La última lección de Leticia Almeida no ocurrió en un aula del IPADE ni en una reunión académica. Sucedió en el silencio de una habitación, durante las últimas semanas de su vida. A los 90 años, tras sufrir una fractura de costillas, Lety pasó sus últimos meses rodeada del cariño de quienes habían compartido con ella años de vida, trabajo y amistad. Quienes la acompañaron recuerdan un gesto que se repitió hasta el final: daba gracias por todo, pedía perdón constantemente y sostenía entre sus manos una pequeña medalla de la Virgen.
—Yo la cuido y ella me cuida a mí —decía.
Era una frase sencilla, pero que resumía una existencia profundamente marcada por la fe y su amor a la Santísima Virgen.

Lety Almeida con Cris Ponce, Obdulia Rodríguez y Lourdes Chapa
Una mujer adelantada a su tiempo
Nacida en 1936 en Torreón, Leticia Almeida perteneció a una generación en la que el acceso de las mujeres a los estudios superiores era todavía excepcional.
Estudió Química Farmacobióloga en Tacuba, Ciudad de México. En esa época conoció la residencia Copenhague, dirigida por Guadalupe Ortiz de Landázuri, y el 2 de mayo de 1954 pidió su admisión como numeraria del Opus Dei. Años después, cruzó el Atlántico para convertirse en la primera mexicana en obtener el doctorado en Ciencias de la Educación por el Colegio Romano de Santa María, en Roma, tal como lo atestigua un vitor dibujado en un muro de esa institución. Lo contaba con un legítimo orgullo que no nacía de la vanidad por una conquista personal, sino de la alegría de saber que abría camino a otras mujeres.

Lety Almeida, en un Centro de la Obra.
En Roma conoció a San Josemaría, quien siguió muy de cerca su formación; más que con libros, lo hizo con su cariño e interés personal. Lety recordaba con gran detalle cómo él les explicaba la importancia de formar la cabeza y el corazón muy cerca de Roma y del Santo Padre, para así poder servir mejor en sus respectivos países. También les hablaba con entusiasmo de la proyección que tendría el Colegio Romano en los años venideros.
Su vida profesional transcurrió entre dos instituciones que ayudó a construir desde sus cimientos: el ESDAI y el IPADE. Como impulsora del ESDAI, participó en la formación de miles de mujeres profesionales cuando hablar de liderazgo femenino era todavía una novedad. Más tarde, en el IPADE, encontró el espacio ideal para desplegar una de sus mayores pasiones: la formación de personas.

Lety Almeida, siempre apasionada de su trabajo.
Enseñar a pensar
Para generaciones de alumnos del IPADE, Lety fue la puerta de entrada a una manera distinta de entender la toma de decisiones.
Muchos la recuerdan impartiendo la materia de Análisis de Casos. Allí enseñaba algo aparentemente sencillo, pero profundamente exigente: distinguir los hechos de las opiniones, identificar los problemas reales detrás de los aparentes, comprender las restricciones, valorar las alternativas y llegar a una conclusión propia.
No daba respuestas escritas; enseñaba a pensar mediante su personalidad impetuosa y su profunda inquietud intelectual.
Uno de sus exalumnos recuerda que, al terminar el MBA, habían analizado más de mil casos y notas técnicas. Sin embargo, todo ese trayecto comenzaba con ella: "Estaba al inicio de ese camino, abriendo la puerta con paciencia y exigencia a la vez".
Quizá por eso su influencia fue mucho más allá de las aulas. Muchos de quienes hoy ocupan puestos directivos en empresas, universidades e instituciones conservan todavía aquel método y esa forma rigurosa de mirar la realidad.

Lety Almeida, con alumnos en el IPADE
La persona en el centro
Hay una idea medular que atraviesa toda la trayectoria de Lety Almeida: la convicción de que las instituciones existen para servir a las personas.
Esta certeza la heredó de maestros como San Josemaría Escrivá y Carlos Llano, con quienes mantuvo una relación cercana. También fue el fundamento de su trabajo en los cursos de “Empresa y Familia”, una iniciativa pionera con la que ayudó a miles de empresarios a descubrir que el éxito profesional y la vida familiar no son realidades enfrentadas; al contrario, estaba convencida de que las organizaciones fuertes nacen de personas y familias sólidas.
Mucho antes de que los temas de equidad o liderazgo femenino ocuparan la agenda pública, Lety defendía con serenidad la dignidad y las oportunidades de la mujer. No lo hacía desde la confrontación, sino desde la coherencia de una vida que demostraba que la excelencia profesional y el espíritu de servicio caminan juntos.
Hasta antes de su enfermedad, preparaba con minucioso profesionalismo y entusiasmo las reuniones mensuales que mantenía con las amigas que había conocido en los programas del IPADE. Una de ellas comparte: “Con ella podía dialogar de muchos temas, me aconsejaba y, de vez en cuando, me llamaba la atención…”. Era una mujer de carácter fuerte y determinante que sabía dialogar. transformaba.

Lety Almeida, en su oficina en el IPADE
Seguir aprendiendo
Incluso después de jubilarse, Lety nunca dejó de estudiar ni de sentirse parte activa del IPADE. Durante una entrevista en un Claustro de profesores, al preguntarle por qué seguía asistiendo cada año, respondió con una sencillez reveladora:
"Yo voy al IPADE a agradecer a Dios. Ver cómo ha crecido, cómo se ha desarrollado toda la gente y cómo siguen viviendo el espíritu que quisimos que continuara allí desde la fundación".
No hablaba de edificios, rankings ni prestigio institucional; hablaba de personas y de un espíritu que había visto nacer décadas atrás. Y añadía algo igualmente significativo: "Agradecer y aprender".
Cuando le preguntaban qué seguía aprendiendo después de tantos años de docencia, respondía: "Aprendo de todo lo que enseñan y de todo lo que voy oyendo de cada una de las personas que se acercan conmigo".
Todavía en noviembre pasado asistió a la Junta de Gobierno de la Universidad Panamericana donde participó de manera muy activa. A los noventa años conservaba intacta una curiosidad intelectual insaciable que admiraba a todos. Leía, estudiaba y se mantenía totalmente actualizada. Cuando sus antiguos alumnos le preguntaban cómo lograba dominar temas tan diversos, ella respondía con una sonrisa: "Porque sigo estudiando, y con toda la tecnología tengo el mundo en mis manos".
El paso apretado
Entre los muchos recuerdos que han surgido tras su fallecimiento, hay uno particularmente entrañable. Un antiguo alumno evoca la imagen de Lety cruzando la calle con paso rápido para entrar a su casa, casi corriendo, para no perder el tiempo. Años después, al volver a verla, su andar era más pausado. Pero había algo que permanecía intacto: "La mirada seguía siendo la misma: clara, viva, presente".
Quizá esa imagen resume mejor que cualquier currículum quién fue realmente. Los años fueron ralentizando sus pasos, pero nunca apagaron su curiosidad intelectual, su interés por las personas ni su ilusión profesional. Hasta el final se mantuvo atenta al mundo, a la Iglesia y a quienes la rodeaban.

Lety Almeida, trabajando en su oficina
La última lección.
Cuando se le pedía impartir algún medio de formación, siempre decía que sí sin dudarlo. El pasado 19 de marzo dictó la charla de fidelidad en su centro, la cual fue especialmente bonita.
Durante sus últimas semanas, repetía constantemente actos de fe en la Trinidad: "Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo". Recibía la Comunión casi a diario, rezaba por las intenciones del Padre y por la Iglesia, daba gracias, pedía perdón y ofrecía sus dolores. La actitud con la que afrontó la enfermedad fue el fiel reflejo de cómo había vivido.

Lety Almeida, siempre fiel a su vocación
Hoy, al mirar el recorrido que la llevó de Tacuba a Roma, de Roma al ESDAI y al IPADE, y de ahí a miles de alumnos, familias y colegas, resulta difícil medir el alcance real de su legado. Porque las mejores maestras no dejan únicamente instituciones; dejan mejores personas y mejores familias.
Y aunque su paso fuerte deje de escucharse, sus enseñanzas seguirán teniendo eco en las vidas de todos aquellos a quienes tanto ayudó.
