“Seguid así, un cristiano no puede obrar de otra manera.” San Josemaría visita el Centro Escolar Cedros

En 1970 una de las paradas que hizo san Josemaría en México fue en el Centro Escolar Cedros, donde no sólo recibió a algunas familias en tertulia, sino que también consagró el altar del oratorio

En 1967 el Centro Escolar Cedros abrió sus puertas y el sueño de los padres y madres promotores se hizo realidad en parte de lo que fue la antigua hacienda de Guadalupe Chimalistac, al sur de la Ciudad de México, precisamente sobre la que por aquellos tiempos se denominaba calle de Cedros.

La visita que realizó san Josemaría a estas instalaciones durante la tarde del 29 de mayo de 1970, comenzó con una ceremonia privada, con pocos asistentes, de la consagración del altar del oratorio que realmente tenía muy pocos meses de estrenado.

Al término de la ceremonia, se reunió con más de quinientas personas: profesores, madres y padres de familia y empleados administrativos en el salón más amplio del nuevo colegio, habilitado para la ocasión, aunque rebasado en el número de sillas dispuestas, por el entusiasmo con el que todos los pioneros de la institución acogieron la invitación. No faltaron algunos alumnos que, con cierta picardía y dominio del terreno lograron “colarse” por una de las ventanas laterales una vez comenzada la tertulia «con la seguridad de que es nuestro padre, no nos van a sacar», como recuerda Pablo Palomar uno de los protagonistas del suceso, quien en ese momento tenía casi doce años.

San Josemaría manifestó al llegar, la gran alegría que le suponía estar con ese grupo entusiasta que había hecho realidad un magnífico deseo de formar mejor a las siguientes generaciones.

Comenzó la tertulia planteando la jerarquía de importancia que tiene que darse por parte de las autoridades de un centro educativo de estas características: «donde se da una educación se tiene una jerarquía determinada, que es esta: profesores, papás y niños; los niños —me entenderéis bien— están en tercer lugar.

Felicito a los profesores que trabajáis en Cedros, os felicito con toda el alma, porque sé que tenéis una formación intelectual grande; porque sé que tenéis una doctrina clara y buena, cristiana; porque sé que tenéis un gran espíritu de sacrificio. ¿No les vamos a dar un aplauso?»

Hijos míos yo tengo muchos errores y soy un sacerdote de sesenta y ocho años. Vosotros también tendréis algún error, ¿no? A ver, que levante la mano quién no los tenga».

Y se les dio una fuerte ovación tras la que siguió hablando el Fundador del Opus Dei: «Eso quiere decir que todos los miraremos con cariño y procuraremos que su vida profesional no sea un montón de estrecheces, de apuros, de preocupaciones. Siento en mi corazón la necesidad de pedirles un poco de paciencia —y no mucha—, porque económicamente tienen que subir también. No os pongáis serios papás y mamás, si queremos que sean hombres grandes y hombres de fortaleza los que intervengan en la formación de vuestros hijos. No pueden los niños ver y saber el día de mañana que sus profesores no han podido recibir una compensación económica razonable. De modo que la primera cosa que os pido es que penséis en el profesorado.

Con san Josemaría en el estrado don Pedro Casciaro, el beato Álvaro del Portillo, Jorge Morán (director de Cedros) y don Javier Echevarría.

Hemos hablado del profesorado, hablemos ahora de los padres. Tenéis sobre el corazón la alegría de haber traído estos hijos al mundo; la alegría de no haber cegado las fuentes de la vida. Cada vez que Dios os ha dado un hijo, os ha mostrado la confianza que tiene en vosotros. Seguid así, un cristiano no puede obrar de otra manera.

Hijos míos yo tengo muchos errores y soy un sacerdote de sesenta y ocho años. Vosotros también tendréis algún error, ¿no? A ver, que levante la mano quién no los tenga».

Una señora situada en la parte de atrás del salón levanta su mano muy resuelta ante el asombro de la concurrencia; por la respuesta de la dama que dice sólo haber querido hacer una pregunta, a lo que el Padre le dice que puede hacerla desde su lugar, pero ella aprovecha la situación para acercarse al estrado y hacérsela más cerca entre las risas de todos los asistentes cosa que aprovecha la señora para quedarse ya en ese lugar cercano al Padre.

«Procurad tener cada día menos errores, especialmente delante de los hijos. No riñáis en su presencia, no tengáis siquiera aquellas pequeñas trifulcas que son hijas del amor, prueba de que os queréis mucho».

«que todos los maestros, siguiendo los pasos de Nuestro Señor, sepan siempre, como ahora, enseñar a los alumnos con alegría, no sólo de palabra sino también con el ejemplo».

Los padres de familia y profesores cuando supieron que el Fundador del Opus Dei estaría con ellos decidieron regalarle como recuerdo de su visita, un cáliz de plata labrada. San Josemaría aprovechó para agradecérselo:

«Me acaba de llegar un vaso sagrado. Sé que habéis participado todos en el regalo: es muy mexicano, muy bonito, muy simpático. Os enviaré dos para el Colegio: un cáliz y un copón. Al pasar por Madrid encargaré que os los manden cuanto antes; amor con amor se paga ¿no? Y cuando en Roma celebre la Santa Misa y alce el Cuerpo y la Sangre de Cristo realmente presente bajo la figura del pan y del vino, pensaré en vosotros: en los profesores, en los papás, en las mamás —perdonadme que no os haya mencionado primero— en los niños. Diré al Señor que os haga buenos hijos de esta Madre de Dios que quiso dejar su retrato en la Villa. Es un privilegio que no se ve en ninguna parte del mundo».

En estos años han pasado por Cedros muchos alumnos y familias. Ahí han recibido no sólo ciencia eficiente para enfrentar los retos profesionales posteriores, sino también formación humana y espiritual que les ha acompañado en su lucha por ser mejores personas cada día y se ha hecho realidad lo que san Josemaría dejó escrito en el acta de consagración del altar del colegio: «que todos los maestros, siguiendo los pasos de Nuestro Señor, sepan siempre, como ahora, enseñar a los alumnos con alegría, no sólo de palabra sino también con el ejemplo».