Renovar la civilización

En medio de una pandemia que nos ha puesto a reflexionar en la vida y en la muerte, las enseñanzas de Juan Pablo II adquieren un nuevo brillo. A los 100 años de su nacimiento, el filósofo Rafael Tomás Caldera abre caminos de reflexión a la luz de los pensamientos del papa polaco

De la Iglesia y del Papa
Opus Dei - Renovar la civilización

Hace veinticinco años, en 1995, el santo papa Juan Pablo II publicaba una importante encíclica sobre el Evangelio de la vida. Brotada de su íntima preocupación, consultada sin embargo con los obispos del mundo, esa carta hoy –en tiempos de pandemia– tiene una particular actualidad.

Mucho se ha dicho sobre los cambios que esta inesperada epidemia habrá de traer para nuestro modo de vida, aunque tales vaticinios suelen resultar de azaroso cumplimiento. Es fácil anticipar las dificultades económicas derivadas del confinamiento forzoso de la población mundial. Resulta asequible también, en particular para los epidemiólogos y expertos en salud pública prever ciertas precauciones que habrán de mantenerse mientras no haya vacuna efectiva y ésta alcance la población del mundo.

Anticipar grandes cambios epocales, en cambio, sería por lo menos precipitado. No cambiará la relación campo-ciudad, con el proceso de urbanización que marcó el siglo veinte. No cambiará la infraestructura tecnológica –que llamamos la red– sino, al contrario, se acentuará su alcance e importancia. ¿Cambiarán las formas de gobierno? No parece que ello haya sido el caso antes en la historia o que vaya a serlo ahora.

Lo que podría cambiar –que la pandemia ha puesto en cuestión– es el modelo de civilización practicado. Las coordenadas de la existencia humana son Dios, la Naturaleza, la persona, la sociedad. El impacto creciente de la tecnología sobre nuestra forma de vida trajo consigo el olvido de Dios y el descuido de la Naturaleza. Con ello, persona y sociedad han perdido su rumbo.

La crisis desatada por el coronavirus nos ha puesto de relieve, como parecíamos haber olvidado, el valor de la vida humana. Nos ha hecho caer en cuenta, por otra parte, que somos parte de la Naturaleza, aunque tengamos la capacidad –y el mandato bíblico– de dominarla.

Nos ha recordado que más allá de los problemas, más o menos difíciles de resolver, la vida humana pertenece a la dimensión del misterio. Cada persona que viene al mundo porta un destino trascendente que habrá de alcanzar. El ser humano está siempre en camino.

Ante la “cultura de la muerte”, como la llamó Juan Pablo II, hemos de instaurar una cultura de la vida.

Aisladas la ciencia y la técnica de los valores que le confieren su verdadero sentido, se han vuelto en contra del ser humano, cada vez más manipulado por su propia tecnología, es decir, por aquellos que tienen capacidad y poder para acceder a ella.

Así, hemos de volver a la pregunta completa ante lo que pretendemos hacer. Se nos dice: ¿se puede hacer esto? La respuesta, como pudo darla el primero que desarrolló un lenguaje para interactuar con la máquina, el Eliza, es modificar la pregunta: la cuestión no es si se puede, esto es, si somos capaces de llevarlo a cabo (en el caso, utilizar la máquina para consultas psiquiátricas), sino si se debe hacer.

La técnica como capacidad de acción necesita un norte claro: el bien de la persona humana. De allí deriva la noción de deber: se debe lo que pertenece al bien que queremos y nos corresponde alcanzar.

Pero los valores, los deberes, no empujan, invitan. Apelan a la libertad del sujeto de la acción. Es preciso entonces renovar la conciencia.

Lo dirá el santo papa en unas líneas memorables de su carta:

Es esencial, pues, que el hombre reconozca la evidencia original de su condición de criatura, que recibe de Dios el ser y la vida como don y tarea. Solo admitiendo esta dependencia innata en su ser, el hombre puede desarrollar plenamente su libertad y su vida y, al mismo tiempo, respetar en profundidad la vida y libertad de las demás personas. Aquí se manifiesta ante todo que “el punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el misterio más grande: el misterio de Dios” (CA, 24) (Evangelium vitæ, 96).

Acaso la crisis sanitaria y socio-económica; los días de confinamiento forzoso, tan llenos de experiencias antiguas y nuevas, hayan preparado un poco mejor las conciencias para recibir el Evangelio de la vida.

Recordar este mensaje del santo papa en el centenario de su nacimiento nunca habría sido más oportuno.


Rafael Tomás Caldera