3. Batalla de la formación

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

El Padre, que tenía claras cualidades de pedagogo, estaba hecho a representarse el mundo y sus problemas por medio de imágenes cargadas de sentido espiritual. En los comienzos de la empresa de Villa Tevere, falto de recursos económicos para construir el complejo de edificios que serían la Sede Central del Opus Dei, hacía lo posible por inculcar en sus hijos la necesidad de arrimar el hombro todos juntos en el proyecto. Porque, de que se realizase cuanto antes su firme propósito de levantar aquellas paredes, dependía la rápida expansión de la Obra y el espléndido servicio que prestarían a la Iglesia. El primer período —años de 1949 a 1954— constituyó una dura prueba, un interminable agobio en medio de una indecible pobreza. Se alzaron al Cielo las súplicas del Padre, con tono marcadamente conmovido. Y, si bien no cesaron los apuros y los sufrimientos —como páginas atrás queda dicho— empezaron a vislumbrarse los confortadores resultados de cinco años de desvelo. En agosto de 1954, acabados los exámenes en las aulas de las Universidades y Ateneos pontificios, el Fundador tenía, por fin, al alcance de la mano los primeros frutos que repartir. Fácil es de adivinar su gozo cuando escribe en cadena a los Consiliarios de México, Estados Unidos y Chile, repitiéndose, una tras otra, en las tres cartas:

Si me sois fieles, si no nos dejáis solos, desde el próximo año habrá numerosas promociones de sacerdotes, con los grados académicos eclesiásticos obtenidos en Roma. Esto supone que, desde diciembre del 55, podréis contar cada año con personal... si respondéis a mis llamadas, que son llamadas de Dios.

Hay que persuadirse de que no basta tener aquí pájaros —que, por la gracia del Señor, no faltan—, y alpiste —que hasta ahora no hemos logrado que llegue en cantidad suficiente—, sino que también necesitamos la jaula: los edificios del Colegio Romano de la Santa Cruz. Pensad que, mientras no lleguemos al final —hasta el último ladrillo, hasta la última silla—, es como si la casa de la Obra se nos quemara. Es preciso, por encima de todo, apagar este incendio |# 62|.

La alegoría de los estudiantes, su manutención y su alojamiento no carecía de moraleja. Y la lección era ésta: si querían sacerdotes para las nuevas Regiones tendrían que ayudar a sostener Villa Tevere:

¿Te vendrían bien seis sacerdotes? —escribe el Padre al Consiliario de México—. Te los mandaré, y otros tantos cada año, a no ser que nos dejéis solos con estos albañiles y estas preocupaciones económicas |# 63|.

De poco valía, por cierto, que aumentaran considerablemente los miembros de la Obra, como estaba ocurriendo en Colombia, si no había suficientes sacerdotes para atenderles. Difícilmente saldrían adelante |# 64|. Porque, para poder enviar sacerdotes a todas las Regiones hacía falta contar con una buena cantidad de alumnos, oración, sacrificios y aportaciones económicas |# 65|.

Las obras de Villa Tevere acabaron el 9 de enero de 1960. Cumplía entonces el Fundador cincuenta y ocho años. Semanas antes de tan memorable fecha, los alumnos del Colegio Romano trabajaban intensamente, pintando techos y dando los últimos retoques ornamentales. Entretanto, el Padre miraba y repasaba el Ritual Romano y no cabía en su asombro. Por ninguna parte aparecía la ceremonia que andaba buscando: la fórmula para bendecir la última piedra de un edificio, la importante, ya que recoge, como un símbolo, el trabajo duro, esforzado y perseverante de muchas personas, durante largos años |# 66|. ¿Había de conformarse con una bendición genérica?

El 9 de enero, a las once de la mañana, después de haber felicitado todos al Padre en su cumpleaños, se procedió a dar solemnidad a un acto con el que se cerraba la ardua etapa de la construcción, a la que habría de calificar de «milagro continuado» |# 67|. El lanzarse a esa aventura supuso un vivo acto de fe; el continuarla, una divina locura; y el rematarla, una fidelidad heroica. ¿No zumbaría en los oídos del Fundador el reproche aquel que oyera en el fondo del alma, dando la comunión a las monjas de Santa Isabel? ¿No eran tantos años de esfuerzo respuesta digna a la enseñanza recibida en su juventud: Obras son amores y no buenas razones? Tal vez por eso, refiriéndose a los muros de Villa Tevere, solía decir: parecen de piedra y son de amor |# 68|.

Esa mañana, cumpleaños del Padre, salieron todos al cortile adonde daba el ábside del oratorio de Santos Apóstoles. Por entonces comenzó a lloviznar. No tuvieron tiempo de mojarse, porque la ceremonia fue breve. Luego de leer don Álvaro en voz alta un pergamino, en el que se daban gracias al Señor por la terminación de las obras, se colocó en una cajita de plomo que contenía monedas, de ínfimo valor, de los países donde había miembros de la Obra. Seguidamente, antes de que el capataz de las obras empotrase la caja en un hueco del ábside, el Padre dirigió unas palabras a los asistentes, recordándoles que no era amigo de primeras piedras. Había visto muchas que no pasaron nunca de la ceremonia de inauguración; y les comentó lo que realmente significaba colocar la última piedra |# 69|.

Del Pensionato, que fue primitiva sede del Colegio Romano, no quedaba nada. Había sido derruido para construir los nuevos edificios. De todos modos estos edificios recién hechos, adjuntos a la Sede Central del Opus Dei no estaban destinados a ser el Colegio Romano definitivo. Eran tan sólo una jaula provisional, que rendía de momento sus buenos servicios. Efectivamente, el Colegio Romano, erigido en 1948, funcionó en los primeros años en la vieja portería de la Villa, en un espacio angosto y con un número reducido de alumnos (Algunos de estos alumnos era gente con la carrera universitaria ya terminada; y otros, a punto de terminarla.) Y, a pesar de las dificultades, el crecimiento fue constante y en progresión. De forma que, aun en medio de las lágrimas y del azote de la pobreza, asoma la alegría y satisfacción del Fundador:

¡El Colegio Romano!: las niñas de mis ojos. Este año ya vienen de México, de Portugal, de Irlanda, de Italia, de España... |# 70|.

Era el año 1952. Esos alumnos eran las primicias de las nuevas Regiones. Mientras el Fundador se debatía entre dificultades económicas, iba tomando cuerpo el Colegio Romano. De manera paulatina y constante se ampliaba año tras año, sin que el Padre se diese enteramente por satisfecho, pues había fijado una meta en el número de alumnos: la cifra tope de doscientos |# 71|. La jaula, es claro, no tenía capacidad para tanto pájaro. Pero no fue estorbo para que en 1953 hubiera ciento veinte alumnos en Villa Tevere y que, cuando veintidós años más tarde se acabó la sede definitiva del Colegio Romano en las afueras de Roma, el año 1975, el Fundador alcanzase en vida la meta señalada. Durante todo este tiempo, Dios venía premiando su fe, y los padecimientos sufridos, por vía de compensación. ¿Qué mejor modo de resarcirle en esta vida que con el gozo de palpar el fruto de su esfuerzo?:

Estos chicos del Colegio Romano —suspira complacido— son —¡todos!— una gran bendición de Dios. Vale la pena sufrir y trabajar, más cuando se ve este fruto maduro |# 72|.

Para mí, es evidente que el Señor se recrea en este Colegio Romano de la Santa Cruz, donde tanto se le ama |# 73|, escribe en otra ocasión.

Hacia la mitad de los años cincuenta el Fundador podía felicitarse de haber ganado la carrera al tiempo, evitando así un retraso de medio siglo en la labor apostólica. Y la prueba de haber conseguido su objetivo estaba en la abundancia de frutos, visibles y tangibles:

Da alegría ver la eficacia de este Colegio Romano de la Santa Cruz: ahora salen sesenta (60) nuevos doctores en facultades eclesiásticas. Estudiad, con Álvaro, el destino de esta gente: algunos se pueden ordenar en diciembre o en enero, si no tienen circunstancias para hacerlo en junio |# 74|.

El proyecto del Fundador estaba muy claro en su mente desde los comienzos, cuando en 1950 explicaba la envergadura espiritual del Colegio Romano de la Santa Cruz y lo que supondría para el desarrollo de la Obra |# 75|.

Así pues, en los planes que se había trazado el Fundador, el Colegio Romano, al menos por unos años, hasta que las Regiones estuvieran desarrolladas, sería el instrumento eficacísimo para enviar instrumentos a todas las Regiones |# 76|. Pero esa máquina de forjar laicos y sacerdotes era todo un sabio engranaje de elementos sobrenaturales, humanos y económicos: la gracia de Dios, que es lo fundamental y decisivo; luego el esfuerzo y trabajo del hombre; y, en tercer término, los medios materiales indispensables. Como advertía el Padre a los Consiliarios de las nuevas Regiones, que le pedían gente y, en especial, sacerdotes, era preciso no caer en un círculo vicioso |# 77|. Si querían gente formada que les ayudase en la labor apostólica tendrían que pasar antes por Roma algunos de esos países, en condiciones de prepararse para recibir las órdenes sagradas |# 78|. Pero, no bastaba que le enviasen gente a Roma si no corrían también con los gastos que ocasionaba su formación, alojamiento y estudios |# 79|. El Fundador terminó fijando un sistema de becas y aplicando el principio del do ut des. Y se expresaba con claridad:

Si todos me hicieran como Chile —escribe al Consiliario— no sé qué pasaría. Después querréis sacerdotes, y, si no ha habido becas, no habrá sacerdotes para Chile |# 80|.

También recordaba a los de Colombia que los deseos de ayuda al Colegio Romano debían hacerse realidad, pasando de los dichos a los hechos:

Yo agradezco mucho los deseos, pero, si nos quedamos en deseos, sentiré que no se puedan enviar más sacerdotes a Colombia |# 81|.

Todavía es más explícito con los del Perú:

Me da mucha alegría que os acordéis del Colegio Romano: si llegan becas del Perú —¡del Perú!—, el Perú tendrá más sacerdotes. Si no, no los tendrá |# 82|.

Muy pronto el Colegio Romano aseguraba a todas las Regiones promociones continuas de sacerdotes |# 83|. Valía la pena ayudar a terminar las obras y suministrar recursos, porque, en todo caso, el Padre era un Padre cariñoso que no desamparaba a las Regiones pobres que no podían sostener becas.

El Fundador había concebido el Colegio Romano como instrumento de instrumentos, para romanizar la Obra y mantenerla unida. Nunca pretendió formar superhombres, ni trajo a Roma los mejores de cada Región. Su pensamiento dorado era imaginarse el momento gozoso en que dispondría de una legión de sacerdotes y de laicos, bien formados, que saldrían de Roma a lejanos países, como portadores de un mismo mensaje y del mismo espíritu. Anualmente tenía a punto de dispersión una promoción nueva de sacerdotes, y solía recordárselo, de palabra o por escrito. Así, por ejemplo, a los ordenandos de julio de 1957:

En estos momentos, cuando el Señor ha querido esparcir la semilla —en tan pocos años— en una divina dispersión por tantos países, quiere el Sembrador que la extensión no haga perder la intensidad. Y vosotros, entre vuestros hermanos, tenéis la misión clara y sobrenatural de contribuir eficazmente a que esa intensidad no se pierda, porque seréis siempre instrumentos de unidad y de cohesión |# 84|.

Papel que el Fundador no se cansa de repetir y reclamar a todas las hornadas de nuevos sacerdotes. Así también en abril de 1958:

Queridísimos: No os repetiré, porque lo habéis oído mil veces de mis labios, que sois los sacerdotes instrumento eficaz de unidad en nuestro Opus Dei. Pero sí quiero deciros que tengáis siempre presente que, una manifestación clara de saber cumplir con ese deber —instrumentos de unidad—, es amar y servir con igual gustoso sacrificio constante a vuestros hermanos de las dos Secciones de nuestra Obra y a los otros hijos míos de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz |# 85|.

* * *

Tan pronto le fue posible, el Fundador erigió en Roma, por decreto del 12 de diciembre de 1953, el Colegio Romano de Santa María. Este Centro internacional para la formación de las mujeres del Opus Dei tenía la misma finalidad que el de los hombres: fomentar una más estrecha unión con Dios y preparar a esas personas para una fecunda acción apostólica. El Colegio —dice el decreto de erección— «se constituiría con gente, procedente de toda nación, en la Urbe, que es el centro y cabeza de la Iglesia Católica y sede de San Pedro, Vicario de Cristo, y de sus Sucesores, de modo que sea para el Opus Dei instrumento especial de unidad y cohesión» |# 86|.

Romanizarse significaba para el Fundador hacerse más universales, más católicos. No toleraría jamás que se hablase de un Opus Dei nacionalista. Lo rechazaba con increíble dureza:

Si después de haberme llamado el Señor a rendir cuentas, en algún sitio, algunos de mis hijos pretendiesen hacer un Opus Dei con la connotación de una nación —un Opus Dei irlandés, un Opus Dei francés, un Opus Dei español, etc.—, yo me levantaría de la tumba para anatematizar ese mal espíritu, ya que sería origen de una división diabólica dentro de esta familia en la que debemos estar todos muy unidos, interesarnos todos por todos, sin poner jamás barreras de nacionalidades o de discriminaciones de ningún tipo |# 87|.

La historia del desarrollo del Colegio Romano de Santa María es muy similar al del Colegio de la Santa Cruz. No sólo en cuanto a su finalidad y funcionamiento sino en la estrechez con que nació y en su rápido crecimiento, conforme pasaban los años. En dos puntos, sin embargo, no coinciden: en la fecha de erección y en la de asentamiento de su sede definitiva. Echemos un vistazo al pasado y recordemos que fue en junio de 1948 cuando don Josemaría tuvo el presentimiento y la visión de que era llegada la hora de Dios, el momento de la expansión de la Obra. La respuesta del Fundador a esta sugerencia divina, que le permitiría contar con personal para la empresa, fue rápida y generosa. Ese mismo mes, el 29 de junio de 1948, firmaba el decreto de erección del Colegio Romano de la Santa Cruz. La historia del otro Colegio, el de Santa María, es diferente, por lo que se refiere a su nacimiento. No había llegado aún el momento propicio, por falta de personal: por ahora —escribe en septiembre de 1952— no podemos comenzar la labor del Colegio Romano de la Sección Femenina |# 88|.

El aparente retraso del Centro internacional de formación de mujeres del Opus Dei en Roma se debe, principalmente, al estirón dado en el apostolado con hombres en Italia, cuando en enero de 1949 el Padre les trazó un ambicioso plan apostólico de expansión por las ciudades universitarias. Esto sucedía al tiempo que las mujeres de la Obra en España —que era entonces el vivero de la Obra—, iban en número muy por debajo de los varones; y esto preocupaba al Padre |# 89|. Con todo, la oración del Fundador fue remediando las dificultades, que no eran pocas. A las personas necesarias para llevar los apostolados de todas clases, propios de las mujeres, había que añadir las que se precisaban para la apertura de residencias o centros en Roma, Milán, Nápoles, Palermo, la sede de la Asesoría Central y la Casa de Retiros. Para tales empresas don Josemaría carecía de recursos. Mejor dicho, tenía un solo recurso, pero infalible.

La operación de lo que sería sede del Colegio Romano de Santa María partió de donde menos podía esperarse. En 1948, por indicación médica, don Josemaría tenía que caminar. Después de una jornada de intenso trabajo solía ir en coche a Castelgandolfo para hacer ejercicio al aire libre. Paseaba con don Álvaro por la carretera que domina desde lo alto el lago Albano, delante de la casa de la condesa Campello. El panorama era admirable, pero podía observarse en el Padre una secreta querencia, que le hacía volverse de espaldas para contemplar la casa de la Campello, que le había caído en gracia. Rezaba avemarías, y hacía rezar a don Álvaro, para que algún día llegase el edificio a sus manos. No era ningún palacio, pero estaba bien situado, no muy distante de Roma y vecino a la residencia de verano del Papa. Tampoco se hallaba en muy buenas condiciones. La condesa lo utilizaba para recoger a los prófugos de los países comunistas del este de Europa, principalmente rumanos |# 90|.

En la primavera de 1948 la condesa permitió a don Álvaro dar allí un retiro para jóvenes italianos. Y un día, al año siguiente, les ofreció la casa; pero como el terreno sobre el que estaba construida pertenecía a la Santa Sede, hubo que hacer las gestiones oportunas y Pío XII se lo cedió de buen grado en usufructo. El 21 de julio de 1949 quedó libre la vivienda. Con esa fecha anotó el Padre en su epacta: ¡Castelgandolfo! Laus Deo! Anteriormente la había bautizado con el nombre de Villa delle Rose y destinado en sus proyectos a ser futura Casa de ejercicios y Centro de Estudios para mujeres de la Obra |# 91|. Diez años más tarde, en 1959, Su Santidad Juan XXIII concedió la propiedad de la finca al Opus Dei. La cesión llegó en momento muy oportuno, pues Villa Sacchetti, que era el edificio anejo a Villa Tevere, no podía albergar ya a las alumnas del Colegio Romano de Santa María, que se habían multiplicado en los últimos años. Inmediatamente decidió el Fundador ampliar el edificio de Castelgandolfo (Villa delle Rose), para que se trasladasen allí cuanto antes las alumnas. Era el 7 de julio de 1959 cuando se iniciaron los proyectos. El 19 de abril de 1960 se comenzaba la reconversión |# 92|.

El Padre, que acababa de colocar la última piedra en Villa Tevere se vio otra vez metido en obras, sin pausa ni respiro. La ventaja era que las continuas visitas a las obras y las muchas enseñanzas obtenidas, por aciertos y por errores, le permitían seguir las nuevas construcciones sin tener que recorrer día a día los andamios. Decidió, pues, que lo procedente sería el estudio de los planos y las observaciones sobre el papel. El 1 de enero de 1962, acompañado de don Álvaro, fue a echar un vistazo a las obras en Villa delle Rose. Y, como era de esperar, hizo un montón de observaciones. Desde ese día estuvo pendiente de la construcción y de la instalación. Como decía por carta a Encarnita Ortega, volvía a repetirse la historia de Villa Tevere:

El Colegio Romano de Sta. María va adelante, aunque con muchas deudas: tengo grandes deseos de que se acabe esa jaula y se llene de pájaros. ¡Cuánta gloria saldrá de ese trabajo, para Dios Nuestro Señor! |# 93|.

Terminados los trabajos de reestructuración, el Padre fijó la fiesta del 14 de febrero de 1963 como día para la inauguración de la nueva sede. A las cinco y media de la tarde celebró misa después de consagrado el altar. Al punto de repartir la Comunión se agolparon, sin duda, en su mente recuerdos de la residencia de Ferraz y del Patronato de Santa Isabel, porque éstas fueron las primeras palabras que le vinieron a la boca antes de dar la Comunión a sus hijas:

Con vuestra licencia, Soberano Señor Sacramentado.

Hijas, ante Nuestro Señor Sacramentado, y ante la Madre Santísima del Señor, que es nuestra Madre, siento el agradecimiento de la primera vez que pusimos un sagrario; de la primera vez que le dijimos al Señor, con palabras de los discípulos de Emaús: quédate con nosotros porque sin Ti se hace de noche.

Quiero deciros —en pocas palabras— que sintáis en vuestro corazón, también vosotras, grandes fervores, gran entusiasmo; entusiasmo que se ha de manifestar en obras, porque obras son amores y no buenas razones. [...]

No defraudéis a Dios Nuestro Señor.

No defraudéis a su Madre bendita.

No me defraudéis a mí, que he puesto en esta casa tanta ilusión, tanto cariño y tanta confianza |# 94|.

Les pedía fidelidad. Les exigía ponerse a la altura de sus esperanzas. No estaba quejoso de ellas. Al contrario, tenía ya en sus manos el otro instrumento de expansión —el de la formación de las mujeres de la Obra— que marcharía a la par del de los hombres. Por eso hay en su correspondencia una estela de elogios, cuando escribe:

Los dos Colegios Romanos son una bendición: ¡cuánta y qué buena tarea van a hacer, por esos mundos, estas hijas y estos hijos! |# 95|.

O cuando recalca:

Los chicos del Colegio Romano de la Santa Cruz han hecho maravillosamente sus estudios. Y lo mismo estas hijas del Colegio Romano de Sta. María. Se prepara un espléndido plantel, para servir a la Iglesia y hacer el bien y llevar la paz a la humanidad entera |# 96|.

La última vez que visitó a sus hijas en Villa delle Rose fue la mañana misma de su muerte, el 26 de junio de 1975.

* * *

Con frecuencia decía el Fundador a sus hijos que la ignorancia es el mayor enemigo de nuestra Fe, y a la vez el mayor obstáculo para que se lleve a término la Redención de las almas |# 97|. Ignorancia que padecen, por desgracia, no sólo personas poco instruidas sino hombres que gozan de prestigio profesional en muchos campos de la sociedad: política, economía, medicina, industria, etc.; pero carecen de formación religiosa. Esos cristianos han sido presa de falsas doctrinas y, a menudo, se hallan alejados de la Iglesia. Por eso insistía tanto el Fundador en que sus hijos, además de la preparación profesional, debían tener un conocimiento doctrinal profundo de la fe católica, capaz de resistir las mutaciones de los tiempos y de las modas científicas.

En este aspecto el Fundador no abogaba por lo carismático |# 98|. La ignorancia —afirmaba con contundencia— se combate estudiando; y el estudio requiere esfuerzo, porque la ciencia no se regala gratuitamente:

No esperemos unas iluminaciones de Dios, que no tiene por qué dar, cuando nos da unos medios humanos concretos: el estudio, el trabajo |# 99|.

Su vida no podía calificarse, precisamente, de descansada. Fue una continua milicia. No conocía el ocio. Cuando en el verano de 1947 exponía a sus hijos en Molinoviejo el resultado de su estancia en Roma, resumía la situación en estas palabras: El Opus Dei ha vencido —con la ayuda de Dios— la batalla teológica, primero, y luego la batalla jurídica. Y continuaba: Ahora está librando la batalla de la formación, que —si sois fieles— pronto estará terminada |# 100|.

Desde los comienzos de la Obra estaba empeñado en la batalla de la formación. Y ahora, conseguido el Decretum laudis en febrero de 1947, tenía la base jurídica, aun cuando fuera solución transitoria, para un desarrollo universal de los apostolados del Opus Dei. Ganada, pues, la primera batalla jurídica, podía dedicarse más de lleno a la tarea de dar a sus hijas e hijos una íntegra formación |# 101|. La nueva etapa de que les hablaba (más exigente, más apremiante que en el pasado), quedó establecida en el Plan de Estudios de 1951. Allí se fijaban, en particular, los cursos institucionales de Filosofía y Teología, con el criterio preciso de que todos los miembros del Opus Dei, sin excepción, habían de seguir los programas de estudio según un calendario adaptado a su situación familiar y profesional, de tal forma que pudiesen cursar los estudios sin perjuicio de sus demás ocupaciones. En su amplitud y rigor, los programas de cada asignatura eran, por lo menos en el caso de los numerarios, tan profundos como los vigentes en las Universidades pontificias de Roma |# 102|. A este Plan de 1951 siguió otro análogo, el 14-II-1955, para la Sección femenina del Opus Dei. De este modo las numerarias podrían adquirir también una sólida formación doctrinal en sus estudios de Filosofía, Teología, Sagrada Escritura, Liturgia y Derecho Canónico |# 103|.

No pasaron inadvertidos estos Planes de Estudios en la Santa Sede. Con ocasión del vigésimo quinto aniversario de la fundación del Opus Dei, el Cardenal Pizzardo, prefecto de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades, envió al Fundador una carta de caluroso elogio de la Ratio Studiorum de los miembros del Opus Dei. Destacaba, sobre todo, el Cardenal el hecho de que los numerarios laicos hiciesen un bienio filosófico y un cuadrienio de Teología, «en la misma medida que los sacerdotes» |# 104|.

Las palabras de Pizzardo fueron un consuelo para el Fundador, como confesaba éste en su respuesta al Cardenal, ya que entre todas las responsabilidades que el Señor ha querido echar sobre mis pobres y humildes espaldas —le decía—, ésta de una mejor formación espiritual y científica de los miembros del Instituto es la que me hace sentir una mayor urgencia y peso |# 105|. Esa urgencia le impulsó a crear una red de Centros de formación por los que habían de pasar todos los miembros numerarios, ya fuese en su Región (centros regionales), ya en Roma (centros interregionales: Colegios Romanos de Santa María y de la Santa Cruz) |# 106|. Sin embargo, el vivo interés del Fundador por poner en obra lo indicado en los Planes de Estudio no obedecía solamente a razones científicas, ya que la misión peculiar y principal del Opus Dei no es el cultivo de las ciencias eclesiásticas sino la santificación de las profesiones seculares |# 107|. (Aunque también previó que hubiera quienes se dedicaran a las ciencias eclesiásticas). Porque todo saber humano puede convertirse en instrumento de apostolado y, además, un mejor conocimiento de las Ciencias Sagradas es garantía de estabilidad en la vida interior y de un trato más hondo con Dios.

Con el tiempo, la unidad en la formación filosófico-teológica de sus miembros contribuyó poderosamente a dar aún mayor cohesión intelectual a toda la Obra, pero sin imprimir una uniformidad excluyente. De manera que, de acuerdo con el Magisterio de la Iglesia, se enseñaba según el espíritu, la doctrina y los principios de Santo Tomás, aunque sin limitarse a asimilar y repetir únicamente sus enseñanzas; puesto que el Opus Dei no tiene doctrina corporativa |# 108|.

El Opus Dei —señalaba expresamente su Fundador— nunca defenderá o promoverá ninguna escuela filosófica o teológica propia. Los miembros de nuestra Asociación han de formarse siempre en un amplísimo sentido de la libertad: qua libertate Christus nos liberavit, con la libertad que Cristo nos consiguió. Espíritu de libertad, que es una de las características esenciales de nuestra Obra |# 109|.

Semejante libertad de pareceres en lo opinable, y el respeto a la opinión divergente, son fundamento de convivencia y de unión |# 110|. Una muestra más del espíritu de unidad dentro del Opus Dei y de su apertura para el trato social.