3. La hora de Dios

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

¿Qué sucedía en Italia mientras tanto? Y, ¿qué podía suceder? sino que, apenas tuvo don Josemaría un presentimiento de la labor de almas que se le echaba encima, ya estaba metido de nuevo en plena vorágine.

Aquí, en Italia, se barrunta una gran cosecha de vocaciones y de labor |# 97|, escribía a Madrid en junio de 1948.

Era, sin duda, algo más que un mero barruntar, porque venía precedido de frutos copiosos:

Se presiente aquí mucho trabajo inmediato, y fecundo. Se ve que es la hora de Dios |# 98|.

Aquella aparente inactividad, mencionada por el Fundador a sus hijos en Città Leonina, tomaba mayor vuelo de día en día, conforme se incorporaban a la Obra en Italia los primeros miembros. En junio de 1948 contaba ya con un pequeño grupo de italianos que habían venido recientemente al Opus Dei. Ese mismo verano los envió a Molinoviejo, para que asistiesen a un curso de formación y, conviviendo con gente de diversos países, conocieran mejor la Obra. Era aquel un curso internacional, en que estaban los primeros portugueses y mexicanos, y hasta el primer irlandés, representando el espíritu universal de que les hablaba el Padre |# 99|. De labios del Fundador aprendían la historia y el catecismo de la Obra. Siempre tuvieron por venturoso el recuerdo de aquellos días.

Aplicaba el Fundador a su persona los consejos dados a los demás. Cuando creyó llegado el momento de abrir un Centro de Estudios interregional no vaciló en poner por obra el se empieza como se puede. A los pocos días de experimentar que era llegada la hora de Dios, dio el decreto de erección del Colegio Romano de la Santa Cruz, con fecha del 29 de junio de 1948 |# 100|. Se trataba de una heroica locura divina y humana, porque no era tan desmemoriado como para no recordar los agobios y trabajos por sacar adelante empresas parecidas.

El Colegio Romano estaba destinado a una intensa formación de miembros del Opus Dei provenientes de distintos países, que obtendrían un doctorado eclesiástico, muchos se ordenarían sacerdotes y regresarían a su nación de origen. El Colegio Romano nació humilde en la mente del Fundador: con diez estudiantes, que a la hora de realizar estudios eran solamente cuatro |# 101|; y sin otra sede y cobijo que el Pensionato, que de momento no disponía de vacantes |# 102|. Como rezaba el texto del decreto de erección, los cimientos del Colegio Romano se asentaban en la Ciudad Eterna para reunir a gente venida de los países hasta adonde se extendía la labor del Opus Dei:

«Collegium ex omni natione Operis Dei in Urbe constituere decrevimus» |# 103|.

Supremo contraste entre la situación de hecho y la esperanza de futuro que contiene el decreto. En la intimidad de su trato con Dios, el Fundador debió de percibir que aquellos barruntos de expansión llevaban implícita una petición. Y, apenas adivinó su sentido, se apresuró a ejecutarla. La creación del Colegio Romano era un paso más para romanizar la Obra; y el Fundador, que jamás se quedó rezagado en el cumplimiento de la Voluntad divina, comenzó a proyectar desde Roma sus afanes apostólicos de alcance universal.

El 2 de julio, la misma semana del decreto de erección del Colegio Romano, se marchó a Madrid, donde le ocurrió algo que viene como anillo al dedo para entender cómo se gestaban en el alma del Fundador las grandes determinaciones. Cierto día al pasar por delante de la casa de Martínez Campos, en la que había vivido su madre en 1933, y donde trató a sacerdotes y estudiantes, se sorprendió diciéndose:

¡Cuánto he sufrido, Dios mío, cuánto he sufrido!

Pero reaccionó enseguida, y exclamó:

¡Cuánto me has aguantado, Señor, cuánto me has aguantado!

Sobre este incidente comentará dos días más tarde:

Ahora, en frío, creo que la verdad está en las dos cosas muy entremezcladas |# 104|.

Característico del Fundador en su trato con Dios era el olvido de sí mismo y de sus intereses, una humilde y decidida disposición para secundar los planes divinos y una generosidad sin límites, que no esperaba a decidirse en frío sino con ardor y sin vacilar. Meditaba a fondo los asuntos y, una vez estudiados, obraba con rapidez. La generosidad le encendía de tal modo que no se paraba a calcular posibles dificultades ni a medir imaginativamente los muchos sufrimientos que le iban a costar. Actuaba conforme a su modo de ser, como un manantial que nace a borbotones. Solamente así se entiende la cantidad de trabajo y promesa de aventuras que encierran estas líneas a los del Consejo General, a los doce meses de haber sonado la hora de Dios:

Queridísimos: Muy contento por las noticias que, de todos vosotros, me ha traído Álvaro. Con gusto me volvería a España, al momento, si no viera con toda claridad que hay aquí mucho trabajo que no debo dejar: [...] es capitalísimo lo de esta futura casa central y lo del colegio romano; y para Italia los dos Centros de Estudios y la casa de ejercicios. Y además conviene que yo conozca a todos estos chicos de Italia, si por fin en agosto se pueden tener los cursos de Castelgandolfo. No es esto todo, porque hay también otras cosas de grandísima importancia, que gracias a Dios prepara y trabaja muy bien Álvaro, que lleva un peso encima —sólo con los asuntos de la Obra, sin contar con su labor oficial— que sólo con la gracia de Dios y con la voluntad y la cabeza que él tiene se puede llevar |# 105|.

* * *

Rodeado de los jóvenes que se acercaban al Pensionato, don Josemaría se sentía romano sin mayor esfuerzo. A Roma le había arrastrado la corriente de expansión apostólica de la Obra. No le costó, por tanto, habituarse a vivir en país hermano |# 106|. Amó a Italia, que era la patria de muchos de sus hijos; y, amando el país, compartió de corazón sus peripecias históricas. Años difíciles, aquellos de la posguerra:

En estos momentos, en los que están aún patentes las ruinas de la última guerra —escribía a sus hijos en 1948—, es bien manifiesto el surgir de situaciones nuevas y, por desgracia, el progreso de soluciones negadoras de Dios, sembradoras de odio, que llegan incluso a triunfar en naciones enteras. Os digo que, tanto el nacionalismo como la lucha de clases, son esencialmente anticristianos: todos somos hijos de un mismo Dios qui omnes homines vult salvos fieri (I Tim. II, 4), que quiere que todos los hombres se salven |# 107|.

De hecho, las elecciones políticas de abril de 1948 constituyeron una de las horas más críticas de la historia italiana de la posguerra. Toda la nación, por decirlo con palabras de Pío XII, se hallaba «en plena transmutación de los tiempos, lo cual requería, por parte de la Cabeza y de los miembros de la Cristiandad, suma vigilancia, incansable diligencia y una acción abnegada» |# 108|.

Desde que los primeros estudiantes italianos aparecieron por el Pensionato, el Padre les fue transmitiendo el espíritu del Opus Dei. De sus labios salían las mismas palabras y doctrina que escucharon, allá por los comienzos de la Obra, los primeros que le seguían en Madrid:

Estáis obligados a dar ejemplo, hijos míos, en todos los terrenos, también como ciudadanos. Debéis poner empeño en cumplir vuestros deberes y en ejercitar vuestros derechos |# 109|.

A las preguntas que le hacían sobre la situación italiana respondía afirmando la libertad de que goza todo cristiano en materias y cuestiones políticas. Del Padre aprendieron a no confundir la libertad en materias opinables con la adhesión voluntaria cuando lo exigen el Magisterio de la Iglesia, la Fe y la Moral católica, porque sólo la Iglesia puede señalar directrices concretas de actuación o limitar la libertad de los católicos en cuestiones temporales. Ha de tratarse, sin embargo, de motivos excepcionales o de circunstancias históricas graves. «El Padre no se metía, no quería meterse, ni siquiera dando consejo, en los sucesos de la política italiana; era patente que se movía a un nivel superior y que establecía criterios valederos para todos los tiempos y para toda circunstancia» |# 110|. Pero si insistía, de una parte, en la libertad de opción, científica o política, de otro lado sustentaba que el abstencionismo en cuestiones sociales constituía un acto culposo que, en determinadas situaciones, se hacía grave. Uno de esos casos excepcionales fueron las elecciones de abril de 1948 |# 111|. Inhibirse equivalía a tomar posición. En aquella ocasión volvió a rememorar don Josemaría la situación española en 1936: la formación de un Frente Popular que se hizo con el poder, las dolorosas experiencias de la persecución, los martirios y la barbarie atea desencadenada |# 112|.

* * *

Cuando el Padre pisó Italia por vez primera, en junio de 1946, la situación del país era de grave deterioro a causa de los daños de la guerra. Y, a resultas del referendum y de las elecciones del 2 de junio, había nacido, poco antes de llegar, una República y se había formado una Asamblea Constituyente. A partir de entonces, las fuerzas que lucharon juntas en el pasado contra el régimen fascista se dividieron, de acuerdo con sus aspiraciones y programas de partido. Las contraposiciones políticas se correspondían con la escisión entre los antiguos aliados de guerra: Rusia por un lado y las democracias occidentales por otro. Fue la época del gobierno De Gasperi, que adoptó fuertes medidas para mantener el orden en Italia. En 1947 De Gasperi visitó los Estados Unidos, obtuvo ayuda económica (plan Marshall), y firmó el tratado de paz del 10 de febrero, ratificado en París ese mismo verano. La situación económica, entre tanto, era difícil. Existía una fuerte inflación y mucho desempleo, acompañados de violenta agitación social.

A fines de 1947 la Asamblea Constituyente había acabado su trabajo y el texto de la nueva Constitución, una vez aprobado, entraría en vigencia el 1 de enero de 1948. Las elecciones generales se fijaron para el 18 de abril de 1948. Contra la Democracia Cristiana, que era el partido de base sobre el que se asentaba el poder de De Gasperi, se coaligaron comunistas y socialistas, formando el Frente Democrático Popular. Esas elecciones tenían de especial que en ellas se jugaba a una sola carta el futuro de una nación cristiana, e incluso la libertad de gobierno de la Iglesia. Su resultado sería decisivo.

Los sucesos preliminares que, en 1948, llevaron al bloqueo de Berlín y a la guerra fría, eran una llamada de atención a lo que podía venir detrás, si los partidos comunistas tuvieran en sus manos las riendas del poder. Y, ¿cuál hubiera sido la situación de la Iglesia? Baste pensar en lo ocurrido en los países situados tras el telón de acero: persecución religiosa, supresión de libertades, encarcelamiento, tortura, soledad y acaso martirio.

El Papa recordó entonces a los fieles, por encima de las mentirosas promesas comunistas de respeto a la religión, el riesgo que se cernía sobre la nación y el serio peligro de que se instaurase una dictadura marxista. Con acentos de urgente gravedad declaró Pío XII que «había sonado la hora capital de la conciencia cristiana» |# 113|.

El Padre rezaba y hacía rezar a sus hijos por esa intención del Sumo Pontífice, para no perder en Italia la paz y la libertad religiosa, y les animaba a echar una mano en la campaña, del modo que a cada uno le pareciera más conveniente, respetando la libertad en la manera de poner en práctica las indicaciones del Magisterio |# 114|.

Cuando don Josemaría preparaba un viaje a España, en plena campaña electoral, escribía así a los del Consejo:

Muchas gracias hemos de dar a Dios, por este viaje. Pero, me voy con pena: está Italia muy revuelta y los rusos remueven aquí bien el fango: y aquí está Pedro. Pedid mucho para que no se altere la paz en esta Roma |# 115|.

Desde Madrid seguía intranquilo el curso de las elecciones. (Estoy preocupadísimo con Roma y con Italia, decía a don Álvaro) |# 116|. Y, en cuanto tuvo noticia del resultado electoral, se dirigió por carta a Mons. Montini:

En Madrid, donde actualmente me hallo, he sabido, con grandísima alegría, el éxito de las elecciones en Italia. No puede imaginarse, Excelencia, cuánto he rezado y hecho rezar al Señor por esta intención |# 117|.

Y terminaba rogándole que presentara al Santo Padre el testimonio del gozo exultante del Opus Dei, y de este pecador, por el éxito de las elecciones |# 118|.

* * *

La tarea de romanizar las almas de los miembros del Opus Dei que llevaba a cabo el Fundador consistía, esencialmente, en abrirles nuevos horizontes, superando nacionalismos y pequeños intereses locales. De modo que su afán apostólico abarcara hasta el confín del mundo, sin olvidar que el centro de la Cristiandad, la autoridad suprema, residía en Roma. La romanidad que deseaba inculcarles era su propio amor y lealtad al Sumo Pontífice |# 119| (il dolce Cristo in terra, como solía decir, repitiendo las palabras de Santa Catalina de Siena); un amor al Papa por encima de defectos y flaquezas humanas |# 120|. Con su trato personal y con su ejemplo de vida fue transmitiendo a sus hijos el sentido entrañable de hacerse romano, como les explicaba en 1950:

Os he enseñado a amar el calificativo de romanos, con que nos adornamos los hijos de la única y verdadera Iglesia, y estoy dispuesto a predicarlo y a romanizar todas las almas que pueda. ¡Qué ilusión tengo en que pronto puedan ir pasando por Roma, de un modo constante y ordenado, tantas y tantos hijos míos, de manera que vuelvan luego a sus Regiones con el corazón más encendido de amor a la Iglesia y más romano!

Hemos de romanizarnos, os digo, pero parte de esa labor es preparar el alma, para que no le haga flaquear en la fe ninguna miseria de la que seamos testigos. Su conocimiento os ayudará a no escandalizaros nunca, si alguna vez llegaran a vuestros oídos noticias de ese género; y os ayudará también a amar más a la Santa Iglesia, Esposa de Jesucristo, moviéndoos —como los buenos hijos de Noé— a tapar con el manto de la caridad y de la discreción los defectos que observéis, en las personas que forman parte del pueblo de Dios |# 121|.

En el Pensionato les hablaba de tierras lejanas y de países de ultramar a los que muy pronto irían. Todo eso no era una impensable quimera, puesto que algunos miembros de la Obra estaban ya asentados en París, en Londres y en Dublín; y otros se preparaban para establecerse en Estados Unidos, México y Chile... ¿Que eran pocos? Ya lo sabía el Fundador. Tampoco llegaban por entonces a una docena las numerarias auxiliares con que contaba la Obra. Y, sin embargo, a las tres o cuatro que vivían allí al lado, en la portería vieja de Villa Tevere, les aseguraba el Padre:

Si las doce primeras me sois fieles, se podrá ir a todas partes: a Japón, a África, a América, a Oceanía, a todas partes |# 122|.

Esto se podía aplicar también a los numerarios y a las numerarias italianas, que tampoco alcanzaban esa cifra |# 123|. Claro que no impresionaba al Fundador el número, pero sí la lucha por ser mejores y la generosa correspondencia a la gracia recibida, que era abundante. Porque si bien el número de las personas de la Obra siempre resultaría corto, y los medios materiales muy escasos, cuando el Padre hablaba a sus hijas de la expansión por los cinco continentes, añadía luego: vosotras tendréis más gracia, las que vendrán después, en cambio, tendrán más medios |# 124|.

De paso, parece oportuno señalar que, entre las gracias que Dios concedía a primera hora, estaba la de que —sin necesidad de milagro— entendieran al Padre quienes le escuchaban hablar en español sin conocer esta lengua. Don paralelo al recibido por el Padre para comprender a la gente. Lo que refiere Mons. Luigi Tirelli de los primeros tiempos del Pensionato se puede decir de otras personas y de otras épocas de la vida del Fundador:

«He escuchado al Padre en 1948 y 1949, cuando todavía no conocía el castellano, que he aprendido más tarde, y me pasmaba el que llegase a comprender lo que decía en su lengua. Este fenómeno —del que me he dado cuenta después de un cierto tiempo— puede explicarse por su gran capacidad comunicativa; podría decirse que hablaba con toda su persona. Aquello era como un fuego de Dios, un auténtico "don de lenguas", porque, a pesar de ignorar el sentido de las palabras, no por eso dejaba de entender todo su discurso.

Podía hacerse la prueba con otras personas, pero a éstas no llegaba a entendérselas del mismo modo. El Señor, probablemente, le había concedido, además de una gran claridad mental, el don de hacerse comprender, a causa del bien que producía en las almas» |# 125|.

En medio del absorbente trabajo en que siempre estaba metido —redacción de documentos, gobierno de la Obra, correspondencia, visitas y otras tareas— dedicaba buena parte del día a charlar privadamente con sus hijos o con los amigos de sus hijos. A veces, cuando necesitaba «dejar sedimentar las cosas» |# 126| y tener en sus manos los hilos de la cuestión que estaba trabajando mentalmente, salía a dar una vuelta en coche, acompañado por don Álvaro o alguno del Pensionato. Otras veces, los frecuentes achaques, propios de la diabetes, le obligaban a guardar cama. Entonces aprovechaba la visita de sus hijos para continuar instruyéndoles o saludarles de entrada con un ¿Cuántos actos de amor de Dios has hecho esta mañana? |# 127|, entrando así de lleno —sin esperar respuesta— en la confidencia.

En más de una ocasión había declarado don Josemaría que no era ni quería comportarse como el legendario capitán Araña, que embarcaba a los suyos en empresas arriesgadas y él se quedaba siempre en tierra. El Padre asumía con gusto la trabajosa responsabilidad de abrir camino. Si había de instalar un nuevo centro, lo primero que hacía era solicitar permiso del Ordinario del lugar, ateniéndose a lo que era su modo invariable de proceder. Y, antes o después, visitaba un santuario o iglesia de Nuestra Señora, encomendándole la futura labor que se hiciera en esa ciudad |# 128|.

El 3 de enero de 1948 fue en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Loreto |# 129|; y una semana más tarde salió de Roma en coche, acompañado de don Álvaro, con intención de visitar la Universidad Católica de Milán y hacer otras gestiones. Cogieron un tiempo frío, lluvioso y con niebla espesa, que hacía las carreteras difícilmente transitables. El día 11 pasaron la noche en Pisa y el 13 estaban en Milán |# 130|.

Aunque la intención que les llevó a Milán no era la de empezar a trabajar allí inmediatamente, fueron a hacer una visita de cortesía al Cardenal Schuster. La entrevista, por lo que cuenta el Padre a los de Madrid, no pudo ser más cordial:

Roma, domingo 18 de enero, 1948.

Que Jesús me guarde a mis hijos.

Queridísimos: El viernes, a última hora de la tarde, volvimos de Milán. Muy contento del viaje. El Cardenal Schuster —a quien fuimos sencillamente a presentar nuestros respetos— [...] nos recibió afectuosamente y se ha empeñado en que pongamos casa: "Venite", decía, "porque os necesito para cuidar de las almas que tengo encomendadas"... Quiero vuestro consejo: si no veis las cosas de otro modo, formalizaré por escrito la residencia de Milán |# 131|.

Escribió también al Cardenal, repitiéndole lo ya dicho en su visita: que no pensaban comenzar tan pronto en Milán; pero la palabra de Su Eminencia —añadía— es, para este pecador, un mandato de Dios, que trataré de cumplir lo antes posible |# 132|.

Reverendísimo Monseñor, le contestaba el Cardenal:

«No seré yo quien prohiba la entrada en Milán a Vd. y al Opus Dei: Ostium magnum et adversarii multi... Pero Dios jamás hace las cosas a medias» |# 133|.

En estos entrecortados pensamientos se condensan la preocupación y la esperanza del Cardenal. Por una parte la penetración marxista y el inminente peligro de que se implantase una dictadura comunista en el país. Y, de otro lado, la gozosa impresión que le hizo el Fundador del Opus Dei, en el cual veía —son palabras del Cardenal Schuster— «una de esas figuras que el Espíritu Santo promueve en la Iglesia y que dejan una impronta indeleble en la vida de la misma. Hombres que aparecían en la historia de la Iglesia muy raramente» |# 134|.

* * *

El 16 de junio de 1948 el Padre escribía a Pedro Casciaro comunicándole que dentro de dos días saldría para Sicilia y Calabria, presintiendo que era la hora de Dios y de mucho trabajo apostólico, inmediato y fecundo |# 135|. En vista de ello se sentía urgido a cambiar sus planes, como informa con esa misma fecha a los del Consejo:

Queridísimos: bien claro queda una vez más que estamos pendientes de Dios, y no podemos cumplir a la letra nuestros planes.

El Arzobispo de Reggio-Calabria, Mons. Lanza, nos espera: y hemos de ir, porque es un gran amigo para toda la labor que se precisa hacer por el Sur de Italia. El calor inmenso que aquí hace es anuncio del que tendremos en Calabria y Sicilia: pero ni esto, ni razones más o menos sociales en España, deben truncar nuestro esfuerzo por extender la labor de la Obra aquí. Por tanto —y definitivamente— no llegaré a Madrid hasta el viernes 2 de Julio |# 136|.

No se encontraba el Padre en buenas condiciones de salud y preveía que el calor le iba a resultar un tormento. Era preciso, sin embargo, que se pusiera en camino cuanto antes, porque a principios de julio tenía quehacer en España. Ya estaba preparada la expansión por el norte de Italia desde la entrevista con el Cardenal Schuster. Ahora pensaba abrir las puertas del Sur con visitas al Arzobispo de Reggio Calabria y al Cardenal Ruffini de Palermo.

El viernes, 18 de junio, dijeron misa el Padre y don Álvaro a las cuatro y cuarto de la mañana en el Pensionato. A las cinco salieron de viaje en el viejo y sufrido Aprilia, para recoger en el Trastevere a Mons. Dionisi, íntimo amigo del Arzobispo de Reggio Calabria, y continuar luego hacia el sur |# 137|. Delante iban Alberto Taboada al volante, y Luigi Tirelli. En los asientos de atrás, con algunos bultos y parte del equipaje, se apretujaban los tres sacerdotes. Pasado Nápoles el Padre comenzó a sentirse mal, y pidió que le dejasen descansar un rato después de la comida. Siguieron luego la carretera del litoral. El coche era un horno, la carretera estaba machacada desde la guerra, y algunos de los puentes que atravesaron eran de barcazas. Entre nubes de polvo y las sacudidas del coche por los baches, el Padre cantaba y cantaba. Hasta el punto de que Mons. Dionisi guardó como recuerdo de ese viaje la impresionante alegría del Fundador. A la una de la madrugada encontraron cinco camas en una pensión del pueblo de Scalea.

Por la mañana temprano salieron para Paula, donde el Padre dijo la misa en el santuario de San Francisco. Ese día, sábado, 19 de junio, cenaron en Reggio con el Arzobispo, Mons. Lanza, a quien don Josemaría habló con todo entusiasmo de la Obra.

El domingo atravesaron en barco el estrecho de Messina y llegaron a Catania a la hora de cenar. El Padre venía deshecho. Prescindió de la cena; y se retiraba a descansar cuando se presentó en el hotel el párroco de la iglesia de Nostra Signora della Mercede, don Ricceri, a quien habían citado allí. Renunció el Padre a la cama, bajó a cenar y animó la mesa con su conversación y su alegría.

A la mañana siguiente, después de decir misa en la iglesia de don Ricceri, desayunaron y el párroco, con la mejor de las voluntades, invitó a sus huéspedes a subir al Etna, sin saber que llevaban dos días de coche y que el Padre no se encontraba bien. Se pararon en el lugar preciso donde se detuvo, en 1886, el torrente de lava ardiendo que amenazaba Catania, cuando su Arzobispo, el Cardenal Dusmet, desplegó allí el velo de santa Águeda, patrona de la ciudad. Gesto de fe profunda que el Padre, acordándose de este viaje, comentó alguna vez.

Don Ricceri oía hablar al Padre de la Obra y de la razón apostólica de aquel viaje a Calabria y Sicilia. Durante la comida continuó la conversación sobre el tema. Con tanta admiración y gusto escuchaba al Padre Don Ricceri que, treinta años más tarde, al narrar lo sucedido de sobremesa, no fue necesario que reavivase lo que tenía presente en su memoria. Éste es su relato testimonial:

«Prendado de la belleza de aquella institución, rogué con insistencia al Padre que abriese una Residencia del Opus Dei en Catania, que yo le ayudaría de todas formas, puesto que era párroco en una parroquia muy céntrica y también asistente de la Federación Universitaria Católica Italiana.

El Padre me respondía con evasivas para no decir que sí, hasta que, ante mis insistencias, me respondió: Si Vd. se quedara en Catania, su ayuda me animaría a instalar una Residencia. Pero Vd. se marchará de aquí. ¿Cómo podrá entonces ayudarme?

Yo le repliqué que no tenía ninguna intención de alejarme de Catania; y él, mirándome fijamente, con mirada intuitiva, añadió: Tenga por cierto que dentro de unos años le harán Obispo y tendrá que dejar Catania.

Tomé esas palabras como dichas de broma, pero los hechos confirmaron en 1957 que aquellas palabras habían sido proféticas» |# 138|.

Afuera llovía a mares. El Padre no estaba en condiciones de seguir a Palermo y visitar al Cardenal Ruffini. De la mesa fueron al coche y emprendieron el regreso. El miércoles 23 de junio estaban de vuelta en Roma.

* * *

La segunda mitad del año 1948 (del 2 de julio al 30 de diciembre) la pasó el Fundador en España, ocupado en muy diversos menesteres; principalmente en la labor de gobierno de la Obra, en la tarea de formación de sus hijos y en visitas a autoridades eclesiásticas. Como era extraordinariamente precavido y no toleraba dejar las cosas al azar, ya en el mes de febrero les avisaba que era menester pensar en la organización del trabajo del verano |# 139|. En Molinoviejo se proponía organizar varios cursos de formación, y una Semana de Trabajo, y reuniones con los sacerdotes, aunque todavía estaban allí en obras y sin luz eléctrica. Tenía también el propósito de ir a Madrid en corta visita; y, meditándolo, le vino a la memoria el cuadro de las lágrimas de san Pedro que estaba colgado en su cuarto de Diego de León. Como símbolo del arrepentimiento del Apóstol la noche del prendimiento de Jesús, aparecía en el cuadro un gallo apocado y paticorto. ¡Cómo me gustaría —escribe al director del Centro— encontrar convertida en gallo la perdiz de S. Pedro, que hay en mi cuarto! Al apóstol tampoco le vendría mal un retoque... |# 140|.

En marzo volvía a recordar a los del Consejo los trabajos del próximo verano: las personas y las obras de reforma en la casa: Sería una pena —estamos en marzo— que no hubiera luz eléctrica y piscina en Molinoviejo antes de junio |# 141|.

Cuando el Padre llegó, en julio, había andamios por todas partes, y albañiles, y pintores de brocha gorda y pintores de pincel que estaban decorando el oratorio de la casa, la ermita, los corredores y el comedor. Era inevitable, a pesar del mucho cuidado y prisas en acabar todo. De modo que, a poco de estar en Molinoviejo resumía sus impresiones a los de Roma con estas palabras: Mucho trabajo, obreros, polvo, y ganas de que esta casa esté dispuesta. A veces pienso que yo me moriré albañilado |# 142|.

La administración se encontró con un panorama un tanto desalentador. La casa estaba llena de residentes. Los suministros y las compras de cualquier objeto o utensilio eran todo un problema, a causa del aislamiento en pleno campo. Se trabajaba a la luz de los quinqués, pues no habían acabado de tender la línea eléctrica. Algunas tareas, como el planchado de los corporales y manteles de altar, almidonados, exigían sumo cuidado, para que no cayese sobre la blancura de la tela la más leve mota de ceniza, que fácilmente se desprendía de las planchas, viejos artefactos con carbones encendidos. Eran conscientes las mujeres que atendían aquella casa de que su labor, silenciosa, discreta, —apostolado de los apostolados— se reflejaba en la marcha de la Obra. Por allí pasaron, ese verano de 1948, un elevado número de miembros del Opus Dei que estaban recibiendo su formación y enseñanzas de boca del Fundador.

El Padre entraba con cierta frecuencia en la zona de la administración para animar a sus hijas y recordarles también el espíritu con que habían de enfrentarse a las dificultades. En la guerra como en la guerra |# 143|, les decía. Un día apareció por allí de improviso. Era una zona de paso; y el suelo estaba encharcado y pringoso. Entonces, con expresión enérgica, junto con un acto de desagravio, en el que se trasparentaba su mucha pena, les hizo ver cuán desagradable era al Señor ese modo descuidado de trabajar |# 144|.

Los asistentes a los cursos de Molinoviejo, que durante el verano se sucedían uno tras otro, recibieron directamente del Padre el espíritu de la Obra en las meditaciones en el oratorio; en las charlas y comentarios que les hacía sentados en corro, bajo la sombra de unos grandes plátanos a la entrada de la casa; o en las tertulias después de comer o cenar. El Padre, como maestro y pedagogo, se entregaba a manos llenas. Aprendían de él la sonrisa con que acompañaba un saludo, las palabras de afecto con que envolvía una orden, la delicadeza con que hacía las correcciones. Hasta en sus silencios y ausencias enseñaba el orden, la laboriosidad o el cumplimiento esmerado de las obligaciones. Sabía que sus hijos estaban pendientes de sus gestos y persona. Si, por ejemplo, había de hacer una reconvención, no podía permitirse el pasarla por alto, como le sucedió el día que se encontró la zona de la administración encharcada con agua sucia.

Así, pues, al tiempo que explicaba la doctrina e historia de las misericordias y providencias que Dios había tenido con el Opus Dei, el Fundador enseñaba a sus hijos, de manera práctica, la santificación de las pequeñas incidencias que componen el tejido de nuestra vida. Les hacía descubrir las deficiencias; percibir las imperfecciones; afinar amorosamente en lo pequeño y corriente, como les invitaba en Camino:

Hacedlo todo por Amor. —Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. —La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo |# 145|.

Cuando, por fin, se hizo el empalme con la red eléctrica se recibió la luz con jolgorio y entusiasmo, pero no se arrumbaron los quinqués, pues fue, a partir de entonces, cuando se produjeron frecuentes apagones. También los albañiles terminaron su cometido. El Padre estaba ese día fuera de Molinoviejo y llegaría de noche. Y, con el deseo de darle una alegría, se repasaron una y mil veces todas las cosas. Todo estaba perfectamente acabado, ordenado, reluciente. Poco antes de aparecer el Padre se produjo, por desgracia, un apagón. A pesar de la oscuridad, a la luz de una vela quiso echar una ojeada. No con ánimo de inspeccionar sino simplemente por ver cómo había quedado. El que le acompañaba en el recorrido de los cuartos tenía la secreta ilusión de que pocas observaciones podría hacer. Éste es su testimonio al acabar el recorrido: «Pues bien, a la luz de una vela, de noche, a primera vista, de pasada, anoté —por indicación del Padre— más de sesenta detalles que había que arreglar» |# 146|. (Como sabemos, no era la primera anécdota de este tipo; ni sería la última). Con autoridad moral podía, pues, dar consejo en esta materia de cuidar los detalles:

Has errado el camino si desprecias las cosas pequeñas |# 147|.

Si alguien de la casa descubría un desperfecto de cierta entidad, que no estaba en sus manos arreglar, o se trataba de deterioros o daños menores, ya se sabía que la costumbre establecida por el Fundador era el hacer notas de arreglos, o encargarse personalmente de la reparación, si es que sabían o podían hacerlo. En Molinoviejo el encargado de obras ese verano de 1948 era Fernando Delapuente. Las mujeres que se ocupaban de la Administración también anotaban los arreglos o trabajos pendientes en su zona. Por indicación del Padre, las notas iban a parar a la mesa de trabajo de Fernando, que muchos días se encontraba con un rimero de papeletas que abultaban más que el Quijote. Al Padre le hacía mucha gracia esta expresión —cuenta Encarnita—, y «nos animó a seguir derrochando literatura» |# 148|.

Varios centenares de hijas e hijos suyos pasaron por allí durante los cursos de formación del verano de 1948. Aquellos jóvenes de la Obra eran la promesa y esperanza del Fundador. En Molinoviejo —dice por carta a los de Roma— el ambiente cambia rápidamente: ahora se ve gente de cuatro o cinco (hoy de cinco) países: el año próximo será una Babel llena de unidad |# 149|.

Sus estancias en Molinoviejo estaban cortadas todos los meses por viajes largos que emprendía al Norte y al Sur, a Galicia y a Portugal. Con mayor frecuencia iba a Madrid. Y muchos sábados, con una cesta de tortillas y bocadillos en el coche, se acercaba a La Granja, a un campamento militar universitario, donde había un buen grupo de hijos suyos.

A esas actividades hay que añadir las dos Semanas de Trabajo que se celebraron. Una para hombres: del 24 al 30 de agosto, en Molinoviejo; y otra para mujeres, en octubre, en Los Rosales |# 150|.

* * *

Por Año Nuevo 1949 estaba ya de regreso en Roma; y el día 6 de enero, diciendo misa en el pequeño oratorio del Pensionato a sus hijos de Italia, antes de la comunión, les habló de la necesidad de una entrega completa y de las visitas apostólicas a otras ciudades italianas |# 151|. Esa misma mañana, fiesta de la Epifanía, como para mostrar que tal sugerencia no eran palabras huecas, se reunió el Padre con algunos de sus hijos —don Álvaro, Salvador Canals, Francesco Angelicchio y Luigi Tirelli— para tratar el asunto. Tomó luego una hoja de papel y la encabezó así:

1. Visión sobrenatural: a/ todo el mundo: más oración, alguna mortificación especial. b/ la Madonna: imágenes de la Virgen. c/ cumplir el guión acostumbrado |# 152|.

(Era una llamada de atención para que no olvidaran, antes de emprender el viaje, en qué terreno se movían, qué fines perseguían y los medios apropiados). A continuación venían algunas indicaciones sobre el plan apostólico de esos viajes: visita al Sr. Obispo, conversaciones con jóvenes y sacerdotes, notas que era preciso redactar después de cada viaje, organización de una lista de personas con las que se tenía relación o amistad, cartas a los amigos y, finalmente, el presupuesto económico |# 153|.

Escribieron y hablaron con sus amigos para obtener direcciones de gente conocida; y enseguida fueron recorriendo las ciudades universitarias de Italia. La primera visita fue a Bari, el domingo 13 de febrero de 1949. El domingo siguiente don Álvaro, acompañado de los que iban a Milán y a Turín, inauguraba el Norte. Y el domingo, 27 de febrero, don Álvaro, junto con Salvador Canals y Luigi Tirelli, visitó Palermo y Catania. Así, en grupos de dos o tres, semanal o quincenalmente, ampliaban, poco a poco, su círculo de amistades en Bari, Nápoles, Milán, Turín, Bolonia, Padua, Pisa, Génova, Palermo y Catania |# 154|.

El 11 de febrero, antes de que comenzasen esos viajes, don Josemaría había tenido que ir a España y no regresó a Roma hasta el 23 de abril. Para entonces, habían hecho ya cinco o seis viajes a muchas de esas ciudades. El Padre recibía noticias de esos viajes apostólicos por toda Italia, y acompañaba a sus hijos desde Madrid, no sólo imaginativa y sentimentalmente sino con su esfuerzo y oraciones. En las tertulias de Diego de León contaba a los alumnos del Centro de Estudios proyectos y anécdotas del apostolado periférico en Italia. Desde Roma, como años antes habían hecho desde Madrid, los sábados por la tarde cogían los trenes a Génova, Bari, Palermo o Bolonia; y los domingos charlaban con los amigos o daban una clase de formación, para tomar de regreso los trenes de la noche |# 155|.

A la vuelta de dos años de vivir en el Pensionato, el Fundador, haciendo cálculos, vio que necesitaba no ya un edificio, para Sede Central del Opus Dei en Roma, sino una larga lista de Centros. A saber: las sedes del Consejo y de la Asesoría, el Colegio Romano, dos Centros de Estudios en Italia, una Casa de Retiros en Castelgandolfo y cuatro Centros estratégicamente distribuidos por la península para atender a las ciudades vecinas adonde iban los fines de semana.

La Obra marchaba al paso de Dios, y este paso era rápido. Para no perderlo, el Padre hacía una recomendación a don Álvaro: pensar despacio y obrar pronto |# 156|.