La Santa Misa, en cuanto es representación sacramental del sacrificio de Cristo, tiene los mismos fines que el sacrificio de la Cruz. Estos fines son: el fin latréutico (alabar y adorar a Dios Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo); el fin eucarístico (dar gracias a Dios por la creación y la redención); el propiciatorio (desagraviar a Dios por nuestros pecados); y el impetratorio (pedir a Dios sus dones y sus gracias).
Esto se expresa en las diversas oraciones que forman parte de la celebración litúrgica de la Eucaristía, especialmente en el Gloria, el Credo, las diversas partes de la Anáfora o Plegaria Eucarística (Prefacio, Sanctus, Epíclesis, Anámnesis, Intercesiones, Doxología final), en el Padre Nuestro, y en las oraciones propias de cada Misa: Oración Colecta, Oración sobre las ofrendas, Oración después de la Comunión.

La Eucaristía es el acto supremo de adoración al Padre, un encuentro personal que transforma nuestro trabajo diario.
La Santa Misa no es solo un momento de oración comunitaria, ni únicamente un espacio para pedir ayuda en nuestras necesidades. San Josemaría nos enseñaba a vivirla con intensidad, comentando que «al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes»1. En el corazón de cada Eucaristía late el llamado fin latréutico (del griego latreia: adoración, culto).

¿Qué significa el fin latréutico?
Es el fin primario de la Misa: adorar a Dios. Es el reconocimiento de su grandeza y soberanía como Creador y Señor de todo. A diferencia de otros fines —como el de acción de gracias (eucarístico), reparación (propiciatorio) o petición (impetratorio)—, el latréutico se centra exclusivamente en darle a Dios la gloria que le corresponde.
Cristo: Adorador perfecto
En la Misa, Cristo se hace presente y ofrece el sacrificio de la Cruz de manera incruenta. Él es el sacerdote y la víctima. Cuando asistimos, nos unimos a esa adoración perfecta de Jesús al Padre. No adoramos solo con nuestras limitadas fuerzas, sino que adoramos con Cristo, por Cristo y en Cristo.

Unidos al sacrificio, también en el trabajo
Para san Josemaría, la Misa es el «centro y raíz»2 de la vida interior del cristiano en medio del mundo. El fin latréutico nos enseña a llevar la adoración a nuestra jornada profesional. Al adorar a Dios en la Consagración, le estamos entregando nuestras labores, nuestros afanes y nuestra familia, convirtiendo nuestra vida ordinaria en un sacrificio espiritual agradable a Dios.

¿Cómo vivir este fin de adoración en la Misa?
- Adoración interior: especialmente en la Consagración, reconozcamos con fe a Jesús presente y adoremos en silencio.
- Unión con María: el beato Álvaro del Portillo invitaba frecuentemente a poner a la Virgen en todo y para todo, por eso, un modo de adorar a Dios en la Misa es hacerlo a través de María, procurando acompañarla con la misma devoción con la que estuvo al pie de la Cruz, adorando a Dios con la ofrenda de su Hijo y uniéndose ella misma en esa oblación.
- Ir con "reloj parado": participar con la convicción de que es un encuentro personal con el Rey de reyes, y que nada se anteponga a la atención que debemos solo a Él.
Al salir de la Santa Misa, llevamos esa adoración en el corazón, transformando el trabajo cotidiano en el lugar de encuentro con Dios.

Referencias:
1Josemaría Escrivá de Balaguer, Forja n. 436
2Josemaría Escrivá de Balaguer, Forja n.69
Video:
La Eucaristía, misterio de amor y de fe
Para la Lectura espiritual:
San Josemaría, Homilía del Jueves Santo en Es Cristo que pasa.
Como material de estudio:
Juan José Silvestre Valor, Con la mirada puesta en Dios, Re-descubriendo la liturgia con Benedicto XVI, Editorial Palabra, 2014.
Para predicar y meditar:
Homilía del Papa Francisco 14 de abril de 2013 Domingo III de Pascua.
Homilía del Papa Benedicto XVI 22 de mayo de 2008 Solemnidad del Corpus Christi
Ex. Ap. Sacramentum Caritatis del Santo Padre Benedicto XVI, nn. 66-69
