Una comida largamente esperada con el cardenal Miranda

El arzobispo de México había venido preparando con mucha anticipación e ilusión el día en que Josemaría Escrivá pudiera visitarlo en su casa de México. Como eran buenos amigos, san Josemaría hizo una excepción a su costumbre de no comer fuera de casa y acudió a compartir la mesa con él.

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Para cuando Josemaría Escrivá vino a México en 1970 la amistad que tenía con el cardenal Miguel Darío Miranda y Gómez, ya era cosa de tiempo. Cada vez que el obispo mexicano iba a Roma por cualquier asunto, procuraba pasar a saludar al Padre y no solía dejar la Ciudad Eterna sin antes ir a comer con él. Era común que, durante esas visitas, Mons. Miranda le hiciera la invitación a venir a México.

El 16 de junio de 1979 el periódico hermosillense El Imparcial, publicó una entrevista realizada a Darío Miranda en la que expresaba sus recuerdos sobre Josemaría Escrivá de Balaguer en quien veía un «acendrado amor al Romano Pontífice y a la Iglesia toda: su preocupación siempre presente por el bien de las almas, y su fidelidad inconmovible a la doctrina de Cristo y al Magisterio eclesiástico. Pudimos comprobarlo una vez más en esta misma Archidiócesis cuando en 1970, aun antes de ver a sus hijos, vino a pedirnos las licencias necesarias para desempeñar su ministerio durante su estancia entre nosotros. Con su natural buen humor nos comentaba en esa misma oca­sión: “Antes de ver a las ovejas, quise ver al Pastor”. Se cumplía así lo que con tanta insistencia le encarecíamos siempre que le visi­tábamos en Roma: que viniera a México y visitara a esos hijos suyos que con fidelidad ejemplar estaban sirviendo a la Iglesia. Fue sin embargo su profundo amor a la Virgen de Guadalupe lo que le hizo venir a nuestro país, y se cumplió a la letra lo que con anterioridad había dicho: “Cuando vaya a la Villa, tendrán que sacarme de allí con grúa”. A lo que recordamos haberle contestado de inmediato: “No seré yo quien la ponga”».

Desde los primeros minutos de su llegada a México, san Josemaría tenía el deseo de saludar a su viejo amigo; así lo dijo al periodista que lo interceptó en el aeropuerto nada más bajar del avión en la madrugada del 15 de mayo.

Don Pedro Casciaro recordaba que el 16 de mayo después de la comida, y antes de ir a la Basílica de Guadalupe por primera vez, el Padre «quiso pasar unos minutos a saludar al cardenal Miranda, arzobispo de México, en su casa de la calle de Camelia».

Mons. Darío Miranda en la iglesia de la Santa Veracruz en la Ciudad de México cuando estaba encargada a sacerdotes del Opus Dei. A su izquierda, don Ernesto Santillán.

Don Pedro detallaba un poco más aquel encuentro: «previamente llamamos por teléfono al cardenal, que le esperó en la puerta de la casa. Se dieron un gran abrazo comentando el arzobispo: “por fin se nos hizo tener al Padre en México”, el comentario del Padre fue: “antes de visitar a la Virgen tenía que pasar a dar un abrazo al pastor”». Aquella visita fue muy breve, pero suficiente para que el cardenal le recordara que no podía irse de México sin ir a comer a su casa.

Aquella invitación no fue una simple muestra de cortesía del momento, se trataba de un deseo largamente esperado como queda reflejado en una anécdota que contaba don Pedro y que refleja el cariño que el cardenal tenía por san Josemaría y por don Álvaro:

«Aproximadamente un año antes, el señor cardenal me llamó por teléfono una noche para invitarme a comer en su casa el día siguiente. Yo supuse que, como había ocurrido alguna otra vez, quería incluirme en un pequeño grupo de invitados a almorzar —solía hacerlo cuando invitaba al delegado apostólico—. Acudí al día siguiente a la hora convenida y tomamos una copa primero en su despacho. Estábamos los dos solos, pero yo presumía que llegaría algún invitado más.

Mons. Darío Miranda con San Josemaría y el beato Álvaro del Portillo en Roma.


A la hora en punto pasamos al comedor y en la mesa estaban dispuestos cuatro cubiertos.

El cardenal se sentó a su derecha quedando vacíos la otra presidencia y el lado de su izquierda. Después de bendecir la mesa, me preguntó:

- ¿Cree usted que estamos los dos solos?

Desconcertado le contesté:

- Pienso que sí. - Pues se equivoca: lo estamos físicamente, pero en espíritu y de corazón estamos cuatro.

[y añadió]

- ¿Quiere saber quiénes son los otros dos comensales? —Prosiguió—, pues fíjese lo que hay en ese ángulo de la mesa. Me levanté y encontré una tarjeta postal, escrita desde Lourdes, donde el Padre le dirigía un cariñoso saludo al cardenal y también don Álvaro añadía unas palabras afectuosas y la firma. - Ya ve, —dijo el cardenal—, estamos los cuatro; estamos con el corazón con el Padre y con don Álvaro y brindaremos para que pronto se nos haga nuestro deseo: tenerlos a los dos en México y celebrar su venida en este comedor».

Ese deseo tan largamente esperado pudo verse cumplido finalmente el 19 de junio.Ese día, según se relata en un escrito de la época, «el Padre, don Álvaro, don Javier y don Pedro salieron a la una y cuarto a comer con el Cardenal Miranda. […] al recibirlo en su casa el Cardenal mientras le daba un abrazo le dijo "¡Por fin lo conseguimos! ¡por fin lo conseguimos! […] Al contarle don Álvaro que verdaderamente hubiesen necesitado la grúa, porque el Padre se quedaba en la Villa muy a gusto, el cardenal respondió:"¡Que bueno! Ya les dije que yo no haría nada para sacarle de allí. Y ahora que ya aprendieron el camino, ¡a ver si nos da más alegrías como ésta!».

Durante los días en que estuvo en México, en muchos momentos quedó claro el respeto y veneración que tenía san Josemaría por los pastores de la Iglesia; era frecuente que durante las tertulias que tenía con personas de todo tipo, en algún momento pidiera oraciones por el Papa y por las autoridades eclesiásticas del lugar en el que se encontraba.