El padre José Reig Satorres acaba de cumplir cien años. Dicho así parece una cifra. Pero no lo es. Cien años son varias vidas metidas en una sola. Son una guerra vista desde la infancia, una España que ya no existe, barcos cruzando el Atlántico, aulas universitarias, miles de confesiones escuchadas, incontables misas celebradas y generaciones enteras que todavía sonríen cuando recuerdan alguna de sus salidas tan imprevisibles como demoledoras.

Además, la coincidencia tiene algo de símbolo. Mientras el Opus Dei avanza hacia el centenario de su fundación en 2028, el sacerdote que conoció personalmente a san Josemaría Escrivá ya alcanzó la misma cifra antes que la institución a la que ha dedicado prácticamente toda su vida. El Opus Dei nació en 1928. El doctor Reig nació apenas dos años antes, el 3 de julio de 1926. En cierto modo, ambos han crecido juntos durante un siglo.
En el Ecuador de las décadas de 1950 y 1960 era habitual dirigirse a sacerdotes de reconocida formación académica con el tratamiento de "Doctor". De ahí que muchos recuerden al padre José Reig Satorres simplemente como "Doctor Reig".
Hay personas que envejecen. El doctor Reig parece haber optado por otra estrategia: seguir siendo Reig.

Quienes lo conocen saben que detrás del sacerdote, del profesor, del historiador y del académico premiado, hay un personaje irrepetible. Uno de esos hombres capaces de “desmontar años de psicología barata” con una sola frase de buen humor.
—Padre, yo soy huérfano.
—¿Y qué edad tienes?
—Ochenta y cuatro años.
—A esa edad todos somos huérfanos. Ya supéralo.
Fin de la terapia.

Ese humor afilado ha acompañado durante décadas a generaciones de ecuatorianos que lo vieron enseñar Derecho, dirigir proyectos educativos, buscar fondos imposibles o simplemente conversar durante horas sobre Dios, política, historia, cacería o fútbol, sin necesidad de distinguir demasiado entre una cosa y otra.
Porque el doctor Reig nunca fue un sacerdote de estampita.
Fue cazador.
Cazador de verdad.

Todavía conserva una escopeta Sarasqueta, cartuchos y canana. La limpia y engrasa con el mismo cuidado con que un violinista limpia su instrumento. De niño salía de cacería con su padre durante fines de semana completos. Caminaban, buscaban rastros, seguían huellas. Aquello sí era cazar. Por eso le divertían las expediciones de algunos amigos acomodados de Guayaquil que llegaban en vehículo hasta el lugar exacto, departían y luego regresaban a casa.
Eso, para él, no era cacería.
Sin embargo, la gran cacería de su vida terminó siendo otra.
La de las almas.

No en el sentido solemne de la expresión. Más bien en el sentido práctico. El doctor Reig pasó décadas acercando personas a Dios con la misma constancia con la que un cazador sigue un rastro: conversación tras conversación, comida tras comida, pregunta tras pregunta.
Pertenecía a aquella primera generación del Opus Dei que conoció directamente a san Josemaría. Se hizo de la Obra en 1945 y fue ordenado sacerdote el 5 de septiembre de 1953. Años después cruzó el océano rumbo a América. Primero El Salvador. Luego Ecuador que terminó convirtiéndose en su hogar.

Las historias de aquellos primeros años parecen sacadas de una novela de posguerra.
En Valladolid, donde vivió siendo joven, compartía piso con otro miembro de la Obra. Tenían poco más que una sala de estudio. Cuando calentaban leche, esta terminaba desbordándose y dejando toda la casa con olor a establo lácteo. Habían descubierto además un lugar donde la carne era mucho más barata. Más tarde supieron por qué: era carne de caballo.
Les encantaba. No estaban para delicadezas.

Por esa época recibieron varias visitas de san Josemaría. El doctor Reig siempre recordaría aquellas conversaciones interminables en las que el fundador les explicaba los horizontes de una institución que apenas comenzaba y que terminaría extendiéndose por decenas de países.
Décadas después, la aventura española se había transformado en una aventura ecuatoriana.
En Guayaquil encontró terreno fértil para otra de sus pasiones: construir. No ladrillos. Instituciones.

Su formación jurídica, su tesis sobre la teoría del interés y su espíritu de comerciante —él prefería llamarlo de forma menos elegante: "mercachifle"— lo llevaron a involucrarse profundamente en el desarrollo de proyectos educativos. Fue profesor y vicerrector de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil durante décadas, formando a personajes que luego ocuparían puestos destacados en la vida pública ecuatoriana. También fue historiador, investigador, fundador del Anuario Histórico Jurídico Ecuatoriano y referente internacional en historia del derecho indiano.
Pero quienes trabajaron con él recuerdan otra habilidad menos académica.

Conseguir dinero. Dinero que no tenía. Dinero que nadie sabía de dónde iba a salir. Dinero necesario para colegios, centros de formación, casas de retiro y proyectos que parecían imposibles.
Su filosofía financiera cabía en dos palabras:
"Dios proveerá".
Y, sorprendentemente, casi siempre funcionaba.
Tal vez porque detrás de aquella aparente osadía había una convicción muy sencilla: las personas necesitan lugares donde encontrarse con Dios.

Esa idea explica mejor que cualquier currículum sus cien años.
Porque al final un sacerdote no es un ser extraño. No es un personaje de vitral. Es alguien profundamente humano que dedica su vida a ayudar a otros a llegar al cielo.
A veces con paciencia.
A veces con ternura.
Y a veces con una frase capaz de dejar sin argumentos a cualquiera.
—Te da pereza ir a misa, pero para levantarte temprano a trotar como potro no.

O aquella otra dirigida a los recién casados que le anunciaban su compromiso:
—Si quieren conocer realmente a su pareja, desaparezcan un fin de semana sin avisar y vean cómo reacciona.
Y quizá la más “reigiana” de todas:
—Es que mi mujer...
—Un momento. A tu mujer la escogiste tú mismo. Nadie te la escogió. Así que aguántala. Y lo mismo aplica para ellas, es que mi marido...

Detrás de la broma siempre aparecía la misma enseñanza: asumir la realidad con responsabilidad, sentido del humor y confianza en Dios.
Por eso, al llegar a los cien años, Reig representa algo más que una biografía excepcional.
Representa una generación.
La de aquellos hombres que cruzaron océanos con una maleta, una sotana y una idea aparentemente imposible: que la santidad también podía encontrarse en una oficina, una universidad, una fábrica o un hogar.

Dentro de dos años el Opus Dei cumplirá cien años. El doctor Reig ya llegó primero.
Tal vez porque llevaba prisa.
O tal vez porque, después de un siglo entero ayudando a otros a encontrar el camino al cielo, conoce mejor que nadie la dirección.
