1. La Sede Central

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Aun cuando don Josemaría no había viajado a Roma más que con la imaginación, abrigaba desde su temprana juventud un sentimiento de íntima nostalgia por emprender la romería que le condujera a la vera de Pedro, el Vicario de Cristo en la tierra. Deseo acuciante que, de modo muy singular, siempre estuvo vivo en su alma y que representa una faceta esencial de la universalidad del Opus Dei. Don Josemaría la encerró en una emblemática jaculatoria, resumiendo en tres palabras los amores del cristiano: omnes cum Petro, ad Iesum per Mariam |# 1|. El anhelo de instalarse junto a Pedro, levantando una Sede Central |# 2| en Roma, era una meta en lejana perspectiva, que expresamente anotó en sus Apuntes en 1931:

Sueño con la fundación en Roma —cuando la O. de D. esté bien en marcha— de una Casa que sea como el cerebro de la organización |# 3|.

Es oportuno advertir, sin embargo, que el modo y momento en que surgió aquella casa no fue resultado de sus cálculos, ni propósito premeditado. Salió, como todo lo que se refiere a la fundación del Opus Dei, del esfuerzo personal del Padre y trayendo impreso el sello de Dios. Es más, en el caso presente mediaron circunstancias totalmente imprevisibles para el Fundador e incluso contradictorias con su voluntad, porque don Josemaría fue a Roma en 1946 muy a pesar suyo y sin ninguna intención de quedarse. Sin embargo, una breve estancia en la Ciudad Eterna avivó llamaradas de amor en su espíritu, que era el espíritu del Opus Dei:

Si queréis vivir con plenitud el espíritu de nuestra Obra —recomendaba—, procurad llegaros a Jesucristo yendo vosotros bien unidos a nuestra Madre. Así se hará realidad aquel afán que nos come las entrañas: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam. Hoy, en esta Roma, el ¡cum Petro! parece que sale más del alma |# 4|.

Este afán de que habla el Fundador era claro don divino, como había tenido ocasión de comprobar años atrás, el día aquel en que el Vicario General de Madrid le dijo que le habían acusado ante el Santo Oficio. Su reacción inmediata fue de confianza filial en la Iglesia y en el Papa:

¡Roma! Agradezco al Señor el amor a la Iglesia, que me ha dado. Por eso me siento romano. Roma, para mí, es Pedro. [...] de Roma, del Papa, no puede venirme más que la luz y el bien. —No es fácil que este pobre sacerdote olvide esa gracia de su amor a la Iglesia, al Papa, a Roma. ¡Roma!

Mariano |# 5|.

En un primer momento, don Josemaría pensó en Roma como avanzadilla apostólica y por este motivo fueron José Orlandis y Salvador Canals para hacer allí estudios eclesiásticos. En 1946, cuando don Álvaro del Portillo vuelve a Roma por segunda vez, tomó cuerpo la idea de conseguir una vivienda. Así fue; en cuanto terminaron de recoger las cartas comendaticias de los Cardenales, y puestas en marcha las primeras gestiones para obtener el Decretum laudis, don Álvaro y Salvador se dedicaron a buscar casa, porque el piso que ocupaban tendrían que desalojarlo, tarde o temprano |# 6|. En aquel inseguro mercado de la posguerra, en que los precios estaban por los suelos, podían adquirirse auténticas villas-palacios por cantidades irrisorias. Tal oportunidad no volvería a presentarse en el futuro, como bien razonaba don Álvaro, pensando en la futura sede central de la Obra; aunque —añadía— «el inconveniente único para la compra, salvo la falta de dinero en España, [...] es la enorme inestabilidad política de aquí» |# 7|.

En éstas estaban cuando se les echaron encima los acontecimientos. Quedaron interrumpidas las gestiones y, de momento, acabaron las caminatas, en busca de casa, para ser reemplazadas por las visitas a la Curia y a las amistades eclesiásticas y civiles. Hacía justamente una semana que había llegado el Fundador a Roma y, vistas las condiciones de vida y falta de espacio en el piso de Città Leonina, escribía a los del Consejo General que era imprescindible adquirir casa |# 8| en Roma; bien que tal deseo, teniendo en cuenta los apuros económicos que pasaban en España, sonase a auténtica locura. En efecto, siguiendo las indicaciones y consejo de algunos dignatarios de la Curia, y especialmente de Mons. Montini y Mons. Tardini, se hizo a la idea de adquirir cuanto antes, como Sede Central del Opus Dei en Roma, una casa digna y representativa |# 9|. Y, a su paso por Madrid, estudiando sobre el terreno las posibilidades económicas, que eran prácticamente nulas, el Fundador cogió fuerzas y optimismo para enfrentarse económicamente con la casa grande que necesitaba. El Padre se movió esos días con absoluta fe, pero sin resolver el asunto económico, porque el dinero no aparecía por ninguna parte. A pesar de todo, estaba convencido de que vendría. La cuestión era cómo y cuándo |# 10|.

En noviembre retornó el Fundador a Roma y se puso a buscar con empeño renovado la tan ansiada Villa. La primera que halló y le satisfizo era una casa vecina a Villa Albani. El domingo, 24 de noviembre, cuando todos los de Città Leonina la conocían, al menos por fuera, se entretuvieron en dar nombre a su sueño. Por lo que se deduce del diario, parece ser que el Padre ya había escogido nombre para la Villa: «Durante la comida hemos estado bautizando la nueva casa —cuenta el cronista—: el Padre ha dicho que se llamará Villa Tevere» |# 11|. Mientras tanto, para ir calmando el deseo, don Josemaría compraba cosas en los ropavejeros de Roma. Ahora sólo falta —decía a sus hijos— que el Señor nos dé las casas para meter todo esto |# 12|.

Se acercaba la Navidad. Seguían buscando. La Villa soñada no aparecía. El Padre, ante la envergadura de los dos problemas que tenía encima —la casa y el Decretum laudis— pedía más oración:

Que continúen pidiendo, in-sis-ten-te-men-te, por todo lo de Roma. No olvidéis tampoco que conviene resolver ge-ne-ro-sa-men-te el problema del dinero para la casa de nuestra curia romana: esto es capital. Hacedme, con la gracia de Dios, un milagro muy grande |# 13|.

Llegó el Año Nuevo y el Padre seguía reclamando oración, porque —insistía— sólo así saldrá bien |# 14|.

Corrían las semanas y continuaba enfocando el asunto con filosofía sobrenatural:

¿La casa? No sé: la primera dificultad es que no tenemos dinero. Pero esa dificultad no supone mucho, porque llevamos cerca de veinte años saltándonosla a la torera. La dificultad grande podría ser que no supiéramos mover el Corazón de Jesús, con nuestra vida... corriente, alegre y heroica... y vulgar |# 15|.

Acababa el mes de enero de 1947 y todavía no se había promulgado la tan esperada Provida Mater Ecclesia, ni se había resuelto el asunto del dinero. Con todo, el Fundador estaba seguro de que el Señor no les dejaría en el desamparo; y ofrecía a sus hijos la fórmula salvadora:

Que estéis alegres y optimistas siempre. Que la gente me cumpla las Normas —oración, mortificación sonriente, trabajo—. Que duerman y coman lo necesario. Que descansen y hagan deporte. Y todo saldrá: antes, más y mejor |# 16|.

La carta a los del Consejo General, de 7 de febrero, está cargada de alegría. El Decretum laudis, les anuncia, es cuestión de días: la cosa parece felizmente acabada. En cuanto a Villa Tevere, el Padre seguía armado de un sano escepticismo, aunque, como refiere, los acontecimientos de última hora hacían renacer nuevas esperanzas:

El asunto de la casa es un pesadilla. Si se presenta una ocasión oportuna, haremos el contrato, para pagar en tres meses, como ya os anuncié. Esta mañana llamó por teléfono la duquesa Sforza —la conocimos por el embajador Sangróniz— ofreciendo una villa: ayer vino un intermediario, con varias, y, por teléfono, nos habló anoche el avvocato D’Amelio de otra casa más. Veremos |# 17|.

Sí que surgieron esperanzas, porque el diario de Città Leonina registra que el 8 de febrero salieron a ver casas y que una de las que podían interesar era una villa en el Parioli, que había ocupado la Embajada de Hungría. Estaba sito el inmueble en viale Bruno Buozzi 73. El propietario de la villa era el conde Gori Mazzoleni, que tenía amistad con la duquesa Sforza-Cesarini, y deseaba tratar directamente con el posible comprador, lo cual era una gran ventaja para éste, pues los intermediarios hacían subir los precios de manera notable. El Fundador la recorrió de arriba abajo. Enseguida se dio cuenta de que respondía a las necesidades previstas, e informó de ello a Mons. Montini, que le comentó: «no dejen escapar esa casa, porque al Santo Padre le dará mucha alegría que estén ustedes ahí. El Santo Padre la conoce, porque, cuando era Cardenal Secretario de Estado, ha ido allí a visitar al Almirante Horthy, entonces regente de Hungría» |# 18|.

Decidido a adquirirla, el Fundador encargó a don Álvaro hacer las gestiones precisas con los abogados del propietario, sin olvidar lo que con motivo de la busca decía a sus hijos: Pongámonos en el lugar de un padre de familia que tuviese que comprar una casa que cuesta varios millones |# 19|.

«En las primeras negociaciones —refiere don Álvaro— logramos reducir mucho la cantidad que había fijado el propietario; sin embargo, no disponíamos ni siquiera de esa cifra. Aparte de pedir ayuda a amigos y conocidos, pensamos en hipotecar la casa, pero para eso necesitábamos tener el título de propiedad, que, a su vez, no se podía conseguir sin pagar al menos una parte del precio» |# 20|.

Quedaron pendientes los tratos hasta que el Padre se resolvió a decidir inmediatamente la cuestión de la casa |# 21|.

¡La casa! —escribía a los del Consejo el 27 de marzo—. Seguimos las gestiones: no sé cuántos días llevo ofreciendo la Santa Misa, por esto: esperemos que se resolverá pronto |# 22|.

Efectivamente, el 10 de abril pedía a sus hijas de la Asesoría Central:

Seguid encomendando la casa de Roma: creo que se hará la escritura de compra mañana, pero quedará el rabo por desollar: pagar los millones que cuesta |# 23|.

El mismo don Álvaro cuenta la historia de aquel duro trance:

«El Padre me indicó que fuera a ver al propietario, y tratara de convencerle de que se conformara con un adelanto de unas monedas de oro, y que el resto se lo pagaríamos en el plazo de uno o dos meses. En efecto, disponíamos entonces de algunas monedas de oro, que el Fundador del Opus Dei guardaba para hacer un vaso sagrado. Fui a ver a ese señor con esta propuesta, mientras el Padre se quedaba en casa rezando intensamente». La entrevista fue un éxito, aunque el propietario exigía que el pago se hiciera en francos suizos. Cuando se lo comenté al Padre, me respondió: ¡qué más nos da! Nosotros no tenemos ni liras, ni francos; y al Señor le da igual una divisa que otra |# 24|.

Aquella postrera reunión con los abogados del propietario fue, por parte de don Álvaro, un gesto heroico de docilidad y de fe en el Fundador. Porque, ¿qué otra persona hubiese ido —con optimismo y persuasión invulnerables— a intentar obtener una villa a cambio de unas pocas monedas?

* * *

Pero no era el Padre tan ingenuo como para cantar victoria a pleno pulmón, dando el asunto por concluido. Lo del rabo por desollar resultó ser una verdad tan dura como el pago de las cantidades convenidas en el contrato de compraventa. La finca en cuestión, antigua Legación de Hungría ante la Santa Sede, estaba ocupada por unos funcionarios húngaros que, acogiéndose a una pretendida inmunidad diplomática, no parecían dispuestos a desalojar el edificio. Enseguida se percató el Padre de que no iba a ser fácil que dejasen la vivienda aquellos abusivos inquilinos, que no podían invocar ningún derecho a vivir allí, y menos la inmunidad diplomática, pues hacía tiempo que Hungría había roto sus relaciones con el Vaticano. Esa sede central del Opus Dei era como el complemento material del Decretum laudis, pero al Fundador le saldría más cara de lo que preveía, aunque no se hacía ilusiones tampoco a este respecto:

Queridísimos: Gracia de Dios y buen humor. Ésta es la consigna que procuro no perder de vista, ni cuando se ve con claridad que va a ser molestísimo el asunto de tomar posesión de nuestra casa: el panorama, humanamente hablando, no puede presentarse más desagradable. Pero, dejemos este asunto: encomendadlo |# 25|.

El 22 de julio de 1947 decidieron trasladarse de Città Leonina a Bruno Buozzi. La mudanza se hizo por camión, que en un solo viaje se llevó los muebles, utensilios y demás enseres de la casa, salvo lo que era encargo dado por el Padre a Dorita Calvo, con la advertencia de empaquetar personalmente los ornamentos y vasos sagrados y llevarlos consigo, sin perderlos nunca de vista |# 26|.

A la finca, en adelante Villa Tevere, se entraba desde la calle por un portalón, que daba acceso a un jardín, hasta entonces relativamente cuidado, con arbustos, laureles, pinos, eucaliptos e higueras. A mano izquierda, a la entrada, estaba la casa de los porteros. De allí arrancaba el jardín, en suave pendiente, hasta el emplazamiento de la casa principal. A esta casa, de momento fuera de su alcance, le llamaban Villa Vecchia, aunque era una construcción de los años veinte, de estilo florentino, y con tres pisos |# 27|.

En vista de las infructuosas tentativas para que los diplomáticos húngaros desalojaran, hubo que acondicionar la vivienda de los porteros. No era grande, pero de allí salieron dos casas independientes. La planta baja se destinó a residencia; y la correspondiente a las mujeres de la Administración se instaló en el primer piso. Aquella vivienda, con un toque de eufemismo, se conocía como el Pensionato. Los arquitectos hicieron lo posible, sobre los planos, para ganar espacio y separar debidamente las dos casas. La cocina se convirtió en comedor. De un lavadero se hizo una salita. El planchero se acomodó en un pasillo angosto, donde vivían, se movían y trabajaban cinco personas |# 28|. La planta baja se componía de tres pequeños cuartos y, desde luego, no suponía ninguna mejora en comparación con el piso de Città Leonina |# 29|. Victoria López-Amo, que se incorporó a la Administración poco antes del traslado, destaca, de manera discreta, cómo se procuró salvar el decoro y dignidad del oratorio en ámbito tan limitado: «Todo tenía que adaptarse a espacios muy reducidos. Se instaló el oratorio en una habitación muy chiquita, y aunque provisional, todo quedó muy digno y francamente acogedor.

Sobre el altar un crucifijo de estilo bizantino que daba devoción. Y en una pared lateral el cuadro de la Santísima Virgen [...]. Al lado del cuadro había una pequeña repisa para poder poner un florero. Cuando el oratorio ya estuvo en condiciones, el Padre nos pidió que arregláramos un florero para ponérselo a la Madonna» |# 30|.

Nada da idea tan acertada de la estrechez que se padecía en el Pensionato como el ingenio de aquellas mujeres para ganar espacio por elevación, ya que no era posible por superficie, según refiere una de ellas: «Cuando llegó la Navidad, el Padre nos dijo que teníamos que poner un Nacimiento. Como no había sitio, lo colocamos debajo de una ventana, con piedras del jardín y todo lo que pudimos, lo más alto posible, para que sobresalieran las figuras que nos había traído el Padre. Nos dijo que parecía de siete pisos, y que iba a encargar que le hiciesen una fotografía, porque no había visto nunca un Nacimiento con tantos pisos» |# 31|.

* * *

Desde un primer momento el Padre concedió la categoría de casita pequeña a la vivienda del Pensionato. No con desdén sino con jovialidad, y hasta con simpatía, porque era el camino para poder lograr pronto la villa grande |# 32|. Detrás de aquellos diplomáticos húngaros, reacios a dejar la villa, veía una prueba, por parte de Dios; y una rabieta, por parte del diablo:

Se ve —comenta— que al diablo le molesta. Pero Dios no pierde batallas |# 33|.

Decidió, pues, tomar la situación con calma y no bajar la guardia con incesante oración, manteniendo día y noche un asedio invisible, acompañado de una decidida presencia de vigilancia desde el Pensionato. Más pronto o más tarde, la Villa Vecchia terminaría por rendirse.

A finales de julio estaba el Padre en Molinoviejo, con el pensamiento puesto en sus hijas cuando les escribía:

Que Jesús me guarde a mis hijas de Roma.

Queridísimas: Aquí estoy en Segovia, y hay muchas cosas buenas que contar [...]. ¿Qué tal os prueba la casa nueva? ¿Ya vais encomendando, de veras, al Señor que nos dejen en paz los húngaros? |# 34|.

Molinoviejo estaba a pleno funcionamiento. El Fundador dedicó los meses de verano de 1947 a la formación de sus hijas y de sus hijos. En la primera mitad de septiembre emprendió un largo viaje de dos semanas, recorriendo el norte de España, de Galicia a Bilbao. Visitó los nuevos centros y conoció los nuevos miembros de la Obra, al tiempo que buscaba dinero y charlaba con los Obispos, informándoles sobre el Opus Dei. En estas labores de gobierno le cogió el mes de noviembre, en que, por fuerza, hubo de presentarse en Roma, cuando el alud de peticiones de aprobación, hechas por entidades religiosas del carácter más heterogéneo, amenazaba con desnaturalizar, todavía más, los Institutos Seculares.

Entraban en el invierno y el frío se hacía sentir en el Pensionato; y de manera más aguda lo padecía el Padre, tan sensible a los rigores del calor y a las bajas temperaturas. De ello hace mención en una carta escrita en vísperas de la Navidad de 1947:

Las Navidades —con un frío tremendo— he de pasarlas en Roma, aunque procuraré volver cuanto antes a España.

Ha llamado esta mañana, por teléfono, Mons. Dionisi, para decir que el Cardenal Vicario ha concedido el permiso para que pongamos una residencia de universitarios. El problema está claro: no se trata de alquilar ahora el local, pero es evidente que hemos de comenzar a movernos, si ha de quedar la casa montada en el verano, con el fin de comenzar la labor en el próximo curso escolar. ¿Dinero? Vendrá: vendrá, porque sin labor con estudiantes no tendremos en marcha la Obra, con la fuerza que pide nuestro espíritu, jamás |# 35|.

Como se ve, nunca rechazaba un ofrecimiento serio de trabajar en favor de las almas, con la excusa de que carecía de dinero. Aceptaba, sin quejas ni melancolía, lo que consideraba una conclusión lógica: no hay más remedio que pedir limosna.

A comienzos de 1948 don Josemaría tenía una carga aplastante de problemas económicos. Y, contra lo que pudiera esperarse, no por ello detenía la carrera de la expansión apostólica de la Obra, ni se replegaba, a la defensiva, en una exclusiva vida de piedad. La primera parte del refrán español: a Dios rogando y con el mazo dando, la cumplía rigurosamente. De lo que no estaba tan seguro era de si él, y sus hijos, cumplían la segunda con igual empeño; aunque justo es reconocer los muchos apuros económicos que estaban pasando, porque el agobio de sacar adelante la Sede Central no era más que el primer episodio de una larga cadena de contradicciones. No exagera, pues, el Fundador cuando escribe desde Roma a los del Consejo General:

nunca me he dado tan malos ratos por la cosa económica. Y no es que haya disminuido mi confianza en Dios, sino que aumentando esa confianza, a la vista de tantas providencias del Señor, aumenta también en mí la convicción de que hemos de poner siempre todos los medios humanos. Como consecuencia, a mi vuelta haremos un estudio orgánico —frío— de la expansión de la Obra, teniendo en cuenta todo lo que ya está más o menos en marcha (Roma, París, Milán, Londres, Dublín, Coimbra, Lisboa, Chicago, Buenos Aires), pero sin olvidar la parte económica de la labor |# 36|.

Sobradamente se percataba don Josemaría de las exigencias financieras, resultado de sus audacias apostólicas, y de que a más de uno le pasaría por la imaginación que el Padre fantaseaba en lo económico. Adelantándose a ello, les advierte, con plena conciencia de la situación:

Sigo preocupándome, ya lo escribí antes, y dándome cuenta de todo. Pero... aún es tiempo de hacer locuras, si se hacen con la cabeza: Dios tampoco nos faltará |# 37|.

Jamás cruzó por la mente de sus colaboradores el pensamiento de que don Josemaría no hacía desde Roma todo lo humanamente posible en la desagradable tarea de pedir dinero. En todo caso, se ofrece humilde y voluntariamente a mendigar donde le indiquen:

no diréis que me desentiendo, cuando casi es una obsesión: para mi vuelta, pensad a qué personas podría ir yo a pedir limosna |# 38|.

La noticia con que cierra la carta tampoco era de las que levantan felizmente los ánimos. (En efecto, el jueves 29 de enero de 1948, para ser precisos, sucedió que Ignacio Sallent fue a recoger unas cartas a la oficina de Iberia, junto a plaza de Venecia. Dejó el coche en la calle, cerrado con llave, y en los pocos minutos que tardó en salir se lo robaron. Ya llevaban siete días sin coche, que les era esencial para los desplazamientos). Con absoluta libertad —les dice el Padre—, sabiendo que otro coche saldría por unos mil doscientos dólares, decidid si se compra o no; sin olvidar que aquí no hay dinero y sería necesario inventarlo en esa administración |# 39|.

Justamente un mes más tarde, en carta fechada el 4 de marzo de 1948, comunica a sus hijos de Madrid que saldrá de Roma el día 12. Pues bien, en el curso de un mes el frío, la humedad, el hambre |# 40| y las constantes preocupaciones económicas causaron tal estrago en la salud de los habitantes del Pensionato, que no es casual coincidencia que todos sufrieran, a la par, males y dolencias. El Padre, tratando de disimular un tanto su triste condición, refiere con un toque forzado de humor:

¿Sabéis que hace dos días me desperté con todo el lado izquierdo de la cara paralizado, la boca torcida, el ojo izquierdo sin poder cerrarlo, ¡una facha!? Pensé: ¿será hemiplejia? Pero el resto del cuerpo está normal y ágil. El profesor Faelli asegura que es una bromita del clima romano: reuma. Ahora mismo os escribo con alguna molestia, porque, al caerse la ceja sobre el ojo, veo medianamente.

Estoy muy contento: me miro al espejo y puedo contemplar, por el lado izquierdo, mi cadáver, porque parece cosa muerta: hasta se me ha quedado media frente tersa, sin arrugas, y me hago la ilusión de que, con esta muerte, rejuvenezco.

Bueno: no os preocupéis, porque todo esto no es nada. Tomo salicilatos, me acuesto antes y me pongo una bolsa de agua caliente. Es cuestión de paciencia. Creo que no habrá suficiente motivo para retrasar el viaje.

Pedid por mí. Pedid que ame de veras al Señor: que me porte siempre como Él quiere: porque su Opus Dei es —debe ser siempre— una Escuela de Santidad en medio del mundo, y sería una pena que este fundador sin fundamento se quedara a la cola, debiendo ir a la cabeza. Una pena y una gran responsabilidad, seria |# 41|.

No recobró la salud el Padre y tuvo que posponer su viaje a Madrid. El 11 de marzo, aunque andaba muy mal de un ojo, despachó la correspondencia. A los del Consejo General les habla del estado de don Álvaro:

Álvaro nos cayó enfermo ayer, con unas anginas al parecer tremendas. Con ese motivo, le hice quedarse en la única cama que tenemos, y yo duermo en la que ponen por la noche en la salita. Da mucha alegría vivir esta efectiva pobreza, más dura de ordinario que la de los religiosos: siempre, como San Alejo, debajo de la escalera. —Hoy, con la medicación del prof. Faelli, está el enfermo prácticamente bien, pero no le dejo levantar, aunque él insiste... más de lo que debiera |# 42|.

Y en carta a las de la Asesoría Central les cuenta:

Hoy han hecho la segunda operación a Encarnita: es recia, varonil —no, femenina— para el dolor: estoy muy contento de ella y de todas las que están en Roma |# 43|.

Pasó otra semana y don Josemaría seguía sin mejorar. Por sus cartas se percibe el lastimoso estado en que se hallaba:

Roma, 18 de marzo, 1948

Que Jesús me guarde a mis hijos.

Queridísimos: La semana anterior, cuando llegó el correo de España —¡vuestras cartas!— andaba con unas pequeñas molestias, que no me dejaban ver normalmente con el ojo izquierdo. Tenía el paquete de correspondencia en la mano, y sentía una gran tentación —no de curiosidad, de cariño— por leer todo aquello. Por fin, me dieron las dos de la madrugada hablando con el Señor y con vosotros, después de repasar despacio hasta la última carta: flojo estuve. No sé por qué puse una vez más, pero con más detenimiento, la mirada sobre un mueble de la habitación donde estoy escribiendo: hay allí cuatro borriquitos, que los Reyes me trajeron de España, trotando... Yo me divierto a ratos, haciéndoles ir para aquí o para allí cambiándolos de dirección, pero nunca se me ocurre separarlos: van junticos los cuatro, fraternales, con su carga abundante, inalterables, firmes. Hice mi examen, con remordimientos por el desorden: me dormí sonriendo, pensando en vosotros y en mí, y diciéndole al Señor en nombre de todos: ut jumentum factus sum apud te!... |# 44|.

Se sometió a un tratamiento de diatermia, sin que cediera su parálisis facial a frigore. Continuaba asimétrico, como de sí mismo decía; con la faccia storta, contrahecha la cara. Siguió en Madrid con la diatermia, sin mejoría, pero con el ánimo levantado. (En cuanto esté mejor —escribe a don Álvaro—, me lanzo por ahí a pedir limosna) |# 45|.

En la correspondencia de esa primavera de 1948 va dejando el Fundador rastro combinado de sus viajes, sufrimientos y humillaciones, en medio de una gran paz y alegría, al comprobar personalmente la madurez de la labor apostólica que se está llevando a cabo por toda España. Es suficiente echar una ojeada somera a un par de cartas para cerciorarse de ello:

Madrid, 13 de Abril, 1948.

Que Jesús me guarde a mis hijos de Roma.

Queridísimos: Comienzo a escribiros cuando ya están todos durmiendo, porque mañana pasaré el día fuera de Madrid y no sé si podré encontrar tiempo. De todas formas, he de ser breve ya que el ojo izquierdo no acaba de estar bien [...].

No ha sido posible enviar ahora más dinero. Sigo las gestiones [...]. Muchas visitas, con mi cara aún torcida. Todos los días he comido fuera de casa. ¡Es terrible y es inevitable! [...]. ¡Ya está bien! Me duelen los ojos, es muy tarde, y acabo.

A todos esos hijos que los recuerdo con cariño. Que pido mucho por Italia... ¡por el Papa! y también por mis hijos. ¡Alvarico!: ¿cuándo te podrás venir? Hay aquí un trabajo agobiante |# 46|.

La segunda carta está fechada en Madrid, 21 de abril:

Queridísimo Álvaro: un montón de cosas, rápidamente, para que no se me cargue la vista si escribo demasiado. ¡Aún no puedo rezar el breviario! Me he vuelto analfabeto: ni leo, ni escribo.

(A continuación va un sinfín de encargos y preguntas, un auténtico montón de asuntos, expuestos apretadamente).

A fines de mes, iré a Barcelona a pedir limosna. Después bajaré a Málaga, me detendré con Herrera |# 47| un día (me ha escrito una carta cariñosa invitándome), y luego a Granada y Sevilla. ¡Si vieras qué pocas ganas tengo de viajar! Me cuesta también mucho ver gente y más gente: y no tengo más remedio, si he de servir a Dios. Siempre como fuera de casa, y —créeme— voy a rastras, porque soy poco mortificado. Paciencia [...].

Sé que te das cuenta de que me callo algunas penas, que nunca faltan |# 48|.

Prosiguió don Josemaría con sus visitas, pidiendo limosna; y el 20 de mayo regresó a Roma. Vivía el Fundador sujeto a un programa de trabajo que ejecutaba a rajatabla, sin tratar de burlar dificultades. En junio tenía ya trazado el plan de viajes hasta bien entrado el otoño: en la segunda mitad de ese mes recorrería el sur de Italia, Calabria y Sicilia principalmente, aunque sabía que se encontraría con fuertes calores, de esos que hacen acordarse del Purgatorio. El 2 de julio iría a España, donde pensaba aprovechar las vacaciones de verano de sus hijas y de sus hijos, que asistían a los cursos de formación de la Obra, para empujarlos apostólicamente. Y luego, a mediados de octubre, visitaría Oporto y Coimbra |# 49|.

Cumplió fielmente su programa en Italia, en España y en Portugal |# 50|. Conforme a lo previsto, llegó a Coimbra el 12 de octubre, aunque un poco malucho. Por lo que cuenta en carta a los de Roma, más cierto sería decir que bastante enfermo:

Mi viaje a Portugal —les escribe desde Molinoviejo— fue muy divertido, porque estuve enfermo todo el tiempo: al llegar a Coimbra, en cuanto saludé al Señor, hube de meterme en cama. Sin embargo, no dejé de hacer una escapada a Porto, donde tenemos una casa bastante grande, con un poco de jardín, que recuerda en más pequeño a la de Ferraz 16. Como aún no hemos podido comprar muebles, nos sentamos en el suelo —¡como tantas veces!: bendita pobreza— y charlamos y cantamos y reímos. Vuestros hermanos portugueses valen un Perú. Algunos no me conocían: estaban contentísimos de ver a este fundador sin fundamento, con el buen humor de siempre |# 51|.

Más de dos años llevaba el Padre yendo y viniendo, como una lanzadera, entre España e Italia. Ensanchaba la Obra y mendigaba dinero. El 30 de diciembre de 1948 salió por sexta vez para Roma; y el 11 de febrero de 1949 estaba otra vez de vuelta en España. Sus estancias en Madrid no eran, por supuesto, jornadas de descanso:

Álvaro — le escribe el Padre el 28 de febrero—: Mañana salgo para Córdoba, pasado dormiré en Granada, y al día siguiente me iré a pasar veinticuatro horas con Herrera. Luego, vuelta a Granada —un par de días—, y de nuevo a Madrid. Después iré otros dos días a Valladolid —he estado ayer y anteayer—, porque hace falta |# 52|.

Antes había estado en Valencia y hecho otras muchas gestiones. Pero la novedad era que, a principios de febrero, los funcionarios húngaros habían dejado la Villa |# 53|. El Padre se puso inmediatamente en movimiento, decidido a buscar gente para Roma y recursos económicos para las obras. Éstos fueron, entre otros, los motivos de su ida a España, antes de cumplir con un prometido viaje a Portugal.

La rendición de la Villa Vecchia, tras año y medio de asedio espiritual por los del Pensionato, según recomendación expresa del Padre, acabó con un gesto de cortesía por ambas partes. De la Villa enviaron un gran ramo de gladiolos; y don Josemaría correspondió con una botella de coñac de buena marca, que Rosalía, la doncella, les llevó a los húngaros, vestida con su mejor uniforme y de guante blanco |# 54|.

El 23 de abril estaba el Padre, de vuelta en Roma, listo para atacar definitivamente el problema de la Sede Central del Opus Dei. Sin pérdida de tiempo se presentó el proyecto de obras. En mayo esperaban con impaciencia la obtención del permiso de edificar |# 55|. El 9 de junio de 1949 comenzaron las obras |# 56|.