Una rosa que fue entregada a san Josemaría

Dios concede a sus hijos aquello que le piden con fe, San Josemaría pidió en Jaltepec morir viendo a la Virgen.

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Josemaría Escrivá tenía un gran cariño a la madre de Dios y aunque no le gustaba ponerse como ejemplo de nada, cuando hablaba del amor a la Virgen, hacía una excepción. Un día que el arzobispo primado de México pasó por Roma, el fundador del Opus Dei lo invitó a su casa. Durante el encuentro, San Josemaría hizo una revelación a monseñor Miguel Darío Miranda: «tengo tantas ganas de ir a rezarle a la Guadalupana, que cuando esté delante de Ella, no me sacarán del Santuario ni con una grúa». Monseñor Miranda, con su característica chispa y buen humor, le respondió de inmediato: «Pues le aseguro que no seré yo quien mande llamar la grúa, monseñor».

La relación del Padre con la Virgen de Guadalupe viene de más atrás, quizá desde la fiesta de nuestra Señora de Guadalupe de 1931.Mientras el Fundador buscaba la manera de dar cauce a aquello que Dios le había pedido el 2 de octubre de 1928 y se le cerraban las posibilidades humanas, resonaron de manera particular en su alma unas palabras del Salmo 104: Inter médium montium pertransibunt aquae, a través de los montes las aguas pasarán. Josemaría Escrivá no era consciente que ese día se celebraban justamente 400 años de que nuestra Señora había dejado impresa su imagen en la tilma de san Juan Diego, sin embargo, en la providencia divina, la historia de Josemaría Escrivá se entrelazaba de alguna manera con esa advocación mariana que lo acompañaría hasta el último momento de su vida.

Hay un cuadro de la Virgen de Guadalupe que ha pasado a formar parte de la historia de la vida de San Josemaría. La historia de esa pintura está vinculada a la estancia del Padre en Jaltepec, en la ribera de Chapala muy cerca de la ciudad mexicana de Guadalajara. Se trata de una imagen que se colocó en la habitación que ocupó el Padre durante su estancia en ese lugar en 1970. En el cuadro se representa a san Juan Diego extendiendo la mano y recibiendo una rosa que le entrega la Virgen de Guadalupe.

Cuadro que se encuentra en el cuarto donde durmió san Josemaría durante su estancia en Jaltepec


Don Pedro Casciaro en su libro Soñad y os quedareís cortos, relata con detalle la historia de lo ocurrido en Jaltepec la mañana del 16 de junio: «se reunió también el Padre con un grupo numeroso de sacerdotes diocesanos. Sostuvo con ellos un encuentro largo y animado, pero como el calor era agobiante, acabó extenuado. Se recostó un rato para descansar. Observó entonces que frente a la cama había un cuadro de la Virgen de Guadalupe, en el que la Señora ofrece una rosa al indio Juan Diego.

"-Así quisiera morir —musitó—: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…"»

Cinco años después, en 1975, tras haber visitado a algunas de sus hijas en Castelgandolfo, llegó a Roma, y se dirigió a su oficina —que en realidad era la de don Álvaro del Portillo, pero le gustaba trabajar allí—. Al entrar, como era su costumbre, miró con cariño a la imagen de la Virgen de Guadalupe que presidia el cuarto desde hacía muchos años por deseo del Fundador quien la había querido colocar allí como un detalle de cariño con don Álvaro, cuya madre era mexicana. Después de entrar, su corazón súbitamente dejó de latir y cayó desplomado. Aunque no se trataba del cuadro de Jaltepec, la Virgen de Guadalupe le cumplió su anhelo de morir mirando su imagen, mientras Ella le entregaba una rosa, con una maternal sonrisa, y se lo llevaba a la Casa del Padre.

Así concluyó la vida de este santo enamorado de Dios y de la Morenita a quien, con tanto cariño fue a visitar en su casita del Tepeyac en 1970 para pedirle, entre otras cosas, por la solución del camino jurídico del Opus Dei.