. A un niño pequeño no se le dan cuatro encargos de una vez. Se le da uno, y después otro, y otro más cuando ha hecho el anterior. ¿Habéis visto cómo juega un chiquillo con su padre? El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y de colores diversos... Y su padre le va diciendo: pon éste aquí, y ése otro ahí, y aquel rojo más allá... Y al final ¡un castillo! (36). Pocos párrafos más adelante reitera la misma idea: «Y para abrir paso a este querer divino, verdadero fenómeno teológico, pastoral y social en la vida de la Iglesia, Dios me llevaba de la mano, calladamente, poco a poco, hasta hacer su castillo : da este paso —parece que decía—, pon esto ahora aquí, quita esto de delante y ponlo allá. Así ha ido el Señor construyendo su Obra, con trazos firmes y perfiles delicados, antigua y nueva como la Palabra de Cristo»(37).

Difícilmente cabe imaginar expresiones en las que el olvido de sí, el desprendimiento propio, la actitud de abandono sean manifestadas de manera más plena. Y, a la vez, más espontánea, menos dramática. Ya que Josemaría Escrivá tuvo una clara conciencia de que la historia entera es como un juguete en las manos de Dios, pero no olvidó ni un instante que ese Dios que juega por todo el orbe de la tierra — ludens in orbe terrarum, dice la Escritura(38)— es un Dios que ama a los hombres con corazón de padre, un Dios que —como dice también la Escritura, y precisamente en el lugar recién citado— «tiene sus delicias entre los hijos de los hombres»(39).

La actitud de abandono en las manos de Dios no tuvo jamás en el Beato Josemaría un tono desgarrado, sino al contrario confiado y filial. Y eso, nos parece, como consecuencia de otro rasgo de su fisonomía espiritual, presente ya, y con fuerza, desde los años en el seminario: el hecho de que su docilidad plena a los planes de Dios estuviera acompañada de una oración no sólo viva, sino sencilla y, podríamos añadir, familiar. Un texto significativo para comprender el itinerario de la vida interior del Fundador del Opus Dei es una homilía que pronunció en 1967 y que fue publicada no mucho después con el título Hacia la santidad (40). En esa homilía, Mons. Escrivá de Balaguer comenta —en frase ya citada— que la vida de trato con Dios comienza con las oraciones aprendidas en la infancia, y va después, si el alma persevera en la oración, creciendo paulatinamente. Ese caminar, advierte, no siempre es fácil, ya que en la vida de todo hombre, aparecen, de una forma u otra, pronto o tarde, dificultades y contradicciones que ponen en peligro sus deseos de fidelidad al ideal cristiano. Al llegar a este punto, se pregunta: «¿Cómo podremos superar esos inconvenientes? ¿Cómo lograremos fortalecernos en aquella decisión, que comienza a parecernos muy pesada? Inspirándonos en el modelo que nos muestra la Virgen Santísima, nuestra Madre: una ruta muy amplia, que necesariamente pasa a través de Jesús»(41).

Ir a Dios de la mano de Jesús y de María. Acercarse a Dios a través de Jesús y de María. Y, de esa forma, descubrir, a un tiempo e inseparablemente, la majestad y el amor de un Dios que ha querido compartir la condición humana hasta en los detalles más corrientes y familiares. Ese fue el itinerario que siguió el Fundador del Opus Dei, y, concretamente, el camino a través del cual se fraguó ese abandono a la vez total y confiado, incondicionado y alegre, al que hemos hecho referencia.

«Durante el tiempo que pasé en Zaragoza, haciendo mis estudios sacerdotales, mientras frecuentaba las aulas de la Facultad de Derecho Civil, mis visitas al Pilar eran por lo menos diarias», rememoraba en un articulo de 1970(42). Allí, en el Pilar, o en cualquier otro sitio, al contemplar una imagen de Nuestra Señora o al pensar en Ella y dirigirle palabras de cariño, se va empapando de una verdad profunda: Dios ha querido aproximarse tanto a nosotros que se ha hecho hombre naciendo de mujer, teniendo una Madre que es también Madre nuestra. El trato con María nos conduce hasta Jesús y en El, perfecto Dios y perfecto Hombre, descubrimos el amor de Dios Padre y la fuerza del Espíritu Santo. «A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María», escribe en Consideraciones espirituales; y en Santo Rosario —redactado también a principio de los años treinta— añade: « El principio del camino, que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima»(43).

En esa vivencia de la cercanía de Dios, en esa profundización en el misterio de Cristo se inserta, poderosamente, otra realidad fundamental: la Sagrada Eucaristía, de la que habló siempre de forma profundamente sentida, como manifiestan, entre otros textos, algunos puntos de Consideraciones espirituales , que vale la pena citar:

—«Considera lo más hermoso y grande de la tierra..., lo que place al entendimiento y a las otras potencias..., y lo que es recreo de la carne y de los sentidos... —Yel mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. —Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas..., nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! —¡tuyo!—, tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa... y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía».

—«Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario...—Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz. Por eso, ¡qué obligado estoy a amar la Misa! (“Nuestra” Misa, Jesús...)».

—«¿No te alegra si has descubierto en tu camino habitual por las calles de la urbe ¡otro Sagrario!?» (44).

Las frases recién reproducidas nos permiten intuir el tono de su oración en esa fecha, y desde años antes. Por lo demás entre los hechos que el Beato Josemaría Escrivá conservó en la memoria sobre sus años de Zaragoza ocupa un lugar de relieve el recuerdo de las largas horas que pasó en oración ante el Sagrario de la iglesia de San Carlos(45), y el de la emoción profunda —le temblaban las manos— con la que, siendo diácono, tomó por primera vez entre sus dedos la Hostia Consagrada para administrar la Comunión(46). Otro recuerdo, intranscendente en apariencia, contribuye también a descubrirnos su alma. «Me acuerdo —contaba el 30 de marzo de 1964— de una escena que presencié hace bastantes años, en Zaragoza, en un bar —se llamaba Gambrinus— que no sé si seguirá existiendo. Había en aquel café un grupo de hombres y, entre ellos, un torero famoso. Se paraba la gente a contemplarlo. Un niño salió de la muchedumbre, pasó una mano por el traje del hombre que todos admiraban, y volvió con la cara radiante, diciendo a gritos: ¡lo he tocado!» (47). Muchas veces evocó ese suceso, aplicándolo a nuestro tocar a Cristo en la Palabra y en el Pan, en la oración y en la Eucaristía(48), señal de que aquella escena vista casualmente en una calle zaragozana quedó grabada en su alma y fue tema frecuente de su oración.