Recuerdos de un astrofísico que estuvo en casi todas las tertulias con san Josemaría

«Todos nos sentimos como si hubiésemos estado en el Paraíso por poco más de un mes»: así recuerda Eduardo Schmitter la visita de san Josemaría a México. A continuación, el relato de ese acontecimiento visto desde los ojos y perspectiva de un astrofísico.

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«Corría febrero de 1970 y en México comenzaba a correr un rumor en las tertulias y en los pasillos de los Centros y casas del Opus Dei. Simultáneamente comenzó la remodelación de la Comisión Regional y las casas de retiro de Montefalco y Toshi; había quien aseguraba que se habían comprado grandes cantidades de incienso, posiblemente para consagrar altares; la Comisión pedía coches para hacer encargos. Todo mundo sabía que algo se cocía, ¿podría ser una visita del Padre Josemaría?

Un 14 de mayo todas las dudas se disiparon, en un diario español se daba la noticia: “el fundador del Opus Dei parte rumbo a México”. Fue un vuelo accidentado, con un retraso de seis horas debido a una falla en el avión que los obligó a hacer una parada en el Caribe.

San Josemaría pisó tierras mexicanas el 15 de mayo, aproximadamente a las 3:00 a.m. Llegó acompañado de don Álvaro y don Javier, el último vistiendo un traje civil para representar el carácter laico de la visita.

Apenas llegar, San Josemaría pidió visitar la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. La hora lo hacía imposible, la Basílica estaba cerrada, a lo que San Josemaría respondió: “Me ha llevado 21 años el venir a esta tierra, pero también me tardé 66 años en poder ir a dar gracias a Nuestra Señora de Torreciudad”.

[… El día en que terminó la novena en la Villa de Guadalupe] san Josemaría firmó en el diario [de la Comisión Regional] FIAT, ADIMPLEATUR, LAUDETUR ET IN ETERNUM SUPEREXALTETUR, IUSTISSIMA ATQUE AMABILÍSIMA VOLUNTAS DEI, SUPER OMNIA. AMEN. AMEN».

Una visita para vivir las tertulias

Eduardo Schmitter es un astrofísico mexicano que desde hace muchos años reside en Nigeria. Durante sus estudios en México, nos ha dicho que tuvo la oportunidad de asistir a todas las tertulias con san Josemaría excepto a dos. La primera porque estaba haciendo unos días de retiro espiritual en Montefalco (cuenta que esa ha sido la única vez que ha estado ansioso por regresar de un retiro). La segunda fue la que tuvo lugar en el IPADE el 27 de mayo. A pesar de su ausencia, pudo enterarse de una conmovedora anécdota que recuerda con viveza: se encontraban dos buenos amigos, uno de ellos supernumerario, estaba intentando convencer al otro, protestante, acerca de la presencia real de Dios Nuestro Señor en la Eucaristía.

San Josemaría siempre hablaba con la transparencia de quien vive hacia fuera lo que verdaderamente lleva dentro

Llegó san Josemaría y la conversación quedó a medias. Una vez terminada la consagración del altar, san Josemaría habló brevemente sobre el Santísimo Sacramento de la Eucaristía en el oratorio. Grata sería la sorpresa del supernumerario pues, queriendo retomar la discusión con su amigo al término de la tertulia, este le dijo que ya no tenía duda alguna.

Desde la primera tertulia, Eduardo notó que san Josemaría «hablaba con autoridad, y no como los escribas o los fariseos». Confiesa que durante mucho tiempo no quiso aplicar a san Josemaría lo que los Evangelios dicen de Jesús por temor a blasfemar: «después entendí que no resulta raro que alguien que lucha por imitar a Jesús provoque estos comentarios» manifiesta Eduardo. «San Josemaría siempre hablaba con la transparencia de quien vive hacia fuera lo que verdaderamente lleva dentro».

Eduardo puede distinguirse por su barba con facilidad en la parte de atrás del lado derecho.


Durante otra tertulia en la Residencia Universitaria Panamericana, Eduardo observó que estaba completamente llena y decidió dar la oportunidad a otros de estar cerca de san Josemaría, por lo que se quedó de pie en la entrada. Vaya regalo cuando san Josemaría lo vio al salir, pues lo abrazó y le besó la barba. Eduardo cuenta con una gran sonrisa que ese día encontró la excusa perfecta para abandonar el restrillo por un buen tiempo y llegar así a Nigeria.

Eduardo no pudo acompañar a San Josemaría en sus viajes fuera de la capital, pero por nada del mundo se perdería las tertulias cuando el Padre regresara a la Ciudad de México. Recuerda particularmente la tertulia del 21 de junio en la RUP, lloviznaba y tuvieron que sostener un paraguas sobre san Josemaría. Pero quizá lo que más marcó en esa tertulia a Eduardo fue el reconocimiento de que la visita del Padre llegaba a su fin: «Todos nos sentíamos como si hubiésemos estado en el Paraíso por poco más de un mes».

Una despedida de corazón

El 23 de junio, Eduardo Schmitter visitó la Comisión Regional para recoger su coche, pues se lo había prestado a Julio Cueva la noche anterior en la Basílica de Guadalupe. Lo recibió Alfonso Monroy quien, apenas abierta la puerta, le dijo que no podía pasar, al tiempo que se paraba delante de la puerta. Eduardo explicó que buscaba a Julio, y Monroy cambió el gesto adusto por una sonrisa traviesa. «Julio Cueva está en el Centro de Estudios, con Nuestro Padre».

Eduardo tomó eso como una invitación a pasar, y una vez dentro encontró a san Josemaría, a don Álvaro y a Julio con un grupo de estudiantes. «Nuestro Padre parecía un padre con sus hijos», recuerda Eduardo con cariño.

Durante su corta estancia ahí, Eduardo escuchó a san Josemaría decir repitiendo una canción: «me voy con el corazón, que con el alma no puedo». Antes de partir, el Fundador le dio, una vez más, un par de besos en la barba.

De la visita, Eduardo concluye: «Nuestro Padre partió, los visitantes partieron, y todos nos quedamos con nuevo ímpetu para aumentar nuestra actividad apostólica. Las cosas serían diferentes. Había un antes y un después de la visita de Nuestro Padre».