2. El Hospital del Rey

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

En virtud de la nueva Constitución republicana, las iglesias, asociaciones e institutos religiosos se verían en adelante privados de ayuda económica por parte del Estado o de los municipios. Peor aún, estaba prevista «la total extinción, en un plazo de dos años, del presupuesto del clero» |# 25|. La idea era acabar con la Iglesia, si no de manera violenta, por inanición de sus ministros.

Uno de los clérigos a los que afectaban dichas medidas era don José María Somoano, un joven sacerdote ordenado en 1927 por el obispo de Madrid y que en 1931 desempeñaba el cargo de capellán en el Hospital del Rey |# 26|. Estaba el hospital en el extremo norte de Madrid, a siete kilómetros del centro, prácticamente aislado en medio del campo. Su nombre —"Hospital Nacional de Enfermedades Infecciosas"— explica el aislamiento. Había sido inaugurado en 1925. (Del antiguo régimen le venía lo del "Hospital del Rey") |# 27|. En él se trataban los casos de epidemia y enfermedades contagiosas; y la terrible tuberculosis, que era entonces la enfermedad que requería más camas y se cobraba más muertes.

El 2 de enero de 1932 la madre Tornera de Santa Isabel, por ruego expreso del capellán, quedó haciendo oración y mortificándose por el buen éxito de una gestión que traía entre manos don Josemaría. Este, mientras tanto, acompañado de don Lino, otro joven sacerdote, se presentó en el Hospital del Rey para hablar con el capellán Somoano, que sentía impaciencia por saber de la Obra. No fue inútil la oración y la expiación —escribiría dos días más tarde en sus Apuntes— ya pertenece este amigo a la Obra |# 28|. (Este era el tiempo en que don Josemaría —como enseguida se verá— se hizo con los primeros seguidores). A ojos del Fundador fue aquella una adquisición excelente, una vocación de primera, un auténtico tesoro para la labor de apostolado; en fin, una palanca para remover los cielos, como anotaba en sus Apuntes:

Con José Mª Somoano hemos conseguido, como se dice por ahí, un enchufe magnífico, porque sabe nuestro hermano, admirablemente, encauzar el sufrimiento de los enfermos de su hospital, para que el Corazón de nuestro Jesús acelere la hora de su Obra, movido por tan hermosa expiación |# 29|.

Tanto valoraba don Josemaría la oración del dolor para el desarrollo de la Obra, que esa estupenda aportación le era más que suficiente para admitir a un alma en la Obra:

D. Lino ayer nos habló de una enferma del hospital del Rey, alma muy grata a Dios, que podría ser la primera vocación de expiación. De común acuerdo todos, Lino le comunicará nuestro secreto. Aunque muera antes de comenzar oficialmente —cosa probable, porque está mal— valdrán más sus sufrimientos |# 30|.

El Fundador se sentía movido interiormente por el Señor para trabajar entre enfermos, poniendo el fundamento de dolor expiatorio, preciso para levantar la Obra. Cuando, el 7 de marzo de 1932, don Lino le propuso que aceptase «la capellanía del hospital de incurables, que hay junto al del Rey», a punto estuvo de aceptar, de no haber sido por la oposición de doña Dolores |# 31|.

* * *

El 29 de enero de 1925, recién terminado el primer pabellón del Hospital del Rey, habían ingresado allí los primeros pacientes: dos enfermos con tuberculosis pulmonar. Antes que ellos, y tres meses antes de que apareciese el director, estaban ya instaladas las Hijas de la Caridad. Al frente de estas religiosas enfermeras venía sor Engracia Echevarría, que continuó en el hospital, ininterrumpidamente, hasta 1936. A esa comunidad pertenecieron sor Isabel Martín —enfermera, encargada de la farmacia y sacristana de la capilla, en distintos períodos— y sor María Jesús Sanz, encargada de la cocina y almacenes. Estas tres monjas conocieron y trataron a don Josemaría, de manera especial la Superiora, sor Engracia, que, afortunadamente, deja un testimonio de gran peso sobre aquella época revuelta. Con la desenvoltura propia de sus noventa y nueve años corridos, sor Engracia hace una valiente declaración: «conservo con toda lucidez —dice— los recuerdos de aquella etapa, no sólo en cuanto a las fechas, sino en lo que atañe al matiz y categoría de las personas y acontecimientos que cruzaron por ella» |# 32|. Era, sin duda, mujer de gobierno y perspicacia. Enseguida se percató de que aquel joven sacerdote, que aparecía por el hospital en los primeros meses de 1932, era el "director espiritual" de Somoano. Ni dejó tampoco de advertir que sus visitas, además de ser obras de misericordia, obedecían a un afán apostólico. Por lo que en más de una ocasión le envió personas a las que tratar |# 33|.

Las visitas de don Josemaría al hospital, que comenzaron siendo esporádicas, muy pronto se hicieron periódicas. En pocas semanas se dio cuenta de la finura de alma del capellán Somoano, a quien solamente el pensamiento de que había sacerdotes que subían al altar menos dispuestos, le hacía derramar lágrimas de Amor, de Reparación |# 34|. Y fueron tantas las profanaciones, atropellos y sacrilegios cometidos por las masas revolucionarias en la primavera de 1931 que el capellán se sintió movido a ofrecer su vida por la Iglesia en España. (Una de las monjas oyó el ofrecimiento de Somoano en la capilla, sin que éste notase su presencia) |# 35|. Don Josemaría, que nada sabía de ello, se sorprendió varias veces oyéndole decir frases como: «me voy a morir pronto: ya lo verás» |# 36|. Un tanto intrigado, quiso preguntarle a solas el porqué, sin que, por un motivo u otro, se presentase ocasión propicia para ello.

Murió Somoano la noche del sábado 16 de julio, después de dos días de agonía, envenenado. El lunes se le enterró; y don Josemaría, que tantas esperanzas había puesto en esta vocación, la ofreció al Señor. Había muerto mártir, envenenado por odio al sacerdocio. Al regreso del entierro anotó en sus Apuntes:

Día 18 de julio de 1932: El Señor se ha llevado a uno de los nuestros: José María Somoano, sacerdote admirable. Murió, víctima de la caridad, en el Hospital del Rey (de donde ha sido Capellán hasta el fin, a pesar de todas las furias laicas) en la noche de la fiesta de N. Sra. del Carmen —de quien era devotísimo, vistiendo su santo escapulario—, y, como esta fiesta se celebró en sábado, es seguro que esa misma noche gozaría de Dios. Hermosa alma [...]. Su vida de celo le hizo ganarse las simpatías de cuantos convivieron con él. Se le enterró esta mañana [...]. Hoy, de buena gana, le he dado a Jesús ese socio. —Está con El y será una gran ayuda. Tenía puestas muchas esperanzas en su carácter, recto y enérgico: Dios lo ha querido para El: bendito sea |# 37|.

Don Josemaría se sintió impulsado a cubrir la baja que la muerte del capellán había ocasionado. «Por esa época —refiere sor Engracia— nos quedamos sin capellán y en esas circunstancias, se presentó ante mí D. Josemaría Escrivá de Balaguer, por entonces era un joven sacerdote que apenas contaría con treinta años de edad, y me dijo que no me apurase por no tener ya Capellán oficial. Que de noche y de día, y a cualquier hora que fuese, y bajo mi responsabilidad, debía llamarle según fuera la gravedad del enfermo que pedía los Santos Sacramentos» |# 38|. El capellán de Santa Isabel tuvo que hacer un hueco en su horario, que ya era bastante más que apretado. Cruzaba todo Madrid, de sur a norte, de Atocha a Fuencarral, y se llegaba a campo través hasta el Hospital. Aparecía allí todos los martes, para confesar enfermos. Pero, al aumentar los penitentes y alargarse las visitas, se vio obligado a ir a confesar también los sábados |# 39|.

Los enfermos aguardaban con verdadera ansia la aparición del joven sacerdote. Esperaban de él una palabra de aliento, un gesto, una simple sonrisa que encendiera por dentro. «Cuando venía a confesar y ayudar, con su palabra y su orientación, a nuestros enfermos —cuenta sor María Jesús— les he visto esperarle con alegría y esperanza. Les he visto aceptar el dolor y la muerte con un fervor y una entrega, que daban devoción a quienes les rodeábamos» |# 40|. «Los enfermos que morían en el Hospital no tenían miedo a la muerte —asegura sor Isabel—. La miraban cara a cara y hasta la recibían con alegría». Y recuerda la monja el caso de una chica enferma, cuya única consolación era mirar y remirar el retrato de su novio, que tenía encima de la mesilla de noche. Le habló don Josemaría, y le infundió tal consuelo, que no se preocupó más del retrato y «murió muy santamente» |# 41|.

Casi todos los domingos y días festivos celebraba misa para todo el hospital; y predicaba la homilía. Si hacía buen tiempo, se decía la misa en el jardín, al aire libre, aunque la situación política no estaba como para hacer manifestaciones de carácter litúrgico. El joven sacerdote no se encogía ante el peligro. «Cuando yo le conocí —aclara sobre este punto la Superiora, sor Engracia—, era joven, pero era ya muy sensato, muy serio y muy valiente» |# 42|. Por su aspecto e indumentaria daba testimonio de su condición, vistiendo siempre de sotana. Existía, sin embargo, en el ambiente un desafío continuo al sacerdote, como se desprende del modo en que sobrevino la muerte de Somoano y de las palabras, claras y lacónicas, de sor Engracia: «Nuestro Hospital estaba entonces distante de la ciudad. Había oposición al clero por parte de la mayoría de las personas que trabajaban allí. Y D. Josemaría tuvo siempre una actitud serena pero enérgica. Se veía, desde entonces, que valía para gobernar. Era un hombre con gran serenidad para todo» |# 43|.

El llegar hasta el Hospital del Rey, por entre descampados, en hábito religioso o clerical, era exponerse a insultos y pedradas. («A nosotras —dice de pasada sor María Jesús— nos apedreaban frecuentemente» |# 44|. No tratarían a don Josemaría con más afecto). Y luego, dentro del hospital, el sacerdote estaba expuesto al contagio de los enfermos infecciosos. Para confesar en aquellas salas comunes era preciso estar con el oído pegado cerca de la almohada, sufriendo el estertor cargado de los moribundos, y los esputos y las toses de los tuberculosos.

La historia de las hermanas García Escobar es ilustrativa de lo que en aquella época significaba la tuberculosis. Había en Hornachuelos, en la provincia de Córdoba, una familia con tres hijas: Braulia, Benilde y María Ignacia. Estudiando Braulia la carrera de Magisterio en la Escuela Normal de Córdoba, una chica de la pensión donde vivía le transmitió la tuberculosis. Inmediatamente solicitó la familia plaza en el Hospital del Rey. Pasó el tiempo y, mientras aguardaban por una cama libre, cayó también enferma María Ignacia, contagiada por su hermana. En vista de la gravedad de su estado, ocupó, en 1930, la plaza reservada a Braulia. El mal que padecía era ya incurable. Y la enfermedad y los dolores fueron royendo su cuerpo, lenta e inexorablemente |# 45|.

María Ignacia era aquella enferma de la que anotó don Josemaría: alma muy grata a Dios, que podría ser la primera vocación de expiación. En la primavera de 1932 fue admitida en la Obra, pues don Josemaría estaba enterado de cómo venía ofreciendo al Señor sus dolores para acelerar la madurez espiritual de la empresa apostólica en la que colaboraba el capellán Somoano. Pronto se enteraron sus hermanas de que pertenecía al Opus Dei. Al cabo de unos meses se trasladaron a Madrid para acompañarla, pues su final se acercaba rápidamente. En varias ocasiones se vieron sorprendidas con la visita de don Josemaría a las salas. «Me llamaba la atención —dice Benilde— la alegría y la serenidad de todas aquellas mujeres, madres de familia, pobres, separadas de sus hijos por el contagio de la enfermedad y que, apenas veían entrar a don Josemaría, se llenaban de una felicidad profunda» |# 46|.

Cuidaba el Fundador con mimo esa inestimable vocación, animándola en su función expiatoria y ofreciendo al Señor los crueles dolores que padecía la enferma. Los días en que la visitaba el sacerdote, la enferma no podía contener su exultación. La alegría de María Ignacia —cuenta su hermana Braulia— era entonces patente y le faltaba tiempo para darle la gran noticia: «Ha estado aquí don Josemaría. Estoy muy contenta» |# 47|.

Un año llevaba en la Obra, fiel a su vocación, cuando entró en la última fase de su calvario. «Yo la acompañaba día y noche —refiere Braulia—. Tenía dolores terribles; estaba llagada de pies a cabeza; la última vértebra la tenía deformada y sobresalía tremendamente. Se había quedado consumida, incluso mucho más pequeña de estatura. Clarita, la enfermera, podía levantarla sin ayuda de nadie» |# 48|.

En mayo comenzó un intensísimo holocausto expiatorio y a los pocos días, según se lee en los Apuntes íntimos del sacerdote, se le administró el viático:

Día de San Isidro — 15-V-933: Ayer administré el Santísimo Viático a mi h. María García. Es vocación de expiación. Enferma de tuberculosis fue admitida en la O., con el beneplácito del Señor. Hermosa alma. Hizo conmigo confesión general antes de recibir la Comunión. Me acompañó al hospital nacional (del Rey) Juanito J. Vargas. Ama la Voluntad de Dios esa hermana nuestra: ve en la enfermedad, larga, penosa y múltiple (no tiene nada sano) la bendición y las predilecciones de Jesús y, aunque afirma en su humildad que merece castigo, el terrible dolor que en todo su organismo siente, sobre todo por las adherencias del vientre, no es un castigo, es una misericordia |# 49|.

Cuatro meses al borde de la agonía; y después una nota necrológica del Fundador comunicando la muerte de María Ignacia a sus seguidores en la Obra:

En las vísperas de la Exaltación de la Santa Cruz, 13 de Septiembre, se durmió en el Señor esta primera h. nuestra, de nuestra Casa del Cielo [...]. La oración y sufrimiento han sido las ruedas del carro de triunfo de esta h. nuestra.— No la hemos perdido: la hemos ganado.— Al conocer su muerte, queremos que la pena natural se trueque pronto en la sobrenatural alegría de saber ciertamente que ya tenemos más poder en el cielo |# 50|.

Otra enferma, Antonia, tomó el relevo de María Ignacia como alma de expiación |# 51|. En cuanto a don Josemaría, ¡cuántos miles de horas consumidas a la cabecera de los moribundos, y cuántos enfermos atendidos en las salas abarrotadas de los hospitales! Había velado a tanto muerto que hasta en el piadoso ejercicio de amortajar cadáveres logró maña y pericia |# 52|. Pero siendo hombre que, al decir de sor Isabel, «no hacía ostentación de su persona ni de sus trabajos», difícil es saber los hospitales que visitaba. Uno de los pocos datos sobre este punto es el testimonio de monseñor Cantero, un sacerdote que estudiaba en Madrid y que, en algunas ocasiones, acompañó a don Josemaría. «Fui a varios hospitales —puntualiza mons. Cantero—: al Hospital General, al Hospital del Niño Jesús, al Hospital de la Princesa, al Hospital del Rey» |# 53|. En los Apuntes íntimos se nombra el Hospital de la Princesa; por puro azar, incidentalmente, porque don Josemaría se vio interrumpido cierto día cuando anotaba unas catalinas. Y una vez pasada la interrupción, de vuelta del hospital, tomó de nuevo la pluma para contar el caso:

He tenido que interrumpir porque han venido primero un Sr. Sacerdote, y después dos señoritas, que me traían el nombre de un joven enfermo grave en el hospital de la Princesa. El padre del enfermo —labriegos extremeños, los dos— no quería que se confesara el chico "que una vez..., de niño, confesó y comulgó", por que no se asustara. He ido al hospital. Gracias a Dios, está confesado: ¡qué ignorancia! Homines et iumenta salvabis, Domine! |# 54|.

(Su fama de confesor de moribundos debía ser grande, cuando en un caso de urgencia acudían a avisarle primero un sacerdote y luego dos señoritas. Es también de notar la prontitud en desplazarse y despachar el asunto).

El Hospital de la Princesa, en el que esto ocurría el 8 de mayo de 1933, se hallaba a unos trescientos metros de la Academia Cicuéndez, calle de San Bernardo arriba, en el cruce con Alberto Aguilera. El centro dependía de la Beneficencia Sanitaria y estaba agregado a la Facultad de Medicina. Las salas tenían doscientas y más camas, aprovechando al máximo el espacio, de modo que no había sitio ni para las mesillas de cabecera. En dicho hospital trabajaba en diciembre de 1933 un joven médico, Tomás Canales Maeso, a las órdenes del doctor Blanc Fortacín, el mismo que firmó en 1927, a poco de llegar don Josemaría a Madrid, un certificado de vacunación. Cierto día se encontró Tomás a su jefe hablando con un sacerdote, al que presentó como «un gran sacerdote, pariente y paisano mío (de Barbastro), que no es trabucaire». (Trabucaire se llamaba al clérigo que se metía en política) |# 55|. A partir de esa presentación, Tomás se lo encontraba por las salas con mucha frecuencia: «lo veía a distintas horas de la mañana —refiere el joven médico—, por lo que deduzco que debía estar tres o cuatro horas». Tal vez aprovechase la cercanía del hospital para hacer varias visitas desde la Academia. En todo caso tenía sus salas de preferencia, pues solía detenerse en las de enfermedades contagiosas. Repetidas veces se le avisó del riesgo que corría. A lo que invariablemente contestaba, sonriente y sereno, que él estaba inmunizado a todas las enfermedades |# 56|.

En el servicio a los enfermos residía la firmeza y la savia oculta del naciente Opus Dei. Así lo reconocía el Fundador volviendo la vista al pasado, poco antes de rendir su carrera en este mundo:

Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei crecía para adentro sin darnos cuenta [...]. La fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas |# 57|.

Verdaderamente, su alma se fortaleció en la escuela del sufrimiento, en las largas agonías, en la entereza ante el dolor. ¡Cuántas consideraciones y anécdotas piadosas provienen de sus visitas a los enfermos; y cuántos actos heroicos quedarán ocultos para siempre! Hay una catalina, del 14 de enero de 1932, que es como un canto triunfal al dolor: Bendito sea el dolor. Amado sea el dolor. Santificado sea el dolor... ¡Glorificado será el dolor! |# 58|.

La historia de aquella catalina la contaba en público durante la catequesis del año 1974 por tierras de América:

Era una pobre mujer perdida, que había pertenecido a una de las familias más aristocráticas de España. Yo me la encontré ya podrida; podrida de cuerpo y curándose en su alma, en un hospital de incurables. Había estado de carne de cuartel, por ahí, la pobre. Tenía marido, tenía hijos; había abandonado todo, se había vuelto loca por las pasiones, pero luego supo amar aquella criatura. Yo me acordaba de María Magdalena: sabía amar |# 59|.

Con el cuerpo cauterizado por el dolor, y el alma purificada por el arrepentimiento, entró en agonía. El sacerdote le administró los últimos auxilios espirituales y, a las puertas de la muerte, le fue susurrando al oído la letanía del dolor. Ella, con la voz rota, repetía las frases gritando. Poco después moría, y en el Cielo está, y nos ha ayudado mucho, agregaba el Fundador |# 60|.

Gracias a tanta oración, unas veces salpicada de sangre, y otras de lágrimas, se iba haciendo la Obra.