Primera visita al ESDAI y Consagración del altar

San Josemaría acudió varias veces al ESDAI. En su primera visita estuvo con las alumnas y residentes de la RUL y consagró el altar del oratorio.

Opus Dei - Primera visita al ESDAI y Consagración del altar

La Escuela Superior de Administración de Instituciones (ESDAI), fue escenario de algunas tertulias numerosas con mujeres que se llevaron a cabo en la capital mexicana. Las jóvenes que vivían en la Residencia Universitaria Latinoamericana (RUL), muchas de ellas no pertenecientes al Opus Dei, habían esperado la visita de san Josemaría con tanto interés y cariño que una vez sabiendo que estaba en el país decidieron mandarle un mensaje escrito para pedirle que dedicara un tiempo también para ellas.

«Sabemos que viene a México a ver a la Santísima Virgen y también a sus hijos y a sus hijas, y pensamos que, en cierto modo, nosotras también lo somos porque vivimos en centros de la Obra. Estamos preparando la casa para recibirle: hemos pintado, lavado pisos y hecho mil encargos. Prometemos hacerle pasar un rato agradable». Al día siguiente de recibir la carta se avisó que iría, consagraría el altar del oratorio y, a continuación, estaría con las residentes y las alumnas del ESDAI.

Las muchachas se las ingeniaron de mil maneras para ver a san Josemaría.

Una trabajó horas extra durante una semana para poder ausentarse de la oficina la mañana de la visita del Fundador.

Otras, alumnas de un colegio de religiosas tuvieron que solicitar un permiso especial porque la tertulia coincidía con el horario de clase. Cuando la religiosa encargada del grupo supo que venía el fundador del Opus Dei, les dijo que sólo por una razón tan especial podían marcharse, «es un permiso que doy con mucho gusto —lo que siento es no poder ir yo también— ya me lo contarán de regreso». Algunas de Monterrey viajaron toda la noche para estar en la tertulia por la mañana y luego viajaron de inmediato de regreso a su ciudad.

Verónica, una residente, tuvo menos suerte: se había marchado de vacaciones unos días antes de la visita del Padre; quiso regresar, pero sus padres no la dejaron, así que envió un telegrama a su amiga Cuca: «Me cacharon cuando me estaba por ir. No podré estar. Salúdame al Padre».

Eva escribió en esos días desde Colombia manifestando su interés por asistir a algún encuentro con el Padre, y las dificultades para llegar: «para la partida de un grupo de personas parece que se necesitan más horas que las previstas: maletas, pasaportes, visas, dólares y estar en el aeropuerto con una hora de anticipación», finalmente logró llegar unos días después.

La tertulia de esa noche la dedicaron a decidir las preguntas que le harían; había mucha conciencia de la importancia de esa visita. Celia, colombiana, sugería que se preguntara sobre la misión de la mujer; Rosalba quería que dijera algo para las ex alumnas del Colegio Chapultepec de Culiacán; Mireya pedía orientaciones para las estudiantes.

Al día siguiente al levantarse todas tenían la idea fija: «hoy vamos a ver al Padre».

Asistieron más de ochocientas muchachas de muchos sitios: alumnas de El Porvenir, empleadas del hogar que reciben clases en Alhucema y en Ikal. Jóvenes que estudian en el ESDAI y en Yacatia, residentes que viven en provincia, alumnas del internado de Toshi y de la escuela de trabajos domésticos de la RUP.

Finalmente, he dado nuevamente gracias a Dios por esta peregrinación, que con la ayuda de Dios he hecho a esta nación mexicana, tan querida por la Madre de Dios, para rezar aquí humildemente, y mostrar mi amor hacia ella».

Aunque la cita era a las diez y media, desde antes de las nueve de la mañana había gran movimiento en los edificios. Alumnas y residentes circulaban por los pasillos con una gran sonrisa, dando los últimos toques a la decoración de la casa. Las más, buscaban un buen sitio en el oratorio.

San Josemaría consagrando el altar de la RUL

En un momento oyeron voces a lo lejos; llenaron el oratorio hasta el último rincón. Entró el Padre por el pasillo central hasta llegar al altar, de rodillas ante el Tabernáculo, hizo unos momentos de oración. En absoluto silencio todas pedían por lo que pidiera el Padre, que rezaba en latín, mientras don Álvaro traducía al castellano la lectura del acta de consagración y explicaba la ceremonia:

«Alabado sea Dios y la Santísima Virgen, su Madre. Hoy día 19 de mayo de 1970, yo, Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás […] mientras hacía todas estas cosas, elevaba al cielo, fervientes oraciones para que todas las que se reúnan aquí en cualquier tiempo, en el presente o en el futuro, crean fielmente, con todo su corazón, que aquí se renueva el misterio de la Pasión del Señor, siempre que el Hijo es ofrecido, siempre que el Cordero Divino es inmolado. Así mismo, pedía ardientemente a la Santa Madre de Dios que todas las alumnas que en esta casa reciben – o recibirán en el futuro – la Ciencia de la Administración de Instituciones, aprendan la hermosura y la importancia del espíritu de servicio hacia todas las criaturas como nos enseñó Nuestro Maestro Divino, que no vino a ser servido, sino a servir». Concluía diciendo « Finalmente, he dado nuevamente gracias a Dios por esta peregrinación, que con la ayuda de Dios he hecho a esta nación mexicana, tan querida por la Madre de Dios, para rezar aquí humildemente, y mostrar mi amor hacia ella».

Al término, se dirigió al Aula, le acompañaban don Álvaro del P., don Javier E., don Pedro C. y don Rafael F. El Padre había venido para estar con las residentes y las alumnas en especial y se dirigió a ellas animándolas a hacer preguntas audaces.

«Preguntad con libertad, descaradamente. Sin insultar… pero casi… ¡Hala lo que queráis!»

Y así comenzó un diálogo que se quedaría en el corazón de todas las presentes para siempre.